Columnas

Instrucciones para desnudar el alma hasta que arda

El día 15 de enero sale a la venta 'Deseo que venga el Diablo' (Seix Barral) de la polémica Mary MacLane

        Butte, Montana, 13 de enero de 1901

Yo, de condición femenina y diecinueve años, empiezo ahora a poner por escrito un Retrato lo más completo y franco que me sea posible de mi persona, Mary MacLane, para quien en el mundo no hay parangón.

Estoy convencida de ello porque soy peculiar.

A todas luces soy original, por nacimiento y por evolución.

Poseo una intensidad vital muy poco habitual.

Soy capaz de sentir.

Tengo una capacidad maravillosa para la desgracia y la felicidad.

Soy amplia de miras.

Soy un genio.

Soy filósofa de una buena escuela peripatética, la mía propia.

No me importan ni el bien ni el mal: tengo una conciencia nula.

Mi cerebro es un conglomerado de feroz versatilidad.

He alcanzado un estado realmente maravilloso de infelicidad desdichada y malsana.

Me conozco, ¡y tanto que me conozco!

He alcanzado un egotismo que es verdaderamente singular.

Me he adentrado en las sombras espesas.

Todo esto constituye peculiaridad. Entiendo, pues, que soy muy muy peculiar.

He buscado y rebuscado el menor atisbo de un parangón entre los varios cientos de personas a los que puedo llamar conocidos. Ha sido en vano. Hay gentes y más gentes de distintas profundidades y complejidades de carácter, pero nadie puede compararse conmigo. Los jóvenes de mi edad —cuando me da por ofrecerles tan sólo un destello de cómo funciona en realidad mi mente— no pueden por más que mirarme con estulticia desorientada, atónitos; por su parte, los viejos de cuarenta y cincuenta —y es que los de cuarenta y cincuenta siempre serán viejos a los diecinueve—, o bien tampoco pueden por más que mirarme con estulticia, o bien, al tiempo que su estrechez de mente se reafirma sola, esbozan esa sonrisilla picarona de superioridad que reservan sin falta para las boberías de los jóvenes. ¡Lo memo que se puede ser en ocasiones a los cuarenta y cincuenta!

Se trata, ya se ve, de casos extremos. Hay entre mis conocidos jóvenes que no me miran con estulticia, y sí, incluso de cuarenta y cincuenta, también hay quienes entienden algunas fases de mi compleja personalidad, aunque ninguno que la comprenda en toda su extensión.

Pero, como he dicho, no esperéis encontrar tan siquiera el atisbo de un parangón entre éstos.

Pienso ahora, sin embargo, en dos mentes famosas del mundo de las letras con las que la mía guarda ciertas similitudes interesantes. Hablo de las de Lord Byron y Marie Bashkirtseff. Es en el Byron de Don Juan en quien encuentro asomos de mi persona. De esa sublime efusión pocos habrá que admiren al personaje de Don Juan, mas todos deberían admirar a Byron. Es de veras admirable. Desnuda y muestra su alma como una maraña de bien y mal —como se conocen estos términos— para que el mundo entero la contemple. Conocía la raza humana y se conocía a sí mismo.

En cuanto a esa extraña ilustre que era Marie Bashkirtseff, sí, es cierto que me parezco a ella en muchos aspectos, tal y como me han dicho. Pero en la mayoría de

las cosas la supero.

Donde ella es profunda, yo profundizo más.

Donde ella es maravillosa en su intensidad, yo maravillo aún más en mi intensidad.

Donde ella destila filosofía, yo soy filósofa.

Donde ella despliega una vanidad y un engreimiento pasmosos, yo despliego una vanidad y un engreimiento aún más pasmosos.

Aunque ella, a decir verdad, pintaba cuadros buenos, y yo, ¿qué sé hacer yo?

Ella tenía una cara hermosa mientras que yo soy un insignificante animalillo de rasgos ramplones.

Ella se rodeaba de amigos que la admiraban y la comprendían mientras que yo estoy sola..., sola, por mucho que haya gente y más gente.

Ella era un genio, y más aún lo soy yo.

Sufría con el dolor de una mujer, joven; yo, en cambio, sufro el dolor de una mujer, joven y sola como ninguna.

Así son las cosas.

Por algunas líneas he llegado al borde del mundo. Si doy un paso más, me caeré. No doy el paso. Me quedo en el borde, y sufro.

¡No hay nada, nada de nada sobre la faz de la Tierra que pueda sufrir como sufre una mujer joven y sola como ninguna!

Antes de continuar con el Retrato de Mary MacLane escribiré algunos datos poco interesantes sobre su historia.

Nací en 1881 en Winnipeg, Canadá. Si Winnipeg vivirá para enorgullecerse de este hecho es una incógnita que despierta en mí cierta elucubración y angustia. A los cuatro años me trasladé con mi familia a un pueblecito del oeste de Minnesota, donde llevé una vida más bien insulsa y solitaria hasta los diez años. Fue entonces cuando nos vinimos a Montana.

Lugar donde la vida antes mencionada continuó.

Mi padre murió cuando yo tenía ocho años.

Más allá de abastecerme con holganza de alimento y ropa, mandarme a la escuela —ni más ni menos que lo que me merecía— y trasmitirme la sangre y el carácter de los MacLane, no considero que me dedicara ni un solo pensamiento.

Quererme, desde luego, no me quería, pues era inca paz de querer a nadie que no fuese él mismo. Y puesto que en este mundo nada adquiere trascendencia sin el amor de los seres humanos por el prójimo, me suscita una indiferencia monumental que mi padre, Jim MacLane, de egoísta recuerdo, esté vivo o muerto.

Él no es nada para mí.

Tengo aún conmigo a una madre, una hermana y dos hermanos.

Tampoco son nada para mí.

Si fuera una extraña curiosidad de feria, cosa que me atrevería a decir que me consideran, no me entenderían mucho más.

Soy ante todo de sangre MacLane, que desciende de las Tierras Altas de Escocia. Mis hermanos heredaron los rasgos de la familia materna, que asciende de las Tierras Bajas de Escocia. Ya de por sí esto no es una diferencia insignificante. Además, los MacLane —éstos en particular— son ligeramente distintos de cualquier familia de Canadá, y de todas las que yo haya conocido. Aglutina y aglutinó a fanáticos de muy distintas mentalidades —religiosos, sociales, de todo—, y yo soy una MacLane de

pura cepa.

No existe la más mínima simpatía entre mi familia más cercana y yo. Y nunca podrá haberla.

Mi madre, por mucho que haya estado conmigo durante el conjunto de mis diecinueve años, tiene una idea completamente distorsionada de mi naturaleza y los deseos de ésta, si es que, en efecto, tiene alguna.

Cuando pienso en el amor exquisito y en la simpatía que puede existir entre madre e hija, siento como si me hubieran desposeído de algo bello que me pertenece por derecho, en un mundo donde desgraciadamente tales cosas no abundan.

Siempre será así.

A mis hermanos no les intereso ni yo, ni mis análisis y filosofía ni mis anhelos. Los suyos son estrictamente prácticos y materiales. Para ellos el amor y la simpatía entre seres humanos son, por lo que parece, algo exclusivo de personajes literarios.

Para abreviar: ellos son escoceses de las Tierras Bajas y yo soy una MacLane.

Y así, como decía, me traje conmigo mi existencia anodina a Montana. Con todo y con eso, dicha existencia se fue haciendo menos anodina conforme mi mente versátil empezó a desarrollarse, a crecer y a conocer las cosas deslumbrantes que existen. Con el devenir de los años, sin embargo, me di cuenta de que mi vida era, en el mejor de los casos, una cosa insulsa y negativa.

Los miles de tesoros que ansiaba brillaban por su ausencia.

Terminé la escuela secundaria con lo siguiente: un latín notable, un francés y un griego buenos; una geometría y demás matemáticas indiferentes; un amplio conocimiento de historia y literatura; filosofía peripatética que me procuré sin ayuda alguna de la escuela; cierta genialidad, que siempre ha estado en mí; un corazón vacío que se ha convertido en un ser de madera; un excelente cuerpo fuerte de mujer joven; un alma penosamente privada de alimento.

Con este bagaje he proseguido por mi cuenta estos dos últimos años. Mi vida, en cambio, pese a lo insatisfactoria y lo retorcida, ha dejado de ser insípida, pues

está colmada de una miseria hiriente: la miseria de la Vaciedad.

No me ocupo en nada en particular. Escribo a diario. La escritura es una necesidad, como el comer. Hago algunas tareas de la casa y, en general, las disfruto (insisto,

algunas). Aborrezco quitar el polvo a las sillas pero no le tengo una aversión especial a fregar los suelos. Es más, gran parte de la fuerza y la elegancia de mi cuerpo proviene de fregar el suelo de la cocina, por no hablar de algunas ideas interesantes de filosofía. Confiere cierta energía a cuerpo y mente.

Pero, ante todo, doy largos paseos por el campo. Butte y sus alrededores presentan el panorama más feo que uno pueda imaginar. Tan feo es que roza la perfección de la fealdad. Y nada que sea perfecto, o casi, debe despreciarse. He alcanzado unas sutilezas de comprensión pasmosas mientras camino millas y millas por la arena y aridez de las lomas y las quebradas. Su desolación total es una inspiración para pensamientos largos larguísimos y anhelos sin nombre. A diario camino por la arena y aridez.

Y, por tanto, mi vida diaria semeja una vida ordinaria y, posiblemente, para una persona ordinaria, una vida cómoda.

Puede que así sea.

Para mí es un hastío vacío y maldito.

Me levanto por la mañana; hago tres comidas; y camino; y trabajo un poco, leo otro poco, escribo; veo gente anodina; me voy a la cama.

Al día siguiente me levanto por la mañana; hago tres comidas; y camino; y trabajo un poco, leo otro poco, escribo; veo gente anodina; me voy a la cama.

Una vez más me levanto por la mañana; hago tres comidas; y camino; y trabajo un poco, leo otro poco, escribo; veo a gente anodina; me voy a la cama.

¡Una vida profunda y exaltada, desde luego!

Lo que me provoca, cómo me afecta, es lo que estoy intentando retratar.

¡No hay nada, nada de nada sobre la faz de la Tierra que pueda sufrir como sufre una mujer joven y sola como ninguna!

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar