Columnas

“Nos hacemos mayores”, un relato de Gabby Gabby

Séptima y penúltima entrega del ciclo Ficción Rara, coordinado por Luna Miguel para PlayGround. Hoy descubrimos a Gabby Gabby, una narradora americana que abre una ventana a los secretos del sexting y las relaciones por internet

El sexting, el ligue por internet y los rollos a distancia utilizando los dispositivos móviles; es en ese mundo de relaciones modernas en el que nos sumerge la joven poetisa y narradora americana Gabby Gabby, nueva incorporación al ciclo Ficción Rara, con este relat que se publica por primera vez en castellano (en inglés pudo leerse en Thought Catalog). Penúltima entrega, preparando el terreno para el gran final.

[ Gabby Gabby (1992) es poeta y narradora. Su primer cuaderno de poesía “Airplane Food” (NAP, 2012) ha recibido muy buenas críticas que la han llevado a ser comparada con Miranda July. A mediados de 2013 verá la luz su primer libro “Alone With Other People”, editado por Civil Coping Mechanisms. Es editora de la genial revista “Illuminati Girl Gang”.]

Estaba escuchando una lista variada que había hecho Adam. Me gustaba pensar que Adam había recopilado la lista especialmente para mí pero la hizo para Internet. La lista de canciones era la siguiente:

Money de The Drums

Psychic Mesa de Total Slacker

I Only Know de Warm Weather

Actors de Elephant

The Place Where You Belong de Lemonade

Dies in 55 de Trailer Trash Tracys

Gold de Sundelles

Becoming de T|ines

Better off Without You de Summer Camp

One Day de Velcro

After The Sun de Princesse

I’m On One de Diamond

Teflon Heart de Caged Animals

Proud Head de Black Flamingo

An Old Photo of Your New Lover (Baths Remix) de The One AM Radio

Pentecost de Ben Varian

—Acabo de darme cuenta de que no sé qué edad tienes. Supongo que esa sería una buena pregunta.

—Madre mía, soy viejo. Ahora es cuando sales corriendo. Jajaja.

—Ahora creo que tienes 80, así que si me dices tu edad real solo puedes mejorar la situación.

—Acabo de cumplir 84. Que no, jajaja. He cumplido 32. Ag.

—Mi más sentido pésame. Treinta es la edad adulta oficial y tú ya te has pasado dos años... Muy viejo. Pero, en serio, no está tan mal. Aunque te lo dice alguien que cree que Noam Chomsky sigue estando bueno y tiene 82.

—¿Así que aún puedo valer algo a los 32?

—Por supuesto. Y si estuvieras metido en rollos académicos aún te quedarían unos cuarenta o cincuenta años de estar bueno. Pero, claro, eso solo a ojos de las nerds a las que les ponen los profesores.

Adam no es profesor. Probablemente solo le quedan diez o veinte años más de estar bueno a juzgar por el perfil de su mandíbula.

Adam tenía un grupo en MySpace que alcanzó cierta relevancia en Internet a principios de los 2000. Ahora lleva un blog de música que ayuda a dar importancia en Internet a otros grupos poco conocidos que son demasiado cool para que yo los conozca antes de que él hable de ellos en su blog. Soy de las que disfruta con un tema pop sencillo y pegadizo. Adam y yo nos conocimos por Tumblr cuando Adam me mandó un mensaje anónimo que decía: «Me encantaría hablar contigo en privado».

A Adam le gustaba escribirme cuando estaba aburrido y cachondo. Adam solo me escribía cuando estaba aburrido y cachondo. Tuve sexo telefónico con Adam solo una vez. Cuando cogí el teléfono me sorprendió su voz chillona. Quizá fue porque intentaba no levantar la voz o quizá simplemente porque tenía una vocecilla graciosa. Me estaba recuperando de una gripe así que, si gemía, acompañaba el gemido con al menos cuatro toses sexis.

Cuando me aburría, dos de la mañana en la costa este, diez de la noche en el Pacífico, me tomaba hasta tres pastillas de Oxicodona y escribía a Adam sobre cómo quería besarle. Me excitaba en mi cabeza pero no podía excitarme físicamente porque me había tomado demasiadas pastillas. Pensaba en besar a Adam y parecía agradable en mi cabeza. Quería recordarle a alguien canciones de amor pop de finales de los noventa a principios de los dos mil. Quería que alguien escuchara a Mariah Carey y pensara en mis labios. Quería que Adam fuera Justin Timberlake a principios de los 2000. Quería que escribiera todas sus canciones para mí.

—¿Dónde lo quieres? Quiero que me supliques —me dijo Adam por teléfono.

Al inicio de nuestra relación textual, jugamos al Juego de las Preguntas. Era como esa táctica para romper el hielo que los profesores de primaria utilizan desde el minuto uno en clase con la esperanza de convertirse en El Profesor en las anécdotas posteriores de sus alumnos por ser el responsable de fomentar amistades de por vida erigidas en torno al mes de nacimiento de cada uno. El primer día de clase, cada año hasta acabar el instituto, siempre hacían las tres mismas preguntas: «Dinos tu nombre, tu cumpleaños y tu color favorito». Siempre tartamudeaba ante la última respuesta. Sentía que mi color favorito sería lo que me definiera durante el resto del curso. Desde la tierna edad de cinco años, mi mantra era, y sigue siendo, «Todo negro». Pero temía que, si decía «negro» como de verdad quería, ninguna de las «Amanda» o «Stacey» querrían ser mis amigas. Es muy importante situarse bien socialmente el primer día de clase. Temía que me calificaran de marginada y me obligaran a sentarme junto a un chico de pelo grasiento y una bolsa marrón con su comida dentro que hablara de su padrastro en voz baja. El chico se sentaría encorvado en su silla, avergonzado de su cuerpo demasiado grande para la pequeña mesa de plástico, demasiado grande para un niño de siete años. Los dedos índice y corazón de su mano izquierda estaban unidos por una especie de membrana. Menos mal que era diestro. O quizá no le quedaba más remedio que ser diestro porque los dedos índice y corazón de su mano izquierda estaban unidos. Durante la comida, intentaría ofrecerme su leche con su mano buena (o, al menos, intentaría compartirla conmigo) y me diría que me quería. Eso era para mí el amor por aquel entonces. Te quiero con dedos membranosos. Te quiero con leche a temperatura ambiente. No quería ni su leche ni su amor.

—¿Te parece horrible que eso solo me provoque que quiera que lo hagas aún más? —dijo Adam.

Se llamaba Stu, nacido el 8 de julio, y su color favorito era el negro («A veces me gusta el rojo. Como la sangre».) No quería sentarme con el Stu del mundo de primaria y beber leche del tiempo de una segunda cañita. Quería ser una Stacey o una Amanda. Quería un maldito zumo con todas mis ganas.

Ese año, le dije a la clase que mi color favorito era el «rosa claro o el rosa fucsia, dependiendo del día».

—¿Sigue siendo castigo si lo disfruto? —tosí al teléfono.

A pesar de mis grandes esfuerzos, ese año acabé sabiendo mucho del padrastro de Stu ante cartones de leche del tiempo al 2%. La leche me recuerda a la tristeza. Al contar anécdotas sobre mi profesor de primaria a veces mencionaré a Stu y hablaré de que los dos nacimos durante los meses de verano.

Adam me preguntó qué estaba haciendo en ese momento, en el momento exacto en el que me escribió a las doce de la noche. Me noté que quería sonar inteligente e interesante, quería no sonar a 19. Le dije que acababa de cocinar un guiso vegano y que estaba sentada apoyada contra el alféizar de la ventana leyendo la teoría de Pettit sobre la libertad en mi habitación de la residencia. «Hay quien se ha enamorado de alguien por mucho menos que eso. Me da que tendrías que estar diciéndome eso en francés mientras alternas entre tu guiso y la escritura de unas memorias sobre el tiempo que pasaste como música callejera en los túneles del metro de Nueva York».

Deseaba una vida así de romántica. Me preocupé al darme cuenta de que me cuestionaba en serio si era lo suficientemente bohemia. Paso el tiempo comiendo guiso directamente de la olla porque no tengo cubiertos ni platos y no conseguí que mi compañera de habitación robara ninguno del comedor. Paso el tiempo hablando con gente online y practicando mi Voz Sexy de Sexo Telefónico. ¿Soy lo suficientemente bohemia? O solo soy repugnante.

Para seguir con el juego de las preguntas, le pregunté a Adam por su grupo.

—¿Cuál es tu canción favorita que has escrito?

Adam me respondió en un e-mail:

«La canción que te envío desde luego no es la mejor canción que he escrito o que he grabado pero la intención que hay detrás siempre ha significado mucho para mí, tanto que de algún modo, años después, sigue siendo mi favorita de todo lo que he escrito.

Justo antes de que el grupo que monté firmara el contrato discográfico, salimos en nuestra primera gira por Estados Unidos. No teníamos representante ni ningún otro apoyo así que lo organicé yo mismo.

Estuvimos fuera un mes y medio y tocamos cada noche, a veces incluso hacíamos dos bolos si podíamos. Fue intenso, hacía frío, la furgoneta destartalada que llevábamos entonces se estropeó varias veces, íbamos atacados. Nos metí de lleno en ese mundo porque es la única vida que siempre he querido y que aún quiero. Mi mejor amigo fue la primera persona que traje para empezar el grupo conmigo. Él y yo llevábamos tocando juntos literalmente desde el primer día que nos conocimos, cuando yo tenía quince y él catorce. Se unió a mi grupo del instituto antes de que aprendiera a pronunciar su nombre correctamente. Bueno… Se volvió muy distante durante la gira y resultaba difícil no estar enfadados. No nos comunicábamos. Cuando llegamos a casa, acabé cancelando los ensayos durante todo un mes con alguna excusa estúpida solo para no tener que enfrentarme a la situación. Al final, se acercaba un importante concierto justo antes de navidad y me di cuenta de que teníamos que ensayar o lidiar con el tema. Nos reunimos para hablar y al final él dijo que sentía que sería mejor que dejara el grupo porque estaba creciendo sin parar y queríamos salir más y más de gira y aquello no era algo que él pudiera mantener. No dije una palabra en todo el rato. Creo que estaba en shock. Nos habíamos reunido con la intención de decirle que dejara el grupo y ninguno fue capaz de soltar una palabra, así que lo hizo él por nosotros. Pasaron unos meses pero al final volvimos a pasar tiempo juntos y dejamos a un lado el rollo de la banda. Resultaba más fácil no sacar el tema. La canción era la única manera en la que podía transmitirle cómo me sentía. No sé si lo hice bien pero significó mucho para mí, aún es así. Diecisiete años después, sigue siendo mi mejor amigo y hablamos cada día.

Es una tontería, lo sé. Como he dicho, hay canciones mucho mejores pero me has preguntado cuál era mi favorita. Supongo que soy un sentimental».

Sentimental. La primera vez que Adam me dijo que le enviara «mensajes guarros» me pidió perdón inmediatamente después.

—¿Qué estás haciendo ahora? —me preguntó Adam por mensaje.

—La verdad es que nada. Estoy escuchando el mismo vídeo de YouTube en modo repeat aquí tumbada. Así que nada. ¿Qué haces tú?

—Lo mismo más o menos. Tumbado en la cama con el portátil.

—Siento que, para ser una persona creativa, llevo una vida aburrida. Debería ser más proactiva sobre ser más interesante. Tal vez.

—Yo me siento siempre así. Necesito convencerme de que, cada vez que voy a ver una película o la tele o salgo a comer algo, debería coger la guitarra en vez de hacer eso.

—No comas nunca.

—¿Te sientes atrevida?

—Mira tu correo.

Le había enviado a Adam una foto mía desnuda. Creo que salía guapa en la foto. Me siento segura cuando estoy desnuda. Más segura que cuando estoy vestida o cuando hablo.

—Madre mía. Estás impresionante. Preciosa. Me he quedado con la boca abierta. Te lo prometo.

—Gracias.

—¿Te atreves a hacer algo?

—Sí.

—A que no te atreves a enseñármelo todo. Ábrete de piernas para mí. Inclínate, ábrete el culo para mí. (¿Es demasiado?)

—Creo que nunca he dicho que no cuando me han preguntado si me atrevía a hacer algo.

—¿Te gusta lo que te he pedido?

—Sí. Mucho. Mira tu correo.

—¿Quieres ser aún más cerda para mí ahora mismo?

—Por supuesto.

—Quiero que grabes un video y me lo envíes haciendo lo que estés haciendo ahora mismo. Quiero ver cómo te frotas el coño húmedo. Quiero verte tocándote las tetas. Quiero verte jugueteando con ese pequeño agujero de tu culo. Quiero ver esa cara preciosa y esos ojos impresionantes. Quiero que hagas todo lo que yo no puedo.

—Vale.

—¿Te gusta la idea?

—Sí.

—¿Te gusta que te diga que hagas cosas? ¿Que te pida cosas?

—Sí. Mira tu correo.

Me gustaba actuar para hombres online, para hombres que no conocía en persona. Me gustaba la idea de una intimidad lejana. Me gustaba la idea de parecer intocable y etérea. Con hombres más mayores, sobre todo, sentía la urgencia con la que me deseaban. Una chica joven y atractiva que parecía no querer nada más que a ellos y, a su vez, ellos no querían nada más que a ella. Me sentía poderosa. Era una manera fácil de escapar a la soledad a la que me había acostumbrado. La soledad me acompañaba, como un invitado a una fiesta que es el amigo de un amigo y que se queda mucho después de que la fiesta se haya terminado. Se sentaba conmigo en mi cama, donde me tumbo bocabajo, borracha de vino y pensativa. Me frotaba la espalda de forma demasiado familiar para un primer encuentro. La soledad me observaba mientras dormía y se quedaba en mi cama cuando me levantaba a la mañana siguiente. Cada mañana.

Un día, me desperté y sentí la falta de algo. Había dejado de sentir la presencia de la soledad con tanta intensidad. Estaba satisfecha con mi nueva compañera. Coexistíamos en un reconocimiento silencioso. Ahora me sentía como un globo que habían soltado y volaba libre, flotando, rozando el techo de una habitación cerrada. Solo podía sentir la soledad de forma abstracta y distante. A veces, durante conversaciones casuales, la falta de sensación alguna era muy perceptible, sentía que necesitaba que la persona que me hablaba me aplastara con todo el peso de su cuerpo para poder estar segura de que intentaban comunicarme algo. Esa mañana, mi iPhone se encendió con un mensaje de Adam. No le respondí. Esa noche soñé que Adam y yo habíamos inventado un complicado juego de mesa que requería deletrear palabras en código con monedas y escribir largos ensayos de actualidad.

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