Columnas

El copyright o como vender tu obra a cambio de olvidarla

Cristian Palazzi

"Bueno, esta es una gran decisión, pero la he tomado. Seis álbumes de Momus- los que grabé para el sello Creation de Alan McGee entre 1987 y 1993 - están agotados. Creation ya no existe, y, en teoría Sony posee los derechos de estos álbumes, pero no está haciendo nada con ellos y probablemente nunca lo hará. En el ínterin, sólo los piratas rusos se benefician, cobrando a sus clientes por descargas ilegales”. Con estas palabras, publicadas recientemente en UbuWeb, Nick Curry ponía a disposición del público de manera abierta y gratuita sus primero discos como Momus. Acompañando cada una de las canciones con un texto con su historia, su letra o cualquier otra ocurrencia Curry se revelaba así en contra de una gran compañía multinacional a la que probablemente ni siquiera le importe este gesto y que, esperemos, nunca tomará cartas en el asunto.

El gesto de Momus va mucho más allá de ser un simple guiño comercial. Lo dice él mismo, se trata de una “gran decisión”. Efectivamente, en un mundo controlado por cuatro grandes casas de discos no es tan fácil publicar sin tener que recurrir a ellas. Primero porque no hay medios, segundo porque falta valentía, y por último, quizás la razón más ridícula de todas, porque no tenemos dinero para comprar nuestras propias canciones. A partir de ahí, cualquier obra que pierda su interés inmediato quedará para siempre arrinconada sin que ni siquiera su propio autor pueda hacer nada por insuflarles nueva vida. ¿Hemos de permitir que algo así suceda? O mejor dicho, ¿como ha llegado a suceder una cosa así?

Esta es precisamente la pregunta que anima el último libro de Joost Smiers, profeta del Copyleft, escrito en colaboración con Marieke van Schijndel. El tomo se presenta bajo el lenoniano epígrafe Imagine... No Copyright, como si en alguna de las frases más tarareadas de esta canción universal se encontrase ya su propio futuro. ¿O es que alguien piensa que Imagine de John Lenon pertenece a Michael Jackson, a Warner o a cualquiera que haya comprado sus derechos de explotación?.

Vamos por puntos, que sabemos que esta es una cuestión harto espinosa. A la noción de copyright le pertocan dos acepciones: el derecho de explotación o derecho patrimonial de una obra y el derecho moral sobre la misma. Esto es a causa del doble origen de este concepto. El derecho de copia (copyright) fue inventado por los libreros ingleses en el siglo XVIII para controlar la copia de los libros publicados. Esta ley, que afectaba directamente a los comerciantes, regulaba de este modo su relación con los autores. Yo te compro una obra y, a cambio, puedo reproducirla exclusivamente. No fue hasta la Revolución Francesa que se reconocieron, con la ley de derecho de autor, ciertos privilegios para los artistas. Por primera vez los derechos de explotación se veían completados por unos derechos morales que obligaban al reconocimiento de ciertos privilegios que debían acompañar de por vida al creador de una obra. Puede que a alguien le parezca obvio el hecho de que se te reconozca una obra, pero existen aún ciertos votos religiosos que obligan al anonimato de sus autores. Reconocerles el mérito parece que podría atentar contra la mano divina. Y quizás es por ello que hablamos de la Francia revolucionaria. Pero no es suficiente. Smiers y Van Schijndel defienden que no es posible hablar de tal reconocimiento en la actualidad. A diferencia de los monasterios, que al menos lo niegan porque le dan una importancia, nosotros, nos dicen, lo hemos olvidado. Lo hemos arrinconado hasta que lo hemos disuelto. Se escribieron las leyes pensando en el comerciante y ahora “el copyright otorga a las corporaciones empresariales culturales el control sobre el uso de un número cada vez mayor de representaciones artísticas”. Es cierto, el artista no tiene los medios suficientes para darse a conocer, no puede producir sus discos, ni puede distribuirlos y por tanto necesita de la industria para hacer llegar su obra al público, pero resulta que para ello lo primero que tiene que hacer es venderla, desprenderse de ella. Los derechos de explotación se han impuesto sobre los derechos morales por esta sencilla palabra: monopolio.

El fenómeno no es banal. Un excesivo control sobre la producción cultural hace que sólo salgan a la luz aquellas obras que interesan comercialmente. La falta de respeto es tan grande que algunas cadenas de televisión han empezado a producir autores en masa, autores que nacen ya sin derecho sobre sus obras o interpretaciones, meros productos al servicio de la todopoderosa maquinaria de empresas que son a la vez promotoras, productoras y editoras. Ellas deciden lo que se puede cantar y lo que no y, es importante recordarlo, cuando puede hacerse y cuando no. ¿Equivale esto a hablar de censura? Que cada uno saque sus conclusiones.

Así que, punto número uno: parece que hasta ahora los medios se han impuesto sobre el arte. Yo compro los derechos de explotación de tu obra y a cambio te ofrezco una oportunidad, y si no sale bien, pues no habrá quien la remonte. Punto número dos: no saldrá bien porque según el artículo 26 la Ley de la Propiedad Intelectual española “los derechos de explotación de la obra durarán toda la vida del autor y setenta años después de su muerte o declaración de fallecimiento”. Momus, ya sabes, la mejor manera de recuperar tus temas es que te den por muerto.

Bromas aparte, es comprensible, la presión comercial es tan grande, el ansia del consumidor tan voraz, que poco a poco todas las discográficas, grandes y pequeñas, han tenido que entrar en una espiral constante de novedades que ha consumido en muchos casos a los artistas que requerían de un ritmo mucho más pausado. Vivimos bajo el desprecio de las masas que diría Sloterdijk.. En la sociedad de la sobre-abundancia todo el mundo espera que le sirvan fast-food, fast-sex, fast-money, y a todas horas. Somos la caricatura mefistofélica del “menos es más”. Pero nos gusta. La cuestión es esa. Nos pone consumir, llegar a casa y observar nuestras paredes repletas de DVDs, de magníficas cajas de colección y de brillantes vinilos rompe-pistas. Nos pone acumular discos duros con música que nunca más escucharemos, coleccionar libros y más libros que nunca leeremos. Nos pone y ya está, no hace falta que nadie se disculpe.

Lo único que hemos de hacer es preguntarnos que representa todo esto. Pensar si hemos sido nosotros los que hemos decidido gastar y gastar febrilmente nuestro dinero o si, por el contrario, hay algo más. Porque parece que todos hemos caído en la misma trampa, los de arriba y los de abajo, y se ha roto el saco. El problema no está en saber quien paga el plato roto, sino porqué.

Liberalizar dirán algunos, democratizar otros. El caso es que la situación actual del mercado de la música requiere de un revulsivo si pretende sobrevivir en óptimas condiciones. Y por óptimas condiciones entiendo que hace falta crear un escenario donde las discográficas grandes, medianas y pequeñas puedan desarrollar sus ideas sin el imperativo consumista del mercado a sus espaldas, meditando cada plan, construyendo cada lanzamiento, aportando lo suyo, nada más. La cosa es, cómo siempre, saber armonizar libertad e igualdad de oportunidades. Y si para ello hace falta abrir las puertas del mercado cultural y dejar que las cosas vuelvan a organizarse de manera natural, pues que así sea. Si hace falta dejar que nuevos representantes de la propiedad intelectual crezcan y diversifiquen el monopolio en el que actualmente vivimos, pues adelante. Si hace falta volver a pensar los derechos de explotación y asociarlos condicionalmente a los derechos de autor, quien lo impide. Nadie quiere hacer desaparecer los derechos de la propiedad intelectual, hace falta elastificarlos, darles un meneo y permitir, por ejemplo, implicar mucho más a los artistas con las discográficas, jugar a uno, y si se fracasa pues a intentarlo otra vez, que no pasa nada por fracasar.

Todo el mundo necesita un capital inicial que normalmente no tiene y, hasta ahora, la industria ha basado su fuerza en eso. Aunque, panta rei amigos, nada dura demasiado tiempo. La tecnología está permitiendo cada vez más que los artistas sean dueños de sus propios recursos y veremos como acaba la cosa. Por todo ello, hace falta seguir colaborando, pero, sobre todo, hay que cambiar las reglas del contrato. A ver si por una vez entendemos lo que significa una crisis y rompemos así alguna de nuestras fronteras interiores.

Cristian Palazzi es profesor de filosofía social en la Facultad de Turismo ESADE-Sant Ignasi, además de coordinador de la Cátedra Ethos de Ética Aplicada de la Universidad Ramon Llull. Es jefe de redacción de la revista Diàlegs y actualmente se encuentra investigando acerca de la posible aplicación de la hermenéutica al ámbito de las ciencias sociales. Sobre ello ha publicado en revistas como Konvergencias, Eguzkilore, Observaciones Filosóficas o Ars Brevis.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video

cerrar
cerrar