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El pinchazo de la burbuja de los festivales de música explicado en 5 pasos

Está siendo un verano apocalíptico para los festivales de música. ¿El motivo? Estos 5 elementos…

Ya fuera como público o arriba del escenario, creo que he estado en casi todos los festivales veraniegos que se han hecho en este país.

Como público me he colado en el FIB, en el Sonar, en el Viña y en el Festimad; varias ocasiones, además. En ese tiempo era un adolescente de pocos recursos y muchas ganas de consumir cultura (o salir de fiesta). Para ello utilicé todas las artimañas posibles, desde cambiar pulseras o emplear pases de artistas hasta avalanchas masivas corriendo a lo Usain Bolt mientras dejaba atrás a seguratas con sobrepeso (por aquél entonces yo era una sílfide veloz como un rayo).

Incluso he llegado a utilizar el método más surrealista y divertido, consistente en entrar por la puerta de salida andando hacia atrás mientras algunos salían, con el fin de generar un efecto óptico que despistara a los maromos de la porra…

La necesidad, sí, agudiza el ingenio.

La primera vez que canté en el Viña fue especial, algo así como «joder, la de veces que he corrido delante de los seguratas y ahora me ponen una caseta con aire acondicionado, frutas y chocolatinas y una nevera llena de cervezas». Las vueltas que da la vida.

La burbuja de los festivales es algo que viene amenazando hace tiempo y que ahora ha terminado por explotar

Colarse hoy en un festival ya ni merece la pena intentarlo: han perfeccionado su seguridad tanto que hasta siendo músico cuesta meter al road-manager con un pase oficial.

Así pues, puede decirse que conozco bien los festivales, tanto por dentro como por fuera. Festivales los hay de todos los colores, estilos y maneras. Igualmente, la burbuja de los festivales es algo que viene amenazando hace tiempo y que ahora ha terminado por explotar.

El nuestro es un país ideal para la proliferación de grandes festivales. En concreto, hay dos factores que contribuyen a la certificación de esta circunstancia. El primero de ellos es el clima envidiable que hace que la temporada de festivales se alargue desde marzo hasta casi octubre (hasta final de año si nos acordamos del Festivern y el litoral mediterráneo donde apenas llueve, ni siquiera en invierno). A su vez, existe una tradición que se remonta a tiempos del franquismo y a Fraga como ministro de turismo y su legendario «Spain is different», algo que viene a decir que España es el lugar ideal para la fiesta, el sol y el ligoteo.

Este año, sin embargo, las alarmas se han disparado.

El Territorios Sevilla, el Trafalgar Festival, el Vilabeach Festival… Así hasta seis festivales han sido suspendidos (y queda todavía bastante temporada). El más esperpéntico de todos ha sido el caso del Kolmerock en Madrid, donde el festival se suspendió iniciados ya los conciertos y donde el público se quedó sin ver a Gatillazo, Vagos y permanentes y Narco.

Que los grupos se nieguen a subir si no se ha cobrado y no hay visos de hacerlo es lógico y razonable. Que la burbuja iba a explotar también se veía venir desde hace tiempo, si bien este escenario no es algo necesariamente inevitable: también se previó la explosión de la burbuja inmobiliaria y nadie hizo nada por evitarla. Nuestro capitalismo genera unas lógicas perversas que inducen a exprimir cualquier modelo de negocio rentable hasta su extenuación y agotamiento. Posteriormente, y como sucedió con miles de agencias inmobiliarias, sólo los más fuertes sobreviven (y así va a ocurrir).

De la misma forma que parece peligroso que un profesor de filosofía te opere de apendicitis, resulta poco recomendable que gente no vinculada a la producción y organización de eventos se aventure a montar un festival

Los motivos que explican esta burbuja de los festivales han sido muchos y de diversa índole. A continuación hacemos un repaso por ellos.

1. La gente que se pone a organizar un festival sin tener ninguna experiencia previa

De la misma forma que parece peligroso que un profesor de filosofía te opere de apendicitis, resulta poco recomendable que gente no vinculada a la producción y organización de eventos se aventure a montar un festival. No es algo que sea precisamente fácil. Para ello hace falta experiencia en el sector, presupuesto, sponsors y un larguísimo etcétera.

Los que hemos tocado para distintas causas nobles sabemos bien lo que es tocar en un festival organizado por estudiantes, sindicalistas o militantes de un partido político: saben de muchas cosas, sí, pero poner a un fontanero de camarero o a un secretario de organización de regidor de escenario es el cóctel perfecto para que todo salga mal.

A veces ni siquiera basta con la buena voluntad.

Con todo, cabe mencionar la excepción que supone Euskal Herria, donde aprendieron que se puede organizar un acto de izquierdas con profesionales del sector. Ya sea en una okupa, en una plaza o en medio de un monte, tienes siempre buen equipo y buenos profesionales.

2. Los artistas con síndrome Rolling Stone

Ocurrió en el Resurrection Fest. Todo iba bien hasta que el guitarrista de la banda californiana Bad Religion, Brian Baker, descubrió un extraño cartel con el rostro de los británicos Bring Me The Horizon mientras se paseaba por los pasillos internos del evento, donde solo los músicos y organizadores tienen acceso.

El aviso rezaba lo siguiente: “Bring Me The Horizon: a esta gente no se la debe parar nunca. Quizás no lleven pase. Pueden ir con quien quieran y a donde quieran, con o sin pase”.

El guitarrista de Bad Religión denunció la gilipollez vía redes sociales. Como es obvio, argumentó que la gente que trabaja aquí no tiene por qué memorizar tu cara en un evento en el que participan más de 30 bandas. Por eso Bad Religión molan y tú eres gilipollas.

A ningún grupo nos gusta que nos pongan la pulsera y que nos marquen como a reses, pero hay mejores formas de sortear la problemática. Por ejemplo, siempre puedes hacer como Evaristo y ponerte la pulsera atada en el pene. Las risas están aseguradas siempre que el segurata de turno te pida la identificación para acceder al backstage…

Normalmente, el problema con los artistas con síndrome Rolling Stone es el siguiente: un grupo hace dos sold-outs en Madrid y Barcelona y se cree Iron Maiden. Mientras el año pasado actuó por 2.000 euros, este pide 20.000. Dado que el festival funcionó el año pasado, la promotora cede y ya tenemos los materiales listos para que la burbuja estalle.

Siempre puedes hacer como Evaristo y ponerte la pulsera atada en el pene. Las risas están aseguradas siempre que el segurata de turno te pida la identificación para acceder al backstage…

Cuando un grupo gana en un festival dos o tres veces más de lo que generaría en una ciudad media (al margen de Madrid y Barcelona), la explosión de la burbuja está servida.

Luego están los rayders (o listas de caprichos): como soy el nuevo Iron Maiden necesito tres toallas con los colores de la bandera de Brasil, trece chocolatinas de la marca Fumanchú y 27 cervezas de la marca Wisconsin. Además me vas a vallar mi camerino porque no quiero mezclarme con el resto de artistas ni compartir baño. En el contrato incluimos también que necesitamos una furgoneta que nos traslade del camerino al escenario porque no queremos andar cincuenta metros.

Todas estas excentricidades las he visto con mis propios ojos, por si fuera poco, en grupos que presumen de letras reivindicativas y conciencia social. Son niños grandes a los que todo se les tolera.

Por mi parte, como soy un irreverente al que le gusta provocar, cuando alguna vez me toca compartir bambalinas con un grupo de esos que pide que le vallen el camerino y un baño propio, aprovecho para hacer aguas mayores en su wc exclusivo. Basta con poner cara de haba y decir que te has confundido.

3. Las promotoras avariciosas

La burbuja estalla principalmente por el ánimo de lucro. La meta no es mantenerse o igualar años anteriores: el objetivo inmediato es crecer cada año más, al precio que sea. Ello se traduce en sueldos cada vez más bajos para los trabajadores y para los grupos de clase baja o media.

Dado que tienes que pagarle 20.000 euros a los nuevos Iron Maiden, hay que apretar las tuercas a los grupos de más bajo nivel. La precarización siempre se produce por abajo.

En cualquier caso, no vamos a descubrir ahora cómo funciona el capitalismo, abusos de toda índole, prácticas mafiosas, etc. La trilogía de artículos de Nando Cruz sobre el PS fue bastante reveladora en ese sentido.

4. Las nuevas tecnologías y el mundo digital

Lo habrás notado. De repente un día una revista digital se pone a promocionar a un grupo o artista de manera compulsiva y se suceden las entrevistas, las noticias y las anécdotas. Motivos pueden ser tres: la discográfica o promotora paga por esa publicidad encubierta, el artista es primo, cuñado o colega de uno de los columnistas o editores o, no menos probable, el artista sencillamente gusta mucho en determinada revista.

Sin embargo, ello no significa que luego el artista guste de igual manera a un público general o masivo (que es el que nutre los macro-festivales). Entonces se produce la divergencia entre la realidad virtual y la realidad tangible.

Así, nos encontramos con grupos mediáticamente hinchados, pero cuya repercusión más allá de ciertos medios digitales no se produce de igual manera. En España el fenómeno es digno de mención.

Existen un montón de artistas cuyas visitas en youtube se cuentan por millones pero que luego no funcionan de la misma manera a la hora de vender entradas. Además suele ocurrir que este tipo de artistas, con gran acogida entre un público demasiado joven (y por tanto con poco poder adquisitivo para viajar, acampar y pagar entradas de 50 o 100 euros) no suelen encajar en los festivales porque, sencillamente, hay música que está producida para funcionar mejor en una sala (o en el iphone de un adolescente) que en un festival.

En realidad, existen grupos «festivaleros» y grupos que encajan peor en el formato de un macro-festival. Algún promotor despistado, cegado por el número de seguidores en Instagram y los millones de visitas, termina contratando a un grupo que a todas luces iba a funcionar, pero luego los que llenan la carpa son S.A., Violadores o Vetusta Morla.

Por otra parte, tampoco conviene confiar mucho en ciertos titulares: las revistas tienen que vender y seducir, por ello no debe extrañarnos que cada semana aparezca el nuevo rey del Hip hop o la nueva sensación del indie. 

5. El público

Sí, el público también tiene su parte de culpa. A remolque de una crisis que nunca termina, le parece caro pagar más de 25 euros por 200 grupos. También hay situaciones absurdas como que el Viña sea la mitad de barato ahora que hace 12 años.

¿Cómo es posible?

¿Y quién lo paga?

Los de siempre.

Los técnicos, los electricistas, los camareros… Los grupos de clase media que deben pelear hasta el último céntimo en sus negociaciones y también los «nuevos esclavos». En este sentido merece la pena hablar de la reciente figura del «voluntario», en realidad una forma barata de sustituir a trabajadores.

El voluntario es el pobre diablo que trabaja a cambio de una camiseta, un bocadillo y la posibilidad de ver a su grupo favorito. A ese punto hemos llegado. En realidad, el fenómeno no es nuevo y se inserta en la realidad laboral de la España de 2016: nos costaría enumerar un sector laboral o profesión en la que no se hacen trabajos no remunerados. Si los becarios trabajan gratis, ¿por qué no un tipo que mueve vallas?

Y la misma persona a la que le parece caro pagar 25 euros por tres días y 200 grupos, luego te dice que eres un vendido porque el festival está lleno de grandes marcas. Por supuesto ni se le pasa por la cabeza que camareros, técnicos y machacas tienen que cobrar.

Evidentemente, existen otras fórmulas.

La misma persona a la que le parece caro pagar 25 euros por tres días y 200 grupos, luego te dice que eres un vendido porque el festival está lleno de grandes marcas

Ahí está Rototom Sunsplash, que funciona sin grandes sponsors y de forma completamente autogestionada. Eso sí, la entrada para el festival cuesta este año 210 euros. Ahí el que protesta por el cartel de las grandes marcas se calla. Claro que, ¿quién puede desembolsar esa cifra?

El problema es que hay gente que piensa que el dinero llueve del cielo y desconoce que para traer a Lauryn Hill y Ziggy Marley hay dos opciones: o llenas de sponsors el festival y cobras 40 euros la entrada o pasas de sponsors y cobras 200 euros de entrada. Luego hay una tercera vía apta sólo para las elites: llenas el festival de sponsors y además cobras 200 euros como ocurre en el FIB y en el Primavera Sound.

Un último ejemplo.

El Rockejat lleva años haciéndose de manera gratuita en la localidad valenciana de Torrent (en realidad lo paga el ayuntamiento) y este año por primera vez cuesta 13 euros los dos días, por varios cabeza de cartel como Nach o La Raíz, además de grupos como Desakato, Va de bo o Charly Efe. 13 euros por 15 grupos en realidad es casi simbólico. Sin embargo, ya hay voces quejándose.

Pues vete a la mierda si no quieres pagar 13 malditos euros.

En el fondo, lo que subyace es esa cultura cafre y profundamente reaccionaria (y muy española) que nos dice que la profesión de músico no es una profesión de verdad. Cuando me encuentro con gente del instituto que hace siglos que no veo y les digo que mi profesión es la música, su respuesta se repite: primero esbozan media sonrisa y luego me preguntan «no, en serio, a qué te dedicas de verdad».

Hablamos de esa tradición bárbara que siempre menospreció a músicos, actores, escritores o artistas en general: no son trabajos de verdad, no son cosas útiles para ganarse la vida, son hobbies que haces por vocación. ¿Cómo vas a ganar dinero haciendo algo que te gusta? Eso es una locura. Para ganar dinero hay que sufrir, soportar penalidades y odiar tu trabajo funcional y mecánico carente de toda sensibilidad artística. En realidad, es pura ideología neoliberal de libro, lo verdaderamente aterrador es que exista gente de izquierdas que compre ese discurso de mierda.

Cuando Michael Moore perseguía a George W. Bush para pedirle explicaciones por la guerra de Irak, el genocida texano se giró y le gritó bien alto para que todos escucharan: «Michael, búscate un trabajo de verdad». Las risotadas sonaron estruendosas entre la corte conservadora y neo-con. Y en ello estamos.

Recordemos que este es el país que, como decía estos días uno de los fundadores del primer sindicato de músicos, hay más festivales por metro cuadrado de toda Europa y en el que menos bandas pueden vivir de la música.

Nos vemos en los festivales.

* Tras el cierre de este artículo, se ha suspendido el Boelu Sun Festival.

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