Columnas

La gente a la que más quiero vive al otro lado del mundo, así que los visité por Google Street View

Un ‘On the Road’ virtual y delirante a través de España

¿Vagabundeando en Barcelona? ¿Unos vinos en Córdoba? ¿Turismo literario en Toledo? Aunque la verdadera pregunta es, ¿qué hace un joven de Colombia sobrevolando la península ibérica como si fuera un Power Ranger? El escritor Didier Andrés Castro terminó las clases y, a falta de dinero para poder pegarse unas vacaciones, se decidió a viajar virtualmente a través de Google Maps.

Día 1

Publico un estado de Facebook en el que digo que quiero ir de vacaciones a algún sitio. Monelle comenta que estaría bien que fuera a visitarla a España. Yo acabo de terminar mi semestre en la Universidad de Cali por lo que me encuentro en casa, solo, increíblemente aburrido.

De modo que abro una nueva pestaña en el navegador, tecleo Barcelona en Google Maps y un par segundos después estoy parado en una de sus calles. Mi amiga trabaja en LOL, una página de internet de tendencias y noticias virales. Parado fuera de un Zara veo los letreros de los edificios, están catalán y no los entiendo. Creo estar en el lugar en el lugar correcto. Reviso Facebook para corroborar la dirección: “Carrer Pelai, 52”. Sí, es aquí. Le pido otra indicación. “Al lado de una venta de ropa”, comenta. “Estoy afuera de un Zara”, digo. “Entonces estás cerquita”, dice ella.

Observo el Zara y los edificios de alrededor. Recorro la calle para conocer la zona, he llegado sin pensar, así que no me he fijado en nada de la ciudad. Los edificios son hermosos, hay una chica al otro lado de la acera con falda negra, parece linda, también lleva lentes negros. El semáforo está en verde, espera para cruzar. Su rostro está desdibujado, igual que el del resto de las personas de esta calle. Creo que es política de Google hacerlo así. Me pregunto si al encontrarme con Monelle también veré su rostro de esa manera. Cerca del Zara hay un McDonalds. Al frente está el centro comercial El Trianglè. Le pido que venga a recogerme.

Las calles de Barcelona que recorro son estrechas. Quisiera poder definir la arquitectura, pero no sé nada de aquello. Tomo fotografías cada tanto. Voy hacia la calle Joaquín Costa, 52. Busco el bar Oddland, he quedado allí con ella, ha comentado que aún no sale de trabajar, al parecer aquí aún es muy temprano. A diferencia de muchas ciudades latinoamericanas, aquí no hay vendedores ambulantes. Tampoco venta de “minutos a celular” en cada esquina, algo muy común en Colombia.

Me gustaría escribir un poema sobre estar aquí en este momento.

Encuentro el bar pero está cerrado. Saltarse las fronteras y los trámites legales para venir parece ahora un intento flojo por conocer una ciudad. Comento en Facebook que el lugar está cerrado. “Oh, shit”, replica ella. Continúo el recorrido en solitario. Sugiere que vaya a la calle Elisabets, “allí está mi librería favorita, La Central”. Googleo en mi celular el nombre y dirección de la librería. Quiero ver si vale la pena ir hasta allí. Los resultados parecen satisfactorios, levanto el rostro, digito, me elevo hacía el cielo como un personaje de alguna novela de ciencia ficción, caigo de nuevo, sobre el Raval, casi al instante.

Al llegar a La Central, está cerrada.

Mala suerte.

“No es mi día”, comento en Facebook. Recorro el Raval; la gente parece caminar despreocupada, sin miedo a ser víctimas de un robo en cualquier momento. Le doy reproducir al álbum Built on Glass de Chet Faker en Spotify. Me siento muy cómodo en estas calles estrechas.

Recibo notificaciones en Facebook; Madelena ha dado “me gusta” a cada uno de los comentarios. Comenta que se alegra de que esté en  Barcelona, “vamos aquí, está abierto”, dice. Deja la fotografía de un bar llamado, La Llibertaria. Pido la dirección. Tallers 48. “Ve pidiendo una bomba”, comenta. Pregunto si ella irá, “sería bueno verte, espero la llamada de una amiga”.

En Colombia estas son fechas para ir a visitar la familia o salir de paseo a alguna ciudad de la costa. Las terminarles se atestan de gente y los precios se inflan. Son tiempos de vacaciones: mientras yo me pierdo en Barcelona, Facebook está invadido de selfies familiares.

El bar parece tener buen aspecto, aunque hay dos tipos en la entrada que me dan mala espina. Sin embargo, me quedo allí, esperando a Madelena. Recibo la notificación de un nuevo comentario: “Ya voy, nos vemos allí”, dice Monelle.

Sonrío.

He decidido quedarme y visitar España.

Día 2   

Estoy parado al frente del museo del Prado con mi ropa de turista tomando fotografías. Estoy en Madrid. No entro al museo, en cambio, camino por los alrededores. Pensé venir aquí porque había disfrutado mucho una exposición sobre El Bosco que tuve en la universidad. Es encantadora la idea de que un cuadro con imágenes tan memorables, como la de un tipo metiéndole flores por el culo a otro, fuera tratado tan solemnemente. Reí con esto, el profesor en clase se molestó.

A la vuelta está el edificio de la Real Academia de la Lengua, el lugar en el que la palabra “Papichulo” ha entrado a sus residencias.

Publiqué en Facebook que estaba allí. Mi amigo David B. comentó que estaba en la ciudad, que le gustaría que nos encontráramos. Óscar y Vicente son mis dos mejores amigos, vengo a visitarlos a ellos también. Luego de dar la vuelta alrededor del museo decido ir a buscarlos. Óscar me deja la dirección del lugar donde vive. Pide que insulte a sus vecinos porque están haciendo mucho ruido. Cliqueo, me elevo por los aires y caigo en la calle San Bernardo, 84. Doy un vistazo. Creo reconocer el edificio que comentaba Óscar, tomo una fotografía. Me acerco e insulto a los tipos que al parecer están terminando su hora de almuerzo. Se miran entre ellos, luego giran el rostro y se quedan mirándome con ira. Corro lo que más puedo, entro por una calle muy estrecha en la que me encuentro un graffiti con la palabra “idiota”, sin duda yo lo soy. Comento a Óscar lo que ha pasado, le envío la fotografía junto con este comentario “¿Son estos?, porque les he dicho que «vayan a chingar a su puta madre setentahijueputas fascistas», y me ha tocado salir corriendo…” Comenta que esos no son, que me he equivocado de calle.

Lamento profundamente una acción tan idiota.

Me quedo fuera de un sitio llamado Motos Ferrera. Óscar dice que me recogerá allí, que podemos ir a la plaza 2 de Mayo a ver mal a la gente. Es divertido, pienso. “Está bien —comento—, pero pasaré primero por David. Pido que lleve vino. Me elevo, digito. David me ha dejado su dirección. Camino por la calle Antonio López. Le envío mensajes para que venga a recogerme pero no los contesta. Me quedo en una de las esquinas observando. Estoy lejos de todo atractivo turístico. La tarde es gris, siento frío. Las personas llevan abrigos. Es como estar en Bogotá, pienso.

Abandono el lugar al ver que David no responde. Giro a la izquierda dos calles más arriba. Una calle estrecha con muchos autos parqueados. Mientras avanzo, no sé de qué manera ni cómo, entro al túnel del M-30. Avanzo por allí, lo autos van deprisa en apariencia. Por unos minutos entro en un círculo vicioso que va de túnel a calle solitaria y otra vez a túnel. Es la Av. Manzanares según me dicen. Comento en Facebook que estoy perdido, se burlan de mí. Decido salir e ir a la Plaza 2 de Mayo. Allí me encuentro con Óscar para burlarnos de la gente y embriagarnos.

En la plaza el sol resplandece. Veo a un tipo con camiseta púrpura, no distingo su rostro. Comento a Óscar en Facebook que estoy allí, que veo a un tipo de purpura, que si es él. Responde que sí, pero que hay cambio de planes. Nos dirigimos a una librería en Callao.

Curioseando en la librería encuentro dos libros de una poeta que hace tiempo que sigo por Internet. También veo la biografía de David Foster Wallace, Todas las historias de amor son historias de fantasmas. Hojeo un libro de Pessoa. Óscar desaparece. Vicente comenta en Facebook que apenas acaba de llegar a casa y ver los mensajes.

La librería sin duda es hermosa. Comento esto en Facebook. Mi amiga Nicole da “me gusta” al comentario, envía un mensaje contándome que el libro que me regalo en el verano, Porn and Pains de Elisa Victoria, lo compró allí. El libro ha hecho un largo viaje, pienso, uno más largo del que jamás podré dar. Google elimina las fronteras, y en cierta medida democratiza el mundo.

Escribo a Vicente Monroy diciéndole que quiero verlo para que me cuente sobre la película que está rodando. Contesta que podemos vernos en un restaurante para comer algo y comenzar la fiesta. Estoy de acuerdo. Nos citamos en Ojalá, en la calle San Andrés 1.

David aparece cinco horas más tarde preguntando dónde estábamos, pero ya es muy tarde. Estoy enloqueciendo en una discoteca de Madrid, y alguien deja un comentario sugiriendo que visite Toledo.

Día 3

Estoy al final del tercer día en Toledo. En la Ronda de Juanelo, muy cerca del puente Alcántara, viendo de lejos al Castillo de San Servando. He pasado el día solo, vagando por estas calles estrechas. Todo este paisaje es como el que debieron haber vivido los poetas medievales, pienso. Leí el libro de Martín de Riquer sobre los Trovadores de Provenza hace unos meses. Es increíble la importancia de unos poetas tan antiguos. La reflexión de Riquer dice que sin ellos hubiera sido imposible Dante.

 “¿Qué nos dicen los trovadores hoy?”, se pregunta Roberto Bolaño en Entre paréntesis. Él recuerda jugar a ser uno u otro poeta con sus amigos. Lejos de un título, la poesía es posible porque se transforma en vida. Con mis colegas escritores jugamos a lo mismo. No a sonar como los trovadores, pero sí a ser otros poetas. Amamos leer Papasquiaro, a Bolaño, a Bukowski, a O’Hara, a Kerouac, a Ginsberg, a Pound. En agosto del año pasado nos citábamos en chats con nuestras webcams y armamos fiestas y leímos poesía. Ana bailó con una cabeza de caballo. Augusto se vistió de vaquero y recitó un poema. Reímos mucho. Recuerdo estar bebiendo en compañía de Daniel. Al igual que Rudel, escribimos poemas a un amor lejano, a Nicki Minaj o Scarlett Johanson. Internet nos ha unido en la distancia.

Esto lo publico en Facebook mientras paseo por Toledo.

Hoy no he tomado drogas ni he bebido alcohol. Estoy en la Ronda de Juanelo viendo un castillo antiguo, pensando en cómo era el mundo hace cerca de mil años. En cómo era el mundo hace tan sólo un año, antes de conocer a mis amigos escritores. En cómo será todo mañana. Esto debería estar en un poema, ser cantado y subirse a Soundcloud para que pueda ser escuchado en cualquier parte del mundo.  En Internet sucede algo.

Llegué a Toledo en la mañana, el día fue increíblemente hermoso. Un auto blanco casi me arrolla por tomar una fotografía. Ahora estoy es un lugar de la mancha que no quiero olvidar. Subo al Museo del Ejército, veo la ciudad. Voy y vengo; elevándome, digitando y cayendo. Todo es realmente impresionante. Me interno, cerca de la calle Gerardo Lobo, por pequeños callejones. En uno de ellos encuentro una máquina que por un par de euros te da un sándwich.

Me detengo para comer. Llego a una plaza en donde hay un tren pequeño que lleva turistas a dar un recorrido. Parece divertido, es similar a los trencitos que hay en los centros comerciales.  En la periferia la modernidad está construida en torres de ladrillo limpio, no sé si para mantener una armonía con la antigua. Los apartamentos al parecer son muy chicos; la gente cuelga la ropa fuera de ellos. Un tipo de un cuarto piso me queda viendo mal mientras reparo en ello, cuelga unos calcetines. El día allí es gris, amenaza la lluvia y la gente lleva abrigos. En el centro de la ciudad, sin embargo, el día es soleado y los transeúntes van con ropas cómodas. Esto se debe a una disparidad en las fechas en que el auto de Google cruzó sus calles.

¿Pero no es el mismo cielo en una parte y en otra, al igual que es el mismo cielo de hace mil años atrás?

Vuelvo a la parte vieja. Estoy en la Plaza San Juan de los Reyes, quiero tirarme al suelo y pedir que alguien me tome una fotografía, como si hubiera tropezado y fuera un fail. La Catedral Primada es una cosa tan imponente como el culo de Kim en la portada del Paper. Este viaje ha sido como ir al Tíbet. Pienso en que quisiera estar aquí con mis amigos; borrachos leeríamos poesía en una de estas calles. Volveríamos cantando como un poeta antiguo.

Alba había prometido llevarme a conocer la ciudad, pero no estuvo.

Cuando publiqué en Facebook que ya había partido y cerrado la pestaña comentó corazones quebrados a la mitad.

Día 4

Estoy parado frente a un Telepizza, al norte de Córdoba. El día parece fresco. El primer contacto con la ciudad lo hago mientras camino por la Av. Arroyo del Moro. Es curioso que en algunas calles los árboles estén deshojados, en la siguiente, tienen un lindo verdor. Publico en Facebook que he arribado a la ciudad. Minutos después Madelena me reprocha que no le haya avisado. Comento que es una especie de sorpresa. Madelena es editora de una pequeña editorial que se arriesga a publicar a jóvenes escritores. Ella es una escritora, y editora, estupenda. Comenta que llamará a María M. para que salgamos los tres juntos. María es escritora, también es veterinaria y lleva un blog que visito con frecuencia. Hace unas semanas charlábamos sobre Juan Cárdenas, un escritor colombiano que admiro y que tiene una novela impresionante llamada Los Estratos. Juan hace poco ganó un premio literario.

Escribo a Madelena para que me indique dónde quedan las oficinas de la editorial. Es al otro lado de la ciudad. Levanto vuelo hasta allí. Es un barrio, en apariencia, tranquilo, de calles angostas. Me quedo fuera de un sitio que se llama Toldos Gutierrez. Le digo a Madelena que he llegado. Responde que vendrá a recogerme, que espere un momento. Camino por la zona. La gente lleva abrigos, hace frío. Ella llega, me saluda y abraza, dice que podemos ir luego a su casa, que mejor vamos a un bar. Acepto, en el fondo creo que le ha dado pena mostrarme donde vive, no imagino el porqué.

Nos encontramos con María por la Av. Arroyo del Moro. Buscamos un Bar llamado Rafalete, pero está cerrado. Es la misma historia que en Barcelona, parece que en las dos ciudades los bares tardan en despertar. Vamos al apartamento de María, estamos cerca, esculco su biblioteca. Nos leemos fragmentos de libros. Leemos poesía. Ellas toman una copa de vino mientras bebo una taza de café.

Madelena me ha dicho que tengo que ir a conocer la Mezquita. Al despedirnos me dirijo hacia allí, de hecho, ya estoy aquí. Es realmente impresionante. Es el sextape de la arquitectura. No sé por qué pienso, mientras camino por los alrededores, que sería divertido filmar una película porno aquí. El día es soleado y todo tiene un tono dorado como el de la piel de Esperanza Gómez. Lo que sé ahora de la Mezquita lo supe después, leyendo la Wikipedia. No había visto nada parecido. En una calle cercana a la Mezquita una estatua de bronce me inquieta. Hago un recorrido corto, alguien me envía un mensaje al celular diciéndome que debo recoger un envío. Me marcho, así no más.

Este es el cuarto día de mi viaje. No tener dinero para viajar no ha significa estar aislado del mundo. Este está ahí, disponible. Según algunas páginas en Internet Google Maps es una de las aplicaciones más usadas del mundo en smartphones. Este uso puede dividirse en dos, uno utilitario y otro recreativo. No sé si mucha gente ha viajado así, como yo lo estoy haciendo. Lamento no haber pasado más tiempo en Córdoba. Estoy encerrado en mi habitación de Cali, frente a la pantalla revisando las notificaciones de Facebook. Necesito un empleo, necesito dinero, me digo.  Pero sigo sentado, repitiéndome los pensamientos. Busco algo que me haga olvidar.  

Día 5

En la tarde del día siguiente hablo por el chat con Stephanie. “¿quieres venir a visitarme?”, pregunta. “Me encantaría”, contesto. “Ven a Murcia”, escribe. La visito en la calle Industria, frente a la estación del tren. Nos abrazamos. Dice que me llevará a conocer la ciudad. Damos vueltas por el barrio, cuenta historias de sus vecinos. Veo un aviso de alquiler, digo que lo tomaré para vivir cerca de ella. Reímos. “Vamos a la plaza del Cardenal Belluga y te enseño la catedral”, dice. “Vamos”, digo. “Esta catedral tiene 4 estilos, o 3, juntos: Gótico, barroco y renacentista. La cara que da a la plaza Belluga es la barroca”, dice. Es impresionante. Nos sentamos a comer un crepe con Nutella en la plaza. Cuenta historias de su infancia.

De pronto se queda mirándome y me pregunta qué tal lo he pasado en España. Contesto que este es mi On the Road, que me sentía varado al no poder escribir ni hacer nada, y que venir aquí y tener contacto con tanta gente me ha dado aliento.

Bebemos una cerveza.

Visitamos el Puente de los Peligros, “el río sobre el que está el puente pasa por Alicante y Andalucía”, cuenta, “cuando estaba pequeña el río olía a podrido”.

Sonrío.

Me dice que no le gusta Murcia.

No publiqué nada de esto en Facebook; sólo me interesaba caminar con Stephanie por la ciudad.

Es una lástima que no se pueda recorrer de noche en Google Maps.

Me despido.

Cierro la pestaña del navegador.

Día 6

Es mi último día en España. Estoy parado frente a la playa en Almería hablando con Ana. Hablamos de poesía. Le cuento cosas de su hija a quien conocí el verano pasado. “Ha sido una buena amiga conmigo”, comento. Sonríe. Le cuento que pronto se va a casar y que ha subido fotos comentándolo en Instagram. “Se ve feliz”, comento.

Escribo a Julieth por el chat de Facebook, “¡es mi primera vez en el mar!”. Ella está en Santa Marta, de paseo. Me envía una foto. Dice que se alegra, “algún día te llevaré conmigo para que nademos juntos”, escribe. Sonrío. Ana ha desaparecido. Yo camino hacia el faro. Ayer estuve en Murcia e hice todo el camino por carretera hasta aquí. Para llegar tome la A7. A mitad de camino tuve una falla en la conexión a Internet; se cayó y el auto de Google se detuvo, me quedé tirado en mitad de ninguna parte. Hacía un sol infernal. Tuve que esperar para volver al camino.

Cuando era niño dos veces al año viajábamos al Quindío para visitar a los abuelos. Así era como pasaba estas fechas, rodeado de mis tíos y mis primos, correteando y alardeando de nuestra ropa o juguetes. Mi abuelo murió hace unos cinco años, estuve visitándolo antes de que lo hiciera, yo llevaba el cabello largo y él decía que eso era una mariconada. Fue un liberal de costumbres muy conservadoras. Mis mejores recuerdos vienen de esas montañas del eje cafetero. Estoy en el faro, recordando estas cosas, y de pronto, en la carretera veo una escultura en forma de pretzel.

Lo primero que hay al llegar a Almería, entrando por la vía del aeropuerto, es un Mcdonals. Camino conociendo la ciudad. Voy a la calle Granada a visitar las oficinas de Maqroll. Hay muchos grafitis en toda la zona, algunos muy divertidos.

Entro a Flickr, y allí veo muchas fotos de la ciudad y de sus habitantes. Siento que vivo recuerdos que no son míos, que transcurren en estas calles. En esta esquina, la pared rosa y la ventana desecha. Hay gente sonriendo, y más rostros desdibujados. Hace un lindo día en Almería. Voy a comer al Barea. Me quedo allí, porque este día no finaliza, no importa las horas que pasen.

Siento que he visitado a todos mis amigos.

Google Maps ha sido la mejor forma de unir la tierra que nos separa.

Las conexiones de Internet también expiran como las visas, pero son mucho más baratas.  

Me pregunto si ha sido una ficción este viaje.

Todo ha quedado guardado en el historial de la cuenta de Google y en mi muro de Facebook. Algún día este viaje será publicado en alguna esquina de Internet, y primero será compartido, y más tarde será olvidado.

Tengo que irme.

Me elevo.

Cierro el navegador. 

Internet una agencia de viajes. El mundo es nuestro.

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