Columnas

Por qué la esclerótica vida cultural francesa debería alarmarte

Un panorama de la extraña momificación de la cultura francesa y sus similitudes con España. Apto para francófilos (o no).

La prestigiosa vida cultural francesa está sufriendo un calambrazo. Tan grande es el celo de las autoridades por proteger la cultura que el efecto producido es la anulación absoluta de cualquier manifestación sospechosa de innovación u originalidad. Convertida sin prejuicios en una caricatura de sí misma y obsesionada con permanecer en un insostenible siglo XIX, no cabe duda de que Francia no es el ejemplo a seguir en materia de gestión cultural. Y sí, en parte se parece a España. Desde Lyon, Arturo Sánchez te lo cuenta.

Internet está lleno de anuncios de vuelos y viajes a una Francia que en gran parte sigue atrayendo público gracias a unas rentas que obtuvo siglos atrás. Del lado ibérico de la frontera pirenaica se tiene a menudo la imagen de Francia como de una tierra de libertades, república del libre pensamiento, patria de la revolución y los derechos humanos, y El Dorado de las artes y las letras. No es de extrañar, visto el empeño y el mimo que ponen los franceses en exportar dicha idea. Lo cierto es que esta fachada palaciega muestra en más de un sitio grietas y manchas de humedad. Es lo que tienen los monumentos.

Eso de la libertad (y de paso la igualdad y la fraternidad), el libre pensamiento y los derechos humanos se tambalea un poco frente a la fulgurante escalada de la extrema derecha; las manifestaciones contra el matrimonio homosexual y las agresiones homófobas; los ghettos abandonados que rodean París, donde el paro se acerca al 80%, verdaderos feudos de G’s and hustlas, que diría Snoop Dogg; la inseguridad que se instala en cada vez más barrios dentro de la capital; las agresiones y persecuciones constantes que sufren las mujeres por el mero hecho de circular solas por espacios públicos (sí, sí), y tantos otros casos encantadores.

Al mismo tiempo es vox populi hasta qué punto el París de la diversión y la vida bohemia se ha visto reducido a nada, en una ciudad cuyos índices de diversión nocturna están bajo cero en todas las escalas imaginables, salvo la de las carteras mórbidamente nutridas. La verdad es que París sigue siendo una ciudad extraordinaria para aquellos que puedan usar sus billetes con que correr un tupido velo que les oculte la fealdad general de lo que les rodea. Nada nos libra a los demás de ver cómo se tambalea el edificio vetusto de la Francia romántica, epicentro de la efervescencia cultural y artística europea.

Naftalina en el museo (desde el siglo XIX)

"Toda iniciativa artística o intelectual que no pase por el marco de la institución es invisible; o, mejor dicho, inexistente"

Al experimentar el Louvre, Orsay, el Centre Pompidou, la Maison de la Poésie, las excelentes librerías, el Collège de France, las Grandes Écoles, la Sorbonne, incluso las muy económicas tarifas de los museos, parece normal considerar a Francia como un paraíso cultural. En cierto modo, lo sigue siendo. Lo es, sin embargo, desprendiendo un olor a naftalina. La vida cultural en Francia no atraviesa su momento de mayor vitalidad. Es cierto que Francia valora y glorifica la cultura como pocos otros países lo hacen, la viste con orgullo y la trata con respeto; sin embargo, se trata de una cultura vetusta, anclada en los clásicos, que muy a menudo vuelve la creatividad o la innovación imposibles. Desde el anclaje decimonónico que les caracteriza, todos idolatran aquí a Rimbaud, pero nadie parece recordar su conminación: “Il faut être absolument moderne”.

Resulta paradójico observar de qué manera la devoción francesa por su cultura es precisamente el motivo principal de su estancamiento. Francia subvenciona generosamente la cultura (aunque la crisis ha estado pasando últimamente una factura dolorosa); cuenta con exposiciones fascinantes en abundancia; las bibliotecas son increíbles; los encuentros y conferencias no cesan… Todo lo relativo al mundo de la cultura, por deseo de protección, ha sido enteramente institucionalizado. Este fenómeno tiene un efecto secundario bastante vicioso: toda iniciativa artística o intelectual que no pase por el marco de la institución es invisible; o, mejor dicho, inexistente. La presión institucional es tal, y su criterio, por proteccionista, tan arcaico, que cualquier iniciativa sospechosa de “novedad” se pasa bajo silencio.

La única forma de salir a la superficie, de ser legitimado por el Moloch de las letras y las artes, es recibir los galardones oficiales, o morir y dejar así de representar una amenaza – es decir, convertirse en un clásico.

"El cine sigue estancado en la misma alternativa desde hace demasiado tiempo, seguimos con la mente puesta en la edad de oro de la Nouvelle Vague"

En el mundo de la música, los grandes grupos jóvenes de electrónica francesa encuentran gran parte de su público en el extranjero, mientras que dentro de las fronteras galas se sigue prefiriendo consumir la chanson française de Benjamin Biolay, progresión lógica de la tradicional estirpe Aznavour, Barbara, Gainsbourg y demás. El cine sigue estancado en la misma alternativa desde hace demasiado tiempo: ¿drama realista familiar / amoroso o comedia familiar / amorosa? Algunas de estas películas son excelentes, como puede ser el caso de “La Guerre Est Déclarée” de Valérie Donzelli o “Intouchables” de Olivier Nakache y Éric Toledano. Pero aun siendo películas sólidas, no dejan de ser reproducciones de los esquemas de siempre. Ninguna aportación verdaderamente notable al arte cinematográfico del siglo XXI (no, “The Artist” no cuenta), y seguimos con la mente puesta en la edad de oro la Nouvelle Vague.

Si en España podemos pensar en una casta cultural dominante del mundo viejuno, articulada, por ejemplo, alrededor de Babelia, no existe ningún bastión equivalente en Francia. Claro, podemos pensar en el Magazine Littéraire, la híper famosa revista de literatura que cada mes nos señala con su índice anciano-mainstream la dirección de nuestras próximas lecturas, con un criterio extremadamente viciado por sus acuerdos con los grandes grupos editoriales. Sin embargo, no hay un bastión intelectualmente anciano con nombres y apellidos, puesto que se trata más bien de un rasgo moral generalizado, una inalterable costumbre intelectual, un savoir-faire de orígenes remotos del que nadie, viejo o joven, creador o crítico, universitario o no, sabe o puede alejarse.

Y lo más curioso (para mi gusto lo más irritante) es que los nuevos creadores, en lugar de buscar vías paralelas o alternativas para salir a la superficie, se matan entre sí para entrar en la institución, produciendo así a menudo obras arcaicas, manidas y repetidas ad nauseam.

De la cripta universitaria a la trinidad Galligrasseuil

"Nadie se arriesga a darle una oportunidad a lo nuevo, y si se trata de nuevo y extranjero, déjalo correr"

Un fenómeno llamativo y digno de señalar es cómo el mundo universitario francés se encarga de echar leña al fuego de esta pira fúnebre. Todos hemos oído hablar de la formación de excelencia y la exigencia intelectual de la universidad de La Sorbonne, de las Écoles Normales Supérieures (ENS), de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales (EHESS), y como alumno de una ENS doy fe de ello. Sin embargo, las aulas y las bibliotecas huelen a cripta. En el único seminario de la literatura contemporánea de la ENS de Lyon nunca oirás pronunciar nombres como los de Roberto Bolaño o David Foster Wallace; nombres que en el siglo XXI han producido obras literarias revolucionarias a escala internacional serán soslayados. Se me ocurren dos explicaciones para este acontecimiento paranormal.

La primera consiste en la creencia ciega de los franceses, todavía a día de hoy, en la llamada “literatura nacional”; hasta tal punto que, lo creas o no, rara vez se trabajarán en las universidades autores extranjeros, por trascendental que sea su obra. Así que, en una época en la que muchos, cada vez más, somos capaces de leer en dos o tres lenguas, en la que los escritores reciben influencias para su creación que van mucho más allá del reducido coto de sus fronteras nacionales, en un momento en el que tal vez estemos empezando a rozar algo parecido a una literatura mundial, ¿qué sentido hay en seguir trabajando en el marco “nacional”, como hace doscientos años?

¿Ejemplo paradigmático? Mathias Enard: novelista francés, residente en Barcelona, que pasa largas temporadas en los países árabes, de hecho profesor de árabe, extremadamente influido en su escritura por los mundos hispanófonos, francófonos y arábicos, que sitúa siempre a sus personajes a caballo entre varios países y entre varias identidades, que mezcla incluso hasta tres y cuatro lenguas distintas en una misma novela: ¿cómo se le podría incluir en el estrecho panorama de la “literatura francesa”? Difícil. Pero allí siguen ellos, empeñados en que el hexágono sigue siendo el centro del mundo. Pas tout à fait.

La segunda explicación es más de orden histórico o cronológico que geográfico, y atañe también, entre otros, al mundo editorial, absolutamente dominado por la santísima trinidad oligárquica de Galligrasseuil (Gallimard – Grasset – Seuil).

Ni los tres grandes, ni prácticamente nadie se arriesga a darle una oportunidad a lo nuevo o a lo extranjero. Y si se trata de nuevo y extranjero, déjalo correr. David Foster Wallace, por ejemplo. Ignorado absolutamente por el público francés, ha sido publicado hasta ahora en Au Diable Vauvert, una pequeña editorial independiente e híper exigente que tiene el coraje de apostar por la novedad y lo distinto. Obviamente, casi nadie conoce su trabajo. Ahora parece ser que “Infinite Jest” será publicado (que ya veremos) a finales de 2014 en la prácticamente desconocida Editions de l’Olivier – tres cuartos de lo mismo. Chapeau por la osadía.

En cuanto a Bolaño, ha aparecido recientemente en Folio, pero no sin antes pasar, como vía de legitimación y aval, por las manos de la ya heroica Christian Bourgois, editorial fundada por un señor que leía muchos libros extranjeros, que un día decidió publicar los que le gustaban, y sin cuyas apuestas seguramente una infinidad de obras esenciales de la literatura extranjera jamás hubieran visto la luz en Francia.

Y mientras los títulos extranjeros se abren paso a duras penas en las librerías a base de credenciales sin validez, la creación joven es absolutamente invisible, despreciada y ninguneada, mientras Gallimard cubre las mesas de novedades con decenas de autores que han escrito todos la misma novela… que Balzac escribió mucho antes. Y del caso de la poesía, ni hablemos.

"Los jóvenes poetas franceses no tienen blogs, ni páginas web, no difunden su creación en ningún sitio. Es como si no existieran; o, más extraño todavía, como si Internet no existiera"

Los que tengan esperanzas puestas en los jóvenes franceses para traer un soplo de aire fresco a las entrañas de este convento, desengáñense. Frente a la presión institucional, proteccionista y arcaica, la estrategia de los jóvenes consiste en matarse por integrar la prestigiosa institución –y eso a base de prácticas artísticas, y sobre todo literarias, caducas y trasnochadas.

Tomo el ejemplo de los jóvenes poetas franceses, pero os ahorro el tedio que puede suponer pasarse horas y horas delante de la pantalla de un ordenador buscando algún tipo de manifestación poética joven en la red. La conclusión es que los jóvenes poetas franceses no tienen blogs, no tienen páginas web, no difunden su creación en ningún sitio. Es como si no existieran; o, más extraño todavía, como si Internet no existiera. El mundo de la poesía joven está haciendo de Internet su laboratorio artístico y su zona de intercambio, encuentro y publicación, pero ellos siguen versificando encerrados en su habitación mientras sueñan con Baudelaire en su buhardilla. El mundo digital, las redes sociales, blogs, Tumblrs… todo esto sencillamente no existe para ellos. Como las historias de fantasmas de Cuarto Milenio: inexplicable.

Mención aparte merece la oligarquía de editores que, en lugar de trabajar mano a mano con autores locales para pulir su trabajo y sacarlo al mercado, prefieren ir a comprar derechos como quien va a la bolsa. Y sí, eventualmente encontrarás una juventud que no es que esté desprovista de interés por las letras: algunos les dedican su tiempo y, si no sonara demasiado dramático, diría que sus vidas. Pero nunca son los agentes de un cambio en el panorama, aunque no por falta de ganas: más bien es que no saben cómo hacerlo, o ni siquiera se lo plantean. En su lugar, dedican todas sus energías a tratar de integrarse en el panorama.

«Los franceses ven plagio en todas partes»

Con seguridad pensarás que exagero. De hecho, yo también lo pienso. O lo pensaba. El caso es que fui a compartir mis impresiones con una amiga y joven novelista francesa, Célia Grzegorska, y a pedirle su opinión respecto a este problema. Célia es autora de dos blogs ( Hendiadyn, blog de crítica literaria, y Nocturnelles, blog de creación). Ha publicado recientemente en Nerval.fr, la página web del escritor François Bon, y busca actualmente un editor. Esto fue lo que me contó:

"Hay en Francia una especie de pudor exacerbado que hace que los jóvenes autores prefieran quedarse solos en su rincón, sin mostrarse, además de un verdadero terror al plagio"

En Francia debería haber gente dispuesta a dar el paso a Internet, a blogs, a Tumblrs, como ha podido suceder en Estados Unidos o en España. Aquí prácticamente solo tenemos páginas de “crítica” literaria, que se dividen en dos tipos: páginas de crítica extremadamente serias, universitarias, o páginas hechas por amas de casa de mediana edad que cuentan que tal o cual libro les ha encantado porque “las ha hecho soñar”… Paralelamente, el mundo universitario no propone investigar a autores nuevos ni jóvenes. Pascal Quignard estuvo una vez en los temarios, pero de costumbre lo más contemporáneo a lo que se aventuran es Alain Robbe-Grillet, y el Nouveau Roman no es exactamente literatura contemporánea. Ni la prensa ni las editoriales hacen mucho para sacar buenos libros del anonimato, para dar a conocer a jóvenes autores o para que autores consolidados como Vincent Delecroix o Chloé Delaume alcancen la notoriedad que merecen. De hecho, Chloé Delaume tuvo un blog durante un tiempo, pero fue un fracaso por la falta total de comunicación. Comunicar en Internet es comunicar con el vacío. Si no comunicas en papel (Gallimard, Seuil, Le Nouvel Observateur, le Figaro, le Magazine Littéraire) no eres nadie. Tampoco los poetas de hoy, como Philippe Jaccottet, tienen la presencia que deberían. Seguirán siendo ignorados, sobre todo por la universidad, hasta que pertenezcan al pasado. Ya ni siquiera se descubren poetas menores de otras épocas: la apuesta editorial suele orientarse a descubrir textos desconocidos de los autores de siempre. Hay como una voluntad de permanecer anclados en la edad de oro del papel, de Baudelaire y de Nerval. El salto a lo digital se hace muy lentamente y de forma muy puntual, con fenómenos excepcionales como la página de François Bon. En un momento en el que nadie apuesta por lo digital, él es uno de los pioneros en el reconocimiento de los jóvenes autores. Hay que decir que su página tiene renombre porque él mismo publica en Seuil; por lo demás, la red cuenta con foros de jóvenes autores que no tienen ningún tipo de impacto. Hay en Francia una especie de pudor exacerbado que hace que los jóvenes autores prefieran quedarse solos en su rincón, sin mostrarse, además de un verdadero terror al plagio. Los franceses ven plagio en todas partes. Creo que es esencialmente por esos motivos que los jóvenes autores no se atreven a publicar un blog. Al mismo tiempo, las editoriales no le prestan la más mínima atención a lo que sucede en la red. Todos son partícipes de esa voluntad de permanecer en la edad de oro del papel y de los poetas decimonónicos, que es la esencia del prestigio francés”.

Entonces, no estoy loco. Lo que creo que está sucediendo realmente está sucediendo. O más bien, lo que creo que no está sucediendo, realmente no está sucediendo. Tampoco hay vistas de que el insensato embalsamamiento de un cuerpo aún vivo siga adelante, a ser posible antes de que algún psicópata lector de la colección “Premier cycle” de Presses Universitaires de France, para quien la máxima expresión de lo nuevo sea el VHS, decida sacarle el cerebro por la nariz con un gancho.

Ciertamente, muchos de los vicios incrustados en la cultura francesa se aplican al modelo español. Aunque nuestra paradoja aquí pasa por el hecho de que el poco aprecio o la poca importancia que en España se le da a la cultura, en particular en la esfera pública, tiene cierto efecto positivo de rebote. El que la gente deba buscarse la vida por sí sola permite la aparición de copiosos proyectos individuales e innovadores, de calidad desigual por supuesto, pero existentes. En Francia, la cultura subvencionada, glorificada y protegida tiene de rebote el efecto vicioso de que un proyecto independiente, innovador y lejos del mainstream oficial difícilmente superará el estado embrionario. La mayoría de la gente de hecho ni lo intenta, siendo preferible luchar por integrarse a una institución trasnochada a base de reproducción y concesiones. La verdad es que no sé si podemos aprender algo de todo esto.

Me vuelvo a acordar de aquello de “Il faut être absolument moderne” y pienso que la modernidad probablemente sea incompatible con lo institucional en cualquier caso. Cada uno se enfrenta a sus fantasmas como puede. Y los fantasmas de Baudelaire, Delacroix y Debussy dan canguelo.

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