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De Blondie a The Clash: así conquistaron la moda los fanáticos del pop

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Una historia secreta sobre punks, teddy boys y disidencia cultural… 

Servando Rocha

09 Diciembre 2014 06:00

En la imagen, Malcolm McLaren y Vivienne Westwood

El lugar es el estadio de Wembley y la fecha agosto de 1972. La imagen pasa fugaz ante la cámara, pero allí puede verse a un joven y sonriente Malcolm McLaren rodeado de camisetas y ropa vintage perteneciente a su mítica boutique Let it Rock, situada en el número 430 de Kings Road, Londres. McLaren, en su intento por llevar la provocación al mundo de la moda y la cultura popular, es filmado mientras vende una camiseta de Little Richard junto al lema «Vive le rock!». Sucedió en un célebre festival encabezado por Bill Haley, Chuck Berry, Bo Diddley o Jerry Lee Lewis, entre otros artistas, pero donde Little Richard, que salió a escena poseído por una fuerza misteriosa y poderosa, deslumbró a las más de cincuenta mil personas que se congregaron aquella noche.

La cámara pasa rápidamente, casi como su estuviera emulando un truco de magia. Es ilusionismo, o parece serlo, al menos cuando lo vemos con los ojos del presente. Al detener la secuencia, justo cuando aparece el rostro de McLaren y sus ayudantes, todos ellos llamados a convertirse en historia del rock and roll en poco más de cuatro años, estamos presenciando un momento bello y maravilloso. Es el nacimiento de algo o el instante en que el caminante decide torcer el gesto y enfilar el camino que lo conducirá a la cumbre. Ahab, al fin, ha visto a su Gran Ballena Blanca.


“Let it Rock funcionaba como un núcleo de disidencia cultural”


En aquellas fechas, McLaren, junto a su pareja la diseñadora Vivienne Westwood, había logrado crear una sorprendente escena alrededor de su tienda, por la que solían pasar teddy boys, artistas outsider del barrio de Chelsea o adolescentes fascinados con el cuero y el bondage. Let it Rock funcionaba como un núcleo de disidencia cultural. Hoy, de toda aquella fábrica de ingenio, se conservan cientos de fotografías de sus clientes y amigos. En todas ellas, existe una sensación de extrañeza. Una monstruosidad o una provocación, una gamberrada inocente o una simple burla.

Todo se dirigía hacia lo que estaba por llegar. Para el multitudinario concierto, diseñaron una camiseta que vendieron en un stand colocado en el mismo césped del estadio. Sin embargo, la idea fue un fracaso, al menos comercialmente: apenas un puñado de fans compraron la camiseta y la mayoría prefirió gastarse el dinero en los puestos de hamburguesas y perritos calientes. Sin embargo, McLaren había inaugurado una tendencia que inmediatamente se convirtió en una operación frecuente en marcas de ropa y grandes superficies.


“La idea fue un fracaso, pero McLaren había inaugurado una tendencia”


Sucedió justo en el momento adecuado. A finales de los sesenta, el mundo de la moda aún no había otorgado al fenómeno del fan la importancia que se merecía. Comenzaban a organizarse grandes y multitudinarios festivales, pero no resultaba sencillo conseguir merchandising de los ídolos pop.  Vive le rock!, cuya imagen había sido tomada del single de Little Richard «You can’t keep a good man down» era una celebración a la tradición negra del rock and roll, pero también rendía tributo a la fogosidad del fan. The London Rock and Roll Show, la película sobre el festival dirigida por Peter Clifton y estrenada al año siguiente, es todo un homenaje a aquella época y a sus protagonistas: grupos de teddy boys se mueven llevados por puro nervio, anticipando el famoso pogo de los futuros punks londinenses. Hay escenas inolvidables.

En medio de su actuación, Bo Diddley, un músico que era una bisagra entre mundos aparentemente distintos (un negro amigo de los Ángeles del Infierno y, más tarde, un tipo que se exhibía junto a The Clash, demostrando por qué era tan auténtico y sencillo), mueve su mano derecha como un ventilador mientras enseña que un guitarrista con dedos gruesos, un guitarrista rudo, un guitarrista sin aparente destreza, puede llegar a emocionar y crear su propio estilo. De pronto, encandilando a los teddy boys que bailan como locos —y, cada cierto tiempo, se detienen, sacan su peine con una calculada lentitud y se peinan, conteniendo la grasa que gotea del pelo—, comienza a abrir sus piernas más y más.


“The London Rock and Roll Show es un documento único, un homenaje al fan y su delirio”


Diddley se inclina hacia un lado, aporreando su guitarra en medio de la ovación. Más tarde, hay una sucesión de actuaciones, todas ellas gloriosas, pero al salir Little Richard (e incluso antes, cuando entre bambalinas, horas antes del show, asegura que ese «blanquito» de Lewis no ha inventado nada. Es él y solo él, el inventor de aquel fenómeno. Lo dice serio y arrogante, petulante y custodiado por su propia guardia negra), todo se viene abajo. Irrumpe en el escenario como un loco. Grita, abre los ojos desorbitantemente y se sube en el piano.

Al igual que la escena que debemos atrapar al vuelo de McLaren y su tienda ambulante, esto funciona de la misma forma: esto es el rock and roll. Ahí, en ese derroche de energía, están concentradas décadas de una música que cambio las vidas de millones de personas. The London Rock and Roll Show es un documento único, un homenaje al fan y su delirio. Igual que la incombustible energía de Little Richard, capaz de vivir el rock y devolverlo convertido en locura.

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