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¿Es la gentrificación tan mala como la pintan?

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Las consecuencias de que un hipster se plante en tu barrio son siempre imprevisibles

Leticia García

29 Septiembre 2014 12:46

En 2008, tres universidades norteamericanas (Colorado, Pittsburgh y Duke) realizaron un estudio en más de quince mil barrios y llegaron a una conclusión que hoy a muchos les parecerá poco acertada: los latinos, los negros y otros sectores en riesgo de exclusión social no se habían ido de sus barrios. Es más, ahora les gustaban más que antes de que se ejerciera sobre ellos ese proceso social y urbanístico que hoy está en boca de todos: la gentrificación. Claro que de eso han pasado seis años. Y durante ese tiempo han ocurrido miles de cosas. En los barrios y en los medios.

No se trata de algo novedoso. La “limpieza” de áreas empobrecidas y supuestamente peligrosas a golpe de galerías de arte, tiendas de moda, lofts de artistas y enormes subidas en el precio de los alquileres lleva décadas existiendo. Sólo hay que leer a Jane Jacobs y su Muerte y vida de las grandes ciudades (Capitán Swing) para darse cuenta de que las movilizaciones contra esta práctica llevan ahí casi tanto tiempo como la ciudad misma. En aquel momento, se luchaba por un Manhattan pintoresco, poblado por gente económica, racial y socialmente variopinta. Ahora dos o tres paradas emblemáticas conmemoran lo que fue la ciudad, y —por ejemplo— muy pocos recuerdan que el West Village, hoy plagado del imaginario de Sexo en Nueva York, de tiendas de cupcakes y de restaurantes prohibitivos fue hace medio siglo Greenwich Village, refugio de los beat y del folk. O que hace tan sólo veinte años, el Lower East Side era una zona calificada como peligrosa. Cuando uno sale del metro en la calle 125, en pleno corazón de Harlem, lo primero que se encuentra es un enorme Starbucks. Y a la izquierda, un H&M.

Hace cuatro años llegaron los reportajes laudatorios sobre las bondades de Hackney, la sorprendente transformación de Williamsburg, los nuevos negocios de Triball o el renacer de Lavapiés y el Raval. Entonces se hablaba de la eclosión hipster y todos los movimientos empresariales que lo definen (cafeterías, supermercados orgánicos, tiendas de vinilos…) a diario, y se escribía sobre qué barrio sería el siguiente en gentrificarse, y dónde irían los hipsters cansados de sus vecindarios cool a amueblar sus nuevos lofts y abrir sus nuevos talleres de bicicletas.

Después comenzó a hablarse de la otra cara de la gentrificación. De las familias desahuciadas por la subida de alquileres, del cierre de negocios locales, de la represión policial y de la presión urbanística que sufrían los que estaban primero frente a las ventajas que disfrutaban los recién llegados. Spike Lee se quejaba de que su padre, residente en Bed Stuy, el barrio de Brooklyn con mayor concentración afroamericana, ya no podía tocar el saxo por la noche porque sus nuevos vecinos se quejaban. Las familias latinas de Bushwick estaban y están convencidas de que su economía resistirá, como mucho un año más, al nuevo poder adquisitivo del que ha sido su barrio de toda la vida. Mientras tanto, las inmobiliarias crecen como setas en la zona. En el metro de Nueva York se anuncia una de ellas con el slogan “The Hipster move”, y un curioso test en el que se pregunta a sus clientes si necesitan parking de bicicletas, restaurantes veganos a pocos minutos y se da por hecho que papá o mamá pagarán el alquiler.

El ciclo, además de vertiginoso, es cada vez más despiadado.

Curiosamente, la bicicleta, el medio de transporte más barato que existe, se ha convertido en un símbolo de la cultura hipster. Blanca y de clase media. El National Journal se hacía eco precisamente del último congreso sobre ciclismo urbano celebrado en Filadelfia: sólo el 3% de los usuarios habituales del servicio de alquiler de bicis son negros. Una práctica que, salvando las distancias y los condicionantes sociales, se puede extender a cualquier gran ciudad. ¿O es que hay servicio de alquiler de bicicletas en barrios pobres y/o periféricos de Madrid y Barcelona?

Salvando algunas distancias idiosincrásicas, todos los barrios altamente gentrificados son estéticamente similares. A Williamsburg, Malasaña, Kreuzberg o Hackney sólo los distingue el trazado urbano y el nivel de gentrificación, pero en esencia, parecen el mismo vecindario: las cafeterías tienen la misma oferta, los bares están decorados igual, los restaurantes ofrecen el mismo tipo de comida, las tiendas venden ropa parecida, sus habitantes se visten igual y disfrutan del mismo ocio. Y, paradójicamente, en casi todos florece algo positivo: la apuesta por lo local.

Cervezas artesanales, marcas de moda emergentes, tiendas con alimentos fabricados en la zona… En pocos núcleos de la gentrificación más hipster hay lugar para una gran cadena textil o de ocio. Como poco resulta contradictorio: el lavado de cara de la zona obliga al desplazamiento o el cierre de algunos de esos negocios que llevan ahí toda la vida, pero en su lugar brotan otros que pretenden reforzar los lazos de pertenencia a la zona.

Es cierto que todos los barrios gentrificados son el mismo, y que en la mayor parte de las ocasiones son ciertas las conclusiones que se extraen de los cada vez más numerosos reportajes que hablan de exclusión social y dominio de clase. No obstante, ni todas estas áreas en su origen eran iguales, ni todos los motivos para poner en marcha su “limpieza” responden a las mismas razones, ni, por supuesto, el proceso de gentrificación ha tenido las mismas consecuencias.

1. La seguridad, la rehabilitación y el turismo pueden ser correlativos, pero no necesariamente. La idea (y la realidad) del gueto vertebra el imaginario urbano de buena parte de Estados Unidos. Abran cualquier periódico nacional y busquen cualquier barrio por Internet. Es muy sencillo encontrar porcentajes de asesinatos, de asaltos con armas de fuego o advertencias para los turistas. La gestión del trazado urbano es también la gestión del miedo y siempre tiene un fuerte componente étnico. Los tabloides pueden aumentar o tergiversar la realidad, pero lo cierto es que nadie pisa estas zonas. Algunos ni siquiera conocen su existencia.

La gentrificación se lee en términos de seguridad. Se habla de barrios “up and coming” o de zonas en proceso de gentrificarse como de lugares de convivencia entre viejos y nuevos vecinos y, sobre todo, como áreas en las que la violencia ha disminuido a golpe de cafeterías, galerías y otros negocios de consumo. Los taxis empiezan a querer transitar por estos viejos guetos y la policía decide acordarse de su existencia. La cosa va rápida: en cuanto un barrio aviva la confianza de la población y sigue manteniendo rentas sostenibles, las mudanzas se aceleran, las inmobiliarias (animadas por los perfiles mediáticos de la zona) comienzan a tomar posiciones y el vecindario se transforma de arriba abajo en pocos años. No hay piedad con el escenario; se pueden ver pisos de lujo al lado de chabolas y casas de protección oficial junto a tiendas de vinilos, aunque esta estampa dura poco tiempo.

En España, donde afortunadamente la cultura del gueto (todavía) no está tan consolidada, se habla de rehabilitación de zonas abandonadas y de recuperación de áreas históricas. Obviamente, los habitantes de los barrios que están en el punto de mira también suelen tener salarios bajos, vivir en pisos de renta antigua y estar mediáticamente asociados con los grupos sociales peligrosos, pero el discurso para la limpieza es muy distinto. Aquí se habla de Lavapiés casi como un barrio de marca, cuyo principal valor es la multiculturalidad, algo que en otros países sería impensable. Como también lo es el hecho de colocar un chalet o una tienda de lujo en mitad de sus calles. El contraste es menos acentuado, la velocidad más lenta y el proceso de convivencia aparentemente mucho menos agresivo.

En Bushwick, en Brixton, en Lavapiés y en el Raval, la finalidad es la de aparecer en las guías. Pero los primeros aparecerán en el anexo, como zonas a las que “ya se puede ir”, y los segundos tendrán su apartado especial en la categoría de centros históricos, recientemente rehabilitados y, sobre todo, culturalmente relevantes.

2. La cultura es una herramienta política desigual en estos procesos. El eje Legazpi-Embajadores-Lavapiés o Raval-Sant Antoni ha visto en los últimos años el nacimiento o la remodelación de museos, filmotecas y otras instituciones culturales. Como consecuencia, a su alrededor florecen bares, tiendas y galerías, pero el proceso de gentrificación lo protagoniza, aparentemente, la cultura. El consumo viene después. No se puede decir lo mismo de Malasaña, por ejemplo, ni, por supuesto, de otras zonas gentrificadas de Londres o Nueva York, que “resucitaron” a golpe de negocios privados. Y aunque tanto en la reconstrucción de la Filmoteca de Barcelona y las tiendas de diseño de Triball el gobierno tuvo mucho que ver, las realidades de cada barrio son hoy muy distintas, pese a que ambos tengan locales diseñados por el mismo decorador.

3. El mito fundacional del barrio gentrificado sigue siendo válido en los medios de comunicación: los artistas y emprendedores culturales que no pueden costearse vivir en ciertos barrios, se mudan a otros más “peligrosos”, menos “turísticos” y, con su ejemplo, atraen a otros muchos. Es infantil pensar que el gobierno no tiene nada que ver, tanto en los casos en los que invierte en su rehabilitación de forma explícita como en los que lo hace facilitando la burocracia a los nuevos negocios. No obstante, resulta igualmente pueril inferir que todos los que se mudan a estas zonas tienen un poder adquisitivo medio-alto. En 2012, la renta per cápita del Raval seguía siendo de las más bajas de Barcelona. En ese mismo año, en Madrid, la tasa de inmigración era mayor en el distrito centro que en Carabanchel, mientras que la renta per cápita de la zona se situaba casi en los mismos índices en ambos barrios.

    En cualquier parte del mundo, los barrios gentrificados tienen una alta tasa de población joven, pero mientras el corazón de Williamsburg lo habitan jóvenes con una renta superior a la media, en España, Lavapiés, Malasaña, Sant Antoni o El Raval están llenos de jóvenes con profesiones liberales que trabajan como autónomos con sueldos anuales ridículos. Prefieren vivir en estudios de poquísimos metros cuadrados que cuestan lo mismo que apartamentos mucho mejor equipados en zonas menos gentrificadas y más alejadas, prefieren tener a mano el ocio y las instituciones culturales, y priorizan la localización por encima de las comodidades, cosa que, por supuesto, no los convierte en ricos.

    Dada la demanda, los precios subirán y evidentemente muchos de los antiguos vecinos de la zona verán morir sus negocios y sufrirán el incremento en el alquiler. No obstante, muchos de esos primeros nuevos habitantes que llegaron allí movidos por los precios asequibles también tendrán que desplazarse. Y lo harán a lugares en los que probablemente se iniciará un nuevo proceso gentrificador, sin que por ello perciban un aumento notable en las cuentas de estos supuestos responsables.

    La zona de Triball, entre muchas otras, está vendida a la cultura y el ocio hipster, pero si un habitante de Williamsburg o de Silver Lake pasea por sus calles, considerará que es un barrio peligroso. Los dos casos responden al mismo proceso, pero las variables socioculturales, económicas (y, afortunadamente, legales) ofrecen un panorama distinto.

    Si los vecinos de Kreuzberg o Prenzlauer Berg luchan en Berlín contra la subida de alquileres es, en parte, porque su imagen mediática de "paraíso europeo de los hipsters" ha hecho que muchos norteamericanos y británicos lleguen allí dispuestos a pagar altas sumas por un apartamento en sus confines. Ambos barrios llevan décadas siendo el paradigma de la gentrificación, pero ahora tienen que lidiar con emigrantes en cuyos países de origen estos procesos estaban mucho más dominados por el dinero y el mercado. Sus conflictos representan las distintas perspectivas locales desde las que se afronta el mismo proceso.

    4. “La salud financiera de los residentes originales en barrios gentrificados está creciendo, comparada con la de los residentes de barrios no gentrificados” A esa conclusión llega un estudio del Cleveland Bank. A una idea similar llegó también Lance Freeman, director del programa urbanístico de la Universidad de Columbia, que empezó su estudio en Harlem, lo extendió a todo Nueva York y después a varios Estados: la gentrificación animaba a muchos vecinos a quedarse, porque las calles eran más seguras, los colegios mejoraban su calidad y la oferta laboral se incrementaba.

    En Harvard, sin embargo, vieron que el proceso de rehabilitación de los barrios no generaba convivencia ni multiculturalidad, sino segregación racial. Los nuevos habitantes eran mayoritariamente blancos y sus respectivos nuevos negocios sustituían a locales históricos y ligados a las costumbres del grupo social original.

    Las conclusiones son contradictorias porque también así lo es el fenómeno. Todos los negocios de barrios gentrificados se parecen, y el aumento de la seguridad y de los visitantes no se traduce casi nunca en un aumento de servicios públicos y sociales, pero eso no implica que todas las gentrificaciones sean igualmente agresivas ni segregantes. Tampoco implica que en todas los daños siempre sean mayores a los beneficios. Manda el mercado, manda la cultura en manos de las instituciones y/o manda un tipo de consumo de ocio estandarizado, pero también se imponen los rasgos culturales de cada ciudad, las diferencias que cada una de ellas tiene respecto a la noción de barrio o las leyes que regulan el alquiler y la apertura de negocios, entre muchas más variables. La gentrificación es un hecho consumado, pero en sí misma no es ni buena ni mala. Sus verdaderas luces y sombras sólo pueden ser vistas desde el barrio que las sufre.


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