Columnas

Autobiografía contada en 10 experiencias con drogas

Hora de aventuras

1) Anfetaminas / Speed: Las anfetas eran mi afición. Mi pequeño hobby. Tomé anfetamina en cápsula o polvo durante largos periodos de mi existencia, periodos que solo se interrumpían por imperativo práctico-legal (habíamos agotado las reservas de las farmacias de mi pueblo) o médico (reclusión forzada en el frenopático). Durante las épocas de bonanza, tomábamos muchas anfetaminas: Finedal, Centramina, Delgamer y speed mugriento con atávico olor a manzana (nadie ha sabido explicar esto aún). Las usábamos para bailar, aguantar la ingesta de alcohol y mantenernos despiertos mucho más rato, aunque es lícito preguntarse por qué alguien querría estar tantas horas despierto en el Sant Boi de 1992; masticándote los propios carrillos bajo una farola y sin pedir turno para hablar (qué coño: hablando todos a la vez, como si fuésemos una pieza de música Fluxus). ¿Qué es una anfetamina? ¿No lo saben? Pues allá va mi patoexplicación para jóvenes castores: se trata de un agente adrenérgico que se sintetizó a principios del s. XX en el laboratorio de algún genio benefactor de la humanidad. En su génesis la utilizaban para tratar asma o matar a peña; no había término medio. Su capacidad vasodilatadora era ideal para aliviar dolencias pulmonares, y la descabellada euforia insomne que es su principal atributo se antojaba idónea para los suicidas avances a campo abierto de la Iª Guerra Mundial. Y de la IIª. Vietnam y Corea también. De hecho, todo indica que la mayoría de soldados que combatieron en las grandes contiendas bélicas del siglo pasado lo hicieron empapuzados de sulfato (¿y pueden culparles?).

No recuerdo bien cuándo tomé yo mi primera anfetamina: diría que fue en Zaragoza, año 1988 o 1989, en la puerta de la extinta sala Metro. Por indicación de un mod de Santander traté de machacar la pastilla con el canto de una moneda de 25 pesetas (para insuflarla, se entiende), consiguiendo solo que la pastilla se partiese en dos y cada fragmento saliera despedido a tremenda velocidad. Me reí como un niño con esto. Tras recoger ambas mitades de algún charco insalubre y, aún partiéndome de risa, engullirlas —esta vez sí, por vía bucal— noté por vez primera la adorable progresión de efectos: “eh, tíos, esto no me estáhaciendonadaOHDIOSSANTOOHDIOSMISERICORDIOSO (siguen 12 horas ininterrumpidas de imprudente baile acrobático, locuacidad imparable y sed atroz)  oh... mierda... ya... son... las nueve”. El speed solo tiene un nimio inconveniente: la resaca MÁS GRANDE QUE HA CONTEMPLADO NUNCA LA RAZA HUMANA. Esa resaca se compone de diversos elementos: pensamientos suicidas de chocante veracidad, letales retortijones a lo Prometeo-con-hígado-picoteado-por-águila, derrumbe muscular sistémico, sanguinario dolor de quijada y un alud de remordimientos por todo lo que has dicho y hecho (o tratado en vano de hacer; no sé si me explico) en las últimas dos noches (tres si son ustedes asturianos). Otro pavoroso efecto secundario del speed, que alguien tiene que contarles por su propio bien, es la inexplicable desaparición del propio nabo. Lo contaba Don Carpenter en Los Viernes en Enrico’s: “Charlie odiaba el speed. Te hacía creer que eras más listo y más rápido, pero cuando te buscabas la polla, no te la encontrabas”. De veras que es una cosa de vudú bosquimano: tras atizarte el primer tiro de pichu, el pito se contrae y desaparece por entre los pliegues del pubis, tal que una tortuguita escondiendo su cabezuela en el caparazón. Uy sí, ahora les hace una gracia tremenda, so bastardos, pero les aseguro que nadie ríe cuando ve su picha desvanecerse por vez primera.

2) Popper: Mucha gente relaciona la ingesta de popper con adultos vellosos probando coloridos métodos de inserción rectal, pero cuando llegó a mi pandilla (durante el invierno de 1993) el efecto buscado era estrictamente estupefactor. El acercamiento a la substancia fue poco moderado: un día no sabíamos qué era, al siguiente lo estábamos utilizando a toda hora, como si fuese un suplemento vitamínico. Pero les aseguro que el popper es el perfecto opuesto de la vitamina. Hablamos de un compuesto químico (nitrito de amilo) que la gente decente utiliza para tratar la angina de pecho o mejorar la combustión en motores de aeromodelismo. Tiene un color amarillento traslúcido, y viene en unos botecitos minúsculos que pueden adquirirse en sex-shops (no vayan a tiendas de aeromodelismo, por la gloria de sus madres). ¿Qué hace esa ponzoña, oigo que me preguntan? Pan comido: ustedes se la aplican a la probóscide y le atizan una feroz olisqueada. En diez segundos escasos el mejunje se asimila vía pulmonar y relaja las paredes de los vasos sanguíneos. La sangre empieza entonces a circular como el Nilo fuera de su cauce, y todo ese insensato caudal inunda a traición cabeza, cuello y válvulas cardíacas. En treinta segundos ya tiene uno encima lo bueno: mareo y desorientación puntuales, seguidos por una detonación de tipo atómico en el cráneo, de ahí a un tipo muy particular de euforia tintada de pánico, y finalmente (como consecuencia directa de ello) un bárbaro ataque de risa. Es como la trepanación cerebral más hilarante del mundo. En un par de minutos ha pasado todo, permaneciendo solo una leve náusea y, si vamos repitiendo la operación, una jaqueca de campeonato. Personalmente, nunca noté que le sucediera nada fuera de lo común a mi ano: ni se relajaba, ni cantaba hits de Enya, ni expulsaba volutas de humo, así que me veo incapacitado para darles la versión homosexual de la práctica. Para nosotros era un euforizante barato y efímero, nada más. Nos apostábamos en la puerta de algún bar y nos pegábamos mucho los unos a los otros, y entonces íbamos inhalando del bote por turnos, como los bichos con trompa de El almuerzo desnudo. Ocasionalmente, para multiplicar el vértigo, nos apretujábamos seis o siete tipos en un retrete (a más gente, más claustrofobia) y realizábamos allí la comunión química mientras las paredes se cerraban sobre nosotros. Como en el vertedero galáctico aquel de Star Wars.

El popper es como la trepanación cerebral más hilarante del mundo

3) Éxtasis: A las cápsulas de E se las conoce como chuflas, pirulas, pepas, pastis, rulas y qué se yo (el éxtasis tiene más motes que un hampón napolitano). Es posible que ustedes ya sepan lo que es el éxtasis, porque hoy en día un 90% de la población joven lo ha catado en alguna ocasión. El MDMA es más grande que Jesucristo. Si eso es cierto, y ustedes han consumido E, sabrán también que es una cosa descacharrante. Ignoro cómo sienta la metilendioximetanfetamina en un cuerpo sano, porque yo lo consumí a mansalva en una aciaga época en que pesaba 48 kilos (ni pregunten), y aquello me pegaba un trabucazo en la sesera que no lo quieran saber, pero asumo que los efectos inmediatos serán los mismos: inusitado amor hacia el planeta tierra y sus pobladores, querencia por el besuqueo atolondrado y el abrazo casto en cualquiera de sus modalidades, una implausible combinación de relajación e histeria salvaje, reacción rítmico-muscular hacia cualquier tipo de secuencia percutiva (semáforos para ciegos, tic-taqueo de relojes, tamborileo en mesas: lo bailas TODO), arritmia retumbante, locuacidad bárbara (casi igual que la de la anfetamina, pero de cariz pacifista y enfatizando el amor eterno que une a ambos interlocutores), euforia mullida (nada paranoica, nada agresiva) y calorcete intradérmico. Y, no haría falta decirlo, anorexia (no se pidan unos huevos estrellados después de haber tragado una cápsula). Para colmo, el éxtasis tiene también la bajada más benigna que existe, aunque hacia el miércoles tiende uno a derramar unas cuantas lágrimas a cuento de nada. Dicho lo dicho parece que hayamos hallado la droga perfecta, pero créanme si les digo que todo ese karma ibicenco (incluso el propio) puede ser tan latoso como vergonzante según van pasando las semanas y se desvanece la sorpresa. Es difícil soportar durante largo rato a un tipo que se comporta como una mezcla de Baloo, Bez de los Happy Mondays y la monitora de colonias de mis hijos. La desinhibición corporal también suele ser fuente de múltiples chaladuras improcedentes, como comprobarán la primera vez que les echen de un club por haberse desnudado integralmente en plena pista de baile. Y luego está el MDMA en pólvora, que gozó de cierta popularidad en mi pandilla del 2001 al 2005. No sé si lo que voy a decir es común, pero yo sufrí un severo ataque de paranoia tras abusar del MDMA harinoso vía chupeteo dedil. Según me cuentan (no recuerdo ni jota), no paraba de decirle a mi esposa “no deixis que se m’endugui el hippy” (“no dejes que se me lleve el hippy”), señalando como un orate a un pinfloi lanudo que andaba por allí sin molestar a nadie. Pero en fin: dejando el lado el riesgo imaginario de abducción jipi, lo demás son todo ventajas.

4) Valiums: Usar el diazepam 10mg es como comer pan negro o cocinarte una sopa de kétchup. Solo le echas mano en épocas de fiera hambruna porque no hay nada más; porque la sequía narcótica en el pueblo es tan acusada que te meterías rayas de esperma humano seco si alguien te jurara que sube. El diazepam, sépanlo, es un relajante muscular y ansiolítico, y se usa a porrillo para el tratamiento sintomático de la ansiedad. Es, por consiguiente, el fármaco de abuso más habitual para amas de casa desesperadas, y ahí radica una de sus escasas ventajas: que puede hallarse en cualquier botiquín. El método de adquisición de esta porquería nunca es más arduo que alargar el brazo hacia el armarito de medicinas materno y descuidarle a la pobre señora unas cuantas pastillas del bote (mamá jamás se dará cuenta, y menos en su perpetuo estado de semi-estupor zombi). El resto de sintomatología es asaz desaconsejable: quizás agarres un buen cebollón de valium, pero poco importa, ya que es imposible rememorar un solo instante de dicho cebollón. En efecto: trasegar diazepam se parece de forma alarmante a seguir un tratamiento en Lacuna Inc., la clínica aquella de Olvídate de mí donde borraban recuerdos ominosos. La diferencia estriba en que con el Valium uno no puede ser tan selectivo: ese mejunje lo borra todo. Se lo garantizo. Yo he sufrido varios pelotazos de valium, y solo puedo definirlos como un blackout motriz. Un coma profundo donde, a pesar de todo, tus manos, piernas y labios siguen en movimiento. Veo que lo han pillado: ese estado es terreno abonado para la fatalidad. De las dos decenas de colocones de valiums que “disfruté” (no los disfruté en absoluto) en mi más tierna adolescencia solo conservo un pequeño flash de memoria: yo, entrando furtivamente al patio-almacén de un bar cercano para sisar una botella de agua con gas (que luego estrellé contra una tapia colindante). ¿Agua con gas? ¿Para qué? Es de locos. ¿De qué más fui capaz en aquellas noches? ¿Casarme con alguna prima mía en una boda judía, bailando el Hora y berreando “Mazel tov, Mazel tov” como un energúmeno? ¿Y fundar luego una segunda familia en Begas (que no Las Vegas)? ¿Tatuarme HELLO KITTY en la frente? Creo que no hice ninguna de esas cosas absurdas (alguien me lo habría afeado, a estas alturas), pero lo terrible es que podría haberlo hecho, y no conservaría el menor recuerdo de ello. Para cagarse de miedo, vamos. 

Un tratamiento continuado de cannabis tenderá a convertirle a uno en un cetáceo riente y torpón capaz tan solo de emplear su tiempo en visionar telebasura y empapuzarse de pizza Sapri

5) Heroína: A ver. Nunca he consumido heroína a sabiendas. No soy tan gilipollas. La única certeza sobre el futuro que mis amigos y yo compartíamos en 1983 era que no queríamos terminar como el sujeto aquel de tez color pistacho, pret-a-porter chandalesco e incomprensible carencia de incisivos y caninos que se tambaleaba, rascándose picores imaginarios, por las calles de Sant Boi. Y que a la que recobraba la conciencia por unos instantes lo primero que hacía era robarnos los cromos de Galáctica o las bicis. Pero sí me huelo que un día, varios años después, nos metimos jaco por error. Se lo cuento: estábamos un par de bandidos y yo en el camping La Ballena Alegre (trabajábamos allí, lo que explica la ola de robos galopante que sufrió el lugar) y decidimos pillar un gramo de farlopa. Farlopa marrón, por lo que descubrimos al abrir el paquetito. Pero, en fin, ¿qué sabíamos nosotros de cocaína a los 17? Yo deduje que era un tipo singular de coca súper-exótica, al estilo de las perlas negras o el helado de pitufo o cualquier otra delicatesen de cromatismo estrafalario. Como ya imaginarán, segundos después de aspirar unas rayas de aquel disparatado montículo de arenilla color zurullo todos caímos semi-occisos por los suelos de mi cubil. Uno proyectando vómito por las paredes al modo Regan de El exorcista, otro adquiriendo esa divertida coloración facial verduzca que ostentan los muy mareadizos y yo, que me desmayé tras (o antes de) arrearme un cocorotazo de impresión en la frente contra mi litera metálica. Qué noche tan gozosa, madre. Cuando logramos salir de mi cuchitril, dos horas después, parecíamos una de esas fotos de prisioneros de guerra rusos recién liberados de Mathausen en 1945. Mejillas color bistec podrido, ojos vidriosos, ropa empapada de sudoración, sosteniéndonos los unos a los otros; y yo, para colmo, con un colosal chichón en la frente, estilo Hellboy. Todos acarreando la dolorosa conciencia de haber sido timados de manera infame por algún camello sin escrúpulos de Castefa. Lo peor de todo es que sospecho que aquello ni siquiera era jaco. Pasamos del insufle al desvanecimiento sin hacer escala en la agustera celestial-orgásmica que sus usuarios afirman disfrutar en el debut alcaloide. Por tanto, cabe tener en cuenta la posibilidad de que se tratara, simple y prosaicamente, de bicarbonato cortado con Cucal por algún hijo de zorra. Mal pico le pudra. Por cierto, que hace muy poco visité mi pueblo natal por algún tipo de incomprensible error logístico, y me crucé con uno de aquellos provectos yonqui-atracadores de mi infancia, el llamado “El Chino”. ¡Y estaba vivo! No me digan que eso no arroja algún tipo de duda sobre la propaganda anti-droga gubernamental. Uno de los más afanosos yonkarras del Bajo Llobregat sigue andando tan campante por las calles de mi poblacho. Flipé tanto con aquello que un poco más y le pido un autógrafo. O, mejor, que me devolviese de una puta vez mis cromos de Galáctica.

6) Cannabis: Los porros casi no son una droga, así que por unos instantes he dudado si merecían su inclusión en este trepidante listado. Yo veo el costo o la marihuana más como algún tipo de hierbecilla medicinal con el potencial de dejarte medio bobo cuando la ingieres. Sus 3 principales atributos certificados parecen ser:

a) Que hace reír.

b) Que despierta en el fumador un apetito de antropófago (los llamados “munchis”)

c) Que te incapacita para hacer absolutamente nada de provecho con tu vida.

Siguiendo este razonamiento, salta a la vista que un tratamiento continuado de cannabis tenderá a convertirle a uno en un cetáceo riente y torpón capaz tan solo de emplear su tiempo en visionar telebasura y empapuzarse de pizza Sapri, parando ocasionalmente para hojear algún cómic de superhéroes destinado a menores de edad. No parece la más inspiradora de las existencias, pero quién soy yo para afearle los pasatiempos a nadie, ¿eh? Por añadidura, les he soltado esto desde una perspectiva vivencial: yo fui uno de esos slackers, de 1993 a 1995, y solo saqué de ello dos tallas extra de Levi’s (de la 29 a la 31, abracadabra, en el primer añito de fumeteo), una sensación persistente de haber leído seguidos todos los números de Animal Man, Sandman, Miracleman y otras sagas de la DC acabadas en –an (sin conservar de ello ni una sola viñeta de recuerdo) y un socavón majestuoso en el rincón del cerebro donde antaño residieron mi orgullo, mi ingenio y mi ansia creativa. Pero en fin: estoy vivo y reduje aquellas dos tallas en un santiamén, así que nadie salió herido. ¿Algún otro sapientísimo consejo de rey elfo que desee poner en su conocimiento, amadísimos lectores de Playground? Sí: “Fumar porros y beber birras al mismo tiempo es como mear de cara al viento”. Lo decía uno de los Freak Brothers. Fat Freddy, si no me equivoco. Para serles sincero, no lo recuerdo muy bien. Seguramente leí el cómic en 1994, estando más fumado que Ho-Chi-Minh, y los detalles son algo difusos. Pero en fin, si quienes están leyendo esto son también usuarios de THC, en un par de minutos habrán olvidado todo lo que acabo de contarles, así que comprenderán que no me rompa el espinazo tratando de certificar mis fuentes de información.

Ingeríamos todos aquellos medicamentos que llevaran la frase “Puede producir nerviosismo” en el apartado de Efectos Adversos.

7) Tripis: En Sant Boi lo de los ácidos lisérgicos funcionaba así: nuestro cuadro operacional consistía en pillar cualquier cosa (cualquiera) que nos vendiese cualquier sinvergüenza al margen de la ley, y sin hacer demasiadas preguntas. Una vez el tripi llegaba a nuestras manos, procedíamos a engullirlo con brusquedad en mitad de la noche, en el emplazamiento más desaconsejable posible, inundando los estómagos con lagares de cerveza y sin prestar la menor atención a composición o potencia. En la época de los tripis, de hecho, la única clasificación orientativa estaba basada en los dibujitos del dorso (Gorbachevs: flojos; Pingüinos: ves nazis por todas partes; Yinyans: ectoplasmas de antepasados en cueros; Bartsimpsons: por allá emerge el Kraken octópodo, etc.), sin reparar en lo absurdo y aleatorio del método no centralizado. Cuando el fármaco parecía “bajar” se procedía a repetir de lo mismo en una dosis triplicada. En caso de que el dealer malandro de antes ya hubiese sido conducido a comisaría, se pillaba sin pestañear cualquier otra cosa que estuviese en un campo psicofarmacológico vagamente cercano. A continuación, uno procedía a desbarrar y perder la razón por estos mundos de Dios, acompañado de varios sujetos en peor estado que uno, sin anclaje alguno a la realidad ni voz neutral que marcara el camino, durante el máximo número de horas posible y sin decir más que paridas.

De tripi, asimismo, nos pasaron algunas de las cosas más hilarantes y aterradoras de nuestras vidas: tardamos unas tres horas en recorrer un trecho de 100 metros, de un bar a otro (Fresas, 1992); en una discoteca de Vilanova vimos cómo se materializaba ante nuestros atónitos ojos “el hermano del Freddy” (un célebre nazi 90’s), cual ectoplasma zumbón (Pingüinos, 1992); nos dio por jugar a La Peste Alta en la puerta de un bar de Sant Boi, con tal empeño desquiciado que solo cuatro horas más tarde alcanzamos a dispersarnos presa del pánico, como una bandada de tordos aterrados (Ni Me Acuerdo, 1993); tratamos de beber de un vaso, solo que dicho vaso estaba pintado en un cuadro de la pared (Fresas, 1992); creímos hallarnos en mitad de una redada policial, y resulta que nos habíamos cobijado en la puerta de una comisaría (Pingüinos, 1993); y un extenuante etcétera. Yo me aventuraría a afirmar que ninguno de nosotros probó LSD ni TMA ni ninguna de las fenatilaminas verdaderamente apetitosas, sino una suerte de subproducto llamado TMOH, cortado con algo de anfeta del Llobregat. ¿Que cómo lo sé? Como muchas otras cosas de este mundo, lo aprendí de un libro: “Eran las 8:38 y yo sabía intelectualmente que sólo habían pasado veinticinco minutos desde que noté los primeros efectos. Pero parecían veinticinco días”. Fresas, 1992.

8) Cualquier mierda que me dieran: Tal cual. Cuando digo “cualquier mierda” me refiero exactamente a eso. A cualquier inmundicia que depositara encima de mi lengua cualquier hijo de perra desconocido en los urinarios encharcados de cualquier antro. A cualquier medicamento que rascáramos de cualquier farmaciola, por potencialmente dañinas que sonaran las contraindicaciones.

¿Los dos únicos requisitos fundamentales? Ya podrían sospecharlos:

a) Que saliese gratis.

b) Que pusiese MUY pedo.

No podíamos permitirnos ser selectivos con los presentes que se nos ofrendaban, supongo que lo entienden. Comimos pastillas contra la epilepsia que nos regaló nuestro amigo Ventura (no hacían un pijo; ni siquiera provocar epilepsia en los no-epilépticos, que era lo que nosotros temíamos/deseábamos). Fotocopiamos (fotocopié) un manual farmacéutico, e ingerimos todos aquellos que llevaran la frase “Puede producir nerviosismo” en el apartado de Efectos Adversos. Nos metimos en mil retretes con desaprensivos, como apuntaba hace un instante, y accedimos a aspirar cualquier locura que apareciese de sus bolsillos: curare, plomo fundido, trilita; lo que fuese. Porque nos lo estaban dando, por incomprensible que resulte el razonamiento. Porque nuestras madres nos habían enseñado que cuando íbamos de visita no podíamos rehusar lo que nos ofreciese el anfitrión. Porque estábamos chiflados y desesperados y hastiados, y si eso te evadía de tu vida durante un par de horas, ¿por qué no tomarlo, eh? No contesten. Conozco bien la respuesta.

9) Cocaína: Mi abogado samoano me recomienda que utilice solo el pretérito imperfecto en esta sección. Tras décadas de despreciar la cocaína como droga pueril de burgueses, una suerte de sub-speed que valía un riñón y solo te proporcionaba el 10% del pelotazo, un día descubrí que tampoco era tan nefasta. Qué va. Especialmente si uno era ya cuarentón, y el speed podía MATARTE. Así que durante una breve época me aficioné (con encomiable moderación) a la farlopa, y no estuvo mal del todo, qué quieren que les diga. Incluso cobré un par de favores (aquel artículo que te mencionaba allá; aquella nota de prensa que te escribí aquí) en coca. Sí, como lo oyen: cobré en yeyo, como un policía corrupto de Tegucigalpa. Lo único malo de la cocaína es que uno deja de reírse automáticamente tras la primera raya, y el resto de la noche (o día, si ustedes son de Sant Boi) procede entre rictus severos, molares prietos, venas tirantes, llamadas a la batallita sobredimensionada y la épica oral. Pero eso también es divertido, según como se mire. Era, quiero decir. Era (maldita sea), señor juez.

10) Alcohol: Por favor, no se sientan timados. No se trata de la más misteriosa e insondable de las opciones narcóticas, es cierto, pero estaría cometiendo perjurio si no admitiese que el bebercio es mi opción predilecta a la hora de alegrarme por métodos artificiales. Lo gracioso es que, después de miles de años, aún no tengo pillada la medida. El otro día, tras una parranda que adquirió un tinte decididamente nórdico a la hora de los chupitos, agarré una turca de campeonato en el emplazamiento acostumbrado: Heliogàbal. Solo descubrí que me había puesto así de temulento a la mañana siguiente, cuando fui tropezando con los rastros del tajín: las viejas pruebas incriminatorias que un fulano mamado como yo suele dejar esparcidos por toda la casa, como la gincama más subnormal e incongruente que imaginarse pueda. Los rastros eran los siguientes:

—1 croqueta a medio comer sobre la encimera de la cocina.

—1 de mis propios libros, abierto, sobre la mesa del despacho (¡el tajas trató de leerse a sí mismo!), síntoma inequívoco de que iba como una maldita cuba. Y en modo emocional, que es aún peor.

—2 zapatillas de deporte sin desatar, extraídas a pelo. Veredicto: el infeliz fue incapaz de desanudar un par de nudos simples (no eran ballestrinques de amarre ni el proverbial nudo gordiano de las leyendas griegas).

—Panorama caótico de luces encendidas, persianas a medio bajar y puerta del piso cerrada sin pasar la llave.

—1 camiseta + 1 calzoncillos hechos un simpático montonzuelo en el extremo de la cama opuesto (el del cónyuge), lo que indica sin asomo de duda que el pobre borrachín trató de efectuar la coyunda beoda con su esposa. Dicha esposa confirmaría a la mañana siguiente que el ahora resacosísimo marido no le puso las manos encima, lo que a su vez parece señalar hacia una de estas tres hipótesis:

a) Idiota desistió de su empeño tras verificar el fracaso de la parte hidráulica.

b) Idiota se olvidó de lo que iba a hacer antes de ponerse a ello.

c) Idiota se desvaneció súbitamente a medio despelote, como un protagonista acollonado de HP Lovecraft.

Maravilloso, Kiko. Ahora necesitas un trago. O cualquier otra sustancia de las mencionadas en la lista. ¿Alguno de ustedes me debe algo? Pasen por Cobros, si me hacen el favor.

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