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Los entresijos secretos de la televisión, al descubierto

Viejos verdes, lesbianas, invitados maltratados, porros y procrastinación: Diana Aller revela en su nueva columna todo lo que siempre quisiste saber sobre la televisión por dentro

¿Sabía usted que Mariló Montero huele fuerte? ¿Adivinaría el nombre de la empresa que creó Isabel Pantoja para facturar la pastizara que le soltó Telecinco? ¿Que en televisión se fuma mucho? Curiosidades de este tipo, y muchas más, aquí.

Me incomoda y exaspera dar las mismas explicaciones una y otra vez cuando me preguntan en qué trabajo. Al responder “en televisión”, mi interlocutor suele mostrar un brillo especial en sus pupilas, delatando un interés real. Si es un varón heterosexual, me atrevo a adivinar incluso cierta curiosidad y deseo sexual. La conversación suele seguir con un escueto “¿qué haces?”, porque todos saben que la televisión abarca desde operadores de cámara hasta prostitutas; desde famosos a señoras de la limpieza.

Cuando digo “soy guionista”, percibo admiración. En este caso, más por las féminas, a las que parece gustar mi profesión (a estas alturas, los varones con lúbricos intereses, ya no me anhelan como una presa; intuyo que me imaginan leyendo a Proust y sin depilar).

Pero unos y otras tiran abajo mi imagen en sus podridas mentes, cuando explico que no hago ni ficción ni actualidad (informativos); que yo me dedico al entretenimiento. “¿Entretenimiento?”. “Sí –explico yo–, concursos, magacines, corazón…”. Y entonces siento que causo un rechazo total, que me ven como a un político pedófilo, o como a Urdangarín, como un ser sin escrúpulos…

Alguna vez la cosa termina en una vana discusión (de ínfimo nivel, claro) sobre ética y medios de comunicación: trato de defender un trabajo digno, divertido y que exige una esmerada cualificación, frente a unos orcos que no son capaces de discernir entre la mentira que ofrecen los informativos y la paupérrima ficción de nuestra televisión. Para ellos, estos trabajos son rigurosos y serios. Los míos no. Por eso, en según qué sitios, he optado por responder que soy piloto comercial o juez cuando me preguntan por mi profesión. Parezco interesante y no tengo que defender ni explicar nada.

Así que, ya que he abierto aquí mi corazón, les voy a explicar algunas cosillas del medio televisivo “por dentro”.

La redacción: El motor que no se ve

La redacción es el espacio físico en el que se gestan los programas, pero también es el grueso del equipo que no sale en pantalla y que no son técnicos, es decir: redactores, realizadores, productores, guionistas y directores. En las redacciones de televisión hay un alto porcentaje de homosexualidad, sobre todo masculina, aunque lugares como TVE tienen un índice de lesbianismo hasta cinco veces superior al del grueso de la población española. En las redacciones reina el caos, hay televisiones encendidas por los rincones, y nadie está sentado. También suena música. La chavalería pone YouTubes de Clap Your Hands Say Yeah, Grizzly Bear o Nicki Minaj. Esto sucede en programas de corazón o de crímenes indistintamente.

De hecho, muchas veces distintos programas de una misma productora comparten redacción; así que se puede dar el caso de expertos en muertes, pesquisas policiales y armas y profesionales de sagas de toreros colaborando estrechamente para mostrar vídeos musicales, arreglar la impresora o conseguir drogas. La redacción de un programa de entretenimiento es como el patio de una cárcel; pasan espesas las horas… y los amigos son los únicos de verdad que se tienen en la vida. Se crean alianzas imposibles, se pierde el tiempo en órdenes y contraórdenes que satisfagan a directores y productores ejecutivos y la libertad o la familia son meras utopías.

En la redacción, con sus risueños maricas, sus jefes bipolares, sus caterings hipercalóricos a destiempo y sus horas frente al ordenador se gestan programas de todo tipo. Allí se definen contenidos, se trabaja con escaletas, se elaboran guiones, se realizan piezas y videos enlatados (llamados VTRs) y a veces hasta se ensaya una lectura. Esto que así contado resulta sencillo, supone ir solucionando marrones, asumir culpas innecesarias y consumir Orfidal de forma perenne.

El plató: un mundo de ilusión

Al ver un plató con su iluminación, su atrezzo, su aparataje de cámaras grúa y cables y sus gradas, entra cierta ansiedad. Muchos de ellos –sobre todo en magacines– tratan de crear cierta cercanía y un ambiente hogareño: sofás, alfombras, mesitas bajas, floreros de hotel de carretera… Aunque consiguen un perverso efecto contrario: agresivos focos de luz blanca y techos altísimos y petados de cosas que dan miedito. Lo que se percibe como “pared de fondo” es un material un poco más consistente que la cartulina, que da a un espacio siempre oscuro y de ladrillo parecido a una mazmorra del Medievo asturleonés. Ése es el verdadero plató. Desde que “Sálvame” mostró impúdicamente, la parte trasera del plató, se ha abierto la veda, y se muestra a los espectadores la mugre oscura que hay detrás de las bambalinas.

En los platós viven los operadores de cámara (salvo un ratito en el que se van a dormir), que llevan siempre camisetas horrorosas, generalmente negras (herencia de tramoyistas y apuntadores camaleónicos en la oscuridad) y fuman porros de forma muy habitual. También hay gente que no hace nada; es más, que no se sabe qué hacen allí… pero nadie pregunta. Es una de las incógnitas del mundo de la televisión. En plató suele haber un personaje mezcla entre árbitro y pastor: se trata del regidor, que cuando es varón tiene cara de hartazgo y cuando es mujer parece una bollera de Lérida. Su misión es organizar a los presentes en plató.

3. El control: manejando los hilos

Imaginen un panel de un piloto de Ryanair con muchos monitores y una fila de azafatos sentados detrás. Algo así es el control de realización; desmadre a las máquinas. En primera línea de fuego se sientan director/a y realizador/a. También guionistas y técnicos de imagen y audio que conectan llamadas de teléfono, “lanzan” vídeos y todas esas cosas de la tele (cabeceras, rótulos, cortinillas de paso a publicidad…).

El control de realización es el lugar donde más insultos se profieren a los presentadores /azafatos / concursantes /invitados. Es un lugar terriblemente sexista, con lenguaje tabernario y exento de toda ética. En un programa de testimonios he llegado a escuchar al director decirle a la presentadora (a través del “pinga”): “Muy bien, sigue por ahí y le haces llorar… Sigue, sigue… Pregúntale cómo le pegaba su marido. Venga que ya la tienes”. Entre tanto, los allí presentes aprietan los puños como si fuera una final de Eurocopa, mirando atentamente los monitores. Cuando al fin la presentadora incide en el maltrato, la invitada (a los invitados, concursantes, participantes, se los cosifica llamándolos “muñecos”) suelta una lagrimita… En el control hay aplausos, alegría y jolgorio, y se llega a escuchar “¡un 20, un 20!”, haciendo referencia al share (si no se abusa, el llanto y los gritos suben considerablemente la audiencia).

En este tipo de programas –los de testimonios– los redactores “reconducen” a sus muñecos según el epígrafe del programa. Hoy las temáticas son más alegres, pero si se trata por ejemplo de malos tratos y la invitada no los ha sufrido, se le convence de que así ha sido: “Bueno, pero un poco te pegaría”. “Pues no”. “Vale; no pegar de pegar, pero tú te sentías como si te hubiera dado una paliza ¿A que sí?” “Mmm… si”. “Pues ahí lo tienes, te han maltratado, Puri, eres una mujer maltratada y lo has callado siempre”. Y las pobres salían al plató como mihuras heridos de muerte.

Traca final: 24 curiosidades

Pero la televisión es mucho más, está llena de anécdotas, subgéneros, personajes y curiosidades, de los que voy a enunciar unos cuantos para que se hagan a la idea.

1. El concepto de Entretenimiento, sin afán ninguno de informar o aportar nada distinto a la mera evasión, lo introdujo en España el hábil Chicho Ibáñez Serrador. Supo adaptar con maestría el control, la manipulación y el encefalogramoplanismo en la dócil e impresionable sociedad española del tardofranquismo. Estoy acostumbrada a escuchar alabanzas por su trabajo; y creo que no todas son merecidas. Era un espabilado, sí, pero también un viejo verde carente de escrúpulos: acudí con una joven reportera para que le entrevistara (yo tenía que decirle a la chica qué preguntar y qué decir). Él exigió que se sentara a su lado: le cogió la mano y movía el dedo pulgar de una forma bastante asquerosa, al tiempo que se frotaba la lengua con los labios y miraba el cuerpo de la niña mientras respondía. Casi le poto en la cara, cuando le dice que él podría hacer de ella una estrella.

2. Los pasillos de Antena3 recuerdan a un hospital y dan mal rollo. A la gente que trabaja allí les sientan fatal los pantalones, les hacen culo feo. No es una simple apreciación personal, lo he testado con otros profesionales.

3. Mariló Montero, Terelu Campos, Mª Teresa Campos, Raquel Bollo y Gloria Serra huelen muy fuerte, como si llevaran colonia Deliplus (cuando en realidad llevan perfumes carísimos, que marean al mezclarse con los kilos de maquillaje que llevan).

4. En muchas redacciones es costumbre coleccionar en grandes paneles las mejores frases del propio equipo. Suelen recolectarse las de índole sexual o las que hacen referencia al contenido del programa.

5. Está prohibido que los trabajadores de televisión o sus familiares directos tengan un audímetro. De cualquier forma, es un método menos fiable que el Clearblue.

6. Carmen Sevilla ahora tiene Alzheimer, pero cuando trabajaba en televisión, según sus propios compañeros, se hacía la tonta y era muy mala persona.

7. La televisión engorda . Hay quien dice que hasta cinco kilos. Depende de la situación. Las cámaras son lentes, y como tales, deforman la imagen. Cuanto más centrada, mejor saldrá; a los lados, el efecto “gordura” es mayor. Ver la TV también engorda.

8. En contra de lo que muchos creen, los realities y los concursos son muy difíciles de falsear. Se favorece, eso sí, en una dirección o en otra pensando en la audiencia; pero si, por ejemplo, se cambian las normas durante la emisión, se pierde credibilidad y probablemente también share.

9. Los realizadores son los responsables del aspecto de los programas. Sostengo que en televisión es todo tan feo porque los realizadores se visten fatal. Lo mismo ocurre con los estilistas; unos infraseres que, generalmente, no merecen un sueldo por lo que hacen.

10. El trabajo más ingrato (que recae sobre los redactores) es el de “búsqueda”. Buscar perfiles: gente que quiera cantar, que busque a un amigo/familiar perdido, que acuda a buscar pareja… por supuesto, gratis. Se busca por la calle, recorriendo tiendas, con números de teléfonos aleatorios. Es un trabajo agotador, como buscar clientes en un mundo de prostitución no remunerada; destroza nervios, biorritmos y familias enteras.

11. Una tercera parte de los trabajadores de detrás de la cámara desearían trabajar delante. Otro tercio ansía trabajar en la industria cinematográfica; algunos no tienen ni televisión en casa y encima comentan públicamente tal desfachatez. Sólo unos pocos afortunados se divierten y disfrutan haciendo televisión.

12. Cuando se trabaja en corazón, se manejan datos tan absurdos como los nombres de las S.L.s de los famosos para facturar: “Rochipín” fue la de Rocío Carrasco y Antonio David; y “Pantomar” y “Panriver” las de Isabel Pantoja.

13. Los hermanos Matamoros, provenientes de una familia bien (“bien”, sin más) han llevado sus carreras televisivas por caminos bien distintos, pero siempre al filo de la chunguez. Ambos vivieron su época de oro cuando formaban parte de la cohorte de Carmina Ordóñez, que fue explotada (y a la vez ingobernable) en TV. Aquello era un ir y venir de palmeros como El Chuli, El Pai y el Cabra, de maquilladoras, amigos, bailarines maltratadores, representantes, agencias de prensa… Y los dos hermanos sin pelo que se querían y se odiaban. Coto, más sincero y débil, terminó anunciando su suicidio para sacar un dinero. Por supuesto no se mató, pero sí se tatuó media cabeza sin que nadie entendiera para qué. El otro, Kiko, se ha hecho con su ranchito de poder en “Sálvame”, donde apareció como un pecador redimido alegando que se quedaría ciego para pasar de villano a víctima. Pero la cabra tira al monte, o lo que es lo mismo, quien es un mafias lo es siempre, y aunque él se cree pijo por vivir en la Moraleja y tener una mujer multioperada, no pasa de ser un dueño de gimnasio con ínfulas de poder y hondas carencias culturales, metido a contertulio. Encima es de los que se permite dar lecciones de buen gusto a los demás.

14. En los estrenos es típico que el propio equipo (lo que queda de él, porque los arranques son durísimos) haga una porra (generalmente de 1 euro por cada uno) con el share y sus decimales. El que gana se lleva un pastizal, porque hasta para el programa más mierdecilla hay una legión de trabajadores detrás.

15. Las llamadas “salas vip” de Tele5 (donde esperan los concursantes o se retiene a los invitados) son unos zulos con sofás de IKEA y cuadros pretendidamente expresionistas, y unos canapés que nadie toma, porque allí está todo el mundo muy nervioso.

16. Sorprendentemente, para “El Juego De Tu Vida” –el programa donde ludópatas, cocainómanos e infieles exponían impúdicamente sus bajezas morales alentados por la propia familia– había muchos candidatos para elegir. Al día recibían decenas de mails y cartas pidiendo acudir.

17. Trabajé en un reality maravilloso llamado “Ven A Cenar Conmigo”, donde mi cometido consistía en escribir lo que decía la voz en off y –por teléfono– malmeter uno a uno a los concursantes para que acabaran a la gresca unos contra otros. Fue una época dorada y feliz en mi vida.

18. En el sector televisivo se consumen más drogas que en la mayoría, pero menos por ejemplo que en la industria musical. Abundan los porros y la cocaína.

19. Los contratos en televisión suelen ser por obra (por obra y gracia de una productora), lo que quiere decir que el trabajo dura lo que dure el programa. Un reality, por ejemplo, rara vez supera los cuatro meses. Mientras se trabaja no se contemplan vacaciones, ni horas extras, la vida se consagra al trabajo y se descansa estando en paro. Antes compensaba, porque los salarios eran altos, y había trabajo cualificado. Hoy, definitivamente no.

20. Nadie lo corroboró jamás, pero el año que Isabel Pantoja “trabajó” para Tele5 (dando las campanadas y todo), cobró bastante más de un millón de euros (¡por que le hicieran la pelota!) y la contratación la gestionó su gran amiga (aunque ahora están un poco distanciadas) Chelo García Cortés. Ser amiga o allegada a la Pantoja ofrece muchas posibilidades laborales en televisión.

21. Existen unos personajes siniestros, llamados montadores, que a pesar de ser humanos no conocen la luz del sol; habitan cuevas postmodernas conocidas como “salas de edición” y ven y escuchan una y otra vez la misma secuencia, hacia delante y hacia atrás, con la consiguiente y natural merma de sus capacidades intelectuales. Son como jugadores de rol, encerrados en su mundo y sin contacto con la realidad. Contrariamente a lo que se pudiera pensar, tienen un humor excelente.

22. Alicia Senovilla no genera empatía ninguna con el público; de hecho, una compañera me contó que llegó a desechar que la madre de Sandra Palo (la niña violada y asesinada) viniera a su programa “porque le daba asco su pelo”.

23. Gran cantidad de “colaboradores” (personas que dan su opinión sin que tenga mayor peso que la del resto de los humanos) fuman. Pero fuman mucho, además. Se ve que no terminan de conciliar sus nervios. En las pausas de publi, los exteriores de los platós, parecen fumaderos de opio.

24. La estabilidad conyugal es un pequeño milagro que muy pocas veces sucede en el mundo de la tele. Y cuando sucede… ahí hay amor de verdad.

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