Columnas

La conversación angélica

California y el nuevo evangelio del hip hop abstracto

Flying Lotus es sólo la punta del iceberg. Durante diez años, un núcleo de resistencia underground, silencioso y resistente, ha venido macerando con paciencia una lectura psicodélica del hip hop abstracto. Hoy, Los Ángeles habla a la escena electrónica del mundo entero con una voz propia. Éstas son las claves.

1. El sound-system de Low End Theory está diseñado para aturdir los sentidos. Los flyers no engañan: 10.000 watios de subarmónicos que suenan como la erupción del volcán Eyjafjäll en la minúscula caja de cerillas del club The Airliner, en el downtown de Los Ángeles; apunta la dirección por si estás en la ciudad y buscas un buen plan para un miércoles noche: 2419 N. Broadway. En Low End Theory no hay ni zona vip exclusiva ni la posibilidad de encargar champán a mil dólares la botella; no está en el circuito de esas it girls con bolsos Vuitton que hacen cola en los servicios para ocupar los retretes de tres en tres, y por supuesto en su puerta sólo encontrarás una cola de fanáticos del hip hop de vanguardia en lugar de paparazzi haciendo guardia por si Lindsay Lohan, otra vez, se ha dejado las bragas en casa. ¿Es esto el cielo? Esa clientela fija y fanática de las últimas mutaciones de la música rota y bailable no tiene dudas; han convertido este club en el equivalente californiano del Fabric londinense –el del viernes noche– por su semejanza en sonido nítido y poderoso, la mezcla de culturas en busca de un groove mutante como el virus de la gripe A y esa sensación de estar en familia mientras esa familia se amplía de manera controlada. Iniciado en 2007 por Daddy Kev como una extensión del sello que había refundado discretamente unos pocos años antes, Alpha Pup (antes Celestial), Low End Theory ha pasado a ser rápidamente la consumación de un sueño: un centro de reunión y expansión del hip hop underground y de intención avantgarde en la ciudad del oropel, las dentaduras blancas y los bronceados perfectos.Daddy Kev, en efecto, había sido el dueño del sello Celestial: hip hop por debajo del underground –en el infierno, por tanto–, una plataforma suicida de la que nacería una generación de anti-estrellas de la mezcla y de la rima. En su estudio de grabación, The Echo Chamber, se gestarían discos de Phoenix Orion, Busdriver, AWOL One y de la facción más hardcore –hablamos de Sole– de los refinados Anticon. La suya es una larga lucha remando contracorriente y ganándose el favor de los adeptos uno a uno, como las sectas, con sacrificio y sudor, sin caer nunca en la tentación de pisar ni siquiera con la punta de sus zapatillas la putrefacta tierra del mainstream. Era la época en la que el hip hop indie sonaba a música marciana incluso al público del indie-rock, supuestamente más abierto de oídos y dispuesto a emprender aventuras conectado a unos auriculares que el del rap. Aquel hip hop de la intersección entre la década de los noventa y los noughties era profundamente electrónico, perseguía tonos disonantes y letras surrealistas, estaba más cerca de la electroacústica que del funk; por supuesto, practicaba una idea urbana y desenraizada de la psicodelia, utilizaba el scratch como efecto alucinógeno –muchos veteranos del turntablismo, como D-Styles, pasaron a engrosar sus filas–, y rápidamente estableció alianzas con las escenas que más le podrían comprender, la IDM, allá en Europa, y los restos del naufragio del trip-hop. Había gente en Los Ángeles, una de las capitales del mundo, que parecía hablar en lenguas inventadas, en códigos binarios.Pero Low End Theory y su significado –la solidificación en una escena ágil y poderosa en los márgenes del hip hop y la electrónica de dormitorio– ya no son una burbuja flotando en la nada. El club, sus residentes – The Gaslamp Killer, Nobody, D-Styles y el MC Nocando– y su ausencia de límites son ahora mismo la embajada de Los Ángeles en el tablero de juego planetario de la música electrónica que rompe moldes a golpe de subgrave. Si queremos hablar de escenas, de ciudades que dictan las reglas, Los Ángeles merece una posición de privilegio. Quizá sería atrevido señalarla como la capital actual de la electrónica –un título que sonaría pomposo, innecesariamente fatuo–, pero es innegable que aquí pasan cosas, cosas muy serias.

2. Esta semana, el sello inglés Warp publica el que posiblemente sea uno de los discos más esperados del año. El contrabando de ficheros de audio hace tiempo que comenzó por la red –con la habitual prudencia a la que obligan discos así; siempre te pueden colar una falsificación, una versión incompleta o ilegítima–, y posiblemente, cuando escuches estas líneas ya habrás leído todo lo que haya que leer sobre “Cosmogramma”, el tercer álbum de Flying Lotus. Algunos mostrarán un razonable desencanto, y es que cualquier otra cosa que no fuera la reinvención de la rueda sería decepcionante –hay gente que en vez de discos espera milagros que cambien el mundo para siempre, como si un productor fuera una especie de Al Gore con sampler–; otros se rendirán a una pieza de hip hop mutante, de espiritualidad astral canalizada por la tecnología punta y citas al jazz que se expande por el cosmos y que corona, por ahora, la ambición estética de una familia de beatmakers que ya hace una década que busca extenderse a escala global sin tener que vivir a la sombra del intelligent techno y del hip hop rimado –ese sonido que pusieron en marcha allá por 2000 Prefuse 73, Ko-Wreck Technique y algún otro pionero silencioso–. O podríamos remontarnos más aún en el tiempo y al norte, a la Bay Area, al primer DJ Shadow y sus puzzles de infinitos recortes de vinilos de desguace, sabores variados y efectos lisérgicos. El camino está siendo largo y nadie ha dicho que sea fácil.Flying Lotus tituló su segundo álbum “Los Angeles” (Warp, 2008) porque la ciudad lo es todo, es inspiración y meta. Los Ángeles es un caldo de cultivo idóneo para el beat letárgico envuelto en líneas de graves que recorren el cuerpo como fuertes chispazos de electricidad y pequeños detalles agradables al oído pop, o al aficionado a todas aquellas cosas soulful que nunca deja de comprar el nuevo ejemplar de la revista Wax Poetics. Y lo que Los Ángeles le dio a FlyLo, ahora Steve Ellison lo devuelve en forma de nuevo disco que atrae, ya sin reservas, las miradas hacia la ciudad. Éste es un buen momento para sondear qué más hay en Los Ángeles además de él mismo –ya hemos visto que no se puede entender nada sin dejarse caer un día por Low End Theory, o como mínimo sin descargarse los podcasts mensuales o comprarse, si se encuentran, las mixtapes que Ras G, The Gaslamp Killer o Nobody editaron para el tour japonés del club en 2009–, y el rastreo de la escena da el resultado esperado: esto es un hervidero, una lista interminable de sellos, artistas emergentes, discos que merecen figurar en cualquier colección selecta de diggers de la rabiosa actualidad. En una sola idea: hay vida más allá de Flying Lotus.

Flying Lotus es lo que llamaríamos, si acudiéramos al argot deportivo, un productor franquicia. El jugador franquicia es la estrella alrededor de la cual se forma un equipo que reconoce su talento superior y a partir de la cual se articula el juego: él asume la responsabilidad última en los minutos decisivos, es el que debe dar la cara, pero debe ser consciente también de que sin equipo no es nadie. Aquí, la estrella sería Lotus –es quien recibe más atención por parte de la prensa especializada y quien, hasta que se demuestre lo contrario, ha firmado los discos más relevantes–, pero él es sólo la punta de una pirámide que sustenta su poderío. Por debajo hay aspirantes, asistentes, sellos y escena, y es el conjunto el que permite incrementar el brillo de la estrella solitaria y acaso fugaz. ¿Cómo iría esta historia? A Flying Lotus no le podemos reconocer como lo es ahora sin indagar en sus primeros beats, o incluso en su primer álbum, “1983” (Plug Research, 2006). Plug Research había sido uno de los primeros sellos de techno que operaban en Los Ángeles, aunque ocasionalmente le abrían la puerta al hip hop –aquel Mr. Hazeltine que practicaba beats narcóticos era nada menos que John Tejada– hasta iniciar una etapa de psicodelia downtempo entre el pop, el lounge y el trip hop en la que Daedelus, AmmonContact y, finalmente, Flying Lotus fueron esenciales para cambiar el registro.No ha aparecido aún el nombre de J.Dilla en esta panorámica, pero huelga decir que es de obligada mención: la técnica de producción y el deslizamiento del beat del fallecido productor, siempre con un giro, una dislocación, una asimetría y un aura resplandeciente en busca de un tipo de abstracción genuinamente soul, es otra piedra fundacional de esta escena. J.Dilla nunca se marginó en el underground recalcitrante, pero sdemostró que la experimentación en la técnica de artesonar los beats no andaba reñida ni con el éxito ni con el reconocimiento de minorías. Dilla, y en particular su obra maestra instrumental, “Donuts” (Stones Throw, 2006, editada pocas semanas antes de morir de un lupus fatal), dieron el empujón que necesitaba esta familia de orfebres del sampler: además de habilidad y apertura de miras a sonidos del pop, el electro, el jazz y el rock progresivo, también inspiró la ambición de trascender entre naciones y generaciones. Así, Flying Lotus podría ser como el nuevo J.Dilla –abriendo caminos–, pero también como el nuevo DJ Shadow, convenciendo al público no estrictamente b-boy de que ésta es una fe a la que merece la pena prestar atención. También podría ser él mismo, que es el caso.No está solo en esta misión. La escena de Los Ángeles ya no está encerrada en sí misma, sino que irradia influencia fuera. Como en los tiempos del trip hop, hay una nueva Mo’Wax en Europa que rastrea sonidos y los empaqueta para el público británico y del continente: sólo hay que cambiar a James Lavelle por Kode9, por ejemplo, y a Mo’Wax por Hyperdub. O substituir Hyperdub por Warp –ahora mismo, hogar también de Gonjasufi, vagabundo de la psicodelia brumosa, aficionado a perderse en plan “Gerry” por el desierto de Mojave, al que le dirige como productor el explosivo The Gaslamp Killer– o incluso Ramp. Es más: fijémonos en que tres de las últimas referencias planchadas en 10” del sello All City, con base en Irlanda, se titulan “Los Angeles 1/3”, “Los Angeles 2/3” y “Los Angeles 3/3” y son un sondeo agudísimo del estado de la escena. El tejido es global, los caminos convergen, la influencia es bidireccional, el dubstep inglés ha mamado de las producciones californianas y al revés, dando lugar a cepas de esa mutación que llamamos wonky (y otras etiquetas arbitrarias que esconden sonidos apasionantes).

Sin embargo, pese al interés europeo, lo mejor sigue estando en casa: Alpha Pup y Brainfeeder son dos de ese tipo de sellos de los que comprarías cualquier nueva referencia con los ojos cerrados, sin probar el tacto de la aguja sobre el surco en una tienda especializada: te fías. Sellos que rodean a nuestros artistas franquicia con secundarios de lujo. En el caso de Alpha Pup tenemos a Nosaj Thing, beatmaker de ritmos gordos y envoltorio nebuloso que está en la agenda de artistas pop como Charlotte Gaingsbourg o The xx, a quienes ha agasajado con hipnóticos remixes, pero por detrás hay nuevos talentos como el barroco Take y el casi metalero Free The Robots, y en Brainfeeder se completa el liderazgo moral de Flying Lotus con sensaciones del breakbeat underground como Mono/Poly, Ras G, Matthew David, Teeb s o Tokimonsta.La ciudad de Los Ángeles está en ese punto en el que la escena bulle. Ha entrado en una dinámica ganadora que recubre de moral y ambición a sus protagonistas: todos quieren seguir los pasos de los líderes y expandir su sonido por todo el mundo, visitar festivales y convertir la audiosfera electrónica en una nube tóxica –volvemos al símil del volcán islandés Eyjafjäll– que, en vez de colapsar el espacio aéreo, colapse los sentidos hasta provocar un dulce desmayo por invasión de láseres y basslines que desestabilizan el correcto embrollo de los intestinos. Es una conversación angélica: dice la doctrina cristiana que los ángeles, cuando se quieren comunicar con alguien, no necesitan utilizar palabras: penetran con su pensamiento en los sentidos del interlocutor y graban las ideas con sutiliza en los centros de la mente y la memoria. Esta música parece ser idéntica en el mecanismo de esa locución angelical: su nivel de abstracción obliga a ser canalizada por los intersticios de la musculatura y los pliegues del cerebro. Los ángeles de Los Ángeles son sellos, estaciones de radio online Dublab, por ejemplo– y cualquier tipo de asalto sónico 2.0 que se comunique por medio de ondas extrañas.Estamos en ese momento en el que cada nuevo LP que sale –llevamos este año los de Free The Robots, Flying Lotus y Take; está por venir el de Lorn– es una frase más en uno de los episodios más perfectos de esta historia, escrito con letras de ruido desestabilizador, ritmos rotos que se balancean como una silla coja, la energía del rock y el metal canalizadas a través de riffs de uranio, ambient meloso, melodías de robots-niñera, funk astral, dub obeso, dulces voces de soul, penetrante psicodelia como peyote destilado en una MPC y jazz minimalista. Divina conversación. Ojalá la sigamos escuchando muchos años. Viajeros astrales: siete beatmakers de Los Ángeles que deberías conocer (en orden alfabético)

1. Flying Lotus. El talento de Flying Lotus estaba ahí para descubrirlo desde hacía tiempo: sus primeros beats se remontan a una década atrás, como bien documenta la mixtape “Ten Years Of Flying Lotus. Mixed By The Gaslamp Killer”, y que se puede descargar gratuitamente desde la página de Brainfeeder. De todos modos, el talento no se manifiesta hasta que no se le ha dejado madurar, y en ese sentido las producciones de Steven Ellison son como la fruta: alcanzan su plenitud y sabor pasado un tiempo razonable. En su caso, fue la publicación de “1983” (Plug Research, 2006), disco de beats abstractos y sencillos en los que ya se comenzaba a apreciar su predilección por la psicodelia y el viaje mental. Desde entonces, Flying Lotus no ha dejado de avanzar en una distancia que habría que medir en años luz, cada vez más dentro de la inmensidad del cosmos: la ciudad del futuro de “Los Angeles” (Warp, 2008), hecha de cristal y acero que reflejan el sol con un brillo duro, pintada de blanco y negro y diseñada en suaves curvas, es ahora un mundo nuevo en el intergaláctico “Cosmogramma” (Warp, 2010), híbrido de electrónica cinematográfica, jazz astral y hip hop hipermoderno.

Disco recomendado: “Cosmogramma” (Warp, 2010)

2. Free The Robots. Sus influencias, según su página de Myspace, se resumen en dos palabras: death metal. Escuchando lo que hace Chris Alfaro, era fácil imaginarlo: sus beats no suenan del todo a hip hop, sino más bien a riffs altamente venenosos que se escudan en una capa de ruido pétreo. Equivalente en el nuevo hip hop abstracto a lo que DJ Distance y Vex’d hicieron en el dubstep –es decir, parecerse más a Entombed que a la tradición urban–, lo de Free The Robots es un atentado sonora de proporciones épicas que vuelve a dejar sobre la mesa cuestiones que siempre nos han interesado cuando escuchamos música con máquinas: ¿es éste un nuevo híbrido cyborg, mitad inteligencia artificial, mitad maquinaria pesada? ¿Pasa el futuro del hip hop abstracto por cruzarse con la arrogancia macho del metal, o al revés, y así tener el equivalente hi-tech y algo IDM de Linkin’ Park? El soberbio álbum “Ctrl + Alt + Delete” no tiene todas las respuestas, pero mientras te tensa los gemelos te hará pensar en ellas hasta que las neuronas sufran un cortocircuito.

Disco recomendado: “Ctrl + Alt + Delete” (Alpha Pup, 2010)

3. Lorn. Lorn es un b-boy de los pies a la cabeza. Joven, eso sí, nunca pudo vivir la época dorada del graffiti y las competencias de breakdance, y posiblemente sus primeras zapatillas retro fueran una reedición nostálgica o una compra rabiosa por un ojo de la cara en eBay. Pero en lo demás, Marcos Ortega comprende los códigos del hip hop de la vieja escuela, que él intenta llevar a una cuadrícula actual sin saltarse muchas reglas. En su currículum hay discos de loops para batallas de DJ, tracks electro para descoyuntarse una rodilla haciendo cabriolas y una colaboración con otro nuevo gato de la escena californiana, Adoptahighway, bajo el nombre de Omega Clash. Pero el momento decisivo será cuando, a principios de junio, edite su álbum de debut en el exclusivo círculo de Brainfeeder. Se titulará “Nothing Else” y es una tupida madeja de beats digitales con desviación hacia la síncopa robótica, revestimiento IDM y una capa de neblina propia de ese material que mejor se disfruta bajo una tupida nube de THC.

Disco recomendado: “Nothing Else” (Brainfeeder, 2010)

4. Nosaj Thing. Junto con Flying Lotus, Nosaj Thing –alias del productor angelino Jason Chung– pasa por ser la cara más célebre de la escena de beats californiana, más que nada porque ha accedido a remezclar a figuras pop como Drake, Charlotte Gaingsbourg o The xx con resultados notables, siempre conservando su sello personal de suave psicodelia y texturas que animan a viajar. Nunca pesado, ni tampoco clásico, el sonido de Nosaj Thing es de los que se identifican necesariamente con una abstracción y un paseo por paisajes desconocidos y agradables. El título de su primer álbum, “Drift”, ya indica esa navegación aleatoria por aguas del hip hop, la electrónica de dormitorio, el dub y las melodías que tintinean como el cristal golpeado por una cucharilla. Además, su show visual, muy meditado y trabajado, le convierte en un artista atractivo en directo, buen reclamo para festivales y clubes con pedigrí. Con el tiempo podría ser una estrella.

Disco recomendado: “Drift” (Alpha Pup; 2009)

5. Ras G. Gregory Shorter se apunta de manera consciente al fenómeno afrofuturista. Es casi seguro que conoce y admira el concepto, que se refleja en los grandes pioneros del viaje astral en clave jazz y funk, y de ahí su aspecto exterior –barba espesa, gorro rastafari–, los títulos de algunos de sus discos –nótese lo muy Sun Ra que suena “I Of The Cosmos” (Circulations, 2008)– y, sobre todo, el proyecto con el que mayor empeño se ha estado presentando en la escena off-dubstep y off-hip hop en los últimos meses, Ras G & The Afrikan Space Program. Sus beats son un caos sideral fascinante, cruces algo anárquicos de reggae, efectos electrónicos, dubstep mutante y samples de soul y jazz, casi siempre apuntalados por una velocidad irregular y una buena carga de ruido. Como DJ es otra cosa: sus mixtapes y podcasts para Brainfeeder y Low End Theory muestran a un selector de registro amplio, maleta depurada y técnica al corte de lo más precisa, al que no le importa sepultar a Flying Lotus bajo toneladas de psicodelia negra y en sacar los singles más demoledores de Public Enemy cuando hace falta.

Disco recomendado: “Destination There Ep” (Ramp, 2009) 6. Take. Este debería ser el año de Take. Podría haber sido cualquier otro –Thomas Wilson, alias Sweatson Klank, lleva en activo desde 2003, lanzando su mierda al mundo con un ventilador que hasta hace poco no ha alcanzado la velocidad de crucero–, pero es en 2010 cuando se están conjurando los astros, básicamente porque está siendo el año en el que se habla de astro-hop sin ningún tipo de miedo o pudor. Take ha sido uno de los elegidos para participar en la serie de maxis “Los Angeles” del sello All City –junto con Mr. Dibiase, Ras G, Matthew David y Samiyam–, y también es la gran apuesta del sello Alpha Pup para esta temporada, su jugador franquicia, su fichaje estrella. Por ahora, todo está saliendo de perlas: “Only Mountain” es un álbum a la altura de la expectación despertada, una exhibición de técnica, sensibilidad y capacidad para reinventar la dinámica de los beats abstractos y los ruidos del espacio exterior. Una sinfonía de pequeños detalles y ritmos gordos que colocan a Take en un lugar privilegiado para optar a los primeros puestos de lo mejor del ejercicio en curso.

Disco recomendado: “Only Mountain” (Alpha Pup, 2010)

7. The Gaslamp Killer. La cultura de la mixtape sigue viva en manos de William Benjamin Bensussen, sólo que en su caso ha desaparecido por completo la cinta de cassette y ha amanecido la era del CD-R de edición limitadísima que circula de mano en mano y, por supuesto, el mix en audio digital que pulula por la red. Rastreador de sonidos, DJ polivalente y ocasional productor –suyos son la mayoría de beats de “A Sufi And A Killer” (Warp, 2010), el álbum de Gonjasufi–, The Gaslamp Killer lleva dos años de apoteosis entregando sesiones a sellos como Brainfeeder o Finders Keepers en las que se turnan la psicodelia telúrica y el hip hop más desintegrado en su estructura molecular del ritmo. La buena onda con Flying Lotus es sólo un plus en su hoja de servicios: The Gaslamp Killer es un impulsor de tendencia por sí mismo. Lástima que, para seguirle los pasos, haya que dejarse una fortuna en vinilos viejos. ¿Querían a alguien que le plantara cara a DJ Shadow, el omnívoro? Aquí está.

Disco recomendado: “I Spit On Your Grave” (Obey Records, 2008)

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