Columnas

Así son las cárceles para migrantes que NO quieren que veas

A pesar de los eufemismos, los CIE no engañan a nadie: son auténticas prisiones para inmigrantes, y en su interior no hay nada bueno.

Policías que realizan redadas racistas para cumplir su cupo de detenciones, africanos que huyen de la guerra y se topan con la esclavitud sexual, individuos que acaban en hospitales psiquiátricos de Sao Paulo… Las historias que rodean las cárceles para inmigrantes dan muy mal rollo. Héctor Juanatey te explica en qué consisten estos centros de internamiento.

La persona que me acompaña a sacar fotografías para este reportaje observa por primera vez el edificio.

“¿Hay un circo plantado justo al lado?”, pregunta con sorpresa.

“No, pertenece al propio centro”, resuelvo.

Esa es la misma pregunta que nos hacemos muchos cuando vemos por primera vez el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Aluche, en Madrid. Si no fuera por el sinfín de cámaras de vigilancia y coches patrulla de la Policía Nacional y Local, costaría imaginar lo que ocultan esas paredes amarillas que se corresponden con la búsqueda de las cárceles fantasma, si acaso existiera dicha corriente arquitectónica. Así aparece reflejado en el libro “Voces desde y contra los Centros de Internamiento de Extranjeros”: “Hace ya mucho tiempo que gobiernos de diferentes partes del mundo procuran buscar en la construcción de sus nuevas cárceles un estilo arquitectónico que intente disimular la finalidad última de esas instalaciones. Y en esa búsqueda de naturalizarlas, de modo que no generen un rechazo en el entorno, el CIE de Aluche parece cumplir la premisa con creces”.

Igual que con la vestimenta sucede con el nombre. Ubaldo Martínez Veiga habló justamente de la cantidad de sobrenombres que se le aplica a los CIE solo por no llamarlos “campos”. En su artículo “La acogida a los inmigrantes: los campos de internamiento”, escribe: “España es el país más prolífico con seis términos distintos. También es curioso constatar que ninguno utiliza la palabra campo. A pesar de ello creemos que la palabra campo debe ser usada porque tiene un carácter interpelativo y acusatorio que no hay porqué suprimir por una falsa idea de la neutralidad científica. Si yo dijera que Guantánamo no es un campo sino un Centro Tropical de Redistribución de Migrantes Asiáticos todo el mundo se reiría, pero a veces los eufemismos utilizados son parecidos a éste”. El Gobierno español, de hecho, quiere que con el primer reglamento que se apruebe sobre los CIE, estos pasen a llamarse Centros de Estancia Controlada de Extranjeros.

Poco importa la literatura, los colores vivos, las cúpulas circenses o las planchas metálicas azules que ocultan los barrotes de las ventanas de las celdas. La estética y la prosa no borran un interior en el que hay personas que pueden llegar a pasar retenidas —presas, si queremos evitar el eufemismo— un máximo de 60 días por el único motivo de no poseer papeles. El CIE de Aluche es uno de los siete Centros de Internamiento de Extranjeros que actualmente existen en España. Hay otros en Tenerife (Hoya Fría), Barcelona (Zona Franca), Algeciras (La Piñera), Gran Canaria (Barranco Seco), Tarifa (Isla Las Palomas, dependiente del de Algeciras), Valencia (Zapadores) y Murcia (Sangonera la Verde).

Nacieron al amparo de la primera Ley de Extranjería, la LO/1985. El artículo 26.2 establecía la “posibilidad de acordar judicialmente, con carácter preventivo o cautelar, el ingreso en centros que no tengan carácter penitenciario de extranjeros incursos en determinadas causas de expulsión mientras se sustancia el expediente”. Los CIE son, por tanto, el lugar en el que los inmigrantes esperan a ser expulsados.

Carentes de reglamento, con apenas unas normas de funcionamiento y régimen interior recogidas en distintos preceptos, los CIE dependen del Ministerio del Interior y están gestionados por la Dirección General de la Policía. De hecho, las personas que se encargan de los centros son miembros del Cuerpo Nacional de Policía. Pese a carecer, siempre por escrito, de carácter penitenciario, lo cierto es que las personas que han pasado por ellos, asociaciones y organizaciones de derechos humanos, juzgados e incluso la Defensora del Pueblo han destacado una y otra vez esta realidad: no importa cómo se les nombre: los CIE son cárceles. Y de unas condiciones deplorables, como ya se ha documentado en un gran número de informes. El último de la Defensora acerca de estos centros resaltaba su “carácter penitenciario” y recordaba que el Tribunal Constitucional estableció que el internamiento solo puede aplicarse por motivos de seguridad u orden pública, no porque se haya decretado la expulsión. Añadía: “Se ha identificado una acusada tendencia a priorizar las medidas de seguridad y control policial de los centros en detrimento de las condiciones de vida de los internos y del mantenimiento de sus derechos no afectados por la privación de libertad deambulatoria”.

Tampoco hace falta subrayar que la Ley de Extranjería entiende que estar en España sin autorización de trabajo y/o residencia, sin papeles, es una infracción grave cuya sanción es una multa. La expulsión solo debería aplicarse para casos de extrema gravedad.

Dicen que no son prisiones, y sin embargo varios de estos centros ocupan el espacio de lo que antes fue una prisión. Es el caso del CIE de Algeciras, que está en una antigua cárcel; el de Aluche, que ocupa, junto a otras dependencias policiales, un total de 9.949 metros cuadrados que correspondían al antiguo hospital penitenciario de la cárcel de Carabanchel; o el de Gran Canaria, situado en la antigua cárcel provincial.

"Si bien los CIE son planteados como lugares para el internamiento cautelar hasta que se lleve a cabo la expulsión, en realidad son una especie de pena de cárcel"

Para conocer mejor acerca de la realidad tras los muros de los CIE fijo un encuentro con Pablo Adrián Rodríguez, Pampa, en una terraza de Lavapiés.

Él es, como escribió la periodista Olga Rodríguez, una de esas personas “que va por la vida sin escudos ni cinismos, con los brazos abiertos”. También es, sin duda, uno de los que mejor conoce los Centros de Internamiento de Extranjeros. Desde que llegó de Trenel (Argentina) a Madrid, ha trabajado asesorando y ayudando a inmigrantes sin papeles. Conoce bien, después de muchas visitas a inmigrantes presos en él, el CIE de Aluche.

Hablo con él de su experiencia con personas que han pasado por los CIE. Pampa ha alojado en su casa a muchas de las personas que no fueron expulsadas tras pasar el máximo de días en el CIE de Aluche. No las conocía pero les ha ofrecido su vivienda, comida e incluso les ha pagado de su bolsillo el viaje al lugar en el que vivían. Les entrega todo ello a fondo riesgo, esperando que luego sus familias puedan devolvérselo.

“Recuerdo que una vez me llamó una persona que habían dejado fuera del CIE. No sabía dónde estaba. Le dije que me pasara con alguien que tuviera al lado para que yo pudiera indicarle mi dirección. Vino a casa y estuvo durmiendo durante horas. Vivía en Suiza. Le habían detenido allí, pero lo mandaron a España ya que este fue el primer país que pisó tras atravesar África. Le pagué un billete hasta Alicante y otro pasaje para un barco que le acercaría de vuelta a Suiza. Un amigo suyo le prestaría luego el dinero para que me lo devolviese”.

Pampa no ha podido (porque no le han dejado) acceder al interior del CIE en Aluche. Sí ha entrado, en varias ocasiones, a la zona de visitas para hablar con las personas que permanecen internas en el centro. A este respecto, describe el parecido casi idéntico al de las prisiones. Hasta hace nada, en el CIE de Aluche las visitas se hacían con una mampara de cristal de por medio, la cual se abría sólo 20 segundos para que los familiares pudiesen abrazar y tocar a los suyos.

“Abrían la mampara, y si alguien iba a visitar a su pareja, la besaba durante 20 segundos. Luego cerraban la mampara y un policía obligaba a la persona interna a abrir la boca para ver si le habían metido algo. Era la deshumanización total”.

Pampa reniega del reglamento que prepara el Gobierno para regular los CIE. Si en un principio valoró, siempre de forma negativa, y leyó el borrador que escribió el Ejecutivo; ahora cree que cualquier respuesta a dicho escrito significaría “legitimar la existencia de los centros”. “Tienen que desaparecer”, concluye.

Ahora mismo, el trabajo dentro de los CIE se centra en la situación de las mujeres presas. En estos centros, explica Pampa, hay muchas mujeres que son víctimas de violencia de género y de trata de personas, y el Estado permite no sólo que sean privadas de libertad, sino también que sean expulsadas, en contra del Protocolo Marco de Protección de Víctimas de Trata de Seres Humanos.

En el CIE de Aluche, por ejemplo, estuvo Lucy, cuya historia se cuenta en el informe de Women’s Link Mujeres en los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE). Realidades entre rejas. Lucy fue llevada directamente al CIE madrileño desde el puerto de Motril, lugar al que llegó en patera. Con lesiones físicas notables por el trayecto, fue interceptada por la Policía, que le obligó a firmar unos papeles que no entendía. Ni siquiera tuvo traductor. Lucy salió del África subsahariana para huir de la guerra. Durante su huida, atravesó Marruecos y Argelia, donde fue esclavizada sexualmente. En España, y en el CIE, nadie informó a Lucy de que podía pedir asilo. Sí lo hizo Women’s Link y finalmente pudo conseguirlo y salir del campo.

En el libro “Mujeres en el CIE. Género, inmigración e internamiento” se recoge una investigación dirigida por Margarita Martínez Escamilla que recoge varias entrevistas a mujeres que han pasado por este tipo de campos de internamiento. Varias de estas personas refirieron algún tipo de maltrato. Una de ellas fue trasladada al CIE después de acudir a una comisaría en un pueblo de Badajoz —donde ejercía la prostitución— a denunciar una agresión por parte de su pareja. En las dependencias policiales, los agentes comprobaron que tenía una orden de expulsión y solicitaron internarla.

La historia de Bianca, una mujer que llegó a España desde Brasil, también aparece recogida en el estudio. Bianca es víctima de trata de seres humanos. Textualmente:

“Bianca no tenía miedo a la expulsión ya que después de once años en España había conseguido pagar la deuda que contrajo con quienes la habían trasladado a nuestro país, e incluso construir una pequeña casa donde podría vivir con su hija, y no precisaba de demasiado dinero para salir adelante ambas. Lo que a Bianca le producía auténtico pavor era la citación que se le había practicado para declarar como testigo en un juicio que se iba a celebrar en breve. Aunque parezca increíble, a pesar de ser testigo —quizá fundamental— en un proceso penal por trata de seres humanos, Bianca se encontraba ingresada en un Centro de Internamiento, pendiente de una expulsión que en cualquier momento podía ejecutarse. Nos relató atropelladamente un rosario de malos tratos y desgracias en muchos de los cuales había intervenido la Policía, hasta el punto de afirmar que la primera vez que la habían tratado bien había sido en el CIE de Madrid. En la actualidad trabaja como stripper. Le preguntamos por lo sucedido en la vista judicial para resolver su internamiento y se quejaba del trato poco respetuoso del juez, que ni la escuchó en ningún momento, ni siquiera cuando le mencionó su condición de testigo en un proceso. Bianca entró en contacto con Proyecto Esperanza, lo que le supuso un gran apoyo. Posteriormente supimos que Bianca llegó a testificar y regresó a Brasil acogiéndose al retorno asistido”.

Por el CIE de Aluche pasó también Olga, una mujer rusa de 53 años, cuya historia aparece en el reciente informe Violadas y expulsadas:

“En marzo de 2013 sufrió una violación por parte de dos encapuchados que la agredieron a punta de pistola en Galicia. Fue recogida por una ambulancia y trasladada al hospital donde dos agentes de la Guardia Civil le tomaron declaración. En las semanas que siguieron a la agresión, Olga no fue citada por el juez, pero sí volvieron a interrogarla los agentes de la Guardia Civil, que concluyeron que había sido ella quien había inventado la violación para regularizar su situación de extranjería. Un mes después de la agresión sexual, Olga fue imputada por un delito de ‘simulación de delito’ y detenida por la Policía Nacional por estancia irregular. Por orden del juez, fue ingresada en el Centro de Internamiento de Extranjeros/as de Madrid en el que permaneció 48 días. No fue expulsada por carecer de pasaporte en vigor”.

Si bien los CIE son planteados como lugares para el internamiento cautelar hasta que se lleve a cabo la expulsión, en realidad son una especie de pena de cárcel. “Jurídicamente, el internamiento es una medida cautelar. Esto significa que no puede ser adoptado cuando resulte improbable que la expulsión pueda llevarse a cabo”. Es una afirmación publicada en el libro de Martínez Escamilla. Si la expulsión no es viable, el paso por el CIE carece de todo sentido. Y las cifras demuestran el sinsentido. En 2011, tan solo el 48% de las personas que pasaron por estos campos fueron expulsadas, lo que remarca la ineficacia de los mismos, si su objetivo fuera el que se publicita.

Charlo con Pampa sobre ello. Él quiere hacer hincapié en el hecho de que la estancia en el CIE “quiebra la vida”. Al contrario de lo que se pueda pensar, en los CIE no entran únicamente personas que acaban de llegar en España. Así aparece reflejado, por ejemplo, en el estudio Mujeres en el CIE. Para su investigación entrevistaron, entre otras personas, a una hondureña que llevaba trece años en España, a una colombiana que llevaba diecisiete, a una boliviana que llevaba quince o a una rusa que llevaba doce. Son personas que ya tenían arraigo en España. “Llevo toda mi vida en España y este es mi país, es donde he dado mi primer cumpleaños, mi primer beso, donde he visto por primera vez el mar”. Así habla Mónica, que llegó a España con solo 5 años y fue ingresada en el CIE de Aluche con 18.

El trauma es indiscutible. Y se incrementa cuando hay personas que son detenidas por ejemplo en La Coruña, guiadas al CIE de Aluche y abandonadas en Madrid una vez que ha pasado el tiempo máximo de 60 días.

Si tenían trabajo, lo han perdido.

Y así con todos los aspectos de sus vidas.

Pampa me cuenta la historia de una mujer brasileña que estuvo en Aluche: “Fue expulsada y lo último que supieron de ella es que acabó en un hospital psiquiátrico en Sao Paulo. No superó la estancia”. O del caso de un boliviano: “Tomaba antidepresivos y en el CIE de Malaga no se los facilitaron. Lo expulsaron y se dejó morir en la calle. De tristeza”.

Al final, concluye Pampa, todo se reduce al “entramado de la política de extranjería”.

Así lo explica en el libro “Qué Hacemos con las Fronteras”: “Las redadas racistas son, por otra parte, una condición necesaria para llenar los CIE. No es extraño que, mientras estos existan, las comisarías establezcan objetivos en forma de cupos de detenciones a alcanzar. Los CIE son, por tanto, el eslabón intermedio de la cadena que liga las redadas y las expulsiones, aunque a veces ese paso intermedio se salta mediante expulsiones inmediatas de personas detenidas en la calle, o mediante deportaciones realizadas a personas que acaban de cumplir su condena en la cárcel. En cualquier caso, estos dispositivos forman parte del complejo entramado de la política de extranjería”.

Mi acompañante y yo nos alejamos del CIE y llegamos, a pocos metros, al intercambiador de Aluche, donde se mezclan trenes de cercanías, subterráneos y autobuses que van a todas y a ninguna parte. Nos sentamos a tomar un café.

En ese mismo intercambiador la Policía abandona a su suerte a las personas que no ha logrado expulsar después de su paso por el CIE. Sin nada. Con lo mismo que llevaban encima el mismo día que las detuvieron, hace, posiblemente, dos meses.

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