Columnas

El arte por helarte

Jesús LLorente

straight edgeVuelve uno a casa después de casi dos semanas de gira acompañando a un músico underground norteamericano y lo primero que hace es dormir durante veinte horas seguidas. Poco importa que no se haya tratado de un tour de serie B. Es decir, salvo excepciones –una cama con chinches en Lisboa, las goteras del hostal en Almería- hemos dormido en alojamientos más que dignos y comido lo mejor de la gastronomía local. La vida en la carretera tiene más aristas de lo que desde fuera se detecta con una mirada superficial. Lejos de los tópicos de sexo, drogas y rock ‘n’ roll hay un sinfín de tribulaciones que van minando la salud o excitándola, engrosando o aligerando carteras y hasta convirtiéndote en una persona diferente, con otro ego, mayor o menor, dependiendo del éxito del pre-concierto, el concierto y el post-concierto. Lluvia, peajes, menús, canales codificados en habitaciones de hotel, maletas que pesan como muertos, guitarras de doce cuerdas, estaciones de servicio, polígonos industriales. Cuando llegas a cada ciudad ves siempre la peor parte: pintadas en los muros, chabolas, puentes, vías férreas… la vida en las afueras.

Pasa como con ciertas personas, que hay que adentrarse en ellas para apreciarlas bien. Algunas necesitan una mano de pintura, y otras tienen un centro histórico –su pasado, que no tardan en contarte- que vale la pena visitar. Casi todos los músicos (de pop, rock o alguno de sus sucedáneos y etiquetas) se encuentran, en un momento dado de su carrera con la duda de si dedicarse a ella plenamente o verla como un hobby bien remunerado. La mayoría necesita un trabajo que les espere en casa. Suelen ser empleos precarios y mal pagados con flexibilidad de horarios y calendario, que les permite vivir cuando la inspiración se adormece o deben descansar el hígado y los pulmones. Pero la tentación de vivir de ello (la música) es fuerte y obliga a una mente clara y una salud de hierro: una trayectoria de sustancias peligrosas, alcohol y groupies cada noche es incompatible con pretender llegar a los 40 o a los 40.

Por eso vuelve la moda straight a la escena alternativa useña: es decir, volverse abstemios de todo para poder abrazar esa parte de ti mismo que te gusta, escupiendo los demonios que han llevado a la tumba a tantos artistas desde los años 50. Es una especie de castidad con tonos progresistas que dueños de salas, promotores de conciertos y conductores de furgonetas no entienden. Y por tanto, se ven en la necesidad de compensar. Lo que antes se bebían, fumaban o esnifaban entre cuatro ahora se lo reparten tres (o menos), siempre a la salud de quien se haya auto-excluido de eso que se solía llamar la dolce vita.

De ahí que algunos nos convirtamos en momias al volver a casa mientras otros tienen cuerda y ego para rato.

Jesús Llorente

Responsable de Acuarela, uno de los sellos independientes indispensables para entender qué es lo que ha ocurrido en la escena de nuestro país en los últimos años, Jesús Llorente imprime una sensibilidad distinta e improbable en cualquier otra persona en cada uno de los discos que edita o sobre los que escribe. Lo ha hecho durante años en revistas como Spiral o Rockdelux. También ha publicado dos libros de poemas – “Luna de hiel” (Vitrubio, 1998) y “Verano muerto” (Renacimiento, 2000)-, relatos como “Quedamos como amigos” o “Cómo odiamos las despedidas” bajo el sello Grijalbo-Mondadori y biografías musicales de nombres como Patti Smith, The Cure, The Smiths o Los Planetas.

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