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¿Verdadero o falso? El trivial definitivo de los años 80

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¿Manaba la coca de las fuentes? ¿Follaban más entonces? ¿Era la música un desastre? Kiko Amat resuelve y confirma todos los mitos de la década de los ochenta.

Kiko Amat

27 Enero 2014 16:31

La ropa mainstream de los ochenta no era más ridícula que la de ahora. Tampoco la de los modernos de entonces. Los fulanos y fulanas de 2014 que van por ahí con barba de rebelde afgano, birretes de paleto yanki, asombrosos gafones nacarados, pullovers de yaya, jubones nevados (80’s, para mayor ironía), camisetas hardcore que no comprenden y zapatos náuticos (cuádruple ironía con lazo encima y puñetazo final en sus napias) no son más ridículos que sus equivalentes de 1985.

En efecto, los ochenta son una década vituperada, incluso por los que vivieron en ella. No tiene ni el cool vertiginoso de los 60’s, ni el tembleque pre-cambio catártico de los 50’s (americanos), ni el despendole utópico y ácrata de los 70’s (españoles). Así, a primera vista, no tiene mucho que decir a su favor. La ciudadanía progre (española) tiende a idealizar únicamente los años que preceden a la década, de 1977 a 1979, cuando las Jornadas Libertarias del Parc Güell y la muerte del Dictador y el follem-follem que el món s’acaba, y el Barrio Chino aún no se llamaba “Raval” ni nadie “ravalejava”, y los ácidos eran ácidos y no daban paranoia, y el cómix florecía con ímpetu y la gente empezaba a descubrir el sadomasoquismo, la heroína y Lou Reed (ja, ja, ja; a las tres cosas). Charlatanería de hippie mohoso, en resumen. Por ello, la forma en que se habla de los ochenta recuerda al gag de Bill Hicks: “Pones la CNN y todo es “¡Guerra! ¡Hambre! ¡Sida! ¡Homeless! ¡Recesión! ¡Depresión!”. Luego miras por la ventana y los pajaritos cantan y te dices: ¿Dónde coño está pasando todo eso, tíos?”

Y por ello estoy aquí. Yo, que abrí los ojos al mundo en 1971 pero cambié la voz y, casi inmediatamente, perdí el conocimiento a base de moscatel de garrafón en 1985. He venido para revelarles, de una vez por todas, la verdad sobre los años ochenta. Aquellos años aciagos de los que habla su tío ex-joven -ahora magullado por las cornás de la vida- en la comida de Navidad, y que suenan a un infierno de Rick Astley, Mecano y similar diarrea sónica, yuppies, jerséis Privata, cine atroz, moneda absurda y amenaza nuclear en el horizonte. No suena al primer destino que seleccionaríamos si cayera en nuestras manos la máquina del tiempo de Calvin y Hobbes. Pero asimismo los ochenta tenían algunas cosas buenas. Y algunas infames. Dirimamos sin más demora las verdades y falsedades de esa década pintada en pastel.

1. La música apestaba: FALSO. Definan “apestar”. ¿Apestaba más que en los 70’s, con el rock layetano, la tardo-rumba, el latazo progresivo, el free jazz autóctono, el rock-sardana, los cantautores melindrosos y la cançó folk concienciada? Sin duda, lo que entraba en el Top 10 español ochentero era pavoroso, con Jason Donovan, Bros, Spandau Ballet o el mencionado Rick “Eunuco babilonio” Astley, y si echamos un vistazo a los números uno de Los 40 Principales en el año 1982, por ejemplo, la cosa es innegablemente de enfisema pulmonar: Dyango, Los Pecos, María Jiménez, el siempre nauseabundo “Bienvenidos” de Miguel Ríos, Luís Cobos, Al Bano y Romina Power, Mocedades, el “Cruz de navajas” (yo escuché siempre: “Tú que trabajas / por una mujer”)... Solo se salvan Leño y Obús, y jamás pensé que esta frase saldría de mis temblorosos labios. El mejor grupo de toda la lista es Alaska y los Pegamoides, para que vean la reducción total de expectativas que imperaba en el hit parade.

En otro orden de cosas, el underground y la subcultura españoles tuvieron en los ochenta el equivalente de los sesenta ingleses: casi todo nuestro pop bueno empezó en 1979, y desde allí gozamos de diez fecundos años de discos superlativos. Párenme cuando llegue a cien, pero algunos de los grupos que sacaron álbum de 1981 a 1989 son Brighton 64, Nacha Pop, Los Negativos, Kamenbert, La Granja, BB Sin Sed, Loquillo y Los Trogloditas (el segundo elepé), Los Ilegales, Derribos Arias, Siniestro Total, Decibelios, La Polla Records, Gabinete Caligari, Kortatu, El Último de la Fila, Los Nikis, Parálisis Permanente, Décima Víctima, Los Elegantes... Ya me harté de listar, pero como ven se trata de una lista considerable. Pocos de ellos se colaron en las listas a lo grande, pero la fiera marea circulaba por el subsuelo. Y los que estábamos al quite lo pasamos de aúpa, créanme.

2. La ropa era grotesca: SEMIFALSO. La ropa mainstream de los ochenta no era más ridícula que la de ahora, si la observan en su contexto. Tampoco la de los modernos de entonces. Los fulanos y fulanas de 2014 que van por ahí con barba de rebelde afgano, birretes de paleto yanki, asombrosos gafones nacarados, pullovers de yaya, jubones nevados (80’s, para mayor ironía), camisetas hardcore que no comprenden y zapatos náuticos (cuádruple ironía con lazo encima y puñetazo final en sus napias) no son más ridículos que sus equivalentes de 1985. La ropa de entonces era igual de risible y absurda que ahora, con un matiz: también era más casta. Las chicas enseñaban menos que Sor Citroën. Para ver un milímetro de pechuga tenías que atacar el tejido con soplete, y eso casándote antes. Calcetines y medias tenían grosores de Fort Knox, bragas y pantalones llegaban a la nuez; no fuese que a algún espabilado se le ocurriese intentar vislumbrar su contenido. Eso, y no otra cosa, era lo que hacía tan odiosa la moda eighties: la mojigatería en patrones y la opacidad impenetrable en tejidos. El look 80’s era lo opuesto a sexy: era vomitivamente envarado, viejales, flácido y cenizo. Con él encima, las tías iban más tiesas que un Inquisidor General y los tíos parecían anormales. Ahora también lo parecen, es cierto, pero al menos no van por el mundo con pinta de capellanes pedófilos o alumnos de ESADE.

3. La cocaína manaba de las fuentes: FALSO. Los ochenta fueron la década de la cocaína en alguna otra parte del mundo urbanizado, sin duda, pero no aquí. Lo que en Sant Boi, mi pueblo natal, llamaban “cocaína” no era más que yeso de pared del baño del tipo que nos la pasaba (mi amigo David afirma que desde entonces aquel baño ostenta ladrillos de obra vista). Nadie podía pagar cocaína de verdad, solo dos o tres burgomaestres y facinerosos de la gran ciudad. Los demás pasábamos con la vieja dieta del drogodependiente lumpen: anfetas, tripis y popper. Por separado o en aguerrida combinación. Potentísimos narcóticos y alcaloides, eso no se lo discuto, y a precios de risa (una caja de 10 Centraminas valía 115 pesetas -50 céntimos de ahora- y no pegabas ojo en un semestre), pero nada que no puedas conseguir hoy si sabes buscar las equivalencias farmacéuticas adecuadas. Y en cuanto al MDMA, aún no se había comercializado aquí en plan serio, ¿pueden creerlo? Un mundo sin éxtasis. Visto así, realmente eran los años oscuros. “The stupid ages”, como decían en Futurama.

4. El cine era pésimo: FALSO. La gente trata a las pelis de los ochenta con el mismo desdén clasista que a los años del “destape”, pero les diré algo, tan alto como me dejen y tan fuerte como podamos: se hicieron buenos hits celuloideos. Buenos hits. Si me dan a escoger entre El chico de oro, de Eddie Murphy, y Spring breakers, de Harmony Korine, esa inmundicia punible por la ley, ese excremento pestilente del Hades, adivinen cuál escogeré. Ajá: El chico de oro, porque para empezar no tenía ínfulas de arte y ensayo, los gags eran tronchantes (“Sácate ese moco de la ropa antes de que se congele y te cortes con él”) y no aparecía por ningún lado James Franco y su jeta de yunque almidonado. Piensen en todos esos filmes inolvidables, los buenos ratos que pasaron y aún pasan en familia con ellos, y atrévanse luego a decirme que las películas 80s eran un asco. ¿Los fantasmas atacan al jefe? ¿Este muerto está muy vivo? ¿Alien, el Octavo Pasajero? ¿Acorralado? Su p*** madre, Acorralado. Eso era cine de verdad, y no el nenaza de Wes Anderson.

5. Fue la década del indie: FALSO. Fue la década del indie más glorioso —de The June Brides y McCarthy a The Smiths y The Fall y The Jasmine Minks y...— al otro lado del Canal de la Mancha, muy lejos de nuestras costas, pero aquí (vean Falsedad #1) nada de nada. Aquí tuvimos majestuoso pop independiente (casi en secreto), pero no indie como tal, y mucho menos en las listas. Cuando el “indie” llegó a mediados de los noventa, renqueante y anémico y flacucho como un gato con disentería, lo hizo en la forma de Australian Blonde y Nothing. Tanto esperar, como los lugareños de Bienvenido Mr. Marshall, para que al final desfile ante tus narices un “Chup chup” desvencijado y en pichinglis. No me digan que no es para perder toda fe.

6) Pendía sobre la humanidad la espada de Damocles de una conflagración nuclear a escala mundial: VERDADERO. Bien verdadero y apocalíptico y potencialmente letal que era eso. Pero con el popper, las anfetas y los tripis que nos metíamos no nos dimos demasiada cuenta. O sea: ¿Quién tenía el tiempo, la madurez y la cordura para reparar en esa mierda? Yo tenía diecisiete años y creía que era inmortal. Desayunaba ántrax y excretaba uranio. ¿Qué más me daba si de vez en cuando sobrevolaban mis calles unos cuantos Exocets camino de Iraq, por lo de la Guerra del Golfo? Es cierto: no saben qué son los Exocets. Ni la Guerra del Golfo. Dios, es demasiada explicación. Olvídenlo.

7) Había más inseguridad ciudadana: FALSO. Todo depende de cuál sea su definición de “inseguridad ciudadana”. Había más posibilidades de que un par de yonkis de tez ocre y visibles insuficiencias dentales te levantaran los cromos de Galáctica al salir del cole, y de vez en cuando alguna reyerta tribal se iba un poco de las manos (aunque el caudaloso derramamiento de sangre skinhead no llegaría hasta 1992-3) pero por otro lado uno conservaba la esperanza de llegar a la vejez sin que el banco le echara de su propia casa, o algún pez gordo se puliese tu pensión. Aquellos eran tiempos violentos, pero menos que ahora. Menos que ahora, esa es la buena verdad.

8) Se hacía la mili: VERDADERO. Oh, sí. La Puta Mili. Si un día perverso me apetece vaciar habitaciones y acabar con las conversaciones —muy especialmente si me encuentro rodeado de gente irresponsablemente joven, como esos cafres que nacieron en 1987— solo tengo que soltar estas palabras: Hice la mili. Yo-hice-la-mili. Me vestí de Popeye y desfilé ep-aro-ep-aro por patios otoñales repletos de hojarasca (que luego tenía que barrer yo mismo, porque me estaban arrestando cada dos por tres) mientras respiraba la brisa marino-petrolífera de la Base de Submarinos de Cartagena, e incluso pegué un par de tiros apresurados simulando apuntar a un blanco imposible. Hice todas esas cosas, y ¿saben por qué? Todos juntos ahora: ¡Porque hiciste la mili, hombretón! En efecto, la hice. La hice como un jabato, porque quería largarme de mi pueblo a toda costa, y cualquier opción me parecía deseable. La hice porque era obligatoria. La hice como tantos otros miles de adolescentes confusos y atribulados que vieron como las vacaciones más extrañas de la historia les partían la vida y la juventud en dos, dando al traste con grupos punk, noviazgos y estudios (lo último no es mi caso, naturalmente). La hice y no recuerdo la mitad, pero de vez en cuando aún sueño con ella, pues siempre sueño con mi pasado y nunca me zafo de él. La mili, sí, aunque parezca imposible. Que sí, que la mili. Aunque parezca una cosa de 1946.

9) Vivimos la fiesta de la democracia: FALSO. Déjenme listarles, así, a ojo de buen cubero y sin consultar enciclopedias: GAL y guerra sucia en Euskal Herria en general, la barbarie policial que desató José Barrionuevo (ministro de Interior de 1982 a 1988), el caso Lasa-Zabala, la infame LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico, de 1981), el golpe de Estado del 23-F de 1981, Felipe González en general y en neoliberal, Galindo reinando en Intxaurrondo como un Señor de la Coca loco y homicida, Ricardo García Damborenea, la reconversión naval desde 1981, la Transición Española (entera) y la cultura que la acompaña, el “referéndum” de la OTAN, las políticas de recortes y abaratamiento del despido que impulsó el PSOE y que culminaron con dos huelgas generales, en 1982 y 1988 (¡y solo teníamos tres millones de parados!), etc. Pero por supuesto —como sucede con las prácticas keynesianistas de los años treinta estadounidenses— visto desde la perspectiva actual todo lo listado parece inofensivo, incluso deseable (no el GAL).

10) Se follaba poco: TRÁGICAMENTE VERDADERO. En mi juventud y en mi pueblo, hacia 1987, solo follabas si eras rugbista, escuchabas el Born in the USA, llevabas Nike Wimbledon y lucías guedejas esfinge-de-Gizeh (las de Simply Red, para entendernos). Y tenías bíceps del diámetro de pequeñas marsopas. El resto de Gollums macilentos con colecciones de discos raros, peinados Ronnie Lane, zapatería cuestionable y acné irresoluble no yacíamos con muller ni de milagro. Han de entender que el raro y el friki y el nerd carecían de atributos, por aquel entonces. Si eras feo y débil y hablabas sin gruñir y no sabías lanzar balones, te tocaba dormir al otro lado de la empalizada, a merced de los lobos, como en la antigua Esparta. De vez en cuanto acontecía uno (un milagro, quiero decir) y alguna Anna Sullivan ciega, semidemente y sordomuda, o desfigurada horriblemente en un accidente de Vespino, accedía a sacudirnos torpemente el pene tras las vallas del campo de fútbol de la Muntanyeta; pero el resto de la década: nada. Un erial de masturbación en seco, resentimiento criminal y sollozos contenidos en el lavabo. ¿Por qué se creen que en mi pandilla estábamos todo el día liándonos a guantazos? Era todo ese esperma bullente que, al alcanzar niveles críticos, le emponzoñaba a uno la mente. Mis amigos y yo ya estábamos a punto de empezar a manosearnos los culos entre nosotros (sin ganas, que conste; de pura locura) cuando Dios —a quien nunca le ha ido lo de la homosexualidad— inventó los VHS de Traci Lords. ¿Cómo? ¿Qué tampoco saben quién era Traci Lords? Déjenlo correr. Pasó hace mucho tiempo, en una tierra extraña.

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