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¿Por qué nos gustan las MILFs? Esta serie te lo explica

El monumento a la sufrida esposa del fiscal putero, a la madre coraje que vuelve a trabajar tras años de ama de casa y a la mujer sexy capaz de seducir a un juez quisquilloso tiene un nombre: Alicia Florrick

Una escena clásica de la política estadounidense es aquélla en donde una figura pública es pillada confesando sus desmanes privados. “The Good Wife” ha congelado esa imagen y la ha narrado de manera diferente a como estábamos acostumbrados: desde el punto de vista de ella.

“The Good Wife” es de las pocas series en activo —por no decir la única— que ha logrado sobrevivir cinco temporadas despachando 22-23 capítulos por año con una calidad que no decae. Gran parte de este milagro —la cadena CBS la mantiene por criterios de prestigio más que de audiencia— se debe al personaje troncal de Alicia Florrick (Julianne Margulies). Ella es la sufrida esposa del fiscal putero, la madre coraje que vuelve a trabajar tras años de ama de casa, la mujer sexy capaz de seducir a un juez quisquilloso y a un tierno psicópata, en definitiva, la protagonista de este drama de abogados que reúne todos los ingredientes del género y alguno más.

A pesar de tener como productores ejecutivos a dos reconocidos machos alfa como son los hermanos Ridley y Tony Scott —este último fallecido en agosto de 2012—, “The Good Wife” es una serie profundamente femenina. Es generosa e implacable como una madre y tiene el instinto de estar siempre ahí, pase lo que pase. Y, como suele suceder con las madres, ellas tienen razón. Mientras otras opciones se despeñan por el barranco del absurdo no deseado como “Homeland” o se agotan en si mismas como “Treme”, “The Good Wife” resplandece con el brillo de la máquina bien engrasada. Y en medio de todo ello luce Alicia Florrick, con la dignidad de una mujer arrastrada por el fango que aún guarda entereza suficiente para dejar estupefacto al personal con sus maneras elegantes y sus convincentes argumentos.

Putas con dinero público

El matrimonio de guionistas Robert y Michelle King, creadores de la serie, tenía claro que la trama iba a estar pegada a la actualidad desde la misma sinopsis. Remezclaron los conocidos affaires de Eliot Spitzer, John Edwards y Bill Clinton para crear la figura de Peter Florrick, que encarna al fiscal general encarcelado por pagar prostitutas con visa de estado, y al político que no duda en utilizar a su esposa en una rueda de prensa como rehén moral para pedir el perdón de sus votantes.

Uno de los aciertos de los King fue congelar esa imagen, la del dirigente confesando sus desmanes privados, tantas veces repetida en ambientes anglosajones, y preguntarse por la mujer, y no por el marido. ¿Qué cara tendrá al día siguiente de semejante humillación pública? ¿Cómo dará de comer a su prole con el marido en prisión? ¿De dónde sacará las fuerzas? Las cinco temporadas dan amplia respuesta a estas preguntas pero se podría resumir en que el mayor descubrimiento de Alicia Florrick a lo largo de la serie es ella misma.

Infalible, Perry Mason

Cualquier conocedor del cine de abogados sabe que un juicio norteamericano es un drama shakesperiano en tres actos y numerosos puntos de giro. A diferencia de los contenciosos españoles, que se atascan durante legislaturas en un proceloso e inexplicable sistema diseñado para matar de aburrimiento a la opinión pública, en EEUU lo tienen todo visto para sentencia en menos de hora y media.

Entre tanto, un furioso intercambio de argumentos, alegatos, testigos hostiles, confesiones, perjurios, testimonios de expertos, varias mociones de protesta denegadas o aceptadas, según el caso, y, cómo no, un par de pruebas sorpresa que harán temblar durante un instante el veredicto final. Un esquema rígido con múltiples de variaciones que, a la manera del ajedrez, articula todas las películas de juicios.

De hecho, cuando el crítico Russel B. Nyer analizó las canónicas novelas de Stanley Gadner sobre el astuto letrado Perry Mason, llegó a la conclusión de que lo más parecido es el teatro japonés del Noh, famoso, entre otras cosas, por su disciplinado esquema narrativo.

Aparte de las intrigas propias de la trama judicial, uno de los atractivos fundamentales de una serie de abogados es la variedad de temas que se pueden llegar a tratar. “The Good Wife” aprovecha esta circunstancia para llevar al estrado asuntos de rabiosa actualidad como los conflictos legales entre el ejercito americano y sus empresas privadas de seguridad al estilo Blackwater, la connivencia con la tortura en China de gigantes de internet como Yahoo, los robots virtuales que mediante algoritmos crean contenidos en la red, las contradicciones de la moneda Bitcoin, la vigilancia global de la NSA o la primavera árabe, entre otros muchos.

El arte del relato

Es de agradecer la absoluta falta de escrúpulos con la que nos muestran el día a día de los juristas privados que, como dice Gómez de Liaño, se mueven por la pasión del abogado defensor, esto es, la abultada minuta que cobran por su trabajo.

En el mejor de los casos, un buen abogado es un avispado sofista al servicio del mejor postor, pero también un teórico-práctico del arte del relato. El duro Will Gadner, socio del bufete donde trabaja Alicia Florrick, afirma en un momento dado que no basta con que la historia que cuentes sea verdad y parezca verdad sino que también debe tener punch, atrapar al público que lo escucha.

Se les presenta este problema cuando el discurso de uno de los peritos convocados por la defensa en un caso contra una multinacional de medicamentos se enreda en tecnicismos. Tras una breve reunión aclarativa con los abogados, el mismo experto decide resaltar en el estrado un aspecto concreto de su estudio: las ratas de laboratorio tratadas con esa medicina sentían un irrefrenable deseo de mantener sexo anal. Como es lógico, esas dos palabras mágicas lograron su efecto hipnotizador y el cuello del jurado dio un giro de 90 grados. Así cualquiera.

Los robaplanos, ese fondo buitre

Si alguien merece el calificativo de ave carroñera en el universo actoral son los personajes secundarios con vocación de protagonistas. Los robaplanos sobrevuelan en círculos al personaje central como fondos buitre financieros en torno a los bloques de viviendas semihabitadas. La robaplanos número uno en “The Good Wife” es la actriz de origen indio Archie Panjabi, que interpreta a la investigadora Kalinda Sharma, una mezcla entre Mata Hari y MacGyver con un pasado incierto y un susurrante acento británico. Desde el primer capítulo en el que, bajándose la cremallera del escote, afirma “estas dos son mejores que cualquier citación” queda claro que la serie iba a explotar el atractivo de este misterioso personaje. Amiga de los monosílabos y de las respuestas enigmáticas, cuando le preguntan por su orientación sexual pone cara de buena y, dos años después, afirma: “flexible”.

Esta actriz, nacida en Londres, ganó en 2010 un Emmy a la mejor actriz de reparto y también tiene un papel fijo en la serie de BBC Two “The Fall”, ambientada en Belfast.

Otro robaplanos de libro es el actor Alan Cumming, que da vida al gestor de crisis Eli Gold, el verdadero fontanero de Peter Florrick, su hombre de confianza y uno de los personajes más carismáticos del nutrido reparto de secundarios.

Admirador de sus antepasados judíos guerreros y colérico con raptos de ternura, el personaje de Eli Gold, perfilado en base a Ramh Emanuel, jefe de gabinete de Obama, es el cortafuegos que todo político querría tener a su lado en un momento difícil. Con un pie dentro de la legalidad y otro en arenas movedizas, sus clientes pueden ser una empresa de quesos acusada de envenenar niños en una escuela, el lobby gay o su propia exmujer. Cualquiera que tenga un problema de imagen pública y necesite resolverlo urgentemente.

El hombre detrás de este personaje, Alan Cumming, se autodefine en su impagable cuenta de Twitter como “un elfo escocés atrapado en el cuerpo de un hombre de mediana edad”, y es un brillante actor de teatro, cine y televisión desde que comenzó su carrera a mediados de los 80. Curiosamente, en 1999 protagonizó una portada desnudo en la famosa revista Out. También ha confesado haberse tatuado el nombre de un ex novio a la altura del vello púbico para luego borrarlo cuando terminó la relación.

La hora de Michael J. Fox

“Hacer de la necesidad virtud”. Algo parecido a este refrán de posguerra española debieron pensar el propio Michael J. Fox y los directores de casting de Hollywood cuando en el año 2000 se le detectó la enfermedad de Parkinson. Ahí cambio la carrera radicalmente de este actor que tuvo la mala suerte de pasar de la eterna juventud a la vejez prematura en un abrir y cerrar de ojos. Contra todo pronóstico, el hombre ha salido bien parado, entre otras cosas, gracias a su papel en “The Good Wife”. Un abogado inválido con una enfermedad incurable, como es el caso del despiadado leguleyo que interpreta Fox, puede ganarse la simpatía de un juez y un jurado abusando de ese rastrero sentimiento universal llamado compasión. Una treta que el personaje juega con maestría, aunque a veces se le vuelva en contra por insistir demasiado.

Actualmente, Michael J. Fox protagoniza una comedia que lleva su nombre en la NBC. La trama está inspirada en su propia lucha contra el Parkinson, y como se podrán imaginar gotea almíbar por los cuatro costados.

Historia de un puente

Cuando la triste noticia de que el director de cine Tony Scott se había suicidado tirándose desde un puente en Los Ángeles saltó a los teletipos de medio mundo, muchos fans de “The Good Wife” no pudieron evitar recordar inmediatamente el episodio titulado “After The Fall” (Después de la caída) en la tercera temporada. La trama está basada en el caso real de un documental llamado “The Bridge” dirigido en 2006 por Eric Steal en el que están recogidos 23 de los 24 suicidios sucedidos ese año saltando en el famoso puente Golden Gate en San Francisco. La película generó controversia porque los oficiales del puente decidieron demandar al cineasta por no haber autorizado su contenido.

Independientemente de los motivos que llevaron a Tony Scott a arrojarse desde un puente una mañana soleada de agosto en Los Ángeles —parece ser que no tenía cáncer terminal como se dijo—, no es descabellado pensar que conocía este documental y, tal vez, de alguna manera pudo influirle, al menos, en la forma de suicidio. Como dice uno de los amigos de Gene Spargue, una de las protagonistas suicidas de “The Bridge”, “¿por qué eligió el puente? No lo sé. Tal vez quería volar una sola vez”.

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