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Con el disco, como con la música Disco

Momus

Con el disco, como con la música Disco Momus

La historia oficial de la música Disco ve al género girando en un ciclo: 1. Su vida inicia como algo casi secreto – es la música de fiesta de las subculturas urbanas de las poblaciones negras y gays de los Estados Unidos 2. Sale del underground gracias al éxito de Donna Summer y la banda sonora de Saturday Night Fever. 3. Experimenta sobre exposición, desgaste y un retroceso. 4. Regresa a la misma subcultura underground de la que salió. 5. Reaparece unos años más tarde en la forma de música house de Detroit y Chicago. La mayoría de los entendidos ven las dos partes de la historia como una especie de dialéctica, cada parte es necesaria para la otra. La marginalidad del disco antes y después de su éxito comercial, le dio al género una especie de laboratorio para fraguar la sorpresiva originalidad que escuchamos en los primeros hits de Donna Summer y, diez años más tarde en los de Kevin Saunderson. El fracaso comercial, entonces, no tiene porque ser – como en ese furioso falsete de los Bee Gees – “tragedia”. Como la rotación de cultivos, es parte de un fructífero ciclo. La historia de la música Disco se ha convertido en la historia del disco compacto – es decir, de la industria musical orientada al plástico. El Internet ha hecho de la música comercial en formato físico con su impositivo copyright, algo no lucrativo. Como resultado, gran parte de la industria discográfica está haciendo lo que hizo la música Disco al final de los años setenta: volver al underground, de vuelta al laboratorio. Lejos de morirse, la música pop esta yendo al underground, entrando en un período de emocionante experimentación. Lo que sin duda esta muriendo es el paisaje de la música pop del siglo 20. Casi todas las instituciones de apariencia megalítica e inmortal del pop comercial – tal y como las conocí siendo un británico que creció en el siglo pasado – han desaparecido. Ya no hay Top of the Pops, el programa de lista de éxitos que dominó mi infancia. Todos salvo uno de los periódicos musicales semanales ya no existen. John Peel murió y no fue reemplazado. Las grandes cadenas como Tower y Virgin han cerrado. Richard Branson vendió sus tiendas británicas y americanas, y este mes se anunció que las dos Virgin Megastores en Nueva York se cerrarían. En cuanto a los sellos discográficos, esos iconos de los ochenta Prince y Madonna saben hacía donde esta soplando el viento. Prince lanzó su último álbum, Planet Earth, en formato de cd gratuito en la portada de un periódico. Pero regalar un disco de plástico no fue un signo de que la carrera de Prince estuviera acabada; sino todo lo contrario. Agotó de inmediato las entradas para 21 conciertos en el Arena de Londres. El último contrato discográfico de Madonna no era simplemente un contrato discográfico, también incluía tajadas de las ganancias en conciertos y merchandising. Como músico se muy bien como funciona: los directos solían ser un medio para promocionar los discos, pero ahora es a la inversa. Una razón de que los conciertos sean algo vivo y los discos estén muertos es que hay un nuevo valor en cosas que no se pueden subir como contenido digital a la red. A esto lo llamo el fenómeno “post-bit atom”. Eso también explica porque el mercado del arte esta creciendo tan rápidamente. El arte y la música se han convertido en ocasiones sociales. Una inauguración de una exposición o un concierto (o, mejor aún, una inauguración de una exposición de arte con concierto incluído) es una oportunidad para que la gente que se pasa todo el día frente a una pantalla de ordenador para ver a sus congéneres y compartir una experiencia, intensa, sonora, colorida y real con ellos. El arte y la música son también “máquinas de distinción”: maneras eficientes para que la gente sume una complejo racimo de valores – social, político, estético y ético – y conectar con almas con las que comparte opinión. Nada de esto va a perder importancia pronto. Como la música Disco a finales de los 70’s, el disco se va al underground. Donde sobrevive, la música en plástico es elíptica, oscura, artesanal. Todos pensamos que los primeros en cerrar el negocio serían las tiendas pequeñas, pero son las que están sobreviviendo. En la calle East 4th de Nueva York, Tower Records solía estar por encima de la tienda independiente Other Music. Y es la tienda Indie la que ha sobrevivido; el gigante Tower cayó hace dos años. En Londres, Megastore de Virgin ha desaparecido, pero tienditas con personalidad como Rough Trade están floreciendo: el año pasado se abrió otra tienda Rough Trade en el este de la ciudad, y esta nueva tienda ganó este año el British High Street Retailer of the Year Award. Algo que es extremadamente irónico, teniendo en cuenta que Rough Trade siempre ha sido lo opuesto a “high street”. Los discos sobreviven ahora como una especie de arte underground con derecho propio: cajas de edición limitada de vinilos de alta calidad de 7 pulgadas con portadas pintadas a mano, souvenirs fetichistas de una desaparecida era de reproducción mecánica. Si alguna vez regresan al mainstream, de la forma en que la música Disco lo hizo a finales de los ochenta, se deberá a alguna reinvención radical, algún Apocalipsis. Tal vez la electricidad se volverá increíblemente cara, y el gramófono de cuerda volverá. Tal vez saldrá a la luz que los IPods y los conciertos con un volumen muy alto han dejado a toda una generación sorda, y tal vez atávicos abogados y legisladores del copyright triunfen prohibiendo la distribución online completamente. Sí, y quizá los cerdos vuelen. Deberíamos probablemente aceptar que el disco – aunque desde luego no la música – esta en el underground para siempre, muerto y enterrado. ¡Bailémos en su giratoria tumba plástica! ¡Con batas blancas de laboratorio!

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