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Si te ha decepcionado "Sherlock", el remedio se llama "True Detective"

La nueva serie de asesinatos perturbadores en zonas rurales de HBO se come con patatas a la tercera encarnación 2.0 del famoso detective, ahora casi un superhéroe

Llegada a su tercera temporada, algo falla en "Sherlock". El detective es ahora como Batman, un justiciero, los guionistas se ríen de nosotros. Pero no todo está perdido: para contrapesar, HBO acaba de estrenar un policial de culto, ¿la nueva "Twin Peaks"?

Sherlock: Superdetective en Londres

La tercera temporada de “Sherlock” ha revuelto los mentideros seriófilos hasta dejarlos patas arriba. Era de esperar, se había generado un clima de expectación casi insoportable, alimentado en gran parte por el contundente cliffhanger de la segunda temporada, ni más ni menos que la muerte del detective londinense ante los ojos de un incrédulo Watson (nuestros ojos, en definitiva). El listón estaba muy alto, en sus dos primeras campañas la serie de la BBC había conseguido hacer realidad el sueño húmedo de los fanáticos de los relatos de Holmes: remodelar la imaginería del personaje para encajarla en la actualidad sin perder el respeto en ningún momento a la naturaleza de las aventuras escritas por Arthur Conan Dios.

Llegados a la (falsa) muerte del personaje, Steven Moffat y Mark Gatiss han decidido apostar por una resurrección rupturista con las anteriores temporadas y convertir al Sherlock 2.0 en un Sherlock 3.0, una autoparodia más cercana al cómic de superhéroes chistosos que al artesano de la deducción parido por Conan Doyle. El detective ya no es el espíritu de Londres, ahora es un héroe de acción indestructible, un elefante en una cacharrería capaz de morir y volver a la vida cuantas veces sea necesario sin rendir cuentas a nadie. De hecho, hay pasajes en los que uno tiene la sensación de estar viendo a un vigilante enmascarado: la imagen de Holmes en una azotea auscultando la panorámica londinense remite claramente a la de un Batman expectante en las alturas de Gotham.

¿Era necesario comenzar la tercera temporada con Holmes convertido en un ser superior, como Florentino Pérez? ¿Un tipo tan sobrado que hasta se permite el lujo de ridiculizar a sus seguidores? Algunos dirán que sí, otros que no. Pero no hacía falta asesinar la esencia de la serie para cambiar la dinámica de los personajes principales. Además, considero irritante que el héroe burle a la muerte y se ventilen la explicación del milagro en un enjambre de teorías que sólo siembran la duda y sabe a estafa. Una triquiñuela demasiado arrogante para evitar las críticas a la resolución final, y poner de prueba de paso la fidelidad de los pobres fans, retratados como auténticos gilipollas pelagatos en el primer episodio.

Y es que este Sherlock es distinto. Ahora se impone la comedia a la deducción; prevalece el ‘todo vale’ al ‘todo tiene siempre una explicación, por muy improbable que parezca’. La esencia detectivesca y las espirales mentales que regían el mundo del Holmes literario, han dejado paso a un juego de comedia fatigoso entre él y el doctor Watson, convertidos ahora en unos héroes acción tronchantes. Se trata de un sorprendente recurso que a muchos les resultará difícil digerir, un giro que resta solidez al producto, alejándolo de la senda detectivesca y acercándolo peligrosamente a la estética de una parodia del personaje en clave de tebeo.

Puede parecer que esta perorata tiene como objetivo hundir la serie en la miseria por despecho, otra rabieta de un crítico encolerizado por el éxito del producto -9 millones de espectadores es una bestialidad-, pero a esta serie tan solo cabía exigirle que se mantuviera firme en la senda marcada por las dos primera temporadas y resulta inevitable sentir cierta decepción, pues ha decidido no respetar algo tan elemental como eso. Quede claro que no pienso dejar de verla. Todavía me entretiene. Sigue siendo un producto atractivo, trufado de detalles arrebatadores y provisto de un ritmo endiablado. Sigue teniendo a un Benedict Cumberbatch diseñado por Dios para interpretar al personaje. Pero no menos cierto es que a este Holmes sólo le falta mascar un cerilla, ponerse unas gafas de espejo y murmurar a la cámara: “el crimen es un plaga y yo soy el remedio”.

True Detective: Arde Lousiana

En las antípodas de este Sherlock autoparódico, superheroico y megacachondo, “True Detective” apuesta por explotar el género detectivesco desde la cara oscura de la luna. Del histrionismo y la estroboscopia en las frenéticas calles de Londres, pasamos al recogimiento y a las postales rurales de la Lousiana profunda: si os sentís abrumados por los excesos del nuevo Holmes, la serie de la HBO os sentará como un cálido baño de morfina después de una tormenta de puñetazos.

A medio camino entre el noir, el drama psicológico y el thriller de asesino múltiple, “True Detective” desgrana la persecución de un asesino en serie hace 17 años a través del relato que los dos policías que llevaron a cabo las pesquisas rememoran en la actualidad, por razones que no desvelaré por miedo a lanzar spoilers. La trama, pues, se nutre de constantes idas y venidas en la corriente temporal para mostrar los pliegues ocultos de un origami siniestro de tintes satánicos que aniquiló la relación de los dos agentes, dejando secuelas de todo tipo en ambos. Para alcanzar su objetivo -atenazar al espectador, engancharle irremisiblemente y sumergirle en una atmósfera de desconfianza desde el minuto uno-, “True Detective” no cae en la pirotecnia procedimental yanqui y prefiere comulgar con el libro de estilo nórdico. La cámara se mueve con gestos perezosos; el ritmo es sesteante. Los silencios cobran tanta presencia como los diálogos, a veces cortantes, a veces de una hondura sobrecogedora, como el monólogo misántropo de Cohle contra la raza humana ante la estupefacción de su compañero.

"La serie esconde en sus grutas argumentales sombras que producen horror y cobrarán plena forma en episodios venideros"

Como si quisiera paliar inconscientemente su suavidad estética y rebajar la anestesia del cuentarrevoluciones, “True Detective” se muestra permanentemente impregnada de una electricidad que inquieta, incomoda y hace que te revuelvas en el tresillo. La trama se reboza en una malignidad que casi puede mascarse, notas un sedimento de acritud en la punta de la lengua, sabes que algo terrible se cierne sobre las piezas de un juego macabro cuya aparatosidad ni siquiera has comenzado a intuir. A pesar de su tempo calmoso, la serie esconde en sus grutas argumentales sombras que producen horror y cobrarán plena forma en episodios venideros; algo palpita dentro del cascarón, hay una aberración ahí, esperando a ver la luz y mostrarnos su rostro deforme. La estética satánica de los asesinatos en la paisajística asilvestrada de Lousiana es uno de los factores que más contribuye a alimentar la sensación de mal cuerpo, pero curiosamente otra de las mayores inyecciones de desasosiego procede del bando de los buenos.

"Aplicando una pausa impropia de las series estadounidenses, la serie te absorbe, te mete en su mundo y no hay vuelta atrás"

El agente Rust Cohle esconde cosas. Hay mierda a paladas bajo su alfombra. Errático, imprevisible, existencialista, ojeroso, el tipo es una colección viviente de patologías mentales; uno de esos policías chalados y potencialmente alcohólicos que con un leve empujoncito podrían perfectamente pertenecer al equipo de los psicópatas. Matthew McConaughey está sencillamente inmenso. Hundido en un pellejo aceitoso y huesudo, el actor ofrece la mejor interpretación de su carrera para mi gusto. No firma una sola aparición en pantalla que no produzca malestar, y arma a su personaje con tantos salientes emocionales que necesitas un par de visionados para pillarle el rollo. Su papel es tan acojonante que incluso hace bueno a Woody Harrelson, no tanto por la calidad de su interpretación como por su rol de contrapeso: la complejidad psicológica de Cohle se ve perfectamente compensada por el pensamiento plano y la rusticidad de su compañero de investigación. Y a diferencia de Sherlock y Watson, convertidos ahora en un par de coleguis de los más dicharachero, el relación de los protagonistas de “True Detective” se asienta en la desconfianza y la frialdad. Un péndulo afiladísimo y amenazante oscila sobre sus cabezas. No se trata de una pareja de policías diseñada para dar espectáculo, antes al contrario, desde el primer momento sabes que el binomio está condenado a escindirse, que hay un abismo insalvable entre sus partes.

“True Detective” tiene una voz muy particular, es un producto de artesanía cinematográfica destinado a abrir nuevos caminos en el mundo de las series detectivescas. El guionista Nic Pizzolato -su nombre aparece en algunos episodios de la magnífica “The Killing”- consigue redimensionar el trillado género de Asesinos en Serie en Zonas Rurales, cavando en profundidad en la psicología de sus personajes principales, aplicando una pausa impropia de las series estadounidenses y administrando el suspense con finura, fluidez e inteligencia; no le hacen falta golpes de efectos o cliffhangers histéricos para atraparte. La serie te absorbe, te mete en su mundo y no hay vuelta atrás. Dos días después de ver el piloto, todavía reverberan flashes en mi cabeza: la chica asesinada con una cornamenta de ciervo en la cabeza; las cañadas resecas de Louisana; la imagen del agente Cohle consumido durante su entrevista con la policía, envuelto en una nube de tabaco rubio, atrincherado tras un par de latas de cerveza, sosteniendo una fotografía sobrecogedora entre sus dedos... Vivo para los siete episodios que quedan.

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