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La Vieja Revolución

Momus

Jarvis CockerEstás en el aeropuerto, en la fila para el contol de seguridad. A tu lado hay cuatro tipos que parecen distintos al resto de la gente. Están viajando juntos, pero no son una familia; son todos hombres como de la misma edad. No son hombres de negocios tampoco. A primera vista parece como si hubieran venido del pasado; sus peinados y ropa son la pura esencia de 1972; el pelo desaliñado, esponjado y peinado hacia delante, la ropa con materiales exóticos como terciopelo y satén.

Los cuatro hombres hablan inglés, y sus oraciones están sazonadas con bromas privadas, dichas en un slang que difícilmente se escucha hoy en día fuera de las páginas amarillentas de las novelas de los beatnicks: “man” y “chick” y “groovy” y “heavy” y “trip”. Están haciendo bromas acerca de drogas: “¿Te acordaste de tirar tu alijo por el váter, Eric?" Su sentido del humor es descarado y surrealista, te recuerda a pelis de los Beatles o Dylan y ruedas de prensa de los sesenta, o al caprichoso y disparatado libro de John Lennon A Spaniard in the Works.

Los cuatro hombres ya han facturado su equipaje, pero es fácil adivinar que incluía varios estuches cuadrados negros conteniendo instrumentos musicales eléctricos; bajos y guitarras en diseños y colores que han sido poco modificados desde los años cincuenta: amarillo atardecer, naranja explosión estelar, chocolate marrón. Ellos son por supuesto, un grupo de rock: hombres de “La Vieja Revolución”.

¡Ah, La Vieja Revolución! El término viene originalmente de México, de los cráneos y esqueletos del artista José Guadalupe Posada, usados durante las celebraciones de El Día de los Muertos, y que se convirtieron en un símbolo de la muerte como el último ecualizador, un jubiloso desafío a la estricta jerarquía social que prevaleció antes de la revolución y que duró de 1910 a 1920, La Vieja Revolución. Pero la estamos usando hoy para nombrar a nuestra propia Vieja Revolución, la revolución del rock que duró de mediados de los sesenta a mediados de los setenta.

Ahora, he de decir que le tengo cariño a La Vieja Revolución como cualquier otra persona. Con la posible excepción de España, creo que la gente en el Oeste, en 1970, eran probablemente más funkys, creativos, experimentales, libres y liberales de lo que son ahora. Es un tiempo de extraordinaria creatividad y rebelión en las artes, un tiempo en el que el Modernismo se roza con el Post-Modernismo, cuando la globalización apenas había comenzado, donde 747’s y Concords vuelan de un lado a otro, el hombre pasea por la luna, y existe una aerolínea llamada Braniff que usa a Andy Warhol y a Salvador Dalí en sus anuncios y pinta su flota de color naranja (de hecho todo en 1970 parece ser naranja, o amarillo mostaza, o rosa).

Lo triste es cuando La Vieja Revolución se convierte en un gueto cuarenta años más tarde, una serie de reflejos, un ornamento como una esfera de nieve en la que se encierra en miniatura, una escena que alguna vez fue vital y a escala real. No puedes hacer una revolución del tamaño de un bolsillo y preservarla en gelatina. Pero esto es justo lo que le paso a la música rock de La Vieja Revolución.

Tomemos un ejemplo específico: una fuente tipográfica. Tendremos que volver a México para esto; el diseñador Milton Glasser vió una letra gorda y funky pintada a mano en México a mitad de los sesenta y la fotografió. En 1968 hizó su propia versión a mano para un poster de Bob Dylan. Más tarde, ese mismo año, convirtió la fuente en una tipografía disponible comercialmente llamada Baby Teeth. Para 1980, la Baby Teeth perdió popularidad, pero recientemente un resurgimiento de interés en el exceso de los 60 y 70 –especialmente en el mundo del rock- ha llevado a varias imitaciones y variaciones de esta fuente a aparecer con nombres como Bebit y Constructivist Block. Se pueden ver estas letras gordas en las portadas de discos publicados en esta década, incluido el nuevo trabajo en solitario de Jarvis Cocker. Echad un vistazo atrás en ese particular gesto y alcanzaréis al Bob Dylan de mitad de los sesenta. Mirad aún más lejos atrás y alcanzaréis México y la original Vieja Revolución.

¿Y qué hay de la ropa? Mirad estas fotos de The Kings of Leon y The Killers. Son gente del 2009, y aún así se visten como gente de 1969. Y sí, 1969 fue un gran año, ¿pero no es un poco triste? ¿Os podéis imaginar a la gente de 1969 vistiendo como si fuera 1929? Se les habría tachado de conservadores, incluso si estuvieran copiando las partes más progresistas de la república de Weimar. Creo que con certeza podríamos decir que si la gente en 1969 hubiera estado imitando a la gente de 1929, la gente en el 2009 no estaría copiando a la gente de 1969. Con toda certeza nadie en el 2049 estará imitando a la gente del 2009. Bueno, no al menos que La Vieja Revolución se convierta en una especie de tradición eterna, algo así como una burbuja cultural.

Puede suceder. Las sociedades son sentimentales acerca de su música. Aún cuando se han puesto al día y renovado en todo lo demás, las sociedades designan ciertas zonas, ciertos tiempos en los que la vieja música –protegida y tolerada sin importar que tan diferentes sean sus valores- puede perdurar por mucho tiempo como si los años intermedios nunca hubieran existido. Navidad es un tiempo así; en Navidad las melodías del siglo catorce vuelven y se quedan suspendidas en el aire sobre mesas con alimentos encurtidos, salados, secados y endulzados en formas en las que la refrigeración desde entonces ha hecho innecesarias. También hay otros festivales – festivales de fuego, obras de misterio, rituales religiosos- en los que el pasado antiguo se preserva, y hay poblaciones de gente nómada que siguen vistiendo mezcolanza medieval mientras llevan a cabo actos de malabarismo y acrobacia en áreas designadas en descampados a las afueras de las ciudades.

La música rock puede bien convertirse –y puede que a lo mejor ya lo haya hecho- en una vieja tradición, mientras se aleja cada vez más de la época dorada de su Vieja Revolución. El problema es que 1970 tiene, para la música rock, un tirón gravitacional que hace más y más complicado hacer pedazos las viejas reglas y comenzar de nuevo. Henrik Franzon es un estadístico sueco que alimentó su ordenador con todas las “Listas de lo mejor” de todos los críticos musicales que pudo, resultando una lista de los 3000 álbumes y canciones más recomendados de todos los tiempos. Cuando separé en décadas la lista de Franzon, descubrí que casi la mitad de los 100 mejores álbumes de todos los tiempos se hicieron entre 1967 y 1976.

Es el tirón magnetico de estilos y actitudes asociadas a todos estos discos vencedores (de gente como The Beatles, The Beach Boys, The Rolling Stones y Bob Dylan) la causa por la que hombres como los de la fila del aeropuerto se vistan como lo hacen. Quieren parecer estrellas de rock, y las estrellas de rock, tienen, esterotípicamente, el look que tenía toda la gente en 1970: pelo largo, ropa ajustada, colores brillantes. La gente normal se ha movido hace ya mucho tiempo hacía otros estilos, pero las estrellas de rock se supone que deben verse así para siempre. Algo que es maravilloso. Y terrible.

Hay algo de valor en preservar los estilos de 1970, pero también algo patético. Las estrellas de rock en 1970 no eran muy diferentes del resto de la gente. Su revolución era una tendencia social extendida, y su poder social venía de articular actitudes adoptadas y apoyadas por la gran mayoría. Ahora, las estrellas de rock son un poco como animales a los que miramos fijamente en zoos. Separados de nosotros por un equipo de seguridad, arriba en el escenario bajo las luces de colores, nuestras estrellas de rock representan una pantomima caricaturesca de los valores de 1970. El movimiento de sus pelvis y sus ropas andróginas no reflejan nada en la amplia cultura (que se ha retirado del radicalismo de los setenta a algo más parecido a los años cincuenta). Las estrellas de rock se han convertido en manieristas, artistas del pastiche, actores. La Vieja Revolución, endurecida en una pantomima, está sonriendo socarronamente como un cráneo hecho de papel maché.

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