Columnas

Esto es un tabú y es una puta mierda​

Algunos pensamientos con rabia sobre la desagradable experiencia del aborto espontáneo

Fotografía de Ieve Holthausen

"Acabo de pasar por mi segundo aborto natural. Es un tabú y eso es una puta mierda". Hace dos días una lectora nos hacía llegar un texto cargado de alma alrededor de su experiencia con el aborto espontáneo, un asunto doloroso del que creemos que se sigue hablando demasiado poco. A continuación reproducimos su escrito, respetando su deseo de permanecer en el anonimato.

La primera vez ya tenía abiertos los oídos cuando la ginecóloga de urgencias me dijo que el 50 por ciento de las mujeres fértiles tienen al menos un aborto espontáneo a lo largo de su vida.

Digo que era la primera vez porque estoy pasando ahora por mi segundo aborto. Ya sabes la ley de la estadística: si dice que todo el mundo tiene un coche es porque tu vecino tiene dos, y tú, ninguno.

Digo también que tenía los oídos abiertos porque cuando ingresé en el box con un sangrado y escuché aborto natural, mis oídos empezaron a retumbar y todo a mi alrededor sonaba como en ecos, igual que en las películas cuando el protagonista sobrevive a una explosión. Y sí, algo dentro de mí estaba explotando. Mi no embarazo de siete semanas.

El 99% de la gente te va a decir que mejor ahora que más adelante, que el cuerpo es muy sabio y que es mucho más frecuente de lo que se conoce, como si fuera vox populi y no el puto tabú que es en realidad

Es un lema de las gestantes eso de "ya se verá, que aún es muy pronto". También es un mantra lo de "no digo nada hasta la semana doce, por lo que pueda pasar". Pero lo cierto es que ninguna piensa en el fondo que le vaya a tocar a ella. Siempre hay miedos, claro, pero tienen más que ver con un bebé enfermo, que al final implica un embarazo a término, que con levantarse una mañana y descubrir, así, de repente, que el pecho ha vuelto a la ridícula talla que tenía antes de que empezara todo, antes de que imaginaras paredes que cambian de color, mudanzas y nombres de pila.

Porque sí, está prohibido hacer planes antes de la dichosa semana doce, pero tú los imaginas y no lo puedes evitar. Y tampoco los cuentas, porque sabes que esas primeras semanas son secreto de Estado, como también lo es tu alegría o tu preocupación. Todo se guarda en una caja bajo llave entre tu corazón y tu útero. Se guarda "por lo que pueda pasar".

Y pasa. Y la caja se hace añicos. Y tampoco puedes decir nada porque, y esto es una estadística personal, el 99% de la gente te va a decir que mejor ahora que más adelante, que el cuerpo es muy sabio y que es mucho más frecuente de lo que se conoce, como si fuera vox populi y no el puto tabú que es en realidad. Como si no fuese una realidad paralela. Como si lo normal fuese hablar de ello en lugar de mantener ese silencio que lo hiela todo.

Habrá también un uno por ciento que se solidarizará con tu pena y no sabrás qué es peor, si que te miren con lástima o te priven del derecho a estar triste porque al fin y al cabo, aún era "muy pronto".

Así que te callas y tu dolor se va haciendo bola justo allí, en el estante donde depositaste la caja, y se enquista. Procuras situarte en el discurso del 99% pero tu cuerpo le ha puesto un puente de plata a la progesterona, que retira sus tropas a toda prisa, dejándote vacía y sola. Tú piensas en frío, estás serena. Es tu cuerpo quien llora por ti.

Llora muchísimo y casi siempre a escondidas.

La cosa es que te quedas con tu quiste de dolor y cuando se disipa, lo que te deja es miedo. Miedo al sexo, miedo al predictor, miedo a tu propio cuerpo

Cuando las hormonas te abandonan en el post parto, tienes un niño que ocupa el tiempo que dedicarías a tu depresión. Cuando te dejan tirada al inicio del camino la hostia contra el suelo es mucho mayor. Pero nadie te había hablado de ello, quizá porque era "demasiado pronto", tal vez porque se guardaban el mensaje para después, para servirte de consuelo "por lo que pudiera pasar".

La cosa es que te quedas con tu quiste de dolor y cuando se disipa, lo que te deja es miedo. Miedo al sexo, miedo al predictor, miedo a tu propio cuerpo. Un miedo que se ha comprado un sillón ahí dentro, entre tu útero y tu corazón. Y no tiene intención de marcharse.

Yo decidí que si volvía a quedarme embarazada no habría caja, ni estante, ni ilusión que guardar ni quiste que extirpar si todo se iba otra vez a la mierda. Pero ocho meses después, me vi de repente en el cuarto de baño de la oficina suplicando a un palo de plástico que me dijera que sí, como quien ruega un indulto. Y lo tuve, vaya que sí lo tuve. Y para cuando llegué a casa ya tenía una caja de madera de la buena, más dura y más hermética que la anterior, repleta de planes. Y lo que fue precipitación eran todo cautelas, desde esperar a estar de al menos ocho semanas para ir al médico y tener así margen de sobra para que todo fuese fatal, hasta evitar decírselo incluso a mis padres, en un esfuerzo titánico por mantener la ilusión absurdamente bajo llave. ¿Para qué? Para al final verme en la semana nueve tumbada y sola delante de una pantalla que dice que lo que debía estar, no ha aparecido. Que soy un aeropuerto sin aviones. Que el nosecuántos por ciento de las mujeres fértiles que han tenido un aborto tienen otro. Vaya por dios. ¿Es que un primer aborto es "muy pronto" para advertir de esto?

Me pregunto cuántas mujeres andan por ahí calladas, quitándose las astillas de su caja reventada. Cuántas como yo creen que no tienen derecho a estar tristes porque era demasiado pronto

He descubierto que la caja estalla igual, quizá con más fuerza, porque además de escupir un dolor puntiagudo y profundamente íntimo, despide rabia. Rabia por haberte dejado engañar otra vez por tus propias expectativas. Rabia por haberte concedido ser feliz imaginando paredes que cambian de color, mudanzas y nombres de pila mientras admiras tu talla nueva de sujetador en el espejo. Rabia por consentirte estar triste cuando ya deberías andar de vuelta de todo. Rabia por tener que volver a callarte, porque "era muy pronto", porque lo guardaste para ti por lo que pudiera pasar. Porque en el fondo, no creías que te volviera a suceder a ti, que estadísticamente eras la vecina que ya tiene coche.

Una Paloma ha puesto esta semana huevos en el tendedero de mi casa. La observo y deseo que tengan vida dentro. ¿No es todo una gran ironía?

Mientras espero, porque otra cosa de la que no nos advirtieron por si era "pronto" es que un aborto no es una mala tarde y listo, sino muchos días de espera, sangrando o temiendo sangrar, hasta que alguien se decide a demoler por ti los restos del edificio; me pregunto cuántas mujeres andan por ahí calladas, quitándose las astillas de su caja reventada. Cuántas como yo creen que no tienen derecho a estar tristes porque era demasiado pronto. Cuántas habrá rumiando las estadísticas mientras chupan techo en algún dormitorio vacío. ¿Se sentirán tan solas aún estando como yo, acompañadas?

En urgencias se apiadaron de mi. Esta vez no me hicieron esperar dos semanas tumbada en una cama a que la naturaleza hiciese su trabajo. Me programaron un legrado para el domingo 1 de mayo. Sí, el Día de la Madre. De nuevo, una gran ironía.

Tres días y volver a la vida de siempre fingiendo haber vencido una gripe que nunca existió. Si me hubiesen extirpado un tumor, sería más fácil hablar de ello, normalizarlo en lugar de intentar borrarlo de mi pasado, pero esto es un tabú. Y es una mierda.

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