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El grupo de punk que okupó una embajada

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Illegal Pop #2

Servando Rocha

20 Abril 2015 06:00

En la imagen podemos ver a un grupo de punks sentados frente a una enorme y lujosa mesa. Tienen todo el aire de formar parte de un gobierno dictatorial venido a menos y dispuesto a vender hasta los muebles. No lo escuchamos, pero podemos imaginarnos los helicópteros sobrevolando sus cabezas.

Podría ser Vietnam antes de la liberación o alguna guerra africana. Sin embargo, estamos en Londres, en la embajada de Libia situada al norte de la ciudad, en el barrio de Hampstead, y el hombre que vemos en el cuadro no es otro que el célebre Muamar el Gadafi. Tampoco hay ninguna guerra, al menos en Inglaterra. Varios de ellos leen su famoso Libro Verde, la obra con la que pretendía sintetizar su pensamiento y su particular catecismo.

Estas mismas personas, instantes antes de posar para la posteridad, habían colgado una pancarta que rezaba «Derribemos a los tiranos» junto al lema «Fuera de Londres. Fuera de Libia».

Los miembros de God told me to do it, una banda anarcopunk de Hackney, habían ido muy lejos. ¿Os imagináis que al entrar se hubiesen encontrado al mismísimo coronel Gadafi de visita por tierras inglesas? Sin embargo, hallaron el edificio vacío.

Derribemos a los tiranos. Fuera de Londres, fuera de Libia


Tiempo antes, durante una manifestación celebrada ante sus puertas, guardias de seguridad, ocultos en la mansión, habían realizado varios disparos a la multitud. Algunos manifestantes resultaron heridos y una agente de policía falleció. Inmediatamente, el gobierno inglés exigió una investigación, pero el embajador libio se negó a cooperar, abandonando la residencia y regresando a su país. Aquella tragedia marcó el final de un polémico idilio entre la aristocracia y la élite política inglesa con el régimen de Gadafi (Tony Blair era buen amigo de uno de los hijos del dictador desde los tiempos de estudiante en la London School of Economics y también era muy conocida su íntima amistad con algunos miembros de la familia real).

La okupación desconcertó a las autoridades. Se hablaba de una banda de punk rock que abrazaba el creciente sentimiento contrario a Gadafi, muy de moda en la Inglaterra de entonces, pero también de grupos anarquistas que usaban el arte como ataque.

God told me to do it no solamente se limitaron a hacerse unas fotos. Nada más entrar, apuntalaron la puerta y exploraron el lugar, evitando en todo momento acercarse a las ventanas y evitar así ser vistos. Las lujosas alfombras y fotocopiadoras, los sofás verdes de cuero, mesas de caoba, sillones y libros en árabe desaparecieron tras meterlos en el interior de una furgoneta, aparcada fuera, que salió a toda velocidad.

Luego, una vez tomado el lugar, hicieron pública la acción, concedieron ruedas de prensa y hasta organizaron varias fiestas: «Acudí a una de esas fiestas —afirmó uno de los asistentes—. Recuerdo a una chica skinhead llevando sobre su cabeza un montón de ejemplares del Libro Verde».

The Beatles, esa «banda de bigotudos hippies racistas»



La banda, que en ocasiones utilizaba el nombre de AIDS Pistols, estaba formada por Sean (voz), Bug (batería), Bill (bajista) y Animal (guitarrista) y se autoproclamaba «la primera banda de los ochenta»:

«Somos la primera banda auténtica de los años ochenta —declaró para New Musical Express John Travis, el manager del grupo, en enero de 1987—. En el pasado teníamos a gente como Grandmaster Flash, que habló sobre lo que sucedía en una gran ciudad. Nosotros vivimos en una y nos gusta. No ocultamos la mierda, sino que la hacemos visible y usamos. En los setenta, tuvimos a los Sex Pistols, en los ochenta nos tienes a nosotros... los AIDS Pistols».

Resulta complicado escuchar algo de su música, pero sí ver sus numerosos y provocadores carteles y flyers que buscaban desacralizar el rock y destruir el sistema de estrellas de la industria musical.

Somos la primera banda auténtica de los años ochenta


Algunos de esos pósters, como «The voice of the AIDS Generation», «The Ayatollahs of rock», «Slam for islam» o «Just one prick... and you´re fucked forever» (en el que podía verse una jeringuilla y las fotografías de estrellas pop como los miembros de U2, The Communards o Pet Shop Boys), entre muchos otros, buscaban esas grietas entre la comunidad punk por medio de un inusual sentido del humor y una provocación hacia el mundo del pop. Eran intratables, imprevisibles, despiadados.

Su legado musical fue casi inexistente, aunque durante un tiempo la banda fue conocida por publicar las llamadas The Beatles racist tapes, una selección de cortes del famoso Let it be, grabado en 1969 en los estudios de Abbey Road, a los que habían cambiado las letras: «No quiero escuchar a ningún paquistaní hablando de empleos para todos / Volved por donde habéis venido», se escucha en una de esas canciones que acabaron publicadas en un ep / casete titulado Enoch & Roll (Enoch Powell había sido un político racista partidario de expulsar a todos los inmigrantes) compuesto por tres canciones: «White power», «Commonwealth» y «No pakistanis (get back)».

—¡Lo publicamos en venganza por la grabación de «Ebony and ivory» de Paul McCartney! —afirmó en otra ocasión también su manager—. Es algo propio de The Beatles, siempre tan hippies y estúpidos. No pueden ni imaginarse que no estén siendo realmente divertidos. McCartney se subió al carro de una moda, pero en realidad no pensaba así con respecto a la comunidad asiática.



Años antes, en 1982, McCartney había publicado su disco Tug of war. «Ebony and ivory» era la canción que cerraba el álbum. El título se basaba en la distinción entre las teclas negras («ebony») y las blancas («ivory») de un piano, pero McCartney, decidido a componer una letra sobre la integración racial, llevó a un nivel distinto la frase del artista Spike Milligan «Notas negras, notas blancas. Necesitas tocar las dos para hacer una armonía, amigos».

«Ebony and Ivory», con su defensa por la integración racial, fue un éxito rotundo. Para McCartney, su interpretación a dúo junto a Stevie Wonder le valió su mayor reconocimiento comercial tras la desaparición de The Beatles y, durante dos meses, el tema se mantuvo en el primer puesto de la Billboard Hot 100, hasta convertirse en el cuarto mayor éxito de aquel año.

Las grabaciones podían ser leídas como la continuidad de una guerra cuyas armas eran la antipropaganda y el fake político o un episodio más en el intento por destruir la alta cultura inglesa.

En el terreno del punk, años antes, los también ingleses Crass habían hecho algo parecido al difundir unas grabaciones, convenientemente manipuladas, que supuestamente probarían un plan para la aniquilación total de las Malvinas. En la cinta podía escucharse a Margaret Thatcher hablando por teléfono con Ronald Reagan. Ambos estaban unidos por la misma obsesión: la guerra nuclear era inminente. Crass, con este gesto, desencadenó una oleada de polémica que incluso llegó al Parlamento, involucrando al mismísimo M16, el servicio secreto inglés.

Muy pronto, The Beatles racist tapes pasó a ser toda una noticia. Una vez más, God told me to do it lo habían logrado.

En el número 482, publicado en septiembre de 1986, Rolling Stone daba cuenta del hallazgo de aquellas tres infames canciones, hasta la fecha desconocidas: «Sorprendentemente, hay tres canciones, incluida la versión original del «Get back» cantada por Paul McCartney —afirmaba el artículo—, que nunca fueron publicadas por EMI. Gracias a la ayuda de los mayores expertos musicales (incluido John Tobler) hemos conocido estas canciones diecisiete años más tarde. God told me to do it están orgullosos de presentar ante una amplia audiencia la prueba de que los Beatles fueron una banda de bigotudos hippies racistas».



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