Columnas

Walter White viaja a San Petersburgo, la última frontera de Breaking Bad

El tema de “Breaking Bad” es el crimen y castigo; entonces, ¿qué enseñanzas te procura el último episodio de la serie alrededor del mal?

El último episodio de Breaking Bad ha roto límites. Dicen que sólo en USA más de 10 millones de personas presenciaron el espectáculo en directo, y que en sus horas siguientes el capítulo fue descargado medio millón de veces. Anteriormente, Walter White también había traspasado todas las fronteras. A fin de cuentas, Breaking Bad, como las mejores obras de ficción, habla de la moral. La pregunta es, ¿valieron el esfuerzo todos esos crímenes?

[ Spoiler Alert: Este artículo habla del final de “Breaking Bad” (y de varios otros finales), si sigues la serie y no lo has visto, mejor no sigas adelante.]

En el último capítulo nos habíamos dejado a Walter White ocultándose del mundo y de sí mismo en uno de los mitos primigenios de la cultura norteamericana: la cabaña en lo más profundo del bosque. Ese retiro en el que escribir la gran novela americana, o donde apartarse de la civilización en un gesto anacoreta. El de Walter White no era un caso ni el otro, sino más bien un momento de su escapada tras haber quemado todas las naves, pero con un resquicio todavía para la huida y para el triunfo.

La cabaña de tío Walt

La cabaña en medio de la naturaleza salvaje tiene un alto componente simbólico asociado a la génesis o a la liquidación. Así, la imagen de Walter White allí metido recuerda poderosamente a la de Spider Jerusalem en las primeras páginas del cómic “Transmetropolitan”, de Warren Ellis y Darick Robertson, donde asistimos a cómo un hombre con el pelo largo y el aspecto rapaz e indómito de una bestia peligrosa decide regresar a la civilización, nacer por segunda vez. Lo primero que hará al salir de su encierro será pasar por una taberna montañesa y pegarle fuego. En el siguiente capítulo veremos que se ha rapado el pelo, adoptando el singular semblante que lo caracterizará hasta el último capítulo. En “Breaking Bad” sucede lo mismo pero al revés: el momento-cabaña no es el desencadenante de la historia sino un preludio del juicio final. Walter White ha llegado allí con el pelo rapado al cero (como hace ya varias temporadas que estamos acostumbrados a verlo), y el encierro lo ha convertido en todo un conde de Montecristo, que esta vez no sólo rumia su venganza sino el último golpe de efecto que le permita darle un sentido a todas las maldades que allí lo han llevado: hacer llegar a su familia el dinero conseguido con sus muchos crímenes, tal como se había propuesto en los primeros capítulos, cuando le diagnosticaron cáncer y él temió por la inestable seguridad económica que le esperaba a su familia. Si lo consigue, todo habrá servido para algo. Si no lo consigue, deberá enfrentarse con la cruda realidad de haberse convertido en un monstruo para nada. Así que lo tenemos con el pelo largo como un atributo de la vida retirada paralelo al de Spider Jerusalem, y pasando, como aquél, por una de esas tabernas que sólo existen muy apartadas de todo, aunque a una relativa proximidad de la Cabaña Americana, así en mayúsculas.

Aquello es algo parecido a un purgatorio, el momento en que todavía caben la duda y la esperanza . No hay que olvidar que uno de los activos de “Breaking Bad” es no tanto el paisaje desértico de Albuquerque como el extraordinario provecho visual que le sacan Vince Gilligan y sus muchachos al paisaje desértico de Albuquerque. Con ese sobrecogedor poder de evocación en que, tanto los espacios abiertos como las panorámicas de la ciudad vacía, silenciosa, parecen tantas veces transmitir la misma idea que los escenarios ausentes de Samuel Beckett, la misma sensación de intemperie en que se desenvuelven los cuerpos de los personajes pero también sus almas. En condiciones normales, esos horizontes vaciados de vida serían la metáfora visual perfecta del purgatorio, incluso del Apocalipsis, como tan bien han entendido los creadores de “The Walking Dead”. Pero es que “Breaking Bad” ya sucede ahí normalmente. Ese terrible abismo es el hábitat natural de la serie. Por eso su opuesto es la frondosidad y la vida (animal, vegetal) del bosque en que lo dejamos en el último capítulo. Por eso ver a Walter White metido en un bosque nos pone los pelos de punta. Pero, ¿qué hace ahí?

El bueno, el feo y el malo

"Con el paso de los capítulos Walter White ha ido situándose por encima del bien y del mal. Pero, ¿cómo llegó ahí?"

Básicamente, vela las armas de cara a su última jugada, y se enfrenta de algún modo –todavía sólo de un modo oblicuo– a las consecuencias de su deslumbrante carrera delictiva. Antes de emitirse este último capítulo, preguntado sobre el final que tenía previsto, Vince Gilligan afirmaba lo siguiente: “En mi imaginario, los buenos ganan y los malos pierden. Pero así no funcionan las cosas en el mundo que hemos creado en la serie. No siento presión alguna por explotar la fibra moralista”. Y es que ésa era la cuestión. Walter White se había convertido en un tipo bastante malvado, y la duda principal a las puertas del último acto era precisamente qué relación se acabaría imponiendo entre el crimen y el castigo. Es decir, ¿iba Walter White a responder ante un juicio moral por sus actos?

El protagonista de la novela “Crimen y Castigo”, un joven llamado Raskolnikov, opina que las personas se clasifican en dos categorías, una inferior, “la de los individuos ordinarios, es decir, el rebaño cuya única misión es reproducir seres semejantes a ellos”, y una superior, cuyos integrantes, “para conseguir el triunfo de sus ideas, pasan si es preciso sobre montones de cadáveres y ríos de sangre. Mi opinión –concluye el personaje de Dostoievski– es que pueden permitirse obrar así”. Walter White nunca ha afirmado lo mismo que Raskolnikov, pero actúa como si lo pensase. Para empezar, a él las ideas le importan lo justito, lo que de verdad le interesa es conseguir el dinero suficiente para asegurar el futuro de su familia y poder morir tranquilo. Además, él nunca enuncia este tipo de disquisiciones morales, y mucho menos se molestaría en formular una teoría al respecto. Pero el hecho es que el punto de vista desde el que ha trabajado siempre es exactamente ése. Sin cobertura teórica que lo proteja (o lo deje en evidencia), lo cierto es que ha pasado por encima de un montón de cadáveres, y lo ha justificado –tanto ante sí mismo como ante quien ha querido escucharle– en aras de un propósito más noble. Incluso cuando, de forma perfectamente premeditada, pone en grave peligro la vida de la especie de familia que se ha montado Jesse Pinkman (su Sancho Panza, su único amigo), Walter White encuentra recursos retóricos para tratar de camelarlo, e intenta hacerle creer que lo compensará. Y es que con el paso de los capítulos ha ido situándose por encima del bien y del mal. Pero, ¿cómo llegó ahí?

La comparación con “Dexter” (de James Manos Jr.) es más bien circunstancial. Resulta que el último capítulo de “Dexter” también se ha emitido estos días… Ése sería más o menos el mayor punto en común entre una serie y la otra, cuya relación a nivel de ambición estética sería más o menos la que existe entre “Los Soprano” y “Los hombres de Paco”. Así que no lo hagan ustedes en sus casas (esta comparación, digo), porque resultaría del todo injusto, y a fin de cuentas “Dexter”, allá por sus primeras temporadas, era una serie bien entretenida. Pero bueno, puede servirnos para seguir desmontando a Walter White. Aunque a pesar de lo que pueda parecer, tampoco la encarnación del mal en los protagonistas de ambas series presenta similitudes más allá de la superficie.

Dexter es malo porque de pequeño le sucedió algo terrible, más o menos en plan yo soy rebelde porque el mundo me hizo así. Presenciar siendo un bebé (¡?) el atroz asesinato de su madre, lo convirtió (¿por inducción?, ¿por convección?, ¿por magia simpática al contacto con la sangre?) en una criatura con una insaciable sed de muerte que su padre adoptivo supo conducir contra gente todavía más mala que él. La indudable habilidad de los guionistas consistió en ir dosificando esta información según un esquema clásico que hace avanzar la trama con cronológica normalidad, un caso por capítulo tras otro, mientras de vez en cuando tenemos acceso a breves fogonazos que iluminan aquella calamidad primigenia y construyen un arco argumental de mayor recorrido. Eso, en efecto, funciona muy bien a nivel de creación y satisfacción/frustración de expectativas, con el consabido rédito a nivel de intriga, pero ni quita ni pone a la pregunta fundamental (¿por qué esa sed de sangre, esa maldad congénita?, ya que no se trata de sed de venganza, como no sea en un sentido cosmogónico), pues su respuesta acude sin el menor reparo a la más manida de las justificaciones de la violencia en el cine menos exigente: la psicologista vía trauma infantil.

Esta respuesta tiene dos implicaciones inmediatas. La primera, renunciar a adentrarse mediante las poderosísimas herramientas de la ficción en las profundidades del alma humana en toda su complejidad, y eso que el formato serie, en relación al formato película, ofrece entre muchas otras cosas un metraje que permite el trabajo in extenso con la dimensión moral del hombre, con la representación de la lucha de cada Jekyll con su propio Hyde (recordad, si no, a Tony Soprano y su tormentosa relación con aquel pez cantarín). Y el sondeo de las razones del mal en Dexter terminó cuando se agotó la subtrama regresiva sobre su traumático pasado infantil. La segunda reviste un carácter político, a través de la imposición de lo psicológico (o, con mayor frecuencia, lo supuestamente psicológico) sobre lo sociológico. Esta segunda implicación tiene una translación absolutamente mimética en nuestra realidad mediática cotidiana: el hombre que arrojó un zapato a Bush “estaba loco”, por eso le arrojó un zapato a Bush; el hombre que le desgarró la cara a Berlusconi “estaba loco”, por eso le desgarró la cara a Berlusconi. En ningún caso había, al parecer, la menor motivación política. Tomad nota, porque la próxima vez que un ciudadano agreda a un político… eso es, lo habéis adivinado, otro desequilibrado.

Independientemente de los comentarios que puedan desprenderse, el caso es que en la maldad de Dexter no hay una evolución significativa; sí hay evolución –me apresuro a matizar– en la percepción que de ella tiene el espectador, pues va descubriendo el lado oscuro del protagonista capítulo a capítulo durante las primeras temporadas. Pero Dexter ya era así antes de que nosotros acabásemos de entenderlo (con toda la mística y la metafísica que puede albergar en estos casos el verbo ser), y cuando por fin lo hacemos, desaparece todo movimiento. Walter White es muy distinto.

"Este coqueteo con la maldad no hará sino seguir creciendo hasta convertirse en una relación estable y llevar a nuestro héroe de un callejón sin salida a otro"

En los primeros capítulos Walter White es un pobre diablo, un hombre bueno, más bien feo y al volante de un coche que parece un zapato ortopédico. Es, pues, uno de los muchos hombres que engrosan ese rebaño al que aludía Raskolnikov. De hecho, sólo lo reconocemos como protagonista de la serie porque así se empeña en establecerlo la historia que nos cuentan. Ante la terrible situación en que lo deja el descubrimiento de su enfermedad, este hombre ordinario y gris toma la decisión de situarse al otro lado de la ley. Pero eso no es nada –se dice a sí mismo y nos transmite a nosotros–, todos esos drogadictos van a seguir consumiendo, sea yo quien produzca la metanfetamina o sea otro. Luego la cosa se va complicando y, en uno de sus muchos y alucinantes coqueteos con los géneros de la serie, el drama y la comedia negra van entrando en el territorio de los gángsteres, Walter White se desdobla en Heisenberg, que es una forma de acercarse a la segunda categoría de hombres que proponía Raskolnikov, y da un segundo paso en dirección al mal. Ahora ya no sólo es cosa de producir metanfetamina, también de matar a gente, de un bando y del otro, y del otro, y del otro; y en adelante este coqueteo con la maldad no hará sino seguir creciendo hasta convertirse en una relación estable y llevar a nuestro héroe, como al vaquero del sombrero blanco en un western, de un callejón sin salida a otro. Por no hablar del inasible castillo de mentiras sobre el que construirá su relación con socios (Jesse, Gus, Mike), familiares (Skyler, Hank, Walter Jr.) y amigos (Jesse… y ya está). El hombre bueno y feo se había hecho malo.

La delgada línea roja

¿Es alguno de esos callejones sin salida la cabaña donde lo dejamos en el último capítulo? ¿Lo es acaso el gigantesco castillo de mentiras? No, todavía no. A fin de cuentas, y se iniciase como se iniciase en su carrera criminal, White/Heisenberg es un gángster: el asesinato y la mentira vienen con el sueldo. Es entonces cuando, de repente, en los últimos capítulos suceden dos cosas que, esta vez sí, parecen trastocarlo todo. Si hasta aquí, a la manera de la Mafia, la opción Raskolnikov se mantenía en pie –todo esto lo hago por la seguridad de mi familia, tan noble fin me sitúa con justicia por encima de la moral ordinaria–, cuando Walter White mata a Hank y secuestra a su propia hija para abandonarla después en un parque de bomberos, parece perder todo asidero con la menor decencia. A ver… lo de Hank, pase; a fin de cuentas es un poli y también a él le va con el sueldo. Pero, ¿y ese gesto melodramático del secuestro del bebé? ¿En serio era necesario? Siendo la menos cruenta de sus muchas atrocidades, acaso sea también la más despiadada y es seguro la más gratuita. En ese momento Walter White parece encarar un camino de no retorno. Cuando abandona la cabaña y baja a la taberna montañesa en un gesto desesperado por cumplir la misión de su vida y hacer llegar una parte del dinero a su familia, ésta, a través de su hijo Walter Jr., le da definitivamente la espalda. Su carrera al margen de la ley pierde entonces su sentido. Todo parece indicar que deberá enfrentarse con la cruda realidad de haberse convertido en un monstruo, a cambio de nada.

"¿Iba a entregarse?, ¿a redimirse?, ¿a arrepentirse? ¿O acaso –él sí– sabría llevar a buen término su plan...?"

En las últimas páginas de “Crimen y Castigo” (todavía queda el epílogo), Raskolnikov no puede soportar la culpa y se entrega. En los minutos finales del capítulo 5x15 de “Breaking Bad” (todavía queda el último), Walter White llama por teléfono a la policía para entregarse. Pero no, en un nuevo giro improbable, de repente ha desaparecido. Cuando llega la policía allí sólo queda su vaso mediado sobre la barra como prenda de su huída. En el epílogo, Raskolnikov se enfrenta a las oscuras visiones de un terrible Apocalipsis, y el amor de Sonia, junto con la penitencia que supone la perspectiva de pasar siete años en Siberia, lo acaban redimiendo. No se arrepiente de sus actos, pero sí de no haberlos sabido llevar a cabo con total entereza: “¿Qué quiere decir la palabra ‘crimen’? –se pregunta el personaje de “Crimen y Castigo”–. Tengo la conciencia tranquila. Sin duda, he cometido un acto ilícito; he violado las leyes y he derramado sangre. ¡Pues cortadme la cabeza, y asunto concluido! Pero en este caso, no pocos bienhechores de la humanidad que se adueñaron del poder en vez de heredarlo desde el principio de su carrera debieron ser entregados al suplicio. Lo que ocurre es que estos hombres consiguieron llevar a cabo sus proyectos; llegaron hasta el fin de su camino y su éxito justificó sus actos. En cambio, yo no supe llevar a buen término mi plan... y, en verdad, esto demuestra que no tenía derecho a intentar ponerlo en práctica”.

Ahí es donde dejamos a Walter White al final del último capítulo. Ése era el peso de su paso por la cabaña. ¿Iba a entregarse?, ¿a redimirse?, ¿a arrepentirse? ¿O acaso –él sí– sabría llevar a buen término su plan...? La última opción parecía imposible, pues tras el episodio del secuestro, tras cruzar esa última línea roja (como diría el hortera de Obama), su familia había cortado todo lazo con él. Pero lo cierto es que lo teníamos vivo y en plena acción. Era el momento de las apuestas.

Yo, personalmente, sentí un inmenso placer cuando hacia el final de la tercera temporada de “Juego de Tronos” mataron al bobo de Rob Stark, a la pesada de su madre, y a la empalagosa de su novia la señorita de la Cruz Roja. Como roommate, eso sí, lo preferiría a él que a Joffrey (a uno podría robarle el bocadillo, el otro si me descuido igual me empala), pero vaya, estamos hablando de cine, de arte. Es lo que decía Vince Gilligan: “En mi imaginario, los buenos ganan, y los malos pierden. Pero así no funcionan las cosas en el mundo que hemos creado en la serie”. Y vaya, tampoco es algo que se haya inventado él. Hace cosa de un año se publicaba un libro demoníacamente cautivador: “La Facción Caníbal. Historia del Vandalismo Ilustrado”, de Servando Rocha (La Felguera Editores). Una errática historia contemporánea de la fascinación que produce en el hombre el terror (y aquí terror no hay que entenderlo como género cinematográfico o literario, sino como la violencia en estado puro, la belleza en su relación con el asesinato, el éxtasis del sadismo, la simpatía por el diablo, la erótica de la destrucción, el placer del caníbal, lo sublime de la turbamulta sedienta de sangre, Quency, Blake, Jack el Destripador, Pistols, Robespierre, Marinetti, las Sociedades de Amigos del Crimen, la secta de Los Asesinos…), en la cual, el auténtico origen de nuestra era no se sitúa en los logros emancipadores de la Revolución Francesa, sino unos pocos años después, durante el reinado del Terror, en esa nueva y terrible belleza aparecida. Porque eso es así… Imagino que si estás siguiendo esta serie no es para comprobar si Skyler saca adelante su lavadero de coches como si jugases a “Los Sims”, sino porque tu poquito de placer sientes cada vez que Walter White hace un triple mortal con doble tirabuzón. Y seamos honestos, sabemos desde el principio que antes de que él llegue a zambullirse en la piscina, alguien habrá muerto de un modo sorprendente y, sí: seductor. ¿De verdad vamos a ponernos melancólicos porque al bueno de Hank le hayan descerrajado un tiro en la cabeza? “Es sólo muerte”, le decía en “Vikings” el hijito de Ragnar Lodbrok creo que a su hermana cuando ésta apartaba la vista ante un ritual pagano donde, en efecto, un miembro de la comunidad se entregaba en sacrificio. Hank debía morir por el bien de la maldad de Walter White, como Rob el calzonazos tenía que hacerlo para matar con él el tedio que nos producía su subtrama llena de aburridas conversaciones en una tienda de campaña y de planes de ataque que nunca llegaban a concretarse. Pero bueno, eso es cosa de cada uno. Cada uno hacía su apuesta. La mía estaba del lado de alguna forma de Apocalipsis, en cuyo epicentro perecería Walter White, cierto, pero llevándoselo todo por delante. No un Apocalipsis como el de Raskolnikov, soñado y al fin terapéutico, sino como el que define y teme Baudrillard en “Cool Memories”, cocinado para el espectador como un cargamento de metanfetamina azul: “El día del fin del mundo no habrá nadie, de la misma forma que no hubo nadie en el principio. Es un escándalo. Tan escandaloso para la especie humana, que es muy capaz, colectivamente y por despecho, de apresurar ese fin del mundo por todos los medios, sencillamente para gozar del espectáculo”.

El último tiroteo

"Live free or die podía leerse en la matrícula del coche que sirvió a Walter White para escapar, y ésa ya era una buena premonición"

En ésas estábamos, ni más ni menos. Ante la perspectiva de disfrutar de un buen espectáculo durante el último aliento de esta serie increíble. Ok, Gilligan, así no funcionan las cosas en el mundo que habéis creado en la serie. Pero entonces, ¿cómo funcionan? La respuesta nos la dio el otro día el último capítulo.

Live free or die, podía leerse en la matrícula del coche que sirvió a Walter White para escapar de New Hampshire y su cabaña y regresar a Alburquerque, y ésa ya era una buena premonición. Finalmente, el purgatorio de la cabaña no había sido tal, pues el purgatorio da acceso al cielo o al infierno, a la salvación o la condena eternas, pero a no ser que a Dios lo encarne Robert Rodríguez, no te devuelve la vida para que soluciones tú el dilema. New Hampshire, con su silencio forestal, con toda esa nieve tan extraña a los paisajes de la serie, sí había sido, en cambio, la Siberia de nuestro Raskolnikov doctorado en química. Siberia y los ojos húmedos de Sonia, nos cuenta el narrador de Dostoievski, redimen al personaje gracias al tiempo que todo lo cura y al amor, un tándem que cierra una vida de pecado y abre las puertas de una existencia nueva: “Aquí empieza otra historia, la de la lenta renovación de un hombre, la de su regeneración progresiva, su paso gradual de un mundo a otro”. De haberse quedado allí, rodeado de frío y lamiendo sus heridas, el caso de Walter White podría haber sido parecido. Pero él, de un mundo a otro, resulta que prefirió ir en coche, y ese otro mundo volvió a ser Alburquerque.

Una vez allí, corría el peligro de haberse convertido en un monstruo para nada, si el dinero y su familia se quedaban fuera del acto final. Pero no fue así: Walter White le da una lección a sus viejos socios, “Breaking Bad” nos regala unos instantes deliciosos que recuerdan a “La Naranja Mecánica”, con Alex/Walter entrando en su mansión como Pedro por su casa mientras suena música clásica… y el peligro queda conjurado. Sus hijos recibirán el dinero cuando ya nadie sospeche, los dos panolis de la mansión vivirán cagados de miedo hasta que esto suceda, Skyler obtiene las disculpas de nuestro héroe y respira aliviada, e incluso la esposa de Hank podrá enterrar a su marido.

Una vez allí, corría el peligro de faltar al honor, que es junto con el caballo todo lo que tiene un vaquero –y esto, entre otras cosas, era un western–. Pero no fue así: Walter White salva a Jesse Pinkman, su único amigo, al que han convertido en un esclavo contemporáneo a la manera del más cruel y sofisticado cine oriental, y le ofrece la posibilidad de vengarse, entregándose a él.

Una vez allí, corría el peligro de faltar a la matemática, dejando algún cabo suelto disfrutando de su imperio delictivo. Pero no fue así: el asesinato al completo de la banda de neonazis que gestionaba su “oro azul”, y de Lydia, la zorra que se había aliado con ellos y pretendía matarlo, no deja lugar a la duda. Aquí, los muchachos de Gilligan me han hecho pensar en dos películas, “Grupo Salvaje” (Sam Peckinpah), por la acometida final en que los protagonistas deciden morir matando y lanzarse a un asalto definitivo que saben será su tumba ( Come on, you lazy bastards !) y “Sympathy For Lady Vengeance” (Park Chan-wook), donde la mujer que comparte celda con la protagonista, antes de morir envenenada por ésta, tiene el un aspecto enfermo y terminal muy similar al de Lydia en su último y muy suculento frame. En la peli del coreano asistimos a la terrible agonía final, aquí sólo la intuimos, aunque tratándose del señor White, yo no tendría muchas esperanzas en reponerme.

Una vez allí, corría, por último, el peligro de faltar a la épica. Pero, vaya, ya lo habéis visto. Es cierto que el tiroteo final de “Grupo Salvaje” parece –sólo parece–quedarle un poco lejos a Walter White, porque su grupo lo formaban él y Heisenberg, que son uno solo, y porque él no muere matando… aunque sólo sea cuestión de minutos. Unos minutos que nos regalan un momento precioso, casi romántico, en que Walter White acaricia aquellos tanques de metanfetamina y nos permite un instante de melancolía al recordar los buenos momentos que él, Jesse y nosotros, los espectadores, hemos pasado cocinando meta. Pero resulta que a los dos últimos pistoleros de “Grupo Salvaje” no los mata ningún miembro del ejército absurdamente superior al que se enfrentan, sino un niño que apenas puede sostener el rifle, y un viejo campesino que aparece de repente en el vano de una puerta. Porque ni siquiera en tan desigual situación pudieron con ellos. Lo mismo que con Walter. La bala en el estómago que acaba con su vida la ha disparado él. Él ha activado el control remoto de la ametralladora con la llave de su coche. A Walter White lo mata el más fuerte: Walter White.

La historia lo había condenado. Walter White había dado con sus huesos en Siberia. Allí comentó la jugada con Raskolnikov, pero le dijo que prefería largarse a poner el punto final con sus propias manos, que allí se aburría y no quería dejar ese trabajo en manos del narrador. Así que cruzó los Estados Unidos por carretera, que es una forma de abandonar un símbolo americano (la cabaña en el bosque) para caer en brazos de otro, y el creador de esta historia maravillosa cumplió su palabra: no hubo moralinas sino un espectáculo a la altura de –nada menos que– “Breaking Bad”. Señor Vince Gilligan, desde este apartado rincón del sur de Europa, le damos las gracias por semejante obra maestra.

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