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El negocio de la crisis: ¿por qué hay más supermillonarios en 2014 que en toda la historia?

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A la periodista Linda McQuaig ya se le conoce como la "Michael Moore de Canadá"

09 Octubre 2014 10:08

En enero de 2011, el diario The Economist escribía sobre la nueva estirpe de magnates billonarios que han surgido en los últimos veinte años. Consideraba que, en lugar de recibir la mayor parte de su dinero como herencia, lo habían conseguido gracias a sus propios méritos: "Toda sociedad ha tenido élites", afirmaban. "El gran cambio con respecto al siglo pasado es que estas élites son cada vez más meritocráticas y globales. En los países desarrollados, las personas más ricas no son aristócratas, sino emprendedores como Bill Gates".

Este texto es uno de los muchos recogidos en el ensayo El problema de los supermillonarios (Ed. Capitán Swing). Sus autores, Neil Brooks y Linda McQuaig (a la que comúnmente se conoce como la "Michael Moore de Canadá") ilustran, a través múltiples ejemplos, el modo en que la redistribución polarizada de la riqueza es una consecuencia lógica del sistema económico actual. Ese mítico 0' 001% de la población que maneja la mayor parte del dinero mundial crece cada año.

Mientras tanto, el sistema se encarga de neutralizar las cada vez más flagrantes desigualdades hablando de sociedades meritocráticas y hombres hechos a sí mismos. Como si cualquiera de nosotros, con la idea adecuada y en momento adecuado, pudiera entrar en esa élite privilegiada que amasa fortunas escandalosas, paga impuestos irrisorios y tiene las medidas políticas a su favor.

Una libra por segundo

Imagínense que ganan una libra cada segundo de su vida, escriben McQuaig y Brooks; tardarían poco más de diez días en ser millonarios, más de treinta años en ser milmillonarios y morirían sin llegar a ser billonarios, porque para eso, y a ese ritmo, se necesitan muchas vidas. Sin ir más lejos, Bill Gates no podría contar su patrimonio a un ritmo de libra por segundo, porque pasaría 1.680 años contándolo. Un ejemplo tan inituivo sirve para que nos demos cuenta de lo inimaginable que resulta para cualquiera de nosotros pensar que amasaremos una fortuna similar. ¿Cómo pueden deberse todas estas cuentas corrientes sólo al mérito individual?

A medida que los medios hablan de emprendimiento y meritocracia, cubriendo de una aparente justicia las arcas de ese mínimo porciento de elegidos, el número de billonarios no para de crecer (como crece, en consecuencia, el número de individuos bajo el umbral de la pobreza): los mil hombres más ricos de Reino Unido acumulan ellos solos un tercio del PIB del país entero (antes de la crisis, no llegaban a esa cifra). En los últimos treinta años, los ingresos de los norteamericanos sólo han crecido un 1%. Los de lo billonarios se han multiplicado por cuatro. Dinero llama a dinero, y las políticas y los sistemas tributarios actuales están diseñadas para que esta expresión se cumpla literalmente.

Paralelamente, la crisis ha generado la mayor cantidad de individuos billonarios de la historia. Si en 2012, la fecha en que McQuaig y Brooks terminaron de escribir su ensayo, el número de súperricos ascendía a 492 sólo en Estados Unidos (diez años atrás era de 101), ahora se sabe que 2014 marca el récord en el crecimiento de fortunas disparatadas: en estos últimos doce meses, marcados por las medidas de austeridad y las deudas públicas, 153 personas se han convertido en billonarias. Nunca antes los súperricos se habían multiplicado tanto.

Una vez demostrado mediante ejemplos, citas a artículos y sucesos históricos que el sistema económico actual favorece la polarización de la riqueza, los autores se centran en describir las consecuencias de este panorama social: la austeridad, según argumentan, no ha funcionado en ningún caso como remedio ante la crisis. Su puesta en práctica sólo afecta a las rentas medias y bajas, lo que hace que aumente la brecha entre ellos, la élite que amasa la fortuna mundial, y nosotros, las verdaderas víctimas de las medidas anticrisis.

¿Tasas más altas? Sí, por supuesto

Se habla de oligarquía, dado que los que ejercen el poder político también concentran el económico; se detallan prácticas fraudulentas de algunos de los magnates actuales (hay más de 15 billones de euros ocultos en paraísos fiscales) y, en contra de lo que comúnmente se piensa, no se producen demasiados cambios de residencia y nacionalidad hacia países con impuestos más bajos. Mientras los billonarios aumentan el volúmen de su fortuna en paraísos fiscales, apoyan de forma incondicional la subida de tasas en su nación. Precisamente, el magnate Eduard de Rothschild afirmó que aceptaba de buena gana la subida de impuestos. Mientras, el billonario Warren E. Buffet se alió con Obama para que los tipos fiscales de los acaudalados no fueran menores que los de la población media. Un lavado de imagen que además, a efectos prácticos, no daña en absoluto el estado de sus cajas fuertes.

Las prácticas poco igualitarias y el poder económico acumulado en pocas manos se asocia en el imaginario colectivo a la imagen del magnate sexagenario o el banquero de monopolios. Pero Mark Zuckerberg y otros jóvenes residentes en Silicon Valley también tienen cuentas corrientes inimaginables. En poco tiempo, el grueso de los billonarios no superará los cuarenta años. El problema, además del obvio aumento de la brecha económica, tiene que ver con la ideología: cuantas más personas se convierten en súperricas, más se encarga la sociedad de hablarnos de ingenio, emprendimiento y méritos. No hay brecha real si fingimos que cualquiera de nosotros puede saltarla, piensan.

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