Columnas

El combate entre Malthus y el gran dios biotecnológico de Google

La biotecnología es la gran disciplina de nuestro siglo, y hacía ella se dirigen las mayores corporaciones de nuestro tiempo

Mientras Silicon Valley estudia la manera de obtener la vida eterna, en muchas otras coordenadas, problemas como la desnutrición o las elevadas tasas de mortalidad infantil siguen siendo irreparables. ¿Sirve este contraste como retrato del mundo en el siglo XXI? Comparamos aquí los argumentos de apocalípticos e integrados, si se trata de evaluar el futuro de la humanidad.

¿Puede el pedo de una vaca asfixiar a la humanidad entera?

La pregunta es tramposa, parcial y sensacionalista, pero contiene la gran inquietud trascendental del ser humano, en nuestro siglo y en cualquier otro, es decir si sobreviviremos al curso del tiempo o no, y de qué manera. Si es sostenible una alimentación esencialmente cárnica y éticamente dudosa. O si nuestro planeta resistirá a una raza humana que succiona sus energías como un cáncer maligno e irrefrenable.

Sin embargo, hay quien admite que la humanidad no sólo se dirige al Apocalipsis.

La humanidad viene del Apocalipsis.

Con cada extinción, ella se hace más poderosa.

A fin de cuentas, 1,8 especies desaparecen cada año por cada millón de ellas. Y además, hace dos mil millones de años las cianobacterias transformaron para siempre el planeta: desde el momento en que la fotosíntesis apareció, cambió todo. El metano contaminante que las vacas expulsan hoy podría entonces compararse a la transformación que las cianobacterias realizaron en el Proterozoico, cuando el oxígeno permitió a los hombres vivir, y de aquella crisis salió otro tipo de vida.

Hoy más que nunca, el exterminio de la raza humana es un tema cuyo debate ha sido desplegado en diversas formas.

Igual sucede con la eternidad.

¿Hacia una nueva guerra fría?

Si hoy hubieses sido concebido en alguna de esas provincias del Congo ricas en diamantes, tus perspectivas de crecer y no morir en el intento –ya fuese por desnutrición, diarrea o pulmonía– serían desmedidas, al menos en relación al mundo desarrollado.

A 15.000 kilómetros de allí, Silicon Valley concentra parte de sus esfuerzos en la investigación de tecnologías con que posponer la muerte. Recientemente, Google anunciaba la creación de Calico, un proyecto cuya misión pasa por combatir el envejecimiento, y Apple aseguró que también se encaminaba en esa dirección. La posibilidad de una disputa por conseguir la fórmula de la vida eterna entre estas dos superpotencias, Apple y Google, sólo es comparable al reto que en la Guerra Fría planteó la carrera espacial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Contraviniendo la máxima de Michael Corleone, salta a la vista que este desafío no tiene que ver con los negocios; es algo personal.

Ser eterno es la nueva frontera creativa que transgredir.

La tecnología vuelve a estar al servicio de la trascendencia.

Lo material y lo metafísico bailan juntos otra vez.

Entre tanto, en un tercer enclave a medio camino entre California y el corazón de África, la evolución de poblaciones como las de India (gravemente mermada también por la mortalidad infantil) o China hace tiempo que ya plantea graves problemas de recursos.

La pregunta aquí es obvia.

¿Para qué íbamos a precisar individuos inmortales, si no hay fuentes con que abastecerlos, y si la diferencia entre la esperanza de vida en los países desarrollados y subdesarrollados sigue siendo abismal?

Semejante tensión que media entre las alertas sobre el agotamiento de los recursos y las escalofriantes tasas de mortalidad en países subdesarrollados, junto con el deseo místico de conquistar el más allá, configuran una imagen bastante elocuente de aquello en lo que nuestro siglo puede llegar a convertirse.

Monsanto y Google, dos corporaciones opuestas frente al reto biotecnológico

"Si Neil Armstrong plantó la bandera de EEUU en la luna, Brin y Page (Google) tendrán que hacer lo suyo con la vida eterna"

La biotecnología lleva tiempo convocando una gran curiosidad en la economía de vanguardia, aunque por supuesto despierta grandes dudas. “Corporaciones y patentes, ¿al servicio de quién bascularán la balanza?”, es una pregunta frecuente cuando toca discutir sobre farmacéuticas o empresas médicas. Un buen precedente con que ilustrar las relaciones entre los progresos de la ciencia y las sospechas de la opinión pública es Monsanto.

La productora de transgénicos afirma que su invención podría salvar al mundo de la inanición; por el contrario, algunos de sus críticos convienen en que el único propósito de sus semillas pasa por alimentar reses que crecerán en condiciones inmorales, dando así pie a una burbuja alimenticia que a medio plazo no es posible sostener, que medioambientalmente causa los mismos efectos que el caballo de Atila y que para la salud resulta gravemente lesiva. A fin de cuentas, ¿qué sería de todos esos restaurantes de comida rápida –con sus cubos de pollo, hamburguesas tiradas de precio y patatas fritas inmortales (atención Google: McDonald’s ya sentó precedente)– sin los dudosos progresos de la experimentación transgénica?

De lo que no cabe duda es de que Google no es Monsanto.

Quince años después de su fundación, la compañía de Mountain View no sólo mantiene una reputación casi intacta (si hacemos la vista gorda al caso Snowden), sino que medio mundo depende de ella.

Los titulares que produce tampoco van mucho más allá de la celebración de sus doodles conmemorativos.

Tampoco es improbable que en unos años la historia del emprendizaje ocupe un lugar parecido al que hoy tiene la historia de la música o la historia de la literatura, y sin duda los de Mountain View dispondrán allí de un lugar privilegiado. Distintos agentes se han ocupado de que ciertos proyectos empresariales sean vistos como piezas centrales de la cultura contemporánea, y de ahí el tratamiento faraónico que los medios dedican a los CEOs más importantes del mundo; a su manera, también a los de Google.

Steve Jobs (Apple) dispone de la mitología que aporta la muerte prematura de un genio inmisericorde, como los integrantes del club de los 27. Jeff Bezos (Amazon) es el magnate chistoso con cara de suegro astuto y maledicente, sin graves inconvenientes si se trata de reconocer que sus empleados están superlativamente alineados porque lo que importa, a fin de cuentas, es la satisfacción del cliente. Howard Schutlz (Starbucks) tiene el punto de heredero de Richard Branson, o sea el típico ejecutivo cuya presencia y espaldas imponen y al cual uno adivina diestro a la hora de gestionar su heterosexualidad innegable. Zuckerberg (Facebook) es la venganza del geek, sobre todo cuando se pasea en chanclas entre empresarios que lo miran por el rabillo con gesto de facepalm… Pero de Serguéi Brin y Larry Page (Google) nadie detectaría nada especial salvo que son unos tíos majos. Es imposible adivinar pensamientos maliciosos en ellos. La pareja de Google sonríe a la cámara como el niño que posa en el reportaje de una comunión. Su filosofía de empresa también apuesta por ese carácter. Nadie se los imaginaría abroncando a sus empleados por llegar tarde al trabajo, aunque sí por no hacer uso de las instalaciones de recreo de sus oficinas: mesas de ping pong y billares, toboganes, sillones de masaje, canastas de baloncesto junto a la fotocopiadora…

Puede que el reto por la vida eterna tenga una dimensión antes personal que corporativa: si Neil Armstrong plantó la bandera de EEUU en la luna, Brin y Page tendrán que hacer lo suyo con la vida eterna. Pero la pareja de Mountain View ya ha dejado claro que ellos son la clase de empresarios para los cuales hay algo mucho más grande que los negocios: la moral. Para ellos, los millones y millones de dólares siguen a una ética responsable.

En su opinión, si tienes unos principios ejemplares, el dinero vendrá solo.

En su sonado libro “¿Qué Haría Google?”, Jeff Jarvis dedicó todo un episodio a estudiar los valores que cohesionan la identidad de la marca, derivados de su manifiesto “Diez cosas que sabemos que son ciertas”. Los eslóganes allí reunidos eran “haz bien los errores” (una versión actualizada de la máxima de Samuel Beckett, ahora adaptada al mundo empresarial: “fracasa otra vez, fracasa mejor”), “la vida es una prueba (beta)”, “sé honesto”, “sé transparente”, “colabora” y “no hagas daño”. Es decir, algo que se encuentra en las antípodas del modelo de recursos humanos típicamente capitalista compuesto por trepas, directivos movidos sólo por la codicia, puñaladas por la espalda, inamovibles directrices verticales y empleados que acatan las órdenes de sus empleadores a regañadientes y aterrorizados, sabiéndose sujetos intercambiables cuya opinión nunca será tenida en cuenta.

Google es la viva encarnación del discurso emprendedor más entusiasta. Para el 99%, la última esperanza de que una firma pueda humanizar el capitalismo está en Mountain View. O como razonadamente aseguró TIME: la única empresa sobre la faz de la tierra que podría conseguir la eternidad se llama Google.

Cuando la ciencia oculta política

Meses antes de que TIME desplegase su casi monográfico sobre Calico, el semanario Newsweek reunía también en Mountain View a Walter Bortz, profesor de medicina en Standford, y a Aubrey de Grey, icono del pensamiento transhumanista de la fundación SENS (una organización sin ánimo de lucro cuyo benefactor principal es el fundador de PayPal). Los dos científicos están dedicados a combatir el envejecimiento.

De Grey predice que la primera persona en vivir 150 años ya está viva hoy. Él cree que dividiendo las enfermedades de la edad adulta en varias categorías, y luego desarrollando tecnologías médicas con que combatirlas, “curar” el envejecimiento sería posible. Hace años que sus ideas tratan de ser definitivamente refutadas, sin éxito.

“En general, la acumulación de daño ocurre porque hay vacíos en la maquinaria inherente del cuerpo dedicada a la auto-reparación. Cuando un animal vive más que otro, es sólo porque su maquinaria es más amplia”, explica De Grey.

Para Bortz, la llave que guía a la vida eterna, o al menos a la longevidad, es el ejercicio físico.

Luego, preguntados por el exceso de población en el mundo, Bortz no responde, y lo que De Grey contesta es lo siguiente:

– Los índices de fertilidad están reduciéndose, y siempre que un país alcanza un cierto nivel de emancipación y educación en las mujeres, los nacimientos menguan.

No hay nada de qué preocuparse.

"Aubrey de Grey admite que la historia de la raza humana y del mundo en general es mucho más grande que nuestras estrechas percepciones"

Él también tiene fe en el hecho de que las energías renovables y la fusión nuclear sustituyan a los combustibles fósiles.

Y aquí es donde encontramos uno de los aspectos más polémicos que tiene la discusión científica: transluce un debate político y económico, y como tal ético.

Aquel que admite que la historia de la raza humana y del mundo en general es mucho más grande que nuestras estrechas percepciones, y que la supervivencia a innumerables crisis y catástrofes es un seguro contra los temores más inmediatos, en verdad encierra un juicio moral muy concreto de la naturaleza y de la condición humana. Es decir: que el mundo se regula sólo, que no precisa intermediarios, que el futuro siempre nos depara algo mejor, y que sea cual sea el obstáculo al cual tengamos que enfrentarnos, lo superaremos: así lo dice la tradición.

Este es el núcleo del pensamiento liberal, y sin dificultad puede entenderse que el discurso científico más optimista no despierte grandes simpatías (salvo el de aquellos nombres que aparecen bajo un aval publicitario infraqueable). A fin de cuentas, los libertarios nunca han gozado de ninguna gran reputación, y el gran lema que siempre ha servido a sus críticos para defenderse, con razón, siempre ha sido la máxima de Keynes: “A largo plazo, todos estaremos muertos”.

Biopunk: el testigo anarquista de Assange y Silicon Valley

En el siglo XXI, la biología transformará el mundo como la física lo hizo en el siglo anterior: esto era lo que The Economist pensaba en 2007, a propósito de lo que la cabecera británica llamaba “El Big Bang de la biología”. Publicado un mes después en The New York Review of Books, el discutido ensayo “Nuestro Futuro Biotecnológico” de Freeman Dyson agregaba que la biología es más importante que la física, “por sus consecuencias económicas, sus implicaciones éticas y sus efectos en el bienestar humano”. También predecía que “la domesticación de la biotecnología dominará nuestras vidas en los próximos cincuenta años, así como la domesticación de los ordenadores lo hizo en los pasados cincuenta”. Según Dyson, la sociedad desconfía de Monsanto como antes se desconfió de John von Neumann debido a sus implicaciones en el diseño de bombas de hidrógeno. Conforme fuese estrechándose la relación entre la ingeniería genética y las grandes corporaciones, la impopularidad aumentaría. Por eso Dyson defendía que el futuro de la biotecnología no debía pertenecer a instituciones grandes y centralizadas, sino a otras pequeñas y domesticadas.

"El padre de la genética también puede considerarse un biohacker: desde su convento y cruzando semillas, Gregog Mendel es el germen de todo esto"

“Nuestro Futuro Biotecnológico” se convertiría en uno de los textos fundacionales del movimiento Biopunk, al cual el periodista de Wired Marcus Wohlsen le dedicó un libro: “Biopunk (Solving Biotech's Biggest Problemas in Kitchens and Garages)”.

La filosofía biopunk es exactamente la misma que la de hackers o cypherpunks: un coágulo de geeks se reúnen en sus casas con propósitos justicieros y la idea de desafiar el control del conocimiento en manos de unos pocos. A la biología, ellos podrían aportar lo que Linux a la informática o Wikileaks a la sociedad de la información.

La gran paradoja de esto es que hablamos de la misma confianza depositada hacia una cierta moral anarquista, libertaria y emprendedora que definió a Facebook, Apple, Microsoft y tantos otros. Es decir, genios que revolucionan el mundo en sus garajes. A fin de cuentas, el padre de la genética también puede considerarse un biohacker: desde su convento y cruzando semillas, Gregog Mendel es el germen de todo esto. « Mendel no necesitó un doctorado –dice Wohlsen–. Simplemente, era un geek».

La gripe aviar fue un tema que por distintos senderos ha unido el espíritu de Google y el del movimiento biopunk. En 2012, expertos se reunían en los cuarteles de la Organización Mundial de la Salud para discutir sobre los hallazgos descubiertos sobre la pandemia. Apoyándose en motivos de seguridad, acordaron que retrasar las publicaciones beneficiaría a la ciencia y la sociedad. Otros expertos en biodefensa, por el contrario, acuerdan que la difusión del conocimiento ya no puede restringirse.

Curiosamente, antes de que la pandemia de 2009 ocupase todos los titulares, unos cuantos ingenieros de Google publicaron en Nature un artículo en donde aseguraban que la compañía podía identificar antes que nadie estos casos interpretando los datos de búsqueda. Que toda una región esté buscando “remedios para la tos y la fiebre” debe significar algo, ¿no? La anécdota se convirtió en una de las historias más comentadas para discutir la importancia de los datos masivos, como cuentan Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier en su libro “Big Data”.

Las malas noticias, ¿son buenas noticias?

Descrito como un “¡Indignaos!” ecologista, “10.000 Millones” de Stephen Emmot ha sido la última y sonada denuncia a la explotación capitalista del planeta. Su literatura llama a interrogarse por el cambio climático, la erosión de la biodiversidad, la contaminación atmosférica, la explotación de la tierra, la ausencia de agua y el crecimiento exponencial de la población…, en la estela de la crítica ecologista que definió parte del movimiento alterglobalización, anterior a la conciencia global sobre los peligros del capitalismo desatada por el movimiento Occupy. Emmot ha sido vapuleado por la presunta imprecisión con que maneja los números, y sin embargo ha conseguido convertirse en el último embajador del pesimismo maltusiano: a fin de cuentas sus preocupaciones son las de todos.

El viejo lema del periodismo nunca falla: las malas noticias son siempre buenas noticias. Y habitualmente los ciudadanos muestran más disposición a escuchar historias sobre extinciones inminentes de la raza humana, que lejanas operaciones para la disuasión de meteoritos, planes urgentes de evacuación al espacio exterior y dispositivos refractarios con que devolver al sol la energía excesiva que pueda emitir, como la redactora jefe de io9 Annalee Newitz –otro nombre asociado a la difusión del biopunk– hace en “Scatter, Adapt and Remember: How Humans Will Survive a Mass Extinction”.

En el año 2011 Raj Patel actualizaba su edición de “Stuffed and Starved” y allí aseguraba que en todo el globo podían contarse mil millones de personas desnutridas, además de otros 1.500 millones que adolecían de sobrepeso. Las cifras, claro, eran un símbolo rotundo sobre la desigualdad en el mundo: “el hambre y la obesidad globales son síntomas del mismo problema”. Patel sostenía que la “libertad de elección” nos había guiado a ciertas enfermedades vinculadas con el hambre y la obesidad, aunque popularmente considerásemos que un sistema basado en la libertad individual fuese a librarnos de las mismas.

Ante un panorama así nadie adivinaría ningún consenso, y sin embargo, es absoluto. Ciertos profetas de la vida eterna como De Grey se apoyan en la tradición: los seres humanos siempre han sorteado todas las crisis y por tanto sus hábitos se transformarán para evitar los problemas derivados de la sobrepoblación. Los agoreros también lo tienen claro: el sistema falla y el cambio precisa urgencia.

Parece entonces que las opciones son limitadas.

O cambias, o cambias.

Tú decides.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar