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El buen arte es el peor negocio

DoddodoFoto: Doddodo

Hace poco descubrí un fascinante gizmo online llamado My City vs. Your City. El sitio hace un recuento de las escuchas en Lastfm de ciudades de todo el mundo y te permite organizarlas en pares. Mientras clickaba sobre ciudades una gran imagen emergió de inmediato: ya sea en Brasil, Rusia o incluso en China, los usuarios de LastFM están escuchando pop en inglés. Únicamente los usuarios japoneses son diferentes: están escuchando casi exclusivamente pop japonés.Así que mientras la gente en Sacramento, Madrid y San Petesburgo escuchan a Muse, Coldplay, The Killers, Radiohead y otras bandas anglófonas, en Hiroshima la lista es la siguiente: Perfume, The Pillows, Fujifabric, Nana Mizuki, Superfly, Spitz... todos artistas japoneses. Sólo hay una banda de habla inglesa a la vista: The Beatles.

Ahora, desde un punto de vista esto puede parecer un increíble logro. La industria musical japonesa se las ha arreglado para contener el “imperialismo” de la industria anglo y preservar su propio mercado. Pero creativamente, no es un cuadro tan bonito. Analicemos a uno de los artistas en esa lista. Esto es “See You” de Superfly:

La primera cosa que diré es que aunque es J-pop cantado en japonés, hay un montón de pop anglo de contrabando en él: backbeat Motown, manierismos vocales estilo anglo-americano, incluso indicadores de los trucos de producción de los ochenta de Stock, Aitken y Waterman (quienes abrieron su propia y exitosa franquicia japonesa). Como mucho del J-Pop mainstream, Superfly son enérgicos pero algo huecos.

Personalmente, prefiero a Perfume, no porque sean algo menos robóticas y formulaicas, sino porque ellas (o más bien su todopoderoso productor Yasutaka Nakata de la banda Capsule) tienen el coraje de exagerar la totalmente mecánica calidad de la música, revelando una especie de pathos post-humano que es extrañamente conmovedor:

En la última década de J-Pop se ha abierto un extenso golfo entre lo “creativo” y lo “comercial”. Mientras que el movimiento indie de los noventa llamado Shibuya-kei fue capaz de redefinir el J-Pop mainstream, refrescando sus márgenes con extravagancia y estilo, en el 2000 las grandes discográficas reafirmaron su empuñadura de acero, exprimiendo ingresos del músculo del marketing y relaciones más-estrechas-que-nunca con las compañías de management, los medios japoneses y los mafiosos del mundo del espectáculo. Como resultado, la única música realmente interesante saliendo de Japón hoy en día se encuentra en el profundo underground y está destinada a quedarse ahí. Además, casi en su mayoría, procede de la caótica ciudad del sudoeste Osaka y no de la estrecha y obsesionada-con-el-dinero Tokyo.

Mi músico favorito japonés es Oorutaichi. Originario de Osaka y treintañero, sus discos son una especie de extraña e ingeniosa colisión de dancehall de Indonesia y reggae cantados en un lenguaje inventado. Sus shows son increíbles: presencié uno en Tokio en diciembre que comenzó con un Oorutaichi medio desnudo, adornado con flores hawaianas, y cargado a través del público hacia el escenario por un musculoso hombre con el cuerpo rojo. Obviamente, esto pasó lejos del circuito regular de conciertos: formaba parte de una obra del grupo de teatro avant garde Crack Iron Albatrossket; es más fácil que veas a personajes como Oorutaichi apoyados por el mundo del arte y del teatro que por la industria japonesa de hoy en día.

En enero en el Metro Club en Kyoto, pude ver a mi otro absoluto artista favorito japonés, la fantásticamente heavy, sexy y divertida Doddodo. Una especie de cavernícola digital que mezcla rap con folk y canciones para niños con grandes riffs de heavy. Doddodo tiene cierta crudeza, vulgaridad y creatividad de la que tristemente carece el pop mainstream japonés. Ella se pone de cuclillas sobre la mesa con los ojos maquillados como Kiss, rebotando en sus piernas desnudas cual luchador de sumo, mientras grita sus extrañas, interesantes y contagiosas canciones acompañada de un dj que scratchea.

Llamé a esta música Matsuri-kei y la conecté a discos de otras bandas de solo chicas como OOIOO y Afrirampo, rastreando sus influencias vía The Boredoms (el más seminal y esencial grupo japonés underground de los últimos veinte años) de vuelta a la música Jamaicana y su influencia en grupos británicos de la New Wave como The Slits y The Raincoats. Pero lo verdaderamente interesante acerca de artistas como Oorutaichi, OOIOO y Doddodo es que han dado con una forma completamente japonesa de fusionar influencias globales. Sus ancestros reales son excéntricos visionarios como el maravilloso Yximalloo, una electrónica “tribu de uno”:

Hay otra tendencia en la música underground japonesa, más pura y académica, que proviene de la escena underground noise de los noventa. El circuito de festivales subsidiados en Europa (el Transmediale en Berlin, Ars Electronica en Graz, etc) son testigos actualmente de actuaciones de artistas como la científica del sine wave Sachiko M, el jazzista y torturador de vinilos y agujas Otomo Yoshihide, el veterano guitarrista noise Keiji Haino, y el geek del bleep y el estallido Ryoki Ikeda. Cada uno ha llevado su gesto musical al más extremo, puro y fino lugar que podían. Emergiendo a su estrellato elitista desde espacios performativos semi-secretos como el Off Site en Tokyo, o (en el caso de Ikeda) de colaboraciones con Dumb Type, un grupo de danza de Kyoto, estos músicos tienen que luchar con esa confortable paradoja: ser un vanguardista establecido.

Un lugar extraño donde los límites y el mainstream se cruzan fructíferamente en el Japón de hoy en día es en el sello que tiene Ryuchi Sakamoto (a través de la multi independiente Avex), Commonns. Aquí, los incondicionales de lo alternativo como Asa Chang y Jun Ray, Aoki Takamasa, Boredoms y OOIOO -junto con la veterana Yellow Magic Orchestra, que habéis visto arriba en Tokyo Melody el fabuloso documental de Elizabeth Lennards de 1985- publican interesantes álbumes en completa libertad creativa. Al sello le gusta utilizar la frase de Andy Warhol que dictaba que “un buen negocio es el mejor arte”, pero cualquier ejecutivo de discográfica japonesa que se atreva a afirmar tal corolario – que “el buen arte es el mejor negocio”- será seguramente despedido de inmediato.

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