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¿Es ésta la conclusión que merecía la trilogía de Batman de Christopher Nolan?

Se estrena hoy “El Caballero Oscuro: La leyenda renace”, último episodio de la serie dirigida por el realizador inglés, y observamos sus virtudes y sus debilidades

Christopher Nolan concluye su trilogía sobre Batman, El Caballero Oscuro, con un episodio final a la altura de las dos anteriores entregas: épica desbocada, conflictos morales y un virtuosismo técnico abrumador. Pero también con puntos débiles. Lo analizamos todo.

Uno

Doce años separan “Memento” (2000), la película que le dio a conocer y le presentó internacionalmente (no la primera, “Following”, de 1998, que ahora edita en DVD A Contracorriente Films), de “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” (2012), tercera entrega de su serie sobre Batman. Y con ocho películas, el inglés Christopher Nolan se ha convertido en uno de los directores de los que más se habla pero, paradójicamente, sobre los que es más difícil dialogar. Es como si estuviera prohibido tomar una postura intermedia ante sus películas, como si sólo se pudiera opinar sobre ellas en términos de obra maestra o de estafa. Eso es bueno y malo. Es bueno porque un director que extrema las posturas no es un director cualquiera, suele ser alguien que esquiva las convenciones, tantea nuevos derroteros y ha definido su voz o está en ello. Y es menos bueno porque limita las vías de acercamiento a sus películas, las formas de llegar a ella. O las amas con locura o las odias con todas tus fuerzas, y ese apasionamiento –maravilloso, por otro lado– hace que se pierdan por el camino un montón de cosas (sobre las que muy probablemente coincidirían defensores y detractores) que merecerían notas a pie de página. Pero la culpa no es de nadie. La razón de ese choque de pareceres insalvable, sin posibilidad de reacciones intermedias, está en las películas de Nolan en sí. Son (para los fans) o parecen (para los detractores) tan importantes y solemnes, que sabe mal hablar de ellas de forma relajada y genera cierto sentimiento de cobardía no posicionarse en un extremo clarísimo.

Dos

“El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” tiene la misma solemnidad, el mismo gesto de película importante y definitiva que “El Caballero Oscuro” (2008) y “Origen” (2010), los otros dos filmes más imponentes y épicos de Nolan. Y coincide en aciertos y desatinos. Evolución coherente, en todos los sentidos, de la saga (es incontestable que la serie del cineasta sobre el personaje de DC Comics es tan personal como sólida y congruente), “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” es poderosa en muchas direcciones. El director de “Batman Begins” (2005) se mantiene fiel en su empeño de demostrar que no hay personaje de una pieza, que variables como la crisis de identidad, el tormento y el vacío existencial son perfectamente compatibles con el cine de entretenimiento; también que el cine de género, incluso cuando enloquece y se adentra en lo increíble, puede esbozar la realidad con suma precisión. La afectación de la película que nos ocupa no se corresponde con el sencillo discurso de fondo (en un mundo rotundamente corrupto, donde no queda absolutamente nadie de quien fiarse, hasta la ira y la locura pueden contemplarse como mecanismos de supervivencia). Demasiada gravedad. Pero eso no quita que “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” destile desde el primer hasta el último minuto un malestar social general, la sensación colectiva de que todo está perdido.

Tres

Es también una película con una puesta en escena arrolladora. La filmografía de Nolan está llena de secuencias, escenas e imágenes abrumadoras, y unas cuantas están sin duda en esta tercera entrega de su serie sobre Batman. El cineasta tiene un potente sentido del espectáculo, y la indiscutible capacidad de hacer cine de autor a lo grande (a lo muy grande, de hecho) y conseguir que el tamaño de algunas de sus películas –el exceso, el ruido y la multitud de elementos en juego– no disipe su huella y su intención se advierta hasta en la máxima expresión del caos. No es tanto así en “Origen”, donde el exceso visual lo engulle todo; pero sí en la (de momento) trilogía sobre Batman, donde hay intención y personajes en medio del desconcierto.

En el caso de “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace”, el remanso emocional de la propuesta se debe también a la extraordinaria interpretación de los actores, entre ellos un Michael Caine sublime, cuyas apariciones en la película podrían encajar perfectamente en un melodrama sobre el sentido de pérdida. Era difícil conseguir un malo como el de “El Caballero Oscuro” (el Joker que concibió el malogrado Heath Ledger es sencillamente historia del cine), pero el de esta nueva entrega es también extraordinario. Tom Hardy, en la piel de Bane, compone un villano rotundo y carismático. Y Joseph Gordon-Levitt y Anne Hathaway brillan respectivamente como el policía John Blake, con el espíritu de los agentes del mejor thriller de los 70 (el de William Friedkin, John Frankenheimer y Donald Siegel, por ejemplo, cuya huella está tan clara en las segunda y tercera parte de la saga como la de Michael Mann) y una Catwoman sofisticada y exquisita. No compro, por primera vez en la vida, a Marion Cotillard, cuya interpretación confirma que a Nolan aún le cuesta acertar con la elección de las chicas: tiene la extraña habilidad de otorgarles personajes en los que no encajan (Ellen Page en “Origen”, vestida ¡con traje chaqueta!) o, como en el caso que nos ocupa, a convertir directamente a buenas actrices en intérpretes del montón (Cotillard repite el caso de Maggie Gyllenhaal en “El Caballero Oscuro”).

Cuatro

“El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” brilla, pues, en varias direcciones. Pero Nolan también repite en ella los desaciertos de sus anteriores películas, casi siempre relacionados con el texto. La épica, el artificio, la gravedad y la solemnidad son su opción personal y uno de sus signos de distinción como autor. Puede gustar más o menos, pero es su apuesta. No se le puede atacar, pues, por épico porque es precisamente lo que busca ser, y lo que suele ser con suerte. Pero sí es posible reconocer que cuando ese ramalazo glorioso es excesivo para ilustrar lo que se ilustra o, directamente, se limita a adornar el vacío, sus películas caen en una pomposidad algo incómoda. En “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” pasa varias veces, pero me niego a poner ejemplos para evitar spoilers. Otro aspecto en contra es la estructura del guión. El director de la espléndida “Insomnio” (2002), su película más contenida, es especialista en plantear acciones en paralelo y dejarlas continuamente en cuarentena (para saltar a otra, y luego a otra, y luego a otra) en busca de una suerte de multiclímax. Y sigue consiguiendo resultados irregulares en esa dirección. Se le agradece el juego, la ruptura de las fórmulas más tradicionales y la búsqueda de un espectáculo vivo a la vez que descocado y operístico. Pero esa estructura fragmentada y en paralelo más que multiclimática es anticlimática. Son tanto los elementos en juego en cada escena, tales su ruido y su épica, que cuando las retomas tras una larga espera llegas agotado y desorientado. Ojo, es esto lo único que puede aturdir en “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace”, pues Nolan ha corregido (bueno, ya empezó a hacerlo en la anterior entrega) su poco tino filmando la acción, tanto en distancias cortas como largas. En “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” no sólo están bien coreografiadas y rodadas, sino que algunas son directamente alucinantes ( no spoilers, una vez más).

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