Columnas

El asteroide perdido de la mafia soviética

“Antes había valores en la URSS, ahora sólo manda el dinero”. Esto es lo que opina uno de los residentes en ese parque temático post-soviético que ahora es Transnistria

Como ahora ocurre en las calles de Ucrania, hace tiempo se libró una batalla en Moldavia entre eslavos y europeístas. El resultado fue la creación de un estado fantasma que sirve de agujero fiscal y de frontera de la influencia rusa. Es la nueva guerra fría. Conviene estar abrigado.

Las guías de viaje al uso suelen describir a Transnistria, enclave ruso en el corazón de la República de Moldavia, como la última reliquia soviética europea en pleno siglo XXI. Sin embargo, cualquiera que tenga la oportunidad de atravesar la frontera underground que separa Moldavia de Transnistria entrará en el territorio de la imaginación de un calenturiento escritor de bestsellers posapocalípticos. Junto al monumento al tanque ruso, el Palacio de los Soviets y las estatuas de Lenin conviven, sin solución de continuidad, los coches de alta gama, los salones de belleza y hasta uno de los campos de fútbol más modernos de Europa, valorado en 200 millones de dólares. Entre tanto, sus ciudadanos parecen haber digerido estas contradicciones con esa genuina mezcla de resignación y orgullo que suele definir el alma rusa.

Transnistria, cuyo nombre oficial es República Moldava Pridnestroviana, está situada más allá de río Dniester y comprende un total de 4.000 kilómetros cuadrados y medio millón de habitantes, concentrados en su mayoría en la capital Tiraspol. Sus dominios hacen frontera con Moldavia y Ucrania, y la particularidad de sus férreas aduanas es que son tan ilegales como efectivas. Es decir, Transnistria forma parte, junto a Nagorno-Karabaj, Abjasia y Osetia del Sur, de un póker de asteroides perdidos fruto del Big Bang soviético acaecido a finales de los años 80, agrupados en la pintoresca organización Commonwealth of Unrecognized States.

Tanto la UE como la ONU no se dan por enteradas oficialmente de la existencia de este país y, en concreto, la última vez que el Parlamento europeo se refirió a este estado fantasma lo calificó como “auténtico agujero negro”. Tampoco el anterior primer ministro moldavo escatimó en adjetivos al gobierno de Transnistria al definirlo como “régimen mafioso, corrupto y bandido”.

Las razones históricas de este lapsus geopolítico hay que buscarlas en las tensiones fronterizas entre Rusia y Rumanía a lo largo de los siglos. Los moldavos son cultural y étnicamente rumanos, pero esta zona, conocida tradicionalmente como Besarabia, se convirtió, gracias a sus famosos vinos y su clima benigno, en objeto de deseo para el imperio ruso primero y el soviético después. De hecho, Moldavia pasó a ser una república más dentro de la URSS en 1940 gracias a una cláusula secreta del pacto de no agresión entre Hitler y Stalin. A partir de entonces la población eslava de origen ruso se fue adueñando del país y muchos soldados soviéticos eran recompensados al jubilarse con un pequeño terreno en Moldavia.

En junio de 1990 Boris Yeltsin liquida mediante un golpe de estado la URSS y en diciembre Moldavia proclama su independencia. Entonces, ante la posible eventualidad de una unión natural entre Moldavia y Rumania, la población rusa se agrupó en la franja de Transnistria y con apoyo incondicional del ejército ruso, se independiza a su vez de Moldavia. Sin embargo, no es hasta 1992 cuando se producen los primeros enfrentamientos armados con las exiguas tropas moldavas. El resultado fue un total de 1500 muertos, solapados en aquel momento por los miles de las guerras balcánicas, y el establecimiento de forma permanente del 14º Ejército ruso como garantía del “statu quo”.

Sin embargo, en Transnistria se está librando en la actualidad otra guerra, mucho más sorda y decisiva, relacionada con las áreas de influencia entre Rusia y la Unión Europa.

Resulta esclarecedor el trabajo del periodista Misha Glenny, corresponsal del periódico The Guardian en Europa del Este, condensado en el libro “McMafia. El Crimen sin Fronteras” (Destino, 2008). Un recorrido pormenorizado a través de lo que el autor no duda en calificar “el mayor robo de la historia”, esto es, el proceso privatizador de Boris Yeltsin entre 1991 y 1996 que dejó en manos de mafiosos las principales empresas públicas del país, dando lugar una nueva casta de supermillonarios que son quienes, en la práctica, gobiernan con mano de hierro.

En ese sentido, la historia de la conglomerado de empresas Sheriff y el político Vladimir Smirnov son paradigmáticas. Curtido en las fábricas del metal y en el ejército soviético, Smirnov participa alegremente en la vida comunista escalando posiciones dentro de la nomenclatura hasta que el colapso socialista le brinda una oportunidad de oro.

Alrededor de su figura se agrupan los disidentes rusos que logran la independencia de Transnistria y consigue ser el presidente del Soviet Supremo desde 1991 a 2001. Paralelamente, dos ex miembros del KGB crean el holding Sheriff que tiene la exclusiva de todos los negocios en Transnistria y es la única empresa autorizada a cambiar moneda local. Desde las panaderías hasta el galáctico equipo de fútbol local con fichajes estrella como el del entrenador español Juan Ferrando, son propiedad de Sheriff, controlada bajo cuerda por el propio Smirnov.

Esto convierte a Transnistria en terreno abonado para el blanqueo de capitales y, posiblemente, en un depósito nuclear secreto del ejército ruso. Desde la entrada de Rumanía en la UE esta parte de Moldavia se ha convertido en una frontera incierta entre oriente y occidente. De hecho, la visita de Angela Merkel al territorio en agosto de 2012 demuestra un tímido interés europeo por resolver un conflicto latente estancado en la política de hechos consumados.

No es casualidad que el ex contratista de la NSA, Edward Snowden, haya buscado refugio en Rusia tras desvelar las herramientas y los métodos del espionaje masivo a través de las nuevas tecnologías. La Federación Rusa es, para bien o para mal, el único contrapeso real al poder de Estados Unidos y las potencias europeas, y tal como se ha podido comprobar en la reciente crisis Siria, tiene amplia margen de maniobra. Según algunos analistas internacionales nos encontramos en una nueva fase de la llamada “guerra fría” y la señal inequívoca de esta circunstancia es que, como en los viejos tiempos de la URRS, no se ha perdido nunca la negociación directa de todos los temas. Este hilo de comunicación entre EE.UU y Rusia tiene encima de la mesa el asunto de Transnistria gracias un programa auspiciado por la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa) llamado “5 + 2 Talks” que reúne a negociadores de Transnistria, Moldavia, Ucrania, Rusia y la propia OSCE junto a EE.UU y la UE. Estas conversaciones, reanudadas en octubre de este mismo año, se centran en los problemas de movilidad de los ciudadanos transnistrios, pero eluden, de momento, las consecuencias de una posible entrada en la UE de Moldavia y Ucrania.

Sin embargo, quienes crucen esta frontera improbable —no hace falta sobornar a nadie como afirman algunos— se encontrarán con un paisaje brumoso envuelto en ese halo de austeridad cirílica que caracteriza a los pueblos eslavos. La inercia de las vidas de sus gentes parece mantenerles ajenos a la inseguridad jurídica en la que asienta su propio estado y la presencia exótica de un extranjero apenas les saca de su ortodoxo ensimismamiento. Los símbolos comunistas les aferran a un pasado glorioso y sirven de alimento para su fronterizo sentimiento nacionalista.

En medio de un mercado dominical con productos típicos, quien suscribe tuvo la oportunidad de romper el hielo con un hombre que habla perfecto castellano tras trabajar como albañil diez años en Vitoria. Antiguo sargento de ejército soviético y director de un colegio, se lamenta de los bajos sueldos que le hicieron emigrar. Ha regresado para estar junto a su hija, pero no puede evitar evocar tiempos mejores.

“Antes, en la URSS, había valores. Ahora lo único que manda es el dinero”, concluye.

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