Columnas

El ocaso del ‘friki’: cómo la cultura de masas mató al verdadero fan de Tolkien

Los ‘nerds’ estallan en ira, y es normal: lo que antes era suyo, ahora es patrimonio de la masa, algo que podemos constatar a 24 horas del estreno oficial de la segunda parte de “El Hobbit”

Deberían ser buenos tiempos para los freaks, pero no: los universos privados de Tolkien, Alan Moore y Star Wars han sido invadidos por la masa ‘normal’, dejándolos más arrasados que una plaga de langostas. A pocas horas de que se estrene “El Hobbit” (parte dos), entonamos un réquiem por el nerd de 2013.

Los nerds del mundo deberían estar eufóricos, disfrutando de sus Golden Years, jamás se habían hecho superproducciones tan espectaculares a partir de colecciones de libros de fantasía, superhéroes, comics minoritarios, escritores de ciencia-ficción, incluso juguetes de los ochenta. Los efectos especiales son inmejorables, las figuritas de merchandising perfectas, se multiplican las reediciones de sus obras predilectas, en ediciones mucho mejores y más exhaustivas que aquellas que solían cazar con las grapas sueltas en el mercado de Sant Antoni. Lo tienen todo. En cambio, el nerd no está contento ante esta autentica explosión de adaptaciones y merchandising de sus series y personajes favoritos. Puede adivinarse en su cara, mientras ojea un cofre de “Star Wars”, en sus gestos pasivo-agresivos (que jamás se atreverá a manifestar), hay una expresión de perplejidad insólita en su rostro. En cierta manera, el nerd auténtico, el que lleva años sudando a J. R. R. Tolkien y a George Lucas y a Alan Moore (que cuando llora, llora por “Watchmen”), siente que las masas le han robado aquello que le distinguía, que le pertenecía, que le hacía único. Le han arrebatados sus referentes más queridos y se los han lanzado a las fieras en forma de figuritas perfectamente acabadas, llenas de articulaciones, en miles de películas y videojuegos y adaptaciones estupendas que sin embargo a él no le satisfacen, no le sacian, al contrario, le llenan de una rabia y un resquemor que, nadie, ni su club de amigos imaginarios, puede llegar a explicarse. La popularidad global de aquello que antes sólo amaba él le está destruyendo por dentro.

Estrenan la segunda parte de “El Hobbitt. La Desolación de Smaug”, y el fanático de Tolkien, al que me resisto a referirme como ‘freak de Tolkien’ (en todo caso un nerd a la española), que ha leído todo lo que se puede leer sobre el autor y el tema, y conoce hasta el más mínimo rastrojo de la Tierra Media como si fuera el patio de la casa veraniega de sus padres, monta guardia en el cine desde hace horas a la espera del inicio de la primera sesión, como hace siempre que se estrena una película ‘trascendente’, como él suele decir, una categoría donde incluye de forma caprichosa y bien argumentada todo lo que él considera bueno, desde Robert Zemeckis hasta las producciones de Jerry Bruckheimer ( “todo un arquitecto del entretenimiento pre y post 11S”, dice el nerd sobre Bruckenheimer, a quien le quiera escuchar, en foros y pasillos).

Mientras espera a que se abra la taquilla del cine, el nerd piensa que en los últimos años ha cambiado mucho la situación. Antes, a nadie le importaba demasiado “El Hobitt”, recuerda perfectamente la época en la que la posibilidad de una adaptación cinematográfica de la obra de J. R. R. Tolkien era el sueño de unos pocos, y todos quedaban en la misma librería de fantasía y rol para discutir sobre eso, soñaban con ello de forma interminable, durante horas, podían llegar a hasta hacerse un poco de pipí hablando sobre esto (una gota imperceptible), especulaban sobre quién podía interpretar a tal o cual personaje: “¿Te imaginas a Tom Selleck?”, decía uno? “Yo veo más a Steve Guttenberg”, replicaba el otro rápidamente, de malas maneras. Efectivamente, hace muchos años de aquello, por entonces Tom Selleck era una estrella. Y es que el nerd del que hablamos ya es mayor, y no entiende NADA de lo que está pasando AHORA, en el siglo XXI. En poco tiempo, su pequeño mundo de fantasía, de espada y enanitos, se ha visto invadido por lo que él llama LA PEÑA FRESCA. Ahora a cualquiera que pasa por la calle (y también a su vecino), le entusiasma “El Señor de los Anillos”, “Star Wars”, “Watchmen”, y no dudan en calificarse a la menor ocasión como ‘frikis’ o ‘un poco frikis’, y esto le duele profundamente a nuestro nerd. Por ejemplo, cuando algún compañero del trabajo, un tipo cualquiera, le suelta comentarios estúpidos dándoselas de experto sobre “El Hobbitt” en un restaurante chino, o en un bufete libre, en una cena de empresa, y el resto de compañeros de la mesa se definen también como ‘frikis’, se suman al despropósito. “Yo también soy un friki de Tolkien”, o “mi marido es un friki del Señor de los Anillos”, o “tengo una habitación llena de merchandising de El Hobbitt. Entre eso, los libros de Juego de Tronos y las cosas antiguas que tengo de Star wars, vamos apañados con mi madre”, dice otro más en la cena del trabajo. Y el resto de la mesa, compuesta por más de veinte personas, estallan en carcajadas que se clavan como puñales muy finos en el delicado corazón de nuestro nerd.

“¿Qué me queda ahora?”, se pregunta el nerd de Tolkien, “El Hobbitt era lo mío, los demás tenéis lo otro, que es todo lo demás, la farinha, el sexo en la playa o en el parking de la Villa Olímpica...

Y es que, piensa él, ¿dónde queda EL NERD DE TODA LA VIDA ahora? ¿El fan experto que acumulaba miles de datos inútiles gracias a sus tendencias anales retentivas? Su fanatismo por el universo de Tolkien y por tantas otras cosas era lo que le distinguía, lo único que tenía, que era solamente suyo y del resto de sus colegas iguales que él, sus amigos de la librería de rol Gigamesh, hombres entre los 30 y los 40 años un poco rellenitos, un poco calvos, con extrañas rojeces repartidas por la cara (una rojez por cada frustración sexual), muy simpáticos a su manera, un poco autistas, con mucha agresividad reprimida y una tendencia irrefrenable a hablar hacia adentro durante horas, a enzarzase en discusiones infantiles y absurdas que se llevan de librería en librería hasta al bar de la esquina, sobre tal o cual episodio de “Star Trek Enterprise”… ¿Qué PASA con ellos?

Confundido, el nerd a la española entra en la sala en la que se estrena la segunda parte de “El Hobbitt”, mira a su alrededor y los espectadores, recostados sobre la butaca y con los pies colgando por encima del respaldo de delante, le parecen gente extraña, quinquis recién salidos de una discoteca del polígono industrial de Mataró, y tiene miedo. Se encuentra tan impresionado por el cambio de escenario (¡en el mismo cine sagrado en el que años atrás vio “Están Vivos”, de John Carpenter!) que huye hacia las primeras filas, ocupa su asiento, y dando sorbitos a su lata de Monster Rehab, sin atreverse a mirar atrás, se siente como un indígena del Amazonas frente a las excavadoras que han venido a derrumbar su mundo de fantasía, sus árboles de colores, sus arbustos mágicos, sus hobitts, sus trolls, sus guerreros, el mago Gandalf, la stripper rusa, el asno (estos últimos dos elementos son de otra fantasía, que no tiene nada que ver).

"Todo aquello era mi refugio, mi pequeña parcela de poder, aquello de lo que solo yo podía hablar, dar un paso al frente y pronunciar con propiedad el comentario decisivo"

“¿Qué me queda ahora?”, se pregunta el nerd de Tolkien, “El Hobbitt era lo mío, los demás tenéis lo otro, que es todo lo demás, la farinha, el sexo en la playa o en el parking de la Villa Olímpica, la gustera de MDMA en el Apolo, Menorca, el mamoneo juvenil, los kayaks, el sashimi hecho en casa, los deportes de riesgo para cretinos extrovertidos que se sienten a gusto con su existencia, los pantalones de cuero, los sombreritos tipo Fedora para pasear por el Born, las gafas de sol de colores absurdos, las complicaciones sentimentales, los gin tonics en El Raval, la puta estética mod que se resiste a desaparecer, las zongas de la escuela de Bellas Artes, el quichi extreme, en definitiva, pero yo no tengo nada de eso,”, se lamenta el nerd ya a oscuras, con la sesión empezada, y la mirada perdida en un anuncio de Axe que se proyecta en la pantalla, “mi refugio se encontraba aquí, en la Tierra Media, en el Tatooine de Star Wars, en Ray Bradbury, en Frank Miller, en Alan Moore, en Robert A. Heinlein. Antes yo era la única persona que había leído más de dos libros de Philip K. Dick, ahora, hasta el último imbécil extrovertido tiene las obras completas de Philip K Dick. Todo aquello era mi refugio, mi pequeña parcela de poder, aquello de lo que solo yo podía hablar, dar un paso al frente y pronunciar con propiedad el comentario decisivo, con la autoridad que da el tiempo libre, la falta de experiencias sexuales, la desconexión social y las interminables horas de lecturas subsiguientes, llenas de ira anal. ¿Dónde queda todo eso?”

Es cierto. Mientras se sumerge con la atención distraída en la secuela de “El Hobbitt”, el nerd se da cuenta de que vive en un capitulo malo de “The Twilight Zone”. En la era de Internet tiene tanto valor la imagen de alguien posando en su perfil de Facebook con un ejemplar de “El Hobbitt” que aquel fan sufrido que lleva su vida entera con la cabeza metida entre los libros de Tolkien. El paraíso fantástico e imaginario de muchos nerds ha sido invadido por hordas de gentuza dispuestas a quedarse con eso también, no contentos con quedarse con todo lo demás. A fuerza de incorporar el máximo número de elementos diferenciadores posibles, todas las personas son iguales, o casi iguales. Lo mismo da. Todo es representación irónica y pasajera. La cuestión está en asimilar aquello que puede distinguir al otro y hacerlo nuestro con rapidez, ya que en Facebook, Instagram, o Twitter, no es posible ir mas allá de lo que se nos muestra fugazmente, ni hay necesidad o interés de saber más. Es el mismo mecanismo por el que Katy Perry, Natalie Portman, y un largo etcétera se definen a menudo en entrevistas como ‘nerds’ y se quedan tan anchas (o en su caso, tan sílfides), cuando todos sabemos que es incompatible ser Katy Perry y ser nerd de nada, Katy Perry es lo opuesto a un nerd por definición, UNO ES NERD PORQUE HA SIDO NINGUNEADO TODA LA VIDA POR LAS KATY PERRYS DEL MUNDO, que prefieren acostarse con subnormales motoristas llenos de confianza que con hombres sensibles que han visto varias veces todas las temporadas de “Seinfeld” y “Frasier”.

Pero en la actualidad, a Katy Perry no le basta con ser Katy Perry, quiere también el elemento distintivo y cool de ser un nerd, por lo visto está de moda ser una persona introvertida, sin amigos, con gustos raros, que se pasa los viernes y los sábados por la noche (y el resto de la semana) leyendo, encerrado en su cuarto, casi como una venganza hacia todas las Katy Perrys del mundo que jamás se han fijado en un tipo sensible como él. No tiene sentido, pero es así. Esta es la Tierra Media en la que vivimos. El mundo actual, es una parodia fantasiosa, por lo tanto las parodias ya no tienen gracia, ni sentido de ser, no son divertidas, porque la sociedad en sí ya es una sátira de absurdos.

Desde luego, si Guy Debord estuviera vivo, volvería a pegarse un tiro.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar