Columnas

¿Por qué los espectadores más serios se toman a risa la sitcom?

Motivos para considerar una imprudente chifladura su no admisión en el Parnaso de la Tele

Entre la seriefilia parece haberse impuesto una tendencia, algo así como una división de clases, entre las series ‘serias’ (perdón por la cacofonía) y las ligeras: a las primeras se les procura un respeto que a las segundas no se les da. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué no se valoran las nuevas comedias de situación con la importancia que merecen?

¿El amor de tu vida sigue sin dar señales y a ti se te pasa el arroz? ¿Mucho tiempo en el paro? ¿Tu puesto bien remunerado en una gran empresa te hace sentir alienado? ¿Fantaseas con involucrarte en proyectos más estimulantes? ¿Menguan tus opciones al Nobel? ¿Tu timidez extrema te impide interactuar con personas del sexo opuesto, aunque el dinero te rebosa por las orejas? ¿Temes haberte convertido en la clase de insufrible snob incapaz de sintonizar con las inquietudes de su padre, chapado a la antigua? ¿Tus hijos fallan en la escuela y además no valoran lo mucho que a ti te cuesta cuadrar las entradas y salidas de dinero? ¿Tu roomie descuida las normas más elementales de higiene? ¿Tu cuna era buena pero el negocio del clan resultó ser un fraude, y ahora debes descender a los infiernos de la clase trabajadora mientras enchironan a alguna que otra rama del árbol familiar? ¿Engordas? ¿Eres un obediente y ejemplar adolescente al cual noche tras noche atormenta la misma pesadilla en la que muere virgen y empalmado? ¿Te atraen personas que no son tu pareja? ¿Tu pareja coquetea con personas que no son tú delante de tus narices? ¿Envejeces? ¿No sabes cómo echar de casa a tu rollito de ayer? ¿Hace mucho desde la última vez que tuviste relaciones íntimas con tu pareja? ¿Eres soltero o soltera aunque la última vez que te comiste un rosco los dinosaurios campaban a sus anchas por la Tierra? ¿Tus padres empiezan a cometer imprudencias cuando tú ya estás sentando la cabeza, y de pronto has de cuidar de ellos como si fuesen adolescentes descerebrados? ¿No van bien tus negocios? ¿Eres más bien feo, fea…?

Hay ciertas preguntas cuya disposición a meter el dedo en la llaga pasan por vandalismo social. En conformidad con las dimensiones del trauma, habrá cuestiones que mejor será sortear por respeto a los buenos modales y la integridad de las personas.

¿Chistes sobre subsidios de desempleo en 2013?, ¿pullitas a la amiga fea del grupo delante de la amiga fea del grupo?

Mejor no. Pero esta misma es la esencia de las comedia de situación. Lejos del lugar común por el cual toda sitcom se alimenta de la insignificancia humana, su propósito real es hacer uso de situaciones reconocibles e hirientes para el espectador, y volvérselas a exponer con una coda final que siempre reza, “¡No es para tanto!” Al igual que el show de Seinfield, la sitcom halla la semilla de su humor en la observación natural; como el consultorio de Frasier, la sitcom es terapia de grupo. Aquí tenemos la clase de discurso que requiere de destrezas narrativas incomprensiblemente soslayadas, aún.

Una moda que hace algún tiempo se importó en España fueron los artículos y libros sobre series. Allá una colección de “Mad Men”, acá un par de libros tamaño boombox rubricados por David Simon; aquí sellos locales coordinaban sus antologías sobre “The Walking Dead” o “Juego de Tronos”, y al otro lado —algo es algo— tradujeron “Los Simpson y la Filosofía”; en otra parte universidades programaron ciclos sobre el nuevo folletín, revistas enteras se abalanzaban sobre el fenómeno de masas que también tenía cabida en la dieta cultural de los hijos del declaradamente refinado Frasier, y los periódicos incorporaban en sus plantillas a críticos de series. Todo parecía bastante saludable. Daba cuenta de los derechos que desacomplejadas generaciones de escritores y periodistas consiguieron a los debates de ideas. Con todo, seguía habiendo huecos importantes e inquietudes no resueltas. La cuota de textos sobre series no producidas en Estados Unidos era nula, y la presencia de las comedias de situación podía considerarse testimonial o marginal entre aquellos montones y montones de páginas. Daba la sensación de que en el momento de ponerse serio, muy poca gente acudiese al vodevil de los 20’.

Una hipótesis para justificar ese arrinconamiento podría ser que el número de imposiciones —comerciales, financieras o de formato— que oprime la libertad de los creadores suele ser inversamente proporcional a la credibilidad de la obra. O sea, la gente suele tomarse más en serio una novela que un anuncio —aunque los dos interpelen a los deseos y anhelos más elementales de la raza humana—, y es razonable que “Fringe” parezca más profunda que “2 Broke Girls”. Si de series hablamos, salta a la vista que la sitcom se encuentra mucho más limitada que la serie de largo recorrido, y que sus mutaciones por épocas nunca son demasiado importantes, más allá de las apreciaciones que cada momento histórico exige. La distancia que va de “Friends” a “Cómo Conocí a Vuestra Madre” parece bastante insignificante, y en el arco que lleva de “Los Simpson” a “Modern Family” las innovaciones más llamativas están vinculadas a las nuevas uniones familiares, antes que a la propia narración (ahora los gais salen del armario y conviven bajo un mismo techo, y un adinerado jubilado que no puede hacer el Príapo si no es con trampas farmacéuticas contrae segundas nupcias con una exuberante emigrante latina sin que ninguna de las dos cosas suponga el más mínimo escándalo). Cierto es que el siglo XXI probablemente diese a luz a los personajes de sitcom más carismáticos de la historia: el depredador sexual infalible Barney Stinson, y ese súperhombre asexual que está más allá de los degradantes deseos animales que es Sheldon Cooper, dos sujetos que a diferencia de la mayoría de personajes de Sitcom son completamente inverosímiles en su exageración. Con todo, las imposiciones publicitarias siempre han producido rotundas representaciones de personajes entre aquellos para los cuales el dinero es un problema, y aquellos para los que parece como si no existiera; entre la clase trabajadora orgullosa de ello ( “Bob's Burger”), la clase alta con la que la esforzada clase media fantasea ser algún día (“Modern Family”) y la clase alta venida a menos que satisface el rencor y la malsana envidia que anida en la clase media ( “Arrested Development”). Los anuncios siguen siendo el contenido más importante de toda Sitcom, y a fin de cuentas nadie se imagina ninguna comedia que alegremente transcurriese en algún escenario protocomunista, sin sanvalentines o navidades en las que consumir.

Justamente, todas esas son las limitaciones que hacen de la sitcom un estado mental sui generis —ese prisma capaz de transformar todas las desgracias humanas en un chistoso “¡No es para tanto!”—, y un género cuyo ingenio suele ser deslumbrante, a pesar de su arrinconamiento cuando toca ponerse serio para hablar de series.

Un ejemplo con spoilers. En la primera temporada de “Modern Family”, el ejemplar padre de familia Phil Dunphy tiene que mediar en una discusión entre Claire —su esposa— y Gloria —la explosiva segunda mujer de su suegro— en un momento en que las dos llegan a las manos. Al abalanzarse sobre Gloria, el espectador —a diferencia del resto de la familia, demasiado concentrada en la discusión entre las dos mujeres— advierte una situación un tanto embarazosa. En adelante la incomodidad de Phil cuando se encuentra a solas con Gloria crece de manera imparable, y además no es recíproca, pues ella no tiene problemas en interactuar con él. La única explicación posible se encuentra en la atracción reprimida de Phil hacia Gloria, la cual se resuelve de manera tan escandalosa como pueril cuando en el último capítulo la cámara del estadio donde asisten a un partido de baloncesto les coacciona para que se besen. A lo largo del arco es fácil identificar en Phil las mismas tensiones, pulsiones y encrucijadas que pueden cernirse sobre el dramático pichabrava de Don Draper.

Pero con mucha menos pornografía.

¿Y no era de eso —a fin de cuentas— de lo que iba el arte?

¿Decir sin decir?

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