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La tribu catalanista en Estelandia y otras formas de hacer dinero con el independentismo

Con independencia de la tan sonada Marca España y de los esfuerzos por patentar la estelada, Estelandia ha materializado de verdad la Marca Cataluña, y con ello ha dado pie a toda una nueva tribu

Dicen que un empresario antiindependentista se ha hecho con la patente de la estelada, pero la verdad es que hasta ahora nada ha escapado a la Marca Cataluña. A fin de cuentas, transformar la diferencia en mercancía es el primer mandamiento del emprendedor (catalán o universal). En este sentido la mejor experiencia con que comparar al Catalán Nativo es la visita a Disneyland, o para el caso a Port Aventura. O eso nos asegura Eudald Espluga.

Están entre nosotros. Han sustituido los calzoncillos con el escudo del Barça por otros con el europeísta lema de "Freedom". Ya no van a correr sin sus VamCats. Y a pesar de que compraron un delantal con la cara de Walter White y la inscripción "Let's cook", sienten que su deber está con su otro mandil, el de la estelada. Se aman con condones marca La Tita Barretina y lubricantes de aromas de la Tierra. Han despertado de su sueño dogmático y con ello han superado la mayoría de edad del nacionalismo: tienen la razón de su parte. No son una caterva de integristas irracionales, movidos emocionalmente por un falso ideal patriótico: simplemente defienden sus intereses. Saben que lo importante es proyectar la Marca Cataluña en el exterior, pues lo suyo es el espíritu de comercio y no las Fuerzas Armadas. Su cosmopolitismo les lleva a medir el éxito de sus manifestaciones en Twitter, a ver si por fin somos trending. Son la tribu catalanista, y han venido para quedarse.

Sin embargo, ¿de qué hablamos cuando hablamos de tribus? El lector irritable ya estará maldiciendo como el capitán Haddock. «¡Tribu! ¡Nos ha llamado tribu!». Acostumbrado a que lo traten cuanto menos de nazi, entenderá esto como la enésima provocación. Sin embargo, cuando utilizamos el término «tribu» estamos pensado en Michel Maffesoli y su estudio del neotribalismo en las sociedades posmodernas.

La metáfora de la tribu nos sirve para analizar lo social más allá del individualismo, para señalar los procesos comunitarios y orgánicos que se generan en un movimiento como el que se está produciendo en Cataluña. No queremos decir que el independentismo se reduzca a ello; al contrario, más bien destacamos que la dimensión tribal es una de las que mayor importancia ha ganado en el último año.

Nacionalismo de consumo: comprar solos, sentir juntos

"¿Recordaremos el Catalanismo de Boutique con la misma mezcla de vergüenza y horror que sentimos al pensar en los años que convivimos peligrosamente con los pantalones acampanados?"

Camisetas, pantalones, chaquetas, tangas y bufandas. Pegatinas, pines, relojes, colgantes, pulseras. Zapatos y deportivas. Bolsas de viaje, cascos de moto y mochilas. El nacionalismo se ha colado en nuestros armarios y tocadores. También en nuestra despensa: agua, vinos, cervezas y cava. Hay tiendas especializadas. Bares y restaurantes independentistas. No se trata solamente de la promoción de los productos de la tierra: lo que tienen en común es su reivindicación nacionalista, ya sea a través de una estelada –de colores y diseños ininteligiblemente revolucionarios– o a partir de alguna frase ingeniosa.

Ser un fashion victim no sólo ha dejado de ser contrarrevolucionario: se ha convertido en un primer paso hacia nuestro destino final como nación.

En las sociedades contemporáneas la identidad cultural no se reduce a la visión primitiva de sangre y tierra: se trata más bien de un proceso de elección y autoconstrucción, que generalmente pasa por el acto de consumo. Es fácil caer en una explicación reduccionista que entienda el auge del merchandising independentista como resultado del creciente individualismo y narcisismo que habría anidado en nuestros corazones. Pero, ¿tiene algún sentido entender la compra de la camiseta de la Vía Catalana como un acto de autoafirmación personal cuando del Pertús a Alcanar va a haber millares de individuos disciplinados y ataviados como tú? ¿Se puede reducir el impulso comercial del independentismo a una moda pasajera? Y si fuera así, ¿recordaremos el Catalanismo de Boutique con la misma mezcla de vergüenza y horror que sentimos al pensar en los años que convivimos peligrosamente con los pantalones acampanados?

En pocas palabras: la violenta erupción de la industria de la estelada no significa que el catalanismo constituya solo una moda sujeta al vaivén de los intereses antojadizos del mercado. No implica que la masa social soberanista se ancle a la Racionalidad de Pasarela y se vuelva más inestable, confusa e influible. Y tampoco tiene sentido asociar este triunfo comercial a la esencia individualista de nuestra sociedad. Las palabras de Artur Mas no han hipnotizado a todo un pueblo, convirtiéndolo en una especie de Homo Apple con una compulsiva necesidad de adquirir cualquier variación de un producto ya existente. La patología consumista no explica que alguien pueda comprarse una corbata con un estampado de imágenes de la mítica foto de Iwo Jima con los soldados estadounidenses levantando una… ¿estelada?

Eso sólo puede ser por amor.

A pesar del tópico –«la pela és la pela»–, la mercantilización de la catalanidad no se limita a una cuestión pecuniaria: ayuda a producir y sentir la propia identidad. La comercialización de la propia cultura redunda en un excedente simbólico. A raíz del último anuncio de Kellogg's, sabemos que comprando Choco Krispis no sólo estamos pagando una fortuna por grano de arroz porque a nuestros hijos les gusta el sonriente mono de la gorra: ayudamos a los agricultores del Delta. Objetivar los valores independentistas para el mercado es una forma de afirmar la subjetividad compartida: con la compra de Cava Independent nos comprometemos con unos valores, con una, una ética de la tierra, con una actitud inconformista.

"Es tan grande el potencial cultural de la mercantilización de los símbolos identitarios que un vecino de Roses ha registrado la propiedad industrial de la estelada"

Esto es así hasta el punto que Catalunya Freedom –«tu marca independentista de moda»– ha recuperado cierta simbología de la historia catalana como son los escudos heráldicos de Roger de Flor, Roger de Llúria y Jaume I. Sin duda alguna su descarado objetivo es que las camisas y polos luzcan como los de Ralph Lauren. Sin embargo, aunque el catalanismo se vista de seda, catalanismo se queda. Y esto quiere decir que el acto de consumo individual no se opone al sentimiento comunitario: nada de guerras fratricidas entre Zara Maníacas de alta clase media y barriobajeras Chicas Bershka. En las filas del soberanismo no hay lugar para la distinción de clase, y tanto da una camiseta con estampado casero que el chándal oficial de la selección catalana: lo que cuenta es sumar.

Es tan grande el potencial cultural de la mercantilización de los símbolos identitarios que un vecino de Roses ha registrado la propiedad industrial de la estelada. Pero como muy patrióticamente destacaron en la portada de La Razón, la intención del supuesto legítimo poseedor del símbolo no era beneficiarse copiosamente. Su noble motivación era antiindependentista y, como deja claro en sus declaraciones, no va a dejarse comprar por esos mequetrefes que quieren colgar la banderita en el ayuntamiento y exhibirla en sus camisetas. Por eso no sólo ha patentado la estelada en al menos ocho diseños distintos: también ha registrado el mapa de Cataluña y de los países catalanes. A este ritmo ni el orondo perfil de Oriol Junqueras servirá como logo separatista.

Manifestaciones Independentistas: ¡diversión asegurada para toda la familia!

"La revolución no solo fue televisada: fue tuiteada, compartida en Facebook y hasta por Whatsapp, con sus esteladas construidas a base de emoticonos"

Otra interpretación que recientemente se ha defendido acerca de la omnipresencia de banderas y símbolos es la de la fascista estetización de la política. Jordi Llovet, por ejemplo, aliñó un poco el epílogo de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica y obtuvo su particular comparación de Cataluña con el Tercer Reich. Si bien su artículo fue la última entrega de la serie «¡Construya su propia analogía con el nazismo!», parece especialmente interesante porqué señala la emergencia de un nuevo paradigma estético. Sin embargo, los fantasmas del totalitarismo no recorren Cataluña. O en todo caso no provienen del kit de playa de la estelada. La metáfora adecuada bajo ningún concepto es la del campo de concentración y el secuestro de la democracia, sino la del parque temático. No es Hitler el señor del bigote que está detrás de todo esto, es Walt Disney.

La manifestación del once de septiembre de 2012 fue el pistoletazo de salida. La concentración triunfó antes aún de haberse producido. La «primavera catalana» llegaba al final del verano y todos habían reservado su plaza en el autobús. Grandes y pequeños se vestían para la ocasión, preparaban comida para llevar y se fotografiaban en el autobús, al llegar y también junto a una bandera. Se fotografiaban unos a otros: «¡qué espectáculo!», parecían decir, «¡todo el mundo aquí, fotografiándose, todos con las banderas, camisetas, pulseras y mochilas!».

Todo era como en Port Aventura. Incluso las colas. Y la postal era tan exuberante que hasta podían permitirse el lujo de colgar en Instagram sus capturas sin filtros.

"Según Maffesoli, las tribus comparten un mismo paradigma estético en la medida que existen ciertos mitos o ideas que permiten la comunión en el «nosotros»"

Los medios de comunicación en general, e Internet en particular, catalizaron la expresión del sentir comunitario. La revolución no solo fue televisada: fue tuiteada, compartida en Facebook y hasta por Whatsapp, con sus esteladas construidas a base de emoticonos. Tal conexión impulsó el autorreconocimiento de la comunidad: compartían un mismo paradigma estético. Lo cual no significa que los catalanes fueran a la mani uniformados, como recién salidos de un cole de pago, ni que todos debieran convenir en que Ventdelplà es incomparablemente mejor que The Wire. Según Maffesoli, las tribus comparten un mismo paradigma estético en la medida que existen ciertos mitos o ideas que permiten la comunión en el «nosotros». Y aunque es innegable que nada une más a los catalanes que las esporádicas –pero siempre grotescas– declaraciones de Aznar, o las intervenciones Jordi Cañas en el parlamento, se necesitan también símbolos positivos con los cuales los individuos puedan empatizar: las tribus son comunidades emocionales.

Y qué mejor que un concierto en la Capital Simbólica de Cataluña, que no es Montserrat ni el Pedraforca, sino el Camp Nou. Nadie dijo que el camino hacia la libertad fuera a ser tranquilo, y los catalanes –resignados pero convencidos– aceptaron como un mal necesario los posibles daños que pudiera sufrir el sagrado césped que otrora había pisado Messi. Por el escenario pasó la flor y nata del Panteón Catalán: Lluís Llach, la Companyia Elèctrica Dharma, Joel Joan, Marina Rossell, el Orfeó Català. Sonaron los himnos viejos; se forjaron himnos nuevos. Y a pesar de la soporífera duración del concierto, que puso severamente a prueba el lema «tenim pressa», entre el público se creó un fuerte lazo afectivo, una cohesión sin igual: se compartían sentimientos, valores, ideales. Se aplaudía a todo el mundo, por cualquier nadería. Se hacía la ola, se cantaba «Els Segadors». Aplaudían de nuevo. Era como un concierto de Justin Bieber, pero con música y sin berridos histéricos.

Erraban con ingenuidad quienes creían que con el concierto los catalanes habían llegado al límite de paroxismo simbólico. Ahí estaba Estelània, la primera feria independentista itinerante. Su objetivo es «unir en un solo espacio las entidades y asociaciones, proyectos, artesanos y pequeñas empresas involucradas en el movimiento independentista». ¡Bienvenidos al supermercado étnico! ¡Expresad vuestro fetichismo identitario! Este grotesco museo de las rarezas portátil recoge en su seno las más hilarantes formaciones y propuestas, desde la improbable Federación Internacional de Scrabble en Catalán hasta la presentación de libros que hacen honor a nuestra intuición sociológica: Trifulkes de la KatalanaTribu, de Víctor Alexandre. Estelània es la tierra de la estelada estrictamente en el mismo sentido que Disneylandia es la tierra de Disney®: un espacio altamente codificado a nivel simbólico y absolutamente mercantilizado, donde todo ha sido estelificado. En lugar de sonrientes mickeys encontramos estelades circulares, estelades verdes, azules y negras, luminosas estelades hechas con velas y deliciosas estelades comestibles.

La metáfora del parque temático no solo es adecuada por el impulso mercantilista y logo-adicto de esta dimensión del catalanismo, sino también por su relevante carácter ritual. Se trata de un festejo autorreferencial, la finalidad del cual radica en la celebración misma. Según Maffesoli, la unidad y solidaridad grupal se expresa principalmente en convocatorias espontáneas que él llama «condensaciones instantáneas». Subimos una y otra vez a Superman: la atracción de acero. La repetición ritual nos tranquiliza: hacer cola, montar en el vagón, ajustarnos los mecanismos de seguridad, esperar, gritar y bajar. Y a la cola otra vez. Pero a la mañana siguiente de la Warner no queda nada, salvo ese peluche de Scooby-Doo que compramos al salir.

El merchandising es el contrapeso de la fugacidad del ritual: ayuda a estabilizar los sentimientos exaltados en el rito. A falta de manifestaciones, puedo reafirmar mi identidad comiendo una Catalano Paella, cerveza Estelada en mano, en la Catalano Taberna, vestido con mi polo de Catalunya Freedom y calzado con mis Flips Catalanes. Lo cual es casi tan placentero como acariciar nostálgico mi Scooby-Doo.

Emprendedores de las cuatro provincias, ¡uníos!

"El catalanismo de consumo no quiere tomar la Bastilla por las armas, sino el Parlamento Europeo gracias al espíritu de comercio"

La dimensión tribal del catalanismo está unida desde su nacimiento a la retórica de los intereses. A diferencia del nacionalismo –históricamente asociado a la pasión, al padecimiento y al desenfreno irracional–, el objetivo del catalanismo de consumo es la correcta autogestión empresarial. La independencia es el instrumento indispensable, pero no una finalidad en sí misma. No hace falta que sintamos más fervor al contemplar al Barça jugar con la camiseta quatribarrada que con la blaugrana. No importa que sólo nos sepamos la primera estrofa de «Els segadors» y nos limitemos a tararear el resto. Qué más da si no se nos humedecen los ojos al hablar del asesinato de Companys. No sabemos qué pasó en 1714. Pero queremos la independencia. ¿Por qué?

Porque nos roban. Porque estaríamos mejor sin ellos.

No es de extrañar que la emergencia de la tribu catalanista coincida con el rechazo por parte del PP del pacto fiscal. El ahogo económico democratizó el independentismo: éste ya no es patrimonio de unos pocos conocedores de la historia, rojos-separatistas, hijos de los que perdieron la Guerra Civil. El Colectivo Wilson, con Sala i Martín como cabeza visible, ha sentenciado que la independencia es económicamente viable y además beneficiosa. Los tertulianos se han puesto de acuerdo. Economistas, sociólogos, pensadores de todo tipo, presentadores de televisión y hasta deportistas: todos coinciden en señalar la independencia como la opción más racional, la que más favorece nuestros intereses. La plataforma Súmate es la culminación de esta lógica: castellanohablantes no nacidos en Cataluña que defienden acaloradamente la independencia. Ellos vinieron en busca de un futuro mejor y, ¡ay!, les jodieron el Estado del Bienestar. Y ya saben ustedes como lo quieren recuperar.

"La comercialización de la propia cultura es la práctica emprendedora por excelencia. ¡Transformen la Diferencia en mercancía!"

El catalanismo de consumo no quiere tomar la Bastilla por las armas, sino el Parlamento Europeo gracias al espíritu de comercio. De aquí el inmenso interés que de un tiempo a esta parte ha recaído en la potenciación de la Marca Cataluña. Se debe dar buena imagen y tener contentos a los accionistas. Tras cada manifestación, concentración o concierto, el debate ya no es monopolizado por el recuento de asistentes y el consecuente baile de cifras. El éxito de la jornada no se mide por el número de participantes, sino por su repercusión internacional, por las cinco líneas que le dedica el New York Times y las impresiones que genera. Ya no importa quien la tenga más grande: lo que cuenta es que nos la puedan ver desde fuera, como la Muralla China desde el espacio.

Una crisis nacional no exenta de conspiranoia estuvo a punto de estallar cuando la Vía Catalana no consiguió ser trending topic. ¿Por qué? ¿Por qué? En TV3 desfilaban especialistas, armaban teorías, discutían encarnizadamente. ¿Será porque no importa la cantidad sino la intensidad? ¿Debimos tuitear más? ¿O habíamos de hacerlo a mayor velocidad? ¿Fue el hashtag censurado por intrigas políticas? ¿Tuvo la CIA algo que ver con todo ello?

El compromiso nacional se traduce en términos empresariales: somos accionistas de Cataluña S.A. y debemos velar por su imagen comercial, por su saneamiento económico, por mantener la producción y no dejar decaer la demanda. La comercialización de la propia cultura es la práctica emprendedora por excelencia. ¡Transformen la Diferencia en mercancía! ¡Haga de la otredad catalana una pieza de coleccionista! Y no deje escapar el Beneficio Simbólico que le regalamos al comprar productos de la tierra: vivan la experiencia del Catalán Nativo, sientan la autenticidad de beber en porrón.

La emergencia de la tribu catalanista es un fenómeno que no puede desligarse de la comercialización del patrimonio cultural: sólo cuando el mercado ha hecho hablar el independentismo en el lenguaje del capital éste ha podido ser recibido por el grueso de la población como una fuente de identidad cultural. Por supuesto el movimiento soberanista no se reduce a esta dimensión tribal y altamente mercantilizada: pero no puede explicar su éxito sin ella.

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