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Una odisea (emocional) del espacio: la nueva obra maestra del cine de ciencia-ficción la firma Alfonso Cuarón y se llama “Gravity”

El director mexicano traza una imponente historia sobre la inmensidad del espacio, la soledad y el abandono, con un uso abrumador del 3D, en la historia de dos astronautas abandonados a su suerte en el cosmos

Después de una obra maestra incontestable como “Hijos de los Hombres” (2006), Alfonso Cuarón vuelve a rayar al mismo nivel en “Gravity”, una cita de ciencia-ficción que unifica poesía, horror, metafísica y un uso abrumador de la tecnología con el mejor 3D jamás visto. Un espectáculo total que encoge el corazón.

Dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón, que no había vuelto a rodar un largo de ficción desde “Hijos De Los Hombres” (2006), hace ya siete años, “Gravity” llega con la merecida etiqueta de obra maestra instantánea. ¿Seguro que es perfecta, que no tiene ningún pero? Pues igual no, pero lo grande es tan grande y el conjunto tan abrumador, que perderse en minucias es tan ridículo como injusto. Llevamos años sin dejar títere con cabeza, cuestionándonos toda película de ciencia-ficción que se estrena acusándolas de excesivamente referenciales, mil veces vistas o poco más que resultonas. Pienso, sin retroceder mucho, en las recientes “Oblivion” (2013) y “Elysium” (2013). Ahora que se estrena algo importante, una propuesta que invita al espectador a una experiencia estimulante tanto a nivel formal como emocional, incluso a nivel físico (por su intensidad, a la que contribuye un asombroso uso del 3D, “Gravity” afecta, en el buen sentido, físicamente: es imposible destensarse en hora y media), resulta casi amoral ponerse quisquilloso u obsesionarse con males menores.

El relato de “Gravity” es sencillo: durante un trabajo espacial de rutina, una ingeniera (Sandra Bullock) en su primera misión de esa naturaleza y un astronauta veterano (George Clooney) quedan aislados en el espacio, completamente solos y unidos por una cuerda, tras un accidente que destruye el transbordador en el que viajan. Eso es, dos personas solas frente a la inmensidad y viendo caer, una tras otra, toda opción de supervivencia. Un punto de partida de esa depuración y sencillez ponía a Alfonso Cuarón y a Jonás Cuarón, su hijo y coguionista de la película, ante un doble reto, sobre todo tratándose de un filme de clara vocación comercial. El primero, encontrar la fórmula para hacer de la simplicidad el mayor espectáculo del mundo. El segundo, convertir en una experiencia sensorial las disertaciones del filme sobre la inmensidad del universo, lo insignificante que es el hombre dentro de él, el miedo a lo desconocido, incontrolable e insondable o el choque entre nuestra fragilidad y nuestro fiero espíritu de supervivencia, temas intrínsecos a la ciencia-ficción literaria y cinematográfica. No sólo superan ambos desafíos, sino que lo hacen con resultados prodigiosos y acertando en el impulso que les llevó a escribir “Gravity”: “Queríamos que la película fuera una experiencia casi subjetiva y lograr dos cosas a la vez. Que el espectador estuviera subido a una montaña rusa durante noventa minutos, inmerso en un viaje adrenalínico, y que a la vez se involucrara de una forma más emocional. Pensamos que si simplificábamos mucho la narrativa podíamos crear algo más catártico, una experiencia más real”, explicaba Jonás Cuarón a su paso por el Festival de San Sebastián, donde estuvimos y presentó la película junto a su padre.

"Ofrece al espectador la posibilidad de la experiencia, de sentir de forma epidérmica las calamidades y la adrenalina de una aventura espacial objetivamente fantástica y subjetivamente real"

El director consigue sus objetivos mediante una puesta en escena milagrosa, convirtiendo “Gravity” en uno de los filmes más espectaculares y bellos del cine reciente. Para ello opta por una escenografía sencilla, con los elementos justos que pide la narración, una perfecta coreografía de movimientos (“Gravity” tiene, sobre todo en sus primeros cuarenta minutos, una musicalidad fascinante), un uso sabio del 3D (estamos ante una de las pocas, muy pocas, películas en las que el 3D tiene un sentido real, hasta el punto de ayudar a definir la historia y modular nuestras emociones) y, sobre todo, un recurso marca de la casa: el plano secuencia a la vez virguero y con sentido, con una función real. Alfonso Cuarón atribuye parte de su devoción por los planos secuencia a un maestro de la imagen, Emmanuel Lubezki, director de fotografía de casi todas sus películas, con el que ha utilizado ese recurso de maneras distintas y con objetivos diferentes desde que empezaron a colaborar hace más de dos décadas. “Nuestra teoría es que si queremos, como en el caso de esta película, que personajes y contexto tengan el mismo peso, no podemos recurrir a planos cerrados o recursos de montaje. Los planos secuencia también hacen que te metas en la realidad, permiten simular que la cámara es testigo de algo que pasa en tiempo real”, explica Cuarón, que, aunque parezca mentira, supera en “Gravity” los técnicamente prodigiosos planos secuencia de su anterior “Hijos De Los Hombres”.

Y ésa es una de las claves del filme: ofrece al espectador la posibilidad de la experiencia, de sentir de forma epidérmica los azotes, las calamidades y los brotes de adrenalina de una aventura espacial objetivamente fantástica y subjetivamente real. La inmersión del espectador en la película no sólo es resultado de estrategias formales. También se debe al texto, a una composición equilibrada de su aparato emocional. Como la mayoría de las películas de ciencia-ficción, invita a cavilaciones profundas y metafísicas, pero no es una propuesta de naturaleza reflexiva: expone y provoca con habilidad emociones básicas, directas y universales. Lo hace a través de personajes bien escritos y mejor interpretados (la entrega física y psicológica de Sandra Bullock es incontestable) y de una narración precisa y preciosa, sin excesos sentimentales o subrayados en ninguna dirección, de una historia de adversidades y supervivencia llena de emociones que, desde la inmensidad del espacio, se nos revelan creíbles y reconocibles. “Cuando director y guionista desnudan la narrativa y se concentran en el personaje, favorecen la identificación del espectador, que vuelca en él sus experiencias emocionales de un modo totalmente inconsciente, irracional y visceral”, explica Alfonso Cuarón, que consigue con esta sana estrategia y la fuerza abrumadora de las imágenes de “Gravity” la total sumersión del espectador en una fantasía tan alucinante como extrañamente real.

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