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Este disco es más negro que el corazón de un nazi

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Por qué "To Pimp A Butterfly" es el álbum de hip-hop más importante del año

Franc Sayol

20 Marzo 2015 06:00

Actualmente, el hip-hop asiste a un fenómeno curioso. El trono del género no tiene un propietario claro, sino tres contendientes en lucha. Kanye tiene la visión. Drake tiene los hits. Pero a ambos les falta algo capital cuando se aspira a reinar. A pesar de que los dos han sabido conquistar el mainstream sin comprometer su creatividad, las opiniones que Kanye y Drake producen siempre tienden a los polos: o los amas o los odias. Kendrick Lamar, en cambio, tiene el don de la unanimidad.

Hacía mucho que no aparecía una figura en el rap capaz de poner de acuerdo a puristas y adolescentes. Esta semana, To Pimp a Butterfly ha batido el récord de escuchas en un solo día en Spotify, superando la marca que estableció Drake hace un mes. En su caso, el mérito es doble. Porque mientras la música de Drake está pensada exactamente para eso, la música de K-Dot tiene ambiciones mucho más profundas.



En To Pimp a Butterfly no hay hits. O al menos no en el sentido estricto del término. Una decisión que demuestra que le preocupan más las ideas que las listas de éxitos. No quiere que te se pegue un estribillo, sino que se clave una reflexión.

En un momento en que la mayoría de MCs jóvenes se limita a vociferar su hedonismo, Lamar ha devuelto el orgullo lírico al hip-hop. Nadie sabe encapsular lo que significa ser joven y negro en la América actual como él. No es extraño que sus discos se comparen con las películas del primer Spike Lee.


Hacía mucho tiempo que no aparecía una figura en el rap capaz de poner de acuerdo a puristas y adolescentes


A diferencia de good kid, m.A.A.d city, To Pimp a Butterfly no se presenta explicitamente como una película. Sin embargo, desde un punto de vista narrativo es todavía más denso, complejo y ambicioso que su predecesor. Y es que si hace tres años Lamar rapeaba sobre lo que había visto en su entorno, ahora su punto de mira es mucho más universal. Sigue partiendo de sus demonios personales, pero sabe extrapolarlos a los conflictos de su comunidad.

Tal y como le ocurre a Drake, gran parte de su imaginario actual gravita alrededor su repentino ascenso a la fama. Pero mientras el canadiense se limita a quejarse de que solo se le acercan guarras, Lamar se pregunta si debería utilizar su posición para convertirse en un abanderado de la negritud. Este conflicto queda perfectamente reflejado en canciones como The Blacker The Berry, que escribió tras conocer el asesinato del adolescente Trayvon Martin a manos de un vigilante de seguridad.



En ella, Lamar se llama a sí mismo “el mayor hipócrita de 2015”. Lo hace al principio de cada estrofa, sin explicar exactamente por qué lo hace. En el último verso revela el motivo: lloró la muerte de Martin pero él mismo fue responsable de la muerte de jóvenes negros en sus tiempos como pandillero. Evidentemente, no está hablando de sí mismo (o, al menos, no exclusivamente), sino de la sociedad afro-americana en general.



Este tipo de profundidad es lo que le convierte en un rapero único en la escena actual. Y lo que lleva a un premio pulitzer como Michael Chabon a anotar sus letras en Genius.

El compromiso con su cultura no se limita a sus letras. Musicalmente, To Pimp a Butterfly es un viaje por prácticamente todos los géneros que los negros han aportado a la historia de la música. Desde el funk cósmico de George Clinton al G-Funk de Dr.Dre, desde la espiritualidad de Gil-Scott Heron a la fiereza de Sly Stone, desde el clasicismo de Stevie Wonder a la experimentación de Flying Lotus, del soul al jazz, del afro-futurismo al spoken-word.

No es el único artista que apuesta por esta suerte de recorrido panorámico. OutKast, Digable Planets o The Roots han propuesto cosas similares con anterioridad. Y coetanos suyos como D'Angelo, Flying Lotus o Janelle Monáe sigue apostando por la idea de que la mejor manera de reforzar un legado es conectar sus puntos de anclaje. Sin embargo, ninguno de ellos ha tenido la capacidad de verbalizar su mensaje del modo en que lo hace Lamar.


To Pimp a Butterfly es el disco que necesita la cultura negra en estos momentos.


Tampoco es el único que mantiene viva la tradición intelectual. Él mismo se refiere a ello en Hood Politics: Critics want to mention that they miss when hip hop was rappin’/ Motherfucker if you did, then Killer Mike'd be platinum (Los críticos quieren dejar constancia de que echan de menos cuando el hip-hop iba de rapear/ Hijo de puta, si lo hicieses Killer Mike sería disco de platino). Pero resulta difícil imaginarse a Killer Mike en lo más alto de las listas.



Es por todo ello por lo que To Pimp a Butterfly es el disco de hip-hop más importante del año. Más que el Drake. Más que el de Kanye. Y no necesariamente porque sea mejor que los otros dos. Sino porque es el más necesario. Es el disco que necesita la cultura negra en estos momentos. Un disco capaz de reflexionar sobre las frustraciones a las que se enfrentan los afro-americanos sin por ello caer en la complacencia. Un disco que entiende que la mejor manera de proclamar el orgullo racial no es dar la espalda a los problemas, sino señalarlos para intentar solucionarlos.

Kendrick Lamar es necesario porque es un tipo de figura en peligro de extinción en el rap actual. La clase de poeta callejero que aúna gravedad, compromiso, carisma y braggadocio sin un ápice de impostura. Lo más parecido a una re-encarnación de Tupac que permite nuestro tiempo. Si el hip-hop “real” tiene alguna posibilidad de seguir siendo relevante a nivel masivo, todas ellas pasan por este tipo menudo que no fuma hierba, es introvertido y sale con su novia del instituto. Es decir, que representa todo lo contrario a lo que suele asociarse el rap actual.



El rey que necesita el hip-hop





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