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El amor es ciego: decálogo del fan irritante

Está bien ser fan de algo, pero ¿hasta qué punto es sano o inteligente llevarlo al extremo? Nos introducimos en el espinoso mundo del ‘fandom’ musical para detectar sus rasgos más problemáticos

¿Dónde acaba el aficionado entusiasta y curioso por la música y comienza el fan en su sentido más grotesco? Todos conocemos ejemplos de gente que vive por y para un solo artista y que no sale de ahí. Aquí describiremos, pues, el arquetipo del fan irritante.

Como muchas veces se ha dicho, el concepto ‘fan’ tiene su origen en la palabra ‘fanático’ [ “Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas” y “Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo”, según el diccionario de la RAE], y de la misma manera en que no se le pueden pedir peras al olmo, cuesta mucho demandarle imparcialidad, distancia o sentido crítico a los seguidores de ciertas bandas. Sin embargo, desde que la música pop existe (e incluso antes de que fuera pop), el fan apasionado y dispuesto a defender a muerte una opinión es una parte indisociable y necesaria del engranaje social del mundillo. No existiría una industria –con sus rankings de discos más vendidos o descargados o visionados en YouTube, por ejemplo, que miden la popularidad de un artista–, ni giras multitudinarias, ni merchandising, ni todos esos sectores industriales que hacen que la rueda siga girando, si no fuera por los aficionados de a pie y, en particular, aquellos que hacen de ciertos estilos y de ciertos artistas su obsesión diaria.

Por otro lado, como también se sabe, la obsesión no es buena. El amor es necesario, pero si se vuelve amor ciego entonces es imposible tener una idea crítica de las cosas. Y eso es lo que hace que, en el día a día del consumo pop, la figura arquetípica del fan se haya vuelto, a veces, una molestia. Y no hablamos de beliebers con las hormonas alteradas que son capaces de pasar una semana acampando para ver de cerca a su ídolo, ni de la típica niña que empapela su habitación de posters y graba vídeos llorando. El fan no es necesariamente esa caricatura adolescente. El fan también crece, concluye estudios de altísimo nivel, se empareja durante largos años, hasta tiene hijos, y su universo musical, sin embargo, se queda empobrecido por una devoción excesiva y unidireccional hacia un tipo de artista –¿cuántos casos conocéis de gente inteligente, adulta y con responsabilidades a la que, sin embargo, sólo le gustan U2 y de ahí no salen?–, alrededor del cual orbita el resto de su vida.

Es de este arquetipo del que vamos a hablar. Porque este tipo de fan se puede explicar y se puede describir (aunque no se pueda argumentar con él o ella), y lo tenemos siempre más cerca de lo que creemos. Puede que seas tú. O puede que lo tengas al lado. O podría ser yo mismo, el que escribe este texto, y en realidad lo que esté haciendo es diseccionándome a mí mismo.

1. El fan utiliza con exceso la palabra “genio”. Su artista favorito, ya sea Dave Gahan, Thom Yorke o Jeff Tweedy, es por definición, desde el primer minuto de su carrera y hasta el último conocido, un genio sin que esa argumentación se pueda rebatir. Pero tengamos claro lo que significa genio (volvemos a la RAE): “Persona dotada de una capacidad extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables”. Hay que distinguir genio de talento, porque el genio alcanza una dimensión superior a la del resto de sus contemporáneos e incluso generaciones posteriores: Leonardo Da Vinci, Mozart o Alejandro Magno y tantos grandes hombres de la humanidad han alcanzado ese estatus; el cantante de Muse, que nosotros sepamos, todavía no. Aunque a ojos del fan, por supuesto, Matt Bellamy o Kanye West puedan ser más importantes que Picasso. Nos gustaría creer que sí, pero sabemos que no.

2. El fan no sale de un repertorio muy cerrado y de un número limitado de artistas. En su caso más extremo, el fan escucha un solo grupo como si fuera el Libro Rojo de Mao, tiene todos sus discos, los tiene gastadísimos, y todos esos discos son geniales. No tiene ninguna necesidad de escuchar –que sería algo lógico– la música que influenció a su ídolo, ni la de sus contemporáneos más cercanos ni la de los artistas a los que ese artista ha inspirado, porque inmediatamente son calificados de imitadores sin talento y sin personalidad, o de simples trámites para llegar a un estadio de perfección. Detrás de esta cerrazón subyace un problema mucho más inquietante: la alarmante falta de curiosidad por otras músicas que arrastran muchos fans. Y si sólo te gusta un músico, sin duda te gusta, pero ¿te gusta la música si sólo escuchas un puñado de discos y de ahí no te mueves? Permitidme dudarlo.

3. El fan no acepta ninguna clase de crítica. Toda la obra de su ídolo es perfecta desde el primer single hasta el último, no reconoce ningún tipo de altibajo y se niega a aceptar que en una carrera larga incluso pueda haber momentos de decadencia. Sí hay un canon personal de discos favoritos por encima de otros (incluso de etapas y de canciones), pero incluso el mayor bodrio que haya podido grabar el artista el fan lo justificará con argumentos débiles. El primero de todos (véase el punto 1), que es la obra de un genio, que los genios no pueden fallar y no se hable más.

4. La escala de valores del fan está distorsionada por el artista idolatrado. Imaginemos que X, del que tienes todos sus discos, viene a actuar a tu ciudad. Se trata de un concierto que es probable que se agote y para conseguir una entrada hay que hacer una larga cola. El fan no tendrá ninguna duda en que es más importante levantarse de madrugada, acampar en la puerta de la taquilla, dejar de ir al trabajo (o a clase, o incluso a algún examen), pegarse con otro fan que haga cola a su lado, dejar de mear o cagar (o mearse y cagarse encima) por no perder el puesto en la hilera, y todo por conseguir esa preciada entrada de acceso al paraíso. Por no hablar ya de la cola antes del concierto, donde se repite el ritual, normalmente a la intemperie y con un sol de justicia o lluvia apocalíptica. Da igual si luego hay que repetir curso, o se pierde el trabajo, o se acaba con un ojo morado: para el fan, todo eso habrá merecido la pena.

5. El fanatismo del fan conlleva que cualquier opinión contraria a la suya es, por definición, fruto de la envidia, la ignorancia o la mala fe. Si al fan le gusta el grupo X, y tú dices que el grupo es malo, o que su último disco es decepcionante, o que el líder está perdiendo facultades o está iniciando su decadencia (y ojo, todo esto se vuelve aún más grave y obsceno si lo dice UN PERIODISTA), el fan contraatacará con argumentos pobres y socorridos del tipo “tú lo que tienes es envidia”, “eres un músico frustrado”, “la prensa no sabe”, “escúchate todo los discos antes de hablar, que no tienes ni idea”, etcétera. Cuando la verdad es que, probablemente, sea él o ella quien cargue con una ignorancia supina (por la falta, véase el punto 2, de curiosidad).

6. Hay un tipo de fan especialmente irritante que es el ‘nuevo fan’, equivalente en el universo fanático de los nuevos ricos en la burguesía. Es esa clase de persona que descubre a un grupo en una época tardía (por ejemplo, descubrir a Depeche Mode en el año 2000, o a Daft Punk en 2012) pero que inmediatamente se convierte en el mayor talibán y el más ardoroso defensor de la causa. Es el fan que hace un cursillo acelerado de introducción a la materia, que se traga todos los discos en un bucle intenso de varias semanas y se empacha con ellos, que memoriza todas las letras de golpe, se lee todos los discos, peina la red en busca de información, se baja todas las fotos y, en cuestión de días, se ve en condiciones de discutirle la ‘fanez’ a gente que lleva 15 años picando piedra, acudiendo a conciertos, comprando camisetas y discos, cultivando con paciencia la pasión de una vida.

7. Otro tipo irritante de fan, y siendo un caso en cierto modo opuesto al del punto 6, es el de la persona que no reconoce en público ser fan de algún artista concreto. Gente que hace escuchas privadas en Spotify de sus músicos favoritos para deleitarse en soledad –por aquello del qué dirán–, pero que en público despotrica del artista con mucha mala baba. Este comportamiento lleva consigo un cierto matiz esnob, que consiste en mostrar superioridad y distancia con otros fans, a los que se les recriminan cuestiones como las expuestas más arriba. Pero todo esto es pose y postureo. Evidentemente, cuando está solo, el sujeto examinado se convierte en un fan tan excesivo como aquellos a los que pone verde a sus espaldas.

8. El fan siempre lucirá con orgullo todas las huellas que el artista ha dejado, no ya en su memoria, sino en su cuerpo. El tatuaje es la mejor forma de reconocer la adhesión a una causa: si te pones la cara de Camarón en el omoplato o de Thom Yorke en el pezón, de manera tácita estás diciéndole a todo el mundo que no hay nadie más fan que tú, porque eres capaz de desperdiciar un trozo virgen de tu piel en un retrato a la tinta hecho por un tatuador de mierda. El fan también lucirá cicatrices producidas en conciertos, escayolas o incluso trozos de su cuerpo desprendidos como dientes rotos o fragmentos de menisco tras aquella operación tan necesaria después de hacer stage diving en un concierto de Green Day con la mala fortuna de que nadie te recogió en el salto antes de estrellarte contra el suelo.

9. Esa obsesión por el ídolo tiene dos lecturas. Una es muy prosaica: la obsesión del fan puede no limitarse a los discos, los conciertos y las fotos, y llegar un paso más lejos, que tendría que ver con el stalkerismo y la persecución (primero para hacerte una foto con él o tener su autógrafo, a lo que siguen guardias en la puerta del hotel, sobornos al tour manager para conseguir algún regalo de merchandising o una visita privada a la habitación), y más tarde cruzando la línea de la obsesión enfermiza que les lleva a hacer escrache o atentar contra el ídolo (recordemos las amenazas de muerte contra Björk en los 90) y a considerar que se le puede dañar, o incluso matar, porque se ha interiorizado un sentimiento de pertenencia tan fuerte que el fan se cree dueño poseedor del artista.

10. La otra lectura es la edípica / narcisista: el artista no deja de ser una proyección de carencias de afecto, ya sea en el padre o la madre (complejo de Edipo proyectado en el ídolo), o de simple amor propio: el fan, muchas veces, se ama a sí mismo, y la afición por tal cantante es una simple pantalla para ocultar frustraciones. Necesita sentirse amado, querido, reconocido, y también integrado en un grupo que le comprenda (es el caso más extendido entre los emos). Los otros fans, por tanto, se convierten en su familia.

Epílogo. El fan, en definitiva, sufre. Ya sea por la tardía publicación de los horarios de un festival –que le mantienen en vilo, porque no sabe a qué hora actuarán sus artistas favoritos, ni si van a coincidir en el tiempo y tendrá que sacrificar alguno–, ya sea por la salida a la venta de las entradas para un concierto único, incluso a veces por conseguir un vuelo y un hotel en una ciudad distinta a la suya, ya que su ídolo no pasa en esa gira por al lado de casa. Ya ni hablemos de las largas esperas hasta que se filtra el nuevo disco del grupo de turno. El sufrimiento del fan no es privado, desgraciadamente: el fan no deja de dar la brasa sobre todas esas cuestiones, trasladando su nerviosismo a la gente que tiene a su alrededor, que normalmente suelen ser cabales, adultas, con los pies en el suelo y que no están para ese tipo de ‘first world problems’.

* Locos por su ídolo: lo que un fan está dispuesto a hacer, en fotos.

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