Columnas

El gordo de enfrente

Carlos Vareno

Imagínate sentado en la silla de enfrente de la mesa de tu jefe de sección, medio ansiolítico correteando por los capilares de tu cerebro, el brazo derecho con extraños amagos de quién sabe qué. Pánico, algo así como un ataque de pánico, o de estrés, o de angustia quizás, o simplemente DE. A quién le importa. Estás jodido y punto.La nausea corroe tu sistema gástrico, y él no para de hablar. Por lo que puedes deducir a través de tu entramado sináptico chamuscado por la ansiedad, es que la dirección de la empresa, por la cual día a día luchas como un hijo de puta, está descontenta con tu capacidad de trabajo en la sección. Según las estadísiticas que tu borroso interlocutor intenta mostrarte entre ecos y deformaciones de las perspectivas del espacio, tus compañeros consiguen hacer el doble, o casi el triple de trabajo, del que tu haces mensualmente. Merde.

A pesar de una parálisis parcial en el labio superior, balbuceas que eso es casi imposible, que tus tendencias neuróticas en la labor han hecho de ti hasta la fecha un trabajador modélico, y que valga la redundancia, no por nada tu IQ de aplicación al puesto posiblemente sea uno de los más altos del estado. Certificado y enmarcado en lo alto de la chimenea de casa de tus padres. Vaya sí lo está. Simplemente no puede ser, repites. No puede ser que el gordo que se alimenta a base de Doritos y Aquarius con el que compartes cubículo en la tercera planta esté capacitado para hacer más trabajo que tu, que llevas tantos años sin tomarte vacaciones por incompatibilidades cognitivas con el tiempo libre, esa nada insoportable. No fucking way, no puede ser. Tres palabras que golpean tu neocórtex amenazando con salir disparadas para estrangular el cuello de tu interlocutor.

Más tarde, sabes, por las dos cotorras de secretaría que adolecen de un severo problema de incontinencia verbal, que tus compañeros llevan un tiempo a escondidas experimentando con una serie de drogas potenciadoras de la mente. Wow. Te zambulles en googles, wikipedias, farmacopeas binarias, en búsqueda de información, cuando por fín das con las páginas webs adecuadas. Eureka drogata. Supuestamente existe lo que en algunos círculos académicos y científicos se conoce como doping intelectual. La última moda de los gafa pasta con ganas de jarana. Algo así como neuronas halterofílicas embadurnadas en aceite, haciendo pesas al son de un bum bum narcótico bajo nombres como Focalin, Aderal, o Rollipram. Drogas bajo prescripción médica para narcolépsicos e hiperactivos con déficit de atención con una ristra casi innombrable de efectos secundarios que tienen enganchados al 20 % de la comunidad científica. Que la quieres tener dura como una piedra, pues viagra, que quieres encontrar la solución al teorema de Fermat, pastiruli intelectual, y a padecer irritabilidad, nausea, diarrea, psicósis, principios de autismo, y demás trastornos de la personalidad más bien propias del súper dotado, o del chiflado que se casaba con Jennifer Connelly en ‘Una mente maravillosa’.

Por momentos visualizas tu inteligencia como un músculo al rojo vivo, vicioso y carnal, que quiere más, y más, y que pone esa cara entre guarrona y sufriente del ciclista en la recta final de un tour de France. ¡Has de conseguir cuanto antes esa maldita droga! Te dices al borde de otro ataque de quién sabe qué.

Enseguida rellenas tus datos bancarios como puedes en la web rusa donde las venden, y al cabo de las semanas las recibes. Aricem, Vasopressim, Vodafinil, Aniracetam: nombres que canturrean en tu conciencia cual sinfónica bio química para el progreso. Así que pasan los días, y el temor a los efectos secundarios poco a poco se va apoderando de tu entusiasmo inicial. Es cierto que te jartas a ansilolíticos, que tienes colecciones enteras de cajas de diferentes tamaños y colores en tu botiquín, pero al menos éstas calman, y cuando uno va calmado, pocos miedos e hipocondrias le asaltan a uno desprevenido. Los ansilolíticos son algo así como drogas con trampa, drogas a las que jamás podrás tenerle ningún miedo, siendo así un éxito asegurado para los psiquiatras que las recetan como gominolas. Pero estas nuevas son distintas, son de las que ponen como una moto, y seguramente de las de jamacuco con la raiz cuadrada de infinito si te vas de madre y te metes demasiadas. Y eso, eso no pinta demasiado bien.Pero has de conservar tu trabajo, te dices.

Es por la mañana, y el termostato de la ducha está a 20 grados centígrados como es habitual. Te peinas el pelo húmedo con fruición, y después de la tostada con mermelada de frambuesa, te quedas un par de minutos en silencio con la cápsula roja en la palma de la mano izquierda, y un vaso de agua bien agarrado en la derecha. Respiras hondo. Inhalando, expirando. Así. Por momentos titubeas, parece alcanzarte la conciencia, pero rápido como el rayo te zampas ese bicho. Sí, aún tardará un par de horas en hacerte efecto, y con una sonrisa en el rostro te enfilas saltarín calle abajo para ir a trabajar. Un nuevo día en la evolución del hombre. Un mono lanza un hueso al aire, y cae al son de Brahms convertido en una cápsula llena de Dexamfetamina. Nunca más volverás a ser el mismo. Jamás.

Carlos Vareno es un total desconocido que semana tras semana envía a nuestro correo electrónico textos, dibujos y diagramas, columnas esbozadas. En el asunto siempre pone "Desde la azotea del edificio", y cuando hemos querido ponernos en contacto con él, conocerlo personalmente (como hacemos con todos nuestros colaboradores), simplemente deja de contestar nuestros mails.

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