Columnas

Ni fumo, ni me drogo, ni tengo amigos, pero estoy muy enamorada

(Diario caótico de mi paso por el Sónar)

¿Cómo se vive un festival tras un año de encierro voluntario, sin fiesta, sin amigos, sin estimulantes, sólo con la música y los accidentes del azar, yendo de un lado a otro sin ningún tipo de orden o expectativa? Aquí van unas páginas de diario muy personales sobre cómo puede ser esa experiencia.

Fotos de Luna Miguel

1. ESTE AÑO VOY AL SÓNAR: qué flipadilla

Es lunes 10 de junio, estoy en Almería, desayunando con mamá, Laia y Teresa y me entero de que en unos días iré al Sónar contra todo pronóstico. “Qué bien”, pienso, “me tendré que comprar unas gafas de sol y calzado cómodo, pero no me va a dar tiempo”. Estoy en Almería, digo, porque en unos días me examino en Madrid de la última asignatura de este curso, y la mesa de madera de mi antiguo cuarto en la que estudié mis exámenes de selectividad me da mucha suerte, lo tengo comprobado. Cuando llegamos a casa le cuento a papá que efectivamente voy a ir al Sónar por segundo año consecutivo. El pasado sólo asistí el tercer día, Ibrah y yo nos moríamos de ganas de ver Metronomy, Hot Chip y Laurent Garnier. A papá le dio mucha envidia. Con este ya iba a ser mi tercer festival (insisto en que aunque me gusta la música no soy muy dada asistir a estas cosas, e incluso como poseedora de una bonita Plàstic desde hace varios meses, apenas piso el Apolo…); al primero fui precisamente con él, a los 16 años. Papá me llevó al Summercase en su versión Madrileña y nos lo pasamos genial: allí me compró una camiseta de Lily Allen, ¿qué ha sido de esa chica?, me bebí unos calimochos a su lado, conocimos a Lucía Etxebarría danzando entre el público de DJ Shadow y vi por primera vez a unos petaos metiéndose unas clenchas en la misma mesa donde él y yo cenábamos unos bocatas… pero ninguno de los dos hicimos comentarios al respecto. Desde muy joven mi padre colecciona vinilos y adora la electrónica (aún me sorprende pensar que la primera vez que fui a un club en Madrid y escuché Vitalic lo único que pensé fue: joder, esto es lo que escucha mi viejo). Supongo que de mi madre heredé el rostro infantil y de papá el oído machacón. Así que cuando llegué a Kraftwerk unos días después, lo primero que hice fue mandarle un vídeo por WhatsApp… Pero, bueno, como decía, aquí aún es lunes 10 de junio y estoy estudiando un examen que he suspendido cientos de veces. Me quedan pocos créditos para acabar la carrera (tendrá que ser en 2014), y con tanto lío en la Universidad llevo sin pisar mi casa bastante tiempo. Sólo pienso en Barcelona. En regresar. En comprarme unas gafas de sol. En el anónimo del blog que me ha dicho que soy una flipadilla por ir a festivales en los que no pinto nada. En qué escribiré después. En si aprobaré (aprobé). En qué ganas tengo de liberarme. De ir este año, contra pronóstico, al bendito Sónar.

2. UNA EXPERIENCIA ROMÁNTICA: mejor sin mis amigos

La verdad es que este ha sido un año muy duro. Con lo que me gusta salir de fiesta y lo poco que lo he hecho. Hasta la fecha, 2013 ha consistido en un no parar de trabajar, de escribir y de viajar. Entre la promoción del libro, mi nuevo puesto en la editorial o el desembolso que implicó cambiarnos de domicilio, ha conseguido que ni Ibrah ni yo hayamos querido pisar la calle en los últimos meses. Las botellas de vino nocturnas y la descarga gratuita de sitcoms son nuestra única salvación una vez superado el horario de oficina. Otro anónimo, posiblemente el mismo que dijo lo que cité más arriba, me suele preguntar a menudo que por qué puedo gastarme tanto dinero en vinito y ropita linda últimamente (según retrata mi cuenta de Instagram), y yo pienso, “¿es que no lo ves? ¡Ni fumo, ni me drogo, ni tengo amigos!” Porque la amistad es un derroche en comparación a una buena cena con tu pareja: aquella con la que vives, con la que trabajas codo con codo de 9 a 9 non stop, el uno frente al otro porque sois autónomos y las pantallas de vuestros ordenadores os consumen. Aquella con la que sales. Con la que duermes. Con la que te duchas. Con la que compartes cepillo de dientes (si es preciso) y con la que ahora vas al Sónar, cruzando ambos los dedos para no encontraros a nadie y poder enfrentaros a vuestro nuevo cometido: ser una pareja de recién casados extranjeros que disfruta de la buena música del Sónar y de la exótica ciudad de Bar selona. Pasear por los puestos de comida y decepcionaros al no encontrar menú vegetariano. Poneros cremita ultra-fuerte para el sol que azotaría en Foreign Beggars. Bailar como dos viejitos que a pesar de los años siguen enamorados, con el ritmillo cachondo de “Mi mujer”, de Nicolas Jaar. Apartar a los zorrillos y a las zorrillas con delicadeza. Hacernos fotos cariñosas para subir a todas vuestras redes y que vuestros amigos os digan: “oh, qué bien lo estáis pasando, qué bien y qué guapos, sí, muy amazing”. Pensar que si en un futuro próximo tuvierais hijos, no le dejaríais ir a una sesión del terrible Melé. Esperaros pacientemente en la cola del baño y mandaros mensajes a propósito de la situación: Pues está petado y aún quedan dos chicas por delante. Carita triste. Ya estoy meando. Carita guasona. Me pinto los labios y salgo. Carita con corazoncito saliendo de los labios. Date prisa que ya empieza Justice. Carita muy alegre y manos haciendo como hop hop. Detestar que el DJ que te gusta comience a pinchar cuando aún estás buscando los kleenex en el bolso. Besaros entre gays que se besan en la primera fila de Maceo. Y un largo etcétera.

3. CATÁLOGO BREVE DE PARECERES: porque Ibrah iba apuntándolo todo en el móvil con cara muuuyyy seria y profesional para su crónica y yo no… es que soy más pasota

Me gustó mucho:

- Laurent Garnier haciendo esos gestos como de calambre

- Los puestecillos ambulantes de Redbull

- El peinado de bRUNA

- La chica a la que se le abrió la puerta del baño mientras se metía coca agachada y sin bragas (había más merca que pelo en esa imagen)

- La mujer del bañador morado de lentejuelas

- El tío bueno del pelo rizado que nos destrozó la mano con un high five al final de la noche

- El tío que potó viendo a Kraftwerk

- Las viejas de más de setenta años viendo a Kraftwerk

- Unos chonis viendo a Kraftwerk

- Nosotros viendo a la gente que veía a Kraftwerk

- Nicolas Jaar cantando “Mi Mujer” (eso ya lo he dicho)

- Maceo Plex, en general

- Maya Jane Coles, en general

- Los gritos de nenaza que pegaba Skrillex

- Diamond Version, en general

Me gustó un poco:

- El dolor de pies que me permitió decirle a Ibrah que nos fuéramos antes incluso de que acabara el bucle oscuro de Paco Osuna

- La furgoneta extraña del SonarComplex

- La edad de los asistentes

- El olor continuo a maría

- Que me hicieran fotos para un par de revistas (aunque luego me vi más gorda de lo habitual y me preocupé)

No me gustó:

- Melé (LÚUUUSER)

- Foreign Beggars (sólo fui por Ibrah)

- Two Door Cinema Club (qué decepción, jo)

- Los puestos de comida

- La pulsera en la mano derecha

- Los baños de chicas llenos de compresas ¿para qué están las papeleras, queridas compañeras?

- Los calcetines con sandalias, uf

- Los hombres que sudan y se quitan la camiseta y entonces te pegan su maldito y asqueroso sudor cuando estás bailando

- El precio de los refrescos

- El olor a cerveza pegajosa

- El suelo pegajoso

- El metro pegajoso

- La cara pegajosa al mirarme a las 8 de la mañana en el espejo

Odié profundamente:

- Las chicas con margaritas mustias en la cabeza (NO SOIS CERVATILLOS, NI VÍRGENES, NI PRINCESAS)

- El chulo de Busy P., más petardo, pesado y obvio imposible

- No haber asistido el jueves y perderme a Sébastien Tellier (sin duda es lo que más lamento)

4. QUIEN BAILA EL ÚLTIMO BAILA MEJOR: o por qué iré al Sónar el año que viene

Va a parecer muy cursi y muy previsible lo que digo, pero de nuevo esta ha sido una experiencia inolvidable. El año pasado fuimos porque no aguantábamos más en casa y queríamos gastar hasta el último de nuestros ahorros. Este año lo hicimos como una suerte de reto laboral, o artístico, o qué se yo. Me preocupé mucho el sábado cuando volvimos a casa a cenar y me quedé dormida antes de salir a rematar la faena. Pensaba que, efectivamente, y como se preguntaba Ibrah, no hay humano que sobreviva al cierre de Laurent Garnier sin doparse. Estuve a punto de quedarme en casa, la mañana ya había sido un poco pesada (no nos gustó casi nada, salvo Chapman), y si una gota más de Redbull tocaba mi estómago, seguramente moriría allí mismo. Pero no. Las últimas horas fueron las mejores. Bailamos poco y despacio, e incluso nos tumbamos para notar las vibraciones del suelo y para aguantar las fuerzas que nos ayudarían a revivir la experiencia Garnier que el año pasado experimentamos con tanto agrado. No sé cómo fue posible. Pero miré el reloj del iPhone que marcaba las 5, y al poco volví a mirarlo y ya se habían hecho las 7. Va a volver a parecer cursi y previsible, pero es que no me lo he pasado mejor en la vida. ¿Cómo aguantaban nuestros cuerpos a tal hora, con apenas unos botes de Redbull y agua, y unas galletas Príncipe de doble chocolate? ¿Cómo se dejaban llevar y cómo de felices estaban? En la edición de 2012 nuestro colega loco Vanity Dust soltó unas lagrimillas al intuir que “The Man With The Red Face” iba a sonar de un momento a otro. La madrugada del pasado domingo fui yo la que tuve que esconder a Ibrah mi gesto de emoción llorica para que no se riera de mí. Afortunadamente a nuestro lado otro tipo se puso a llorar y eso distrajo la atención de mi chico. Seguimos saltando. El cielo que aclaraba. Las gaviotas pasando. La gente absolutamente feliz. Los músculos estirándose y aguantando y estirándose y aguantando… Asumí aquel momento como el fin de una etapa. El lunes 17 (¿¿¿sólo una semana desde aquella mañana en casa de mamá y papá???) comenzaría lleno de trabajo y cientos de obligaciones acumuladas, pero allí estábamos nosotros, terminando nuestra mejor y casi única fiesta, radiantes, hasta el año que viene.

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