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10 cosas que siguen sin gustarme de la paternidad

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Chiquiparks, reuniones del AMPA, otros padres, jugar…

Kiko Amat

21 Marzo 2015 06:00

1) Chikiparks: Una vez, cuando yo era niño, mi madre nos llevó a mi hermano y a mí al pabellón psiquiátrico donde ella trabajaba de enfermera. El Pabellón H: incluso el nombre infunde pavor. Allí habían ido a caer oligofrénicas, esquizos, fóbicas, alcohólicas y alguna licántropa, todas en estado de semi-vetustez, enajenadísimas, de mirada Manson y perturbador mascullar. Todo apuntaba a que aquella visita era una idea fétida, pero mi madre se había emperrado en ello y se acabó (tuvimos suerte de que no fuese proctóloga o sepulturera). Pero a lo que iba: ¿Recuerdan la horripilante escena de la ducha de El Resplandor, cuando la chorreante macizorra muta en arpía descompuesta y verrugosa de barbilla pilosa y pavorosa higiene dental? Pues en el Pabellón H eran todas así, y se abalanzaron como locas (ejem) sobre nosotros para regalarnos trombones, exigir centauros y tratar de lamernos la punta de la nariz. Es uno de los recuerdos más escalofriantes de mi infancia. Pues bien, la tromba de chifladura desdentada y ululante con fragancia cripto-urinaria que cayó sobre nosotros aquel aciago día no es NADA comparado con el nivel de demencia cacofónica y apocalíptica que pueden desencadenar una veintena de niños en un chikipark. Es algo que puede arrancarte la cordura de cuajo, como mirar directamente a los ojos de Nyarlathothep, el Caos Reptante. ¿Quién coño inventó los chikiparks? Debió ser el mismo piernas (alemán, casi seguro) que inventó La Doncella de Hierro, el napalm y el jazz-rock. Algunas celdas de Guantánamo son más plácidas que un chikipark. Todo en esos agujeros miasmáticos parece concebido para sacar de quicio a la chiquillada. Los colchones, las camas elásticas, la música a todo trapo (“¡ÉL VIVE EN LA PIÑA DEBAJO DEL MAAAAR!”), la sobreabundancia de confitería y el hacinamiento crean una violenta reacción en cadena en la psique infantil. De repente, niños blandengues que jugaban a Frozen, dormían aferrados al Gusiluz y llamaban a su hermano “tete” se convierten en antropófagos epilépticos extraídos del más delirante grabado de Goya, una execrable cáfila de energúmenos que por una chuche le arrancarían las amígdalas a su madre. Yo no entiendo los chikiparks, se lo juro, aunque mis hijos lo pasen bien allí. Por supuesto, una vez franquean la puerta de entrada ya no se trata de mis hijos, sino de una pareja de súcubos blasfemos sedientos de pillaje y destrucción a quien no reconozco, y desde ese instante todos mis esfuerzos van dirigidos a simular que no veo que están invocando a un demonio menor, pegándole fuego a una chinchilla o inyectándose speedballs en la carótida. ¿Saben lo único bueno de los Chikiparks? Que suelen tener bar. Emborracharse de forma insensata es, paradójicamente, la única manera de conservar la razón en mitad de esa pesadilla hinchable donde no rigen las leyes de los hombres. Como en Vietnam, vamos.



2) Parques: Un parque no es nada más que un solar glorificado, con menos jeringuillas y condones pisoteados pero similares posibilidades de diversión. Nada remotamente fascinante puede acontecer en un parque, a no ser que uno de los niños pueda volar y desaparezca haciendo tirabuzones entre las nubes o dos padres se enfrenten a extintorazos con los ojos vendados (por una apuesta, tal vez). Yo he perdido mucho tiempo en parques, y cada hora que no empleé en aprender nociones básicas de aeronáutica, cantar en galés o comprender qué es un fuera de juego me la llevaré al lecho de muerte, dita sea. En un parque no llevas libros, auriculares o latas de cerveza (en este país si sacas un 6-pack en un lugar público la gente te mira como si blandieses un lanzallamas de gatillo fácil en la guardería). No: un parque urbano es lo más parecido al limbo cristiano que existe. Es, en efecto, como una región fronteriza del infierno donde se te martiriza con puro tedio. Si quieren visualizar un parque, recuerden esas películas donde el difunto flota en un fondo blanco hasta que vuelven a reanimarle a trompadas de desfibrilador. Eso es un parque. La nada más absoluta. Un cero con columpios, y eso en primavera. En invierno, los padres que se agolpan en ellos recuerdan a víctimas de algún pogromo estalinista. Tiritantes parias de gulag, desvalidos ante el inclemente enero soviético y condenados a abrir a base de pico-y-pala el Belomorsko-Baltíyskiy Kanal. Lo peor de un parque, sin embargo, es que en ellos no hay nada que hacer, así que uno solo puede a) Observar como juegan los niños (la novedad dura unos 32 segundos; luego la opción se asemeja a un coma profundo o una película de Tarkovski) o b) Hablar con... ¡Otros padres! ¡NOOOOOOOOOOOO!



3) Otros padres: A ver. Los otros padres están la mar de bien. Ninguno de ellos formó parte de un einsatzgruppen ucraniano, cantó en Mocedades o maquinó los créditos subprime. Ha de llegar aún el día en que me cruce con una mala persona certificada en un cumple infantil. Es solo que cada vez que me veo obligado a entablar conversaciones con algunos de ellos vuelvo a estar en 1987, en 2º de BUP, y soy de nuevo el troll infrahumano que era entonces. Y eso no me gusta una pizca, pues precisamente paso mi vida tratando de no ser aquel fulano y renacer en sujeto benigno (como reclama mi mujer, mientras agita ruidosamente los papeles del divorcio y la custodia filial ante mis narices). Asimismo, cada vez que algún padre circunspecto me habla de extraescolares, de pediatría elemental o del maravilloso espectáculo de marionetas Xerric-Xerrac (acabo de inventármelo, pero seguro que existe) me entran ganas de derramarme carburante por toda la cabeza allí mismo y acercarme una cerilla y PRENDERME FUEGO A LO BONZO a modo de protesta. Qué quieren que les diga. Los otros padres son maravillosos (ahora hablo en serio), lindas personas y sólidos ejemplos de madurez progenitora; pero yo no soy así, y no hay nada que podamos hacer al respecto (ya lo intentaron seis psiquiatras, de los cuales cinco se suicidaron ante mis atónitos ojos y uno forma parte de un Batallón de la Muerte en Colombia). En fin, amables padres del mundo: mejor tirarme cacahuetes desde la lejanía y pasarle a mi mujer en forma manuscrita cualquier cosa que deseen hacerme saber. Será lo mejor para todos.

Jugar cuando ya eres adulto es MUY aburrido


4) Los niños: De otros, se entiende. Los míos me tienen enamorao y los adoro por encima de todas las bestias del cielo y de la tierra. Son los demás 2.199.999.998 los que tienden a fastidiarme. Pero exagero: me pirran también mis sobrinos, y el ocasional hijo de amigo íntimo, y mi ahijado. Unos 9 en total, vaya. El resto de niños son un chasco, si hemos de ser honestos. Narcisistas torpones de dicción gutural, con nociones más que deficientes sobre cultura pop, un gusto fílmico nefasto y perversidad innata. Jamás toleraríamos a un adulto que fuese por la vida interrumpiendo conversaciones de ese modo, reclamando mamarrachadas y negándose a acatar las ordenanzas más nimias. Louis CK decía que si un adulto demorara una esperada excursión al campo (o a un lupanar) porque no quiere ponerse los zapatos lo mataríamos a puñetazos. No sé qué gracia les ve la gente a los niños ajenos, de veras. Son antipáticos, mimados, ególatras, tiránicos, y para colmo antihigiénicos. ¿Saben por qué siempre huelen a culo? Se lo diré, no hace falta que llamen a Hércules Poirot: porque siempre se lo están hurgando con los dedos, y luego se los huelen. Oh sí. Jugando al rasca-y-huele con sus propios anuses. Y tampoco es que tengan muy clara la noción de propiedad privada, que digamos: los amigos de mi hijo menor creen que pueden llevarse juguetes de mi casa después de una tarde de juegos. Se lo prometo. ¿Se imaginan si yo me comportara de ese modo? “Hostia, chorbos, me voy que se me ha hecho muy tarde. Gracias por la cena. Me llevo el televisor de plasma, ¿vale? ¡Chao!”. No duraría en libertad ni dos días. En fin, eso: que los niños-de-otra-peña son una lata, un engorro y un urticante dolor en el trasero, y lo único tolerable de ellos es que, al tener una fuerza física irrisoria y una ignorancia supina en cuanto a habilidades defensivas, uno puede atizarles sin miedo a que haya represalias (es broma: jamás he pegado a un niño. Aún).



5) Jugar: Para cada cosa existe un momento, que dice aquella canción. Yo jugué asaz intensamente de los tres meses a los trece años, hasta que se cruzaron en mi camino el alcohol, las pajas y la música pop, y decidí redirigir mis ansias lúdicas a pasiones más acordes con mi edad. En el proceso, como es ley de vida, se me olvidó qué gracia tenía hacer hablar a mis Clicks en distintas voces durante 4 horas, y ese es un camino que un hombre no puede desandar. Digámoslo claro: ya no sé jugar. El hechizo se rompió en 1984, y no siento deseos de recuperarlo. Para jugar uno tiene que creérselo, como sabe hasta el más tarugo de los sociólogos, y yo soy incapaz de creer que ese Invizimal Überjackal ha cobrado vida mágicamente y está arreándole guantazos a un Bandolero Max. O sea: algo así no obedecería a ninguna ley física. Por supuesto, podría simular que me trago esa superchería, pero les seré sincero: no me apetece. Jugar cuando ya eres adulto es MUY aburrido. Caitlin Moran me confesó que tenía que arrearse un par de copazos antes de poder montar Lego, y la creo. Esa mierda es soporífera, y solo alguien con interrumpido riego sanguíneo al cerebro podría encontrarle alguna gracia. No, me temo que el único juego de mesa que vamos a compartir mis hijos y yo va a ser el póker (creo que ya tienen edad para aprender) y créanme: voy a desplumarles.



6) Enfermedades: Qué largo e infame ha sido este invierno, amigos míos. Pese a tener el mismo número de días y traernos similares frescuras que el anterior, en este lo he pasado harto peor. ¿Por qué, se dirán ustedes? Por la enfermedad. ¿Cuál, oigo que me preguntan? Todas. Todas las enfermedades, incluyendo algunas que la OMS ya daba por desaparecidas. En mi casa hemos sufrido paludismo, triquinosis, piorrea, bocio, ántrax y peritonitis, el escorbuto y el beriberi, nefritis y la tiña. A ratos mi vivienda se parecía más a la enfermería de Tenko que a un hogar occidental común: todo eran toses, flemas, malos alientos, borborigmos y estreñimientos (o su perfecto opuesto), arrechuchos y alifafes. Yo, en particular, sufrí la faringitis folicular (agudísimo dolor de cuello) más larga de la historia de la medicina: tres semanas en que cada cucharada bajaba por mi tráquea como alambre de espino sumergido en salfumán. Con guindillas. Tres semanas hablando como Vito Corleone y expectorando como un poeta romántico inglés tras pillar difteria en un burdel de Creta. Mi mujer, pese a ser recia cual guerrera de Esparta, enfermó también, si bien los gérmenes decidieron abandonar su cuerpo a toda prisa y casi ni pernoctaron allí (los microbios saben con quién se juegan los cuartos). Y mis hijos también sufrieron calenturas, toses y cuentos varios. No podría ser de otro modo, ya que ellos habían traído el infortunio a nuestra puerta. Tener hijos cerca es, en cualquier caso, la receta infalible para ponerse escrofuloso cada dos por tres. Esos desgraciados lo pillan todo, de veras. Para más inri, su sistema inmunológico funciona con la implacable furia bélica de un drakar vikingo, mientras que en nuestro pachucho cuerpo cuarentón los estreptococos se fortifican y rearman, convirtiendo aquella pasajera afección en una agonía macabea. Solo los padres enfermamos así, claro. Un soltero sin hijos tendría que beber agua pútrida de un pozo donde flotase el cadáver de un mulo con lepra para pillar lo que nosotros agarramos con solo mesarle una miaja los cabellos a nuestro primogénito. La llegada del otoño en mi casa es igualita que el comienzo de La máscara de la muerte roja o cualquier película de pandemia-exploitation. Ahora ya estoy bien, pero no canto victoria: se acerca la primavera, con su flamante surtido de pruritos, atrofias y fiebres del heno, y me apuesto algo a que vuelvo a pillarlo todo, y por vía infantil. Como me cabree les construyo una habitación-burbuja, como en aquel inmundo telefilme de Travolta, y les confino allí hasta julio.

Tener hijos puede significar muchas cosas bonicas, pero no es una inversión inteligente.


7) Reuniones del AMPA: Si han visto ustedes algún grabado medieval de una trepanación podrán imaginar exactamente lo que siente un cerebro medio durante dos horas de reunión de todas las comisiones del AMPA: la de fiestas, la de extraescolares, la de aficionados masones al lacrosse, la de bailarines tuertos de Patagonia sur, la de magos amateurs con predilección por el ala delta, la el comité por la defensa del agua de litines... Cuando voy (mi mujer me obliga a ir) a una, me siento exactamente como si un demente estuviese manoseándome la sesera por dentro con un destornillador herrumbroso. Pugno por mantener mi atención en la orden del día, pero a los pocos segundos me invade una sensación de letargo extremo que imagino debe ser igualita a la tripanosomiasis africana: los párpados me pesan, el lenguaje de los oradores se torna incomprensible, los miembros caen a ambos lados de mi cuerpo, los músculos del cuello se niegan a realizar su labor de sostén (y la cabeza empieza a caer irremisiblemente hacia delante o atrás), la producción de baba se incrementa y desborda por ambas comisuras de la boca tal que catarata amazónica... Me he planteado seriamente acudir con aquellas pinzas oculares que le implantan a Alex en La naranja mecánica, pero me temo que no sería demasiado discreto. Aunque, no hace falta decirlo, sería siempre preferible a ponerme en pie, sacar una glock semiautomática y empezar a pegar balazos al techo, que es lo que he estado a punto de hacer en las tres últimas.



8) Dispendio: Cuando no teníamos hijos, mi mujer y yo sobrevivíamos un mes entero con una sola compra del Mercadona. Una sola visita, y la nevera aguantaba llena casi 30 días (de acuerdo: los seis últimos días ya solo residía allí un resto de curry con musguito, un limón cadavérico y las llaves de la Vespa, que yo llevaba una semana buscando; pero nos daba igual). Hoy me paso el día en el Bonpreu. Prácticamente vivo allí. Voy por los pasillos saludando a todos los reponedores, y ocasionalmente me arranco junto a ellos con alguna giga feliz o un número de baile en plan Hello Dolly. La comida en mi casa desaparece de forma pasmosa: leche, galletas, pasta de sopa, tetrabriks de caldo, embutidos, cerveza (de acuerdo: la culpa de esto último es solo mía)... Nada dura en el frigorífico más que unas horas. A veces me pregunto si no estará desfondado, y todo lo que introduzco en él cae por el otro lado, al patio trasero o una dimensión lejana. Gasto millones de euros en alimentar a mis niños, que se empapuzan de todo como una piara enloquecida a quien algún mesías milenarista acabara de avisar del armagedón. Y eso sin contar lo que invierto en comedor, extraescolares, ropa, juguetería variada y caprichismo puntual. He hecho mis cálculos, y si no tuviera hijos podría vivir como un magnate loco de 1920 a lo William Randolph Hearst: en un castillo delirante e inexpugnable, comprando arte renacentista y pócimas africanas para la virilidad hechas de pijo de rinoceronte y osamenta molida de hipogrifo, vistiendo como un MC de New Orleans y viajando en un carruaje tirado por pandas. Pero no puedo hacer nada de eso, porque lo gasto todo en comprar 160 paquetes de Príncipes maxichoc cada mes. Y en bambas tan rompedizas que parecen hechas de papel cebolla cosido con cabellos de fantasma. Y en clases de azteca, cursos de aizkolari y ensayos de clavicordio. Y en toda la mierda que necesitan los niños para ser felices, aparentemente. Ténganlo claro: tener hijos puede significar muchas cosas bonicas, pero no es una inversión inteligente.



9) Ser padre, en general: A veces. No siempre. Ser padre puede ser una pura epifanía de armonía con lapislázuli, o más deprimente que un ciprés mortecino plantado en mitad de una tienda de ortopedia. Generalmente, sin embargo, es una mezcla ciclotímica de las dos cosas alternándose con gran celeridad. Uno ríe y llora todo el rato, como un paciente de electroshocks recién intervenido. ¿Hay alguna forma de escapar de esa prisión mental sin que tome la forma de parricidio selectivo y letal intervención de los GEO? Me temo que no. Convertirte en padre quizás sea la cosa más fácil de provocar del mundo (insertar la chorra en alguna pasmada tras asegurarte de su consentimiento) y la más difícil de deshacer. A ver: puedes huir, como una y otra vez han demostrado innumerables cerdos, y abandonar madre e hijo a su suerte. Pero solo un perro indecente escapado de las calderas de Pedro Botero sería capaz de algo así. La otra opción es darte un pequeño respiro ocasional cuando la cosa se torne insostenible: puede ser un pequeño sollozo ahogado en la soledad del retrete o una juergaza de tres días que termina con tatuaje facial, chancros y un riñón extirpado. Lo que está claro es que uno no puede estar todo el rato allí, al pie del cañón: sería criminal, y precisamente acabaríamos empuñando un no-metafórico cañón. Por no decir que el padre perfecto no existe. Voy a defecar sobre un mito milenario, y espero que me lo agradezcan: todos los padres la cagan. Especialmente esa patulea de bastardos que pretenden hacerlo todo bien y nos restriegan por la cara lo pasotas que somos los demás. Esos recibirán el mazazo de infortunio en la cabezota de una forma más acusada, pues ni de culo esperaban meter la pata así. Y bien merecido lo tendrán.

Un soltero sin hijos tendría que beber agua pútrida de un pozo donde flotase el cadáver de un mulo con lepra para pillar lo que nosotros agarramos con solo mesarle una miaja los cabellos a nuestro primogénito


10) La adolescencia (de los niños): Aún estoy muy lejos de ella, pero la miro desde la distancia con pavor y premonición infausta, como mirarías las columnas de humo que aparecen de repente en la aldea al otro lado del valle. No puedo imaginar lo que me sucederá en el alma cuando los dos niños de mis entretelas, los querúbicos y fotosensibles rorros que me adoran y cubren de besazos y creen (pobres criaturas) que soy el tío más listo y guapo que ha parido madre, se conviertan en eso. Ya saben. En un (puaf) adolescente: esa especie de fantoche huraño, onanista y flatulento, con pies fétidos, furúnculos repugnantes, aficiones satánicas (evidenciadas en un enloquecido aumento de los pósters ofensivos que sustituyen a los de Totoro), peinado subnormal y resentimiento homicida hacia la figura paterna. Y que da más asco que un libro médico, lujosamente ilustrado, sobre cirugía facial extrema. Literalmente: no puedo imaginarles. Es como si tratara de superponer la cara de Rita Barberá encima de la de Soledad Vélez: todo mi cuerpo y mente se rebelan contra ello, como si fuese una perspectiva imposible de Escher. ¿Por qué los niños no pueden quedarse siempre así? Siendo niños, quiero decir. Niños pelirrojísimos y pecosos y angelicales que pronuncian mal la R (goLda), creen que Bender es el más “molón”, se arrean castañazos en bicicleta y sienten puro terror por los vampiros (y el puré de calabacín). ¿Por qué no pueden permanecer siempre en arrested development? Esos cabrones van a destrozarme la vida, pues sé bien en qué se convertirán a los 14: en algo parecido a lo que yo era a esa edad. Y créanme si les digo que no quiero ser el padre de esa basura de tío.


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