Columnas

Cinco discos para recordar a Jason Molina

La noticia del fallecimiento el pasado sábado del hombre detrás de proyectos fundamentales del folk contemporáneo como Songs:Ohia y Magnolia Electric Co. obliga a recordarle en forma de sentido tributo.

La muerte de Jason Molina deja un hueco que, por tópico que suene, no es fácil llenar. Su obra, como su vida, fue intensa: casi a disco por año, con su respectiva gira. Un peaje alto que se ha llevado por delante a un gran compositor, pero que afortunadamente, nos deja un legado de grabaciones excelentes, ya sea en solitario, con cualquiera de sus formaciones en forma de colaboraciones, como la de Will Johnson. “Cross the road, Molina”.

Ayer por la tarde saltaba una noticia que nos tomaba por sorpresa: el sábado (16 de marzo) había fallecido Jason Molina, quien a sus 39 años se había convertido en una de las voces más relevantes del folk y la americana actual, ya fuera al frente de Songs:Ohia, de Magnolia Electric Co. o en solitario. Su muerte, si bien se debe a causas naturales (tal y como comunicaban desde su sello ayer mismo, fue un fallo del hígado), es consecuencia de una larga enfermedad causada por su adicción al alcohol. El propio Jason Molina contaba en mayo de 2012 que parecía estar recuperándose tras una larga lucha por rehabilitarse, y por la que su familia incluso pidió ayuda económica (como muchos norteamericanos, Molina no tenía seguro médico).

Jason Molina, que nació en Lorain (Ohio), mostró pronto interés por la música y tocó el bajo en varios grupos de heavy metal, pero no se decidió a emprender su carrera en solitario hasta 1995, momento en que empezó a montar varios grupos ad hoc según el tipo de música que compusiera. Aunque él mismo reconoció la influencia de grupos como Black Sabbath en su juventud, es a mediados de los noventa cuando Molina miró a sus raíces y empezó a componer música folk, imbuida del espíritu de Johnny Cash, Townes Van Zandt y Neil Young, y con la misma sensibilidad hiriente y la crudeza de sus coetáneos Will Oldham, Smog, Damien Jurado, Scoutt Niblet, Cat Power o Lou Barlow: una generación de músicos que aunque miran con reverencia al pasado no dudan en actualizar los modos del country y que con ellos empezamos a ver con otros ojos, y que le dieron ese nombre, “americana”, que tan bien ha calado y que sin duda se hace eco de esa sensibilidad que casaba tan bien con el nihilismo de los noventa y con esa tristeza existencial que a menudo le acompañaba y que surgía de la desesperanza.

Jason Molina era uno de los puntales de esa sensibilidad (que nunca sensiblería): en sus canciones no sólo tocaba temas universales como el amor, sino que también se hacía eco de los más desfavorecidos. Con un pasado de clase obrera, Molina no olvidaba de dónde venía, pero tampoco lo glorificaba: “no tener un duro no es una filosofía”, contaba en una entrevista, “aprender a luchar por algo bonito, incluso en medio de los problemas... eso sí que es algo con lo que me identifico”. Por desgracia, el final su vida parece haberse convertido en una pieza más de esa imaginería de la que él huía, o sea, de la mitificación del malditismo: la realidad ha terminado por devorar esa belleza que él trataba de buscar incluso en lo más sórdido o trivial.

Los dos grandes proyectos musicales de Jason Molina (además de su carrera en solitario) fueron Songs: Ohia y Magnolia Electric Co. El primero fue el que le dio el reconocimiento internacional, con un disco homónimo al que también se conoce como “ The Black Album”. A partir de ese momento Molina no dejó de componer y publicar discos, aunque no se lanzaría a la piscina con su propio nombre hasta 2004. Un año más tarde montó Magnolia Electric Co., un nombre que era un guiño al título del último disco de Songs:Ohia y que definía a la perfección esa transición entre un grupo y otro: el primero, más cercano al country y al folk clásicos, el segundo, con una sensibilidad algo más rockera. Y mientras, también tuvo tiempo para facturar tres álbumes en solitario: “Pyramid Electric Co.” (de nuevo un título con ese juego autorreferencial que tanto le gustaba); “Let Me Go, Let Me Go, Let Me Go” y “Autumn Bird Songs”, publicado el pasado año.

Pese a su edad, Jason Molina deja a sus espaldas una extensa y poliédrica discografía que encontró en el sello Secretly Canadian un aliado que hoy mismo reconocía que, sin Molina, el propio sello no sería el que es hoy: “ su trabajo es sobre lo que se ha construido todo lo demás”. Con este precipitado homenaje no pretendemos bucear en toda la discografía del norteamericano, pero sí al menos recordarle a través de cinco discos representativos de su carrera y por los que sin duda se ha ganado un merecido lugar en la historia de la música.

1. Songs: Ohia: “Songs: Ohia” (“The Black Album”, 1997)

El disco con el se comenzó a forjar la leyenda de Jason Molina y por ende, de su primera formación, Songs:Ohia. Pese a tratarse de un debut, es un disco alejado de titubeos: Molina (compositor de los trece temas) dio en seguida con la tecla de su sonido, un country-folk de corte clásico y sonidos añejos (hasta un banjo se escucha ya en los primeros minutos) y con un espíritu algo tactiturno.

2. Songs: Ohia: “Impala” (1998)

Sólo un año después de su debut llegaba este sombrío “Impala”, fiel a su estilo, pero algo más gótico y oscuro: en este álbum Jason Molina decidió que sus canciones las protagonizaran los héroes de clase obrera que le rodearon durante su infancia y adolescencia. Los títulos de las canciones incluso se hacen eco de cómo la vida en la fábrica trasciende lo meramente laboral para filtrarse en lo personal: programa, estructuración, separaciones... Hasta el título de la canción que abre el disco habla por sí sola, haciendo referencia a esas cartas que en realidad suponen una mala jugada: “An Ace Unable to Change”.

3. Songs:Ohia: “Didn't It Rain” (2002)

Así titulado por la canción de Mahalia Jackson de mismo nombre, éste es, en palabras de Jason Molina, el último disco de Songs:Ohia: puede que nominalmente el grupo no desapareciera hasta un año después, pero musicalmente, éste es, sin duda, el último trabajo en el que Molina y su banda se dejan llevar por los terrenos austeros y dramáticos tan afines al grupo. Un año más tarde vendrían los tintes eléctricos, los guiños al viejo rock de los 60 y los 70, pero aquí aún era momento de baladas hirientes, mandolinas y canciones susurradas a media voz.

4. Songs:Ohia: “Magnolia Electric Co.” (2003)

El disco de transición entre Songs:Ohia y Magnolia Electric Co. mantiene la querencia por el country y el folk, el regusto amargo en las letras y esa tristeza inherente a las canciones de Molina, pero aquí impera una veta eléctrica. Además colaboran Lawrence Peters y Scout Niblett, que ponen su voz. Producido por Steve Albini, este disco marca un antes y un después en la carrera de Jason Molina. Contiene, además, la inmensa “I've Been Riding With My Ghosts”, casi profética: por desgracia, parece que los fantasmas con los que cabalgaba Molina han ganado la batalla.

5. Magnolia Electric Co.: “Sojourner” (2007)

“Sojourner” es en realidad un generoso “box set” que contiene los tres álbumes de la nueva formación de Jason Molina, un EP y el documental “ The Road Becomes What You Leave”: está compuesto de cuatro bloques divididos en base al sonido que mejor representan (los nombres son bastante significativos también, con referencias a la oscuridad, al sol, a Nashville...). La mejor forma (y la más completa) de introducirse en el mundo de Jason Molina.

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