Columnas

Todo lo que nos parecía extremo ahora ya es normal: ¿hay algo que podamos hacer?

El que parecía una distopía graciosa de los Simpson ahora es presidente de Estados Unidos. Mientras el Ártico se derrite, empezamos a pensar en los beneficios para la agricultura del deshielo. Llamamos Alt-Right a asociaciones que esconden a nazis… ¿Cómo comportarse en medio del caos?

En un reciente estudio, el diccionario Merriam Webster descubrió que la palabra “normalización” se usó en 2016 el doble que en 2015 en Estados Unidos. Pero el uso que más se había ampliado no era el de su primera acepción —“la vuelta a la normalidad”—, sino el de la segunda: “La redefinición del discurso moderno para permitir que los puntos de vista extremos sean considerados normales”.

Existen decenas de casos que nos señalan que no paramos de convertir lo imposible en posible y lo anormal en normal. Por ejemplo, hace 20 años lo normal era tener un piso amplio, con varias habitaciones, con estanterías para vinilos e incluso un balcón por un precio razonable. Lo anormal, por el contrario, era tener un piso de 20 metros cuadrados, sin salida al exterior y con camas plegables empotradas como armarios para aprovechar el espacio, por un precio desorbitado.

La crisis de la vivienda y su inaccesibilidad han derivado en que ahora tengamos que considerar normal lo segundo, e incluso celebremos “soluciones” como las camas empotradas o que paguemos menos de 800 euros mensuales por el alquiler de una ratonera. Nos parece raro al principio, pero nos adaptamos, porque no hay alternativa, hasta que convertimos nuestra nueva situación en lo nuevo “normal”.

Algo parecido ocurre con la política: 2016 fue un año en el que lo que parecía imposible ha sido posible, como que un país como el Reino Unido abandone la Unión Europea, o que quien fuera una distopía graciosa de un capítulo de los Simpsons —Donald Trump— sea presidente de los Estados Unidos.

En ambos casos, y ante el auge de los movimientos políticos populistas en Europa, hemos reaccionado de la misma manera: una vez se han plantado en nuestras narices, los hemos normalizado. Un ejemplo reciente es la reunión que mantuvieron hace unas semanas en la ciudad alemana de Coblenza los líderes europeos nacionalistas, algo que en Europa hubiese sido impensable en los últimos 60 años. Ahora ya forman parte de nuestro ecosistema político y de nuestro día a día.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

El filósofo esloveno Slavoj Žižek apunta a que, una vez un extremo se convierte en realidad, lo terminamos normalizando porque es la única manera que tenemos de convivir con esa nueva realidad. Cita, como ejemplo, los momentos en que los niveles de polución en China llegan al extremo y las autoridades transmiten un clima de tranquilidad, para normalizar el fenómeno extremo y así evitar el caos social. La gente se pone la mascarilla y sigue funcionando.

Parece un circuito sin escapatoria: si hablamos de Trump o de la extrema derecha como una opción política más, la normalizamos. Si nos empecinamos en que se trata de una anomalía, la normalizamos también. La convertimos en parte de nuestro día a día

“Se ha hablado mucho de cómo las cosas peligrosas se convierten en parte de nuestro día a día. A menudo, esto sucede en los lugares donde menos te esperas que la política transpire. Es en los talk-shows nocturnos, cuando el comediante le toca el pelo a Donald Trump riéndose de él, señalando que el loco también acepta bromas… es en la revista de estilo que funciona su normalización y la de los de su alrededor, sugiriendo que quienes tienen muebles bañados en oro son iguales a nosotros (...)”, dice Hua Hsu en el New Yorker.

El mismo debate se ha planteado en los medios ante el uso del término Alt-Right para definir a la derecha alternativa que estaba ganando terreno en la guerra cultural contra la izquierda, y que ha acompañado a fenómenos como Trump o a los populismos europeos.

Queriendo comprender un fenómeno anormal, medios como Los Angeles Times consideraron al National Policy Institute —una institución que defiende la supremacía blanca— un think tank. Poco tiempo después, Richard Spencer, uno de sus representantes, hizo el saludo nazi en una conferencia en Washington. La anécdota fue suficiente para prender la mecha del debate: ¿habíamos normalizado a los nazis desde la prensa?

No les llames Alt-Right, llámales nazis

El diccionario Webster tenía razón: la palabra normalización ha duplicado su uso, pero sobre todo lo han duplicado los sectores liberales y de izquierdas. “La palabra no está en todas partes, sino que es una tendencia entre los progresistas”, escribe Emily Dreyfuss en Wired.

Los sectores de izquierdas se echan las manos a la cabeza por haber normalizado a los nazis desde los medios masivos. La tensión había llegado hasta el punto en el que la CNN tuvo que disculparse por el siguiente titular: “Un fundador de la Alt-Right se cuestiona si los judíos son personas”.

La respuesta, expresada de manera contundente en una opinión de Lindy West en The Guardian, fue la de llamar a las cosas por su nombre: “Don't call them Alt-Right, call them nazis”; o sea, "no los llames Alt-Right, llámalos nazis". ¿Ha conseguido esto devolver a estos fenómenos anormales a la cueva en la que estaban? En realidad, más bien lo contrario: los ha seguido normalizando, incluso más.

Lo único que parece que hemos logrado los medios masivos es seguir llenando los muros de Facebook, pero con las etiquetas no argumentales de nazis, xenófobos, misóginos y antisemitas. David Axelrod, el Jefe de Estrategia de Obama, definió la ruptura de cintura de los medios de masas: “El nuevo cliché para devolver las cosas a la normalidad es '¡No normalicéis a Trump!' ¿No bastaría con hablar de él cuando algo esté mal?".

Lo que Axelrod quiso decir en ese tuit es que la insistencia en desnormalizar a Trump solo le hace más presente en nuestro día a día. Parece un circuito sin escapatoria: si hablamos de Trump o de la extrema derecha como una opción política más, la normalizamos. Si nos empeñamos en que se trata de una anomalía, la normalizamos también. La convertimos en parte de nuestro día a día.

¿Qué hacer entonces? ¿Hablar de si los judíos son o no personas como si no pasara nada? ¿Callar? ¿Enterrar la cabeza como una avestruz? ¿Poner un bloqueador de las noticias de Trump al estilo de un adblocker? ¿O protestar como hicieron activistas de izquierdas ante la sede de la BBC porque la cadena iba a conceder una entrevista a Marine Le Pen?

Definir los términos de lo aceptable, hablar de lo relevante

El periodista veterano de la BBC Robin Lustig aseguró sobre este fenómeno: “Creo que los editores de noticias deben hacer con líderes populistas exactamente lo que hacen con cualquier otro político. Informar sobre ellos de manera honesta, y retarlos de manera contundente. Si estoy escribiendo sobre lo que dice Stephen Bannon, no necesito llamarle antisemita o derecha populista. Eso se lo dejo a otros. Y me aseguraría de que ninguna pieza de noticias incluyera a críticos de su lenguaje”.

La normalización tan solo llega cuando la realidad de lo extremo es aplastante e irreversible y poco se puede hacer contra ella. Žižek también recuerda el caso de Groenlandia: ante el deshielo de la isla ártica, la CNN publicó una pieza en la que hablaba de las nuevas oportunidades para la agricultura, en un nuevo proceso de normalización.

Hablemos de ellos sí, definiendo los límites de lo aceptable y sin acomodarnos, pero sin caer en las etiquetas constantes que los hagan omnipresentes.

Sin embargo de nada sirve lamentarse por la pérdida del hielo o seguir diciendo que hemos normalizado una consecuencia catastrófica del cambio climático. El hielo se ha ido y eso es irreversible. La pregunta no es por qué hablamos de vacas pastando en Groenlandia si no cómo hemos dejado que la isla se deshiele.

En el caso de Trump y los extremos políticos, no se trata de preguntarse de cómo los desnormalizamos, si no de cómo hemos dejado que suceda, cómo no hemos logrado contenerlo y cómo podemos hacer que no se repita.

Por ahora, la respuesta más inteligente es dejar que los fenómenos anormales caigan en su propio ostracismo. Y para ello, la respuesta que parece más acertada, desde el tratamiento de los medios, es la que proponen el estratega de Obama Axelrod, y Lustig, el periodista de la BBC: hablemos de ellos sí, definiendo los límites de lo aceptable, retándolos y sin acomodarnos, pero sin caer en las etiquetas constantes que los hagan omnipresentes.

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar