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Contra el ‘cupcake’: opciones alternativas de repostería para gente moderna

Si estás harto de esa especie de magdalena con capirote de nata pero no quieres renunciar a tu sobredosis de azúcar, no sufras: hay interesantes experimentos en forma de postres postmodernos

La dictadura del cupcake se tiene que acabar. El moderno que quiera arriesgarse a una indigestión por exceso de azúcar ya no debe pagar más el peaje de esta magdalena escasa con un poco de nata encima. ¿Hay alternativas? ¿Cuál es el postre más cool del momento? Aquí van diez opciones altas en calorías.

Cuando Amelia Simms creó la primera tartaleta de cupcake allá por 1796 –y anda que no ha llovido–, tan azucarada señora no habría llegado a imaginarse que aquella bomba calórica que salió de su cocina se habría convertido, a día de hoy, en una verdadera plaga. Da igual por dónde pasees: las boutiques dedicadas a esa magdalena customizada con un pegote de nata, sin que sepa uno muy bien el porqué, llevan afianzándose desde hace años en el último grito de la repostería urbana, una factoría saca-cuartos que día a día engatusa a una legión de diabéticos en potencia. ¿Por qué todo esto? Hay que frenar este sinsentido que nos han importado desde Nueva York (como ya sabemos, una de las grandes cunas de la dieta solitaria y exprés). Te las intentan encasquetar con múltiples sabores, ornamentaciones efímeras y envoltorios de todo tipo, pero la esencia es la misma: una maldita magdalena a precio de oro, enguarrada con una crema pastosa que acaba siempre dejando churretes en tu barba de yihadista.

Caer en la tentación de probar un cupcake es como echarle un pulso al diablo: uno siempre tiene las de perder. Pero que se haya montado toda una industria alrededor de ello no deja de ser cuanto menos preocupante. Ese monopolio (anteriormente liderado por el muffin y el macaron) es una tomadura de pelo, una moda que se antoja pasajera (y pastelera, en el otro sentido de la palabra) y que acabará con la riada de aprovechados que se ha subido al carro de esta droga mórbida que ya no puede dar más de sí.

La primera en caer será Alma Obregón, esa estrellita televisiva –localizable en Canal Cocina y Divinity– que siempre te cocina los cupcakes con una sonrisa por exigencias del guión y excusándose de los potenciales infartos de miocardio que va a generar en miles de personas con tanta grasa saturada. De momento vive en un mundo de Yupi de tonos rosas empalagosos hasta la arcada, creyéndose la mandamás de este engendro magdalenil, aunque en realidad es la típica cocinera modernilla que a la primera de cambio sería expulsada de los fogones de Masterchef (desde aquí mandamos un saludo a Maribel, una de las últimas expulsadas, que siempre estará en nuestros corazones pese a ser una chupa-planos).

Como en todo, hay que renovarse o morir. Y hay opciones. Desde Nueva York nos llega el cronut, que viene postulándose como la nueva alternativa de repostería para gordos urbanos. Nos olemos que se expandirá a España en breve y también que acabaremos hasta nuestras partes nobles de su cansina mediatización dulzona. No obstante, cualquier paso es bueno para erradicar el domino de los sectarios del cupcake. Este es el motivo que nos ha llevado a reflexionar acerca de diez postres y cerdadas que ningún dietista titulado a distancia recomendaría. Al cuerno con la operación bikini: los dulces están para disfrutarse en vida.

1. Cronut

Desde hace semanas, cada noche encontramos decenas de amantes del azúcar que aguarda religiosamente a las puertas de la neoyorquina pastelería de Dominque Ansel para llevarse este trofeo que viene a ser el hermanastro mutante anglo-francés del donut (con injertos de croissant). Cada día se producen apenas 200 unidades, por lo que sólo los más madrugadores consiguen hincarle el diente a este postre (o desayuno) que ha nacido para ser una futura revolución internacional –en España, si se rebusca bien, ya puede encontrarse–. Cinco dólares vale la broma en Nueva York, pero los que lo han probado aseguran que bien vale probar su textura, semejante a la de un buñuelo que se deshace en la boca. De momento Homer Simpson no se ha pronunciado al respecto, pero todo se andará.

2. Fried Oreo

Sólo con ver una ya te sale una nueva lorza. Como buen postre decadente que es, nació en los puestos ambulantes de varios parques de atracciones de Estados Unidos de dudosa reputación. La OMS se ha puesto las manos en la cabeza al ver esta abominación de galleta Oreo refrita con mantequilla, pero por su explosivo sabor bien vale arriesgarse a esta ruleta rusa del colesterol. De venderse aquí probablemente habría que buscarla en las churrerías.

3. Twix/Snickers Fritos

La fritanga es como un agujero negro, absorbe todo lo que puede. Los empalagosos Twix y Snickers, por si no engordaran ya lo suficiente, nos los presentan ahora ahogados en aceite y mantequilla, lo que nos abre una nueva dimensión espacial para las papilas gustativas. Obesidad mórbida, sí. Cerdada máxima, también. Sin embargo, como buen capricho prohibido que resulta para nuestras arterias, resultaría imposible resistirse a comprar uno si lo viéramos expuesto en un escaparate. Ya lo dice el dicho, una vez al año no hace daño, si se cumple a rajatabla.

4. Lindt Wasabi

Ese invento japonés del demonio, el wasabi, ya se ha encarado con el clásico chocolate: la célebre firma suiza Lindt comercializa unas tabletas con 47% de cacao y aroma del condimento nipón. Su sabor no es tan fuerte como el que puede parecer a primeras, por lo que los sibaritas del chocolate pueden respirar tranquilos sin temer a un shock de picante. El mejor puente entre Oriente y Occidente desde la llegada de Two Yupa a nuestras tierras.

5. Imperio Ikea

Que en China encontraran bacterias fecales en 1.800 tartas de chocolate y caramelo provenientes del imperio sueco nos la trae al pairo. Lo que no mata engorda, o a lo sumo provoca alguna leve arcada. Más allá de su goloso sabor, su competitivo precio no entiende de rivales en el universo de la pastelería prefabricada moderno-friendly. La tara es bella, aunque venga de la alcantarilla. Esperamos no encontrarnos con alguna desagradable sorpresa cuando examinen a fondo los ingredientes de sus aún mejores tartas de queso.

6. Éclair

Todo un clásico de la repostería francesa que no es reivindicado lo suficiente en las pastelerías. En nuestro país han adoptado el nombre de pepito, pepitús o susos (esto último si se es albaceteño), pero su nombre internacionalizado es éclair –en francés significa “relámpago”, sobrenombre que recibe por el brillo que desprende el producto una vez glaseado–. Pese a su morfología fálica, su mejor atributo se encuentra en ese interior habitualmente relleno de vainilla, nata o chocolate capaz de dar energía de buena mañana hasta a un zombi. Quien se conforma con el sofisticado macaron es básicamente por postureo.

7. Bombones Lola

El sentimiento de culpa post-digestiva de todos aquellos que se encuentran en dieta permanente ha encontrado un remedio. Este bombón patentado en Valencia por Armando Yáñez y Antonio Muñoz produce un efecto de saciado gracias a una mezcla de espirulina (un alga de altísimo valor nutricional) y semilla de jojoba. Su cobertura de chocolate lo hace irresistible, aunque lo mejor del asunto es que evita el crecimiento de nuestras chichas flotantes. Atiborrarse de ‘Lolas’ no es aconsejable, pero en su justa medida ayuda a que no tengamos que descargar toda nuestra ira en la elíptica del gimnasio.

8. Tavuk Göğsü

Cualquier excusa es buena para escaparse un fin de semana a Estambul. Y más si una vez allí puedes probar un manjar como éste que, en la época Otomana, sólo era degustado por los sultanes. Aun teniendo un interior de pechuga de pollo cocida bien troceado, su mezcla de arroz, leche, azúcar, harina y mantequilla aporta ese punto dulce que cualquier postre que se precie debe lucir en la boca. Hay que comerse con moderación porque una vez atraviesa los intestinos llena alarmantemente.

9. Postres de convento

Por muy ateo que seas y huyas del televisor cuando por casualidad caes en un sermón de Rouco Varela, los conventos de nuestra geografía hispánica ofrecen auténticos manjares hechos con mimo y devoción espiritual. Los amarguillos y bizcochos de soletilla salmantinos, las delicias de yema del Convento de Armenteira o los excelentes turrones del Convento de Nuestra Señora del Espino en Burgos son un fondo de armario atemporal para cualquier paladar. Hay tanta variedad como conventos repartidos en nuestro país, por lo que la cata hasta hallar ese que te lleve hasta el mismísimo cielo y te haga distinto y más cool ante tus colegas no es nada fácil. Si quieres probar suerte en casa siempre puedes hacerte con el recetario “La Cocina del Monasterio” de Antxon Urrosolo, editado por Plaza & Janés, y hacerte converso.

10. Sultan’s Golden Cake

Fuera de nuestro alcance, no queda otra que soñar babeando por él. En el Ciragan Hotel Palace de Estambul tardan la friolera de 72 horas en prepararlo (siempre bajo encargo). A saber: higos, damascos, membrillos y peras maceradas en un ron de dos años, un relleno de trufas caramelizadas y varias capas de oro comestible de 24 kilates que lo convierten en el lingote definitivo de la repostería internacional. Hiperbólicamente desmedido y prohibitivo para la cartera de la inmensa de mortales, el lujo es esto y no el último bolso de la colección de Louis Vuitton.

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