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Watchmen

La película

Watchmen Carlos Vareno

Semanas antes de su estreno una dolorosa contracción en los corazones de sus seguidores atenazaba en cada trailer, en cada entrevista al director encargado de la adaptación, un tío como que rubiales, jodidamente americano, gorra de béisbol incluida y con la sonrisa de saberse capaz de todo, de dirigir la adaptación de cualquier cosa, echasen lo que le echasen al míster. No era de extrañar la tirria generada alrededor del hype, pero Zach Snyder los ha tenido siempre más que bien puestos, o al menos, tan hinchados y malolientes como el ego inmortal de su creador original Alan Moore.

Pope de la novela gráfica y mago a jornada completa,- literalmente, y si no vean el documental a su figura “The Mindscape of Alan Moore”- desde su retiro de la campiña inglesa no ha querido saber nada del asunto. Más que suficiente tiene el genio de Northhampton con sus paraísos e infiernos metafísicos para molestarse en los menesteres de la cotidianeidad y sus agotadores maratones de promo y autógrafo. Los anteriores intentos de adaptación al cine de sus obras habían sido verdaderas cagadas como para cabrear a cualquiera; algo así como el guaperas de Johny Depp persiguiendo a Jack el destripador en 'From Hell', para no ir demasiado lejos. Pero no empecemos otra vez llamando a los malos augurios. Comprensible es que el barbas a día de hoy se dedique a la magia y al oscurantismo de espaldas a una industria tragaperras, y eso, es lo único que debemos saber al respecto.

Mientras, el mundo entero y sus cosas varias, aguardaba expectante entre flashes y gritos la adaptación de Zach Snyder el 24 de Febrero en la capital londinense. Sacrilegio para muchos, un paso adelante para otros. La gran obra de la narrativa postmoderna iba a ser desguazada y proyectada en haces de protones y neutrones mientras el crunch crunch y el shrp shrp de las palomitas y la cocacola con extra de hielo pronto iban adornar la escena archisexual entre el Búho Nocturno y Espectro de Seda al son glorioso del “Hallelujah” de Leonard Cohen. Cosas de la postmodernidad y del cine, y los asistentes, freakies escépticos en su mayoría, con las neuronas y capilares nerviosos aullantes por la emoción de verse sumergidos otra vez en la realidad paralela del mito que desde 1985 se ha hecho llamar Watchmen. Watchmen, sí. Repitan conmigo señores: WATCHMEN.

Zach Snyder ya demostró en su anterior adaptación al cine de “300” de Frank Miller que no hay fan del cómic con halitosis que le tosa sus intenciones. Y que ni se le ocurra al pobre diablo, que le suelta un mandoble a la vuelta de la esquina a base de espectacularidad y buen hacer cinematográfico. Allí están para probarlo sus ultra estéticos créditos iniciales de su último film en los que al son de “The Times they Are a-Changing” de Bob Dylan nos cuenta con un uso magistral de la elipsis las diferentes fases y épocas del súper héroe enmascarado de los Estados Unidos de América. El resto es puro deleite, el de pupilas dilatadas y el de querer más, más y más.

Aprendidito tendremos que tener a partir de ahora que en el seno mismo de la cultura del remix ya no vale aquello de que el original es mejor que su copia, supuesto pálido reflejo de una verdad arcana inmutable. Que soberano coñazo, oigan. Cuanta turra hemos tenido aguantar de los férreos defensores de las purezas incorruptibles y la tradición del banjo en los púlpitos de la opinión pública. Pues el ADN de la vida y la cultura está sujeto al natural e irreversible proceso mismo de la mutación de su genética, o eso dicen los de bata blanca de nuevo cuño. Los personajes de carne y hueso que pueblan magistralmente la nueva película de Zach Snyder no rivalizan de ninguna manera con los de tinta afrutada de Dave Gibbons, no, la cosa no va precisamente de eso. Acompañan tiernamente, amorosamente, repletos de inteligencia en su justa recontextualización al celuloide, en una historia que como los viejos mitos, necesita, y debe transmitirse, de generación en generación. Nada más. Los demás que se aferren a la pureza como un niño cegato a una gominola en un mundo repleto de chucherías multicolores y complementarios. Nosotros disfrutaremos una y otra vez como jabatos con esta grandísima lección de cine. Vayan a verla, hala.

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