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Los libros me arruinaron la vida, y eso me encanta

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Agnès Desarthe es la autora de 'Cómo aprendí a leer', una historia de amor-odio sobre el mundo de los libros

Luna Miguel

06 Febrero 2015 11:14

Cada vez que vengo a pasar una temporada a casa de mi padre, me quedo como embobada contemplando la gran estantería del pasillo. Allí, un montón de libros están apilados por géneros, o colores, o a veces incluso por nombres, aunque el orden es realmente difícil de comprender. Por eso, cuando pienso en mi época de adolescente, cuando vivía felizmente angustiada entre las cuatro paredes de mi pequeño cuarto, me acuerdo de todas esas veces en las que me tumbaba a leer cualquiera de los libros que seleccionaba concienzudamente de aquella estantería. Ninguno me había sido prohibido, así que por supuesto mi interés siempre se tornó hacia aquellas novelas o poemarios que prometían historias de amor y de sexo.

Mis métodos de selección, además de por temáticas, eran variados y realmente no tenían sentido. Me gustaban más los nombres de anglosajones que los que prometían a un autor español o latinoamericano. Me daba pereza todo lo que tuviera que ver con oriente, y lo cierto es que a menudo me decantaba por escritores que tuvieran pinta de haber vivido en París. Empecé a robar libros, primero de aquella estantería gloriosa —los escondía debajo de la cama, o les ponía mi ex libris si me gustaban muchísimo como para fingir que en el futuro, cuando me marchara de casa, aquellos volúmenes eran míos—; y después, tan enganchada como estaba a ciertos autores, comencé a llevármelos de la propia librería.

La culpa la tenían aquellos libros y aquella estantería. Aquella adicción que tantas veces me había llevado a delinquir


Leer siempre ha sido algo peligroso. Incluso si a mi padre no le importaba que yo disfrutara con las escenas más tremendas de Charles Bukowski, o que me hiciera  la interesante leyendo Lolita en algún parque de la ciudad, a mí todo aquello me parecía demencial. Cuanto más leía, más quería ser la protagonista de aquellos libros. Cuanto más los gozaba, más quería escribirlos. En realidad, mi pasión no era tanto por la literatura sino como por la magia que se esconde detrás de ella. Me encantaban los personajes adolescentes de Amélie Nothomb, me enamoraba muy fuerte de algunos hombres que aparecían en ciertas novelas, o incluso ardía con algunos poemas amorosos de Vicente Aleixandre.

Leer siempre ha sido malo, tóxico, terrible para mí. A los catorce o quince años me imaginaba a mí misma de mayor, escribiendo novelas para mujeres y teniendo muchos amantes de todo tipo, a los que leería poemas en la cama. Era todo muy ridículo, y era todo muy intenso. La culpa la tenían aquellos libros y aquella estantería. Aquella adicción que tantas veces me había llevado a delinquir. A veces, con los años, y con muchos libros más a mis espaldas, he llegado a pensar que en realidad a mí leer no me gusta. Que la lectura es sólo un placer casi pornográfico, que la literatura es una especie de condena, algo que no puedo dejar, y sin lo que puedo vivir, algo que entiendo como muy íntimo, tanto que a veces me cuesta compartir con los demás.

En estas líneas en donde ella descubre que los libros le arruinaron la vida, el lector sabe que de algún modo también se la salvaron


Todas estas cosas me vienen a la cabeza cuando regreso aquí, a esta casa, a este escritorio en el que redacté mis primeros poemas cursis y mis primeros artículos cursis. Ahora, además, sostengo entre mis manos un libro de color rojo, que nada más abrirlo me ha hecho llorar. Se trata de Cómo aprendí a leer, de la francesa Agnès Desarthe, unas memorias en las que la autora relata absolutamente la misma sensación que yo acabo de narrar. La literatura como intimidad salvaje. La lectura obligatoria como aborrecimiento. El mundo de los libros, como un paraíso al que dejarse llevar, y por el que dejarse los ojos, la piel, los huesos, pero sólo si nos permiten que lo descubramos libres.

Cómo aprendí a leer es un homenaje perfecto para aquellos que como Desarthe se han sentido raros alguna vez. Para aquellos que experimentan una sensación de placer infinita cuando tocan con sus manos un libro nuevo, o un libro viejo, pero un libro deseado, en definitiva, adquirido por primera vez para nuestra biblioteca. Para los que odian la lectura pero en su interior aman e imaginan nuevas historias. Para los que encuentran en la poesía puro reconocimiento. Un lugar en el que expresarse, y sentirse ellos mismos. Hoy, aquí, en esta casa y con este libro entre las manos me siento yo misma porque puedo reconocerme en otra voz. Da igual que Agnès Desarthe tenga varios años más que yo, da igual hayamos vivido en países, ciudades y culturas distintas. En estas líneas el donde ella describe su adolescencia, el lector vuelve a ser adolescente. En estas líneas en donde ella descubre que los libros le arruinaron la vida, el lector sabe que de algún modo también se la salvaron. Gracias, Desarthe, por salvarnos hoy. Puede que la literatura sea mala, pero eso, tú lo sabes, nos encanta.


La lectura puede ser una droga, como una enfermedad a la que a veces hay que poner remedio




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