Columnas

Los animales sí experimentan dolor (pero las plantas no)

Refutación empírica y científica de la falsa idea que asegura que el sufrimiento es una sensación exclusivamente humana

En nuestra columna de ciencia, hoy abordamos un tema polémico: ¿sufren los animales, sienten dolor, o esa sensación es exclusivamente humana? ¿Y qué ocurre con las plantas? Más allá de las cuestiones éticas, nos centramos en los datos empíricos y Rodrigo Gallego extrae las conclusiones.

1. ¿Sufren las plantas?

Ahora venden unas plantas que lo aguantan todo. Pones tu ficus de treinta centímetros en la esquina más oscura de la casa y un año después acaba aplastando y retorciendo sus ramas contra las paredes e inclinando su metro y medio de envergadura hacia la ventana. Se le nota que sufre y da pena, así que lo mueves. Si te dejas llevar acabas comprando abono ecológico en el supermercado bio. Y es que tenemos una concepción bastante antropocéntrica al evaluar dolores de otros seres vivos: si a un humano le dolería retorcer las manos, a una planta le duele retorcer las ramas.

En el otro extremo se encuentran los que sostienen que los animales no experimentan el sufrimiento como los humanos. El argumento, formulado por Descartes y otros muchos, vendría a ser algo así: en los animales tienen lugar reacciones fisiológicas que les permiten percibir cuándo están siendo dañados (“nocicepción”, lo llamamos ahora); no obstante, es necesario cierto nivel de autoconsciencia o complejidad emocional para sufrir el dolor. De forma análoga, un perro puede percibir las ondas sonoras de un concierto de ska, pero nunca experimentará la cadena de reacciones emocionales que se producen en su dueño.

"¿Hay alguna diferencia fisiológica entre la nocicepción y el sufrimiento?"

Estas dos visiones (nótese que ambas pecan en sentidos opuestos de un antropocentrismo exacerbado) constituyen una disyuntiva que atañe de forma evidente –o al menos debería– a nuestra (in)tolerancia hacia la explotación y consumo de animales, así como al trato dispensado a fetos o comatosos humanos, por ejemplo. Así que aquí de verdad necesitamos respuestas. Existen al menos dos preguntas científicas en este asunto: (i) ¿Hay alguna diferencia fisiológica entre la nocicepción y el sufrimiento? (ii) Si es sí, ¿qué seres vivos sufren el dolor y cuáles no llegan a tanto?

Desgraciadamente todos los factores que frenan el avance científico tienen aquí cabida: intereses económicos, implicaciones sentimentales, injerencias filosóficas y religiosas, y difícil acceso a datos experimentales. A pesar de ello, en los últimos veinte años, la mini revolución científica en el estudio de los sistemas nerviosos animales y humanos nos ha permitido saber casi con seguridad que sí hay una diferencia entre dolor y sufrimiento, que las plantas no sufren y que algunos vertebrados sufren exactamente igual que nosotros. Todo lo que queda por el medio en nivel de complejidad es materia de debate en mayor o menor medida.

2. Dolor versus nocicepción

¿Qué pasa cuando agarras con la mano desnuda el recipiente de vidrio ardiendo en el que hacemos las lasañas? Primero, lo sueltas sin pensar, y luego hay unas décimas de segundo en las que no sientes nada. Incluso a veces da tiempo a decirse “¡mierda! ahora me va a doler”, y luego te duele. Lo primero es nocicepción, lo segundo es dolor. La nocicepción sirve para que apartes la mano, te ayuda a corto plazo. El dolor en cambio sirve para que te acuerdes la próxima vez de ponerte un guante, es un castigo que nos pone nuestro cuerpo, como a un niño, para que no lo volvamos a hacer. El hecho de que la percepción del agente dañino (quitar la mano) preceda al sufrimiento o a la experiencia del dolor es un indicativo de que son procesos diferentes, al menos en humanos. Aunque como a un animal no le vamos a poder preguntar si le ocurre lo mismo, conviene tener un método más riguroso para disociar ambas sensaciones y verificar que ambas tienen lugar en los animales. Tres maneras de hacerlo: (i) estudiando las regiones del cerebro humano que se excitan en cada proceso y buscando semejanzas en el cerebro animal, (ii) estudiando la reacción animal a opiáceos y analgésicos y (iii) estudiando el comportamiento de los animales en situaciones de dolor.

3. Los animales que nos comemos

Como decíamos, de lo único de lo que estamos seguros es que los humanos sufrimos. De ahí que la estrategia científica estándar para certificar el sufrimiento en otras especies sea buscar semejanzas fisiológicas con los humanos. Con los mamíferos esto es mucho más sencillo. Éstos poseen, como nosotros, una región en el cerebro ( anterior cingulate cortex) que es la responsable de procesar el sufrimiento. Además, los mamíferos reaccionan ante los opiáceos y analgésicos, y por si fuera poco, muchos mamíferos muestran patrones de comportamiento asociados al sufrimiento emocional: en presencia de daño físico a otros animales o bueno, también cuando su dueño entra al supermercado y los ata a la puerta. Existe por tanto un consenso total según el cual todos los mamíferos sufren exactamente igual que nosotros.

"Respirad tranquilos todos aquellos que matáis sistemáticamente a las plantas que quedan a vuestro cuidado"

Con otros grupos taxonómicos como aves o peces, resulta más difícil encontrar semejanzas. Éstos carecen de la región del cerebro responsable del dolor en los mamíferos. No obstante, es posible que exista otro mecanismo para procesar el sufrimiento que difiera sustancialmente del humano (existe una región del cerebro aviar que se cree responsable del sufrimiento). En resumen, no existe un consenso definitivo. Respecto a las aves, y para ilustrar el curioso método científico en estos casos, describiremos un experimento ¡de finales de los 90! Sean 120 pollos. La mitad cojos y la mitad normales (muchos pollos están cojos, no pueden soportar el peso de sus desproporcionadas pechugas). A todos les ponen dos bebederos, uno con agua y otro con agua y analgésico. Los pollos cojos, ya se imaginarán, beben más del que tiene la mandanga. Así de fácil y así de triste. Que a estas alturas, mientras en otras áreas se emplean en el bosón de Higgs, sea necesario realizar tan sencillos experimentos, da fe del grado de desdén hacia el estudio del dolor animal desde un punto de vista científico.

Con las plantas la cuestión está bastante clara: las plantas no tienen sistema nervioso central, no tienen dónde procesar el dolor, así que no sufren. Fin de la historia. Además, desde un punto de vista evolutivo resultaría bastante absurdo que las plantas sufrieran. Ni podrían alejarse corriendo de la fuente de dolor ni pueden evitar cruzarse con ella de nuevo. Respirad tranquilos todos aquellos que matáis sistemáticamente a las plantas que quedan a vuestro cuidado. Mientras no tengáis hijos, nadie sufrirá las consecuencias.

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