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¿Mi generación no quiere ser mamá? Algunas lecturas que podrían hacerte cambiar de idea

El libro de Carolina del Olmo ha destapado la caja de los truenos: la discusión sobre feminismo, maternidad y milennials está servida.

¿Lena Dunham jugando con su nene en un parquecillo de aspecto otoñal en Brooklyn? ¿Miranda Makaroff cambiando pañales fosforescentes y subiéndolos a Instagram? ¿Lindsay Lohan amamantando vodka en un coche patrulla? ¿Lana del Rey acunando al retoño entre sus uñas larguérrimas de Cruela de Vil? Luna Miguel te despliega algunos escenarios improbables sobre la maternidad veinteañera, y sus explicaciones.

“No pienso traer a un niño a este mundo, ¡ni loca!”

Para ser mamá hace falta un trabajo, una casa, un coche y también un novio. El orden de los factores no altera el resultado, pero los factores han de existir, sí o sí, para que todo ocurra tal y como nos dicen que debe ocurrir. Novio + casa + coche + trabajo = Bebé. Casa + novio + coche + trabajo = Bebé. Coche + trabajo + novio… etcétera. Para ser mamá, además, hace falta querer ser madre, y eso es algo que mi generación no está por la labor llevar a cabo, y mucho menos de desear. No me extraña. ¿Acaso alguna de nosotras tiene un trabajo que nos plazca? ¿Y una casa con el espacio adecuado? ¿Y un coche de primera mano? ¿Acaso alguna tenemos un novio simpático, generoso, convencional? Miremos de nuevo la ecuación, pues Nada + Nada + Nada + Nada sólo equivaldrá a un mayúsculo: Yo Bebé Ni De Coña.

No es difícil comprender esta negativa, teniendo en cuenta que para nosotras, las veinteañeras, nuestras heroínas se acercan peligrosamente a la treintena y la sola idea de la maternidad ya les parece repugnante, un chiste, algo absolutamente imposible e inmoral. ¿Lena Dunham jugando con su nene en un parquecillo de aspecto otoñal en Brooklyn? ¿Miranda Makaroff cambiando pañales fosforescentes y subiéndolos a Instagram? ¿Lindsay Lohan amamantando vodka en un coche patrulla? ¿Lana del Rey acunando al retoño entre sus uñas larguérrimas de Cruela de Vil? Como decía: repugnante. Un chiste. Muy imposible. Muy inmoral. Y a pesar de lo que pueda parecer al contemplar las fotos de Snooki Palazzi con Lorencito, los bebés no son un juguete. Ni los gatos son bebés. Ni la maternidad aquella carga pesada, con olor a florecillas cursis y a coñazo de feminidad.

Lo que tenemos no es asco, pienso entonces, yo no me creo del todo a esas amigas mías que a menudo presumen de luchar por un útero vacío e intacto hasta la muerte. Lo que tenemos es miedo. Un miedo inmenso a no saber hacer, a no saber dar, a no saber compartir y a que por nuestra culpa el ser al que dimos a luz, o incluso al que adoptamos con sudor y sangre, llegue a sentirse tan desgraciado como nosotras ahora nos sentimos. No pasa nada. Afortunadamente algunas mentes brillantes contemporáneas ya tuvieron estas mismas angustias, miedos y cabreos, y ya se hicieron estas mismas preguntas antes que nosotras. Estoy hablando, por supuesto, de mentes como la de Carolina del Olmo, autora del ensayo ¿Dónde Está mi Tribu? Un libro desde donde se reivindica la maternidad, desde la propia crítica a los distintos acercamientos al tema, a los que hasta hoy hemos asistido. Un texto revelador a raíz del cual se me antojó la idea de elaborar una pequeña lista con las lecturas que considero necesarias cada vez que a la cabeza (y a las entrañas) se me viene el anhelo creciente de ser mamá.

“Las madres no escriben, están escritas”

Si googleas algo así como “Libros Maternidad”, “Literatura Madres”, “Lecturas para madres” o “Los mejores libros sobre maternidad”, verás cómo los ojos se te llenan de pomposas imágenes de bebés risueños, parejas felices, flores color vagina, manos grandes tocando manos pequeñas, biberones, paredes rosas y azules, batas de párvulos, ositos de peluche, cajas de bombones, tipografía comic sans y alguna que otra teta. Imágenes poco o nada atractivas que nos quitan cualquier esperanza de querer parir. Y ante esa batería de títulos poco originales que incluso podrían inspirar una segunda parte del “Ser Madre Hoy” de Miguel Noguera, encuentro cinco obras bien distintas y absolutamente esenciales (esta vez sí) en la biblioteca de unos papás:

1. “Nueve lunas”, de Gabriela Wiener (Literatura Mondadori, 2009)

Lo llamaron “la anti-guía de embarazo”, pero esta crónica de Wiener, para quien “el embarazo es la experiencia más gonzo” que ha experimentado, es uno de los mejores testimonios que he leído a propósito. Un relato del amor-odio que experimentó durante esos nueve meses. Las dudas, las peleas maritales, el dolor, el placer del sexo y de la pornografía pregnant. Y al noveno mes, lo que todos intuíamos: aquel fue un trámite complicado, como cualquier otro trámite complicado de la vida, pero con el final más feliz, intenso y prometedor que una podría esperar.

2. “Tres mujeres”, de Sylvia Plath (Nórdica, 2013)

Sabemos muchas cosas de Sylvia Plath. Que se suicidó. Que estaba loca. Que su marido le puso los cuernos. Que es un icono pop. Que todas las poetas jóvenes se morirían por ser como ella fue (pero que jamás se suicidarían, porque les gusta la intensidad, pero no tanto). Y que cuando metió la cabeza en el horno tuvo la decencia de dejar leche y galletas a sus hijos, para que cuando despertasen no notaran su ausencia. Lo que no sabíamos de Sylvia Plath es que entre su abundante obra había una pieza muy curiosa a la que apenas se le había dado importancia. Estoy hablando de “Tres Mujeres”, un poemario originalmente concebido para ser recitado en voz alta cuyo escenario es el de una clínica de maternidad, en donde tres voces debaten consigo mismas sobre lo que es dar a luz, sobre esa sensación de candidez al tiempo que de enfermedad. Un relato crudo y lírico, no hay milagro más cruel que éste, que la traductora María Ramos y la editorial Nórdica recuperan precisamente ahora… Ahora que, según Carolina del Olmo, “el mundo es de las madres”.

3. “Maternidad y Creación”, de Moyra Davey (Alba, 2007)

Sólo hay que adentrarse un poco en la obra de grandes narradoras contemporáneas como Doris Lessing, Margaret Atwood o Annie Ernaux para darse cuenta de que sus respectivas narrativas están plagadas de símbolos de la maternidad. La antología que edita Moyra Davey es un catálogo de opiniones, expresiones y distintos puntos de vista sobre el tema de la creatividad no ya sólo desde “lo femenino”, sino desde la responsabilidad maternal y sus cuerpos mutantes. Diarios, fragmentos de novelas, ensayos sobre las propias fronteras del cuerpo, la mente y la fragilidad. Para los interesados en este acercamiento, en nuestro país también contamos con antologías como “Libro de las Madres” (451 Editores) o “Madres e Hijas” (Anagrama), en donde Laura Freixas, como Moyra Davey, escoge los fragmentos más conmovedores escritos por las madres de la Literatura Universal.

4. “La Piedra de Moler”, de Margaret Drabble (Alba, 2013)

La crítica la celebra como una de las obras más importantes de la literatura británica del siglo pasado, a pesar de haber sido tan ignorada –originalmente se publicó en 1965, y no llegó a nuestras librerías hasta el pasado junio–. Pero es que además es uno de los relatos más duros y bellos apropósito de lo que significa criar a un bebé en solitario (la protagonista se queda embarazada tras su primer y único encuentro sexual con un hombre). Esta historia es, sobre todo, una reflexión sobre la soledad, la independencia y la importancia que cobran las personas en nuestras vidas. Cómo necesitamos a los demás, a nuestra comunidad y, en definitiva: a nuestra tribu.

5. “¿Dónde Está mi Tribu?”, de Carolina del Olmo (Clave Intelectual, 2013)

Para ser mamá no hace falta trabajo, ni casa, ni coche, ni mucho menos novio. Para ser mamá no hace falta seguir el consejo de tropecientos expertos que se contradicen y se pelean entre ellos, e incluso contigo. Para ser mamá no hace falta pensar qué deberíamos hacer con nuestros hijos “sino qué queremos hacer con ellos, qué clase de educación queremos darles y cómo nos gustaría que fuesen”. Para ser mamá hace falta, sobre todo, dejar de lado nuestro egoísmo, fomentar el entorno propicio, saber elegir, saber cuidar, saber afrontarlo. Porque mi generación no es la única que está perdida y asustada, Carolina del Olmo abre un debate interesantísimo que incomodará a muchos pero que será crucial a la hora de decidir nuestro futuro como comunidad.

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