Columnas

Trece titulares que orientaron la opinión pública de WikiLeaks

Aunque WikiLeaks puso en jaque la política exterior de Estados Unidos, la reputación de Julian Assange sigue bajo mínimos. ¿Por qué este prestigio tan fugaz, al que ni siquiera ayuda el estreno de “El Quinto Poder”?

“Asesinato colateral”, como la caída de las Torres Gemelas, es uno de los iconos de nuestro tiempo y marcó el fin de una época. La última película sobre Wikileaks o el video en que el fundador aparece rapeando también evocan otro punto final del que hacía tiempo que se venía hablando; en esta ocasión el de la organización mediática. Sin embargo, entre estos hitos de la historia moderna hubo un montón de intereses cruzados que se esforzaron en dar distintos sentidos a las acciones del colectivo periodista. Y con el caso Snowden en marcha, la guerra de la (contra)información vuelve por otros caminos.

La mayor parte de los mortales actuamos de manera temerosa y cometemos acciones a las que internamente nos oponemos. Esa es la razón por la cual todo aquel que pliega su voluntad a una idea tiene aspecto de monstruo. A fin de cuentas, no son muchos los individuos que, sobre elevados principios morales y la noble excusa de procurar un mejor futuro al resto de los hombres, alteran por completo el curso de la historia. Ahí están Jesús, Steve Jobs o Guy Fawkes (V), superhéroes o supervillanos según la perspectiva. Assange es otro miembro de esa presunta Liga de la Justicia. Y precisamente su organización sirvió para dar voz a quienes cometen acciones con las que moralmente no convienen. El soldado Manning es el mejor ejemplo de ello.

Pero Assange y WikiLeaks son conceptos distintos. Y eso a pesar de que los sentimientos encontrados que despierta el hacker hayan influido poderosamente en la opinión que el mundo tiene de la organización mediática.

WikiLeaks heredó el testigo de históricos escándalos políticos, como el espionaje de Nixon en el interior de las filas demócratas, los papeles del Pentágono y las mentiras de unos y otros presidentes acerca de Vietnam. Con el tiempo, puede que la conclusión extraída de todo aquello sea un lugar común. Es decir, que la política exterior estadounidense sólo puede calificarse como despiadada. El momento en que WikiLeaks llegó a su clímax, por lo demás, no pudo ser más oportuno.

En 2010 la sociedad ya acusaba la crisis económica, Occidente no había olvidado los estragos de Bush en Afganistán e Irak, y el periodismo pasaba por sus peores momentos, con todos los medios tradicionales cayendo como fichas de dominó e incapaces de influir en la vida pública.

Cuando llegó Wikileaks, con su peculiar modelo de organización informativa, aquel ánimo cambió.

Años después de “Asesinato Colateral”, la película de “El Quinto Poder” o el video en el que Assange rapea para pedir votos parecen anunciar el fin de otra época. Su fundador recuerda a ese Maradona físicamente deteriorado por el consumo de drogas, que años antes había sido una fuente de inspiración en su disciplina y que ya no merece un gran respeto. Dado que el periodismo no siempre es entender el presente o adelantarse al futuro, sino que a veces también consiste en mirar atrás y seguir la pista que nos ha guiado adonde estamos, a continuación rastreamos algunos de los titulares más impactantes vertidos sobre WikiLeaks. La mayoría, negativos.

“Un video muestra un ataque de EEUU a iraquíes” (Al Jazeera, 05 de abril de 2010). Wikileaks ha publicado el manual con que los militares proceden en Guantánamo y ha contribuido a la difusión del correo personal de Sarah Palin, pero nadie parece tomárselos muy en serio. Con “Asesinato colateral” llegan las informaciones sobre Irak y Afganistán, y casi al momento la investigación sobre el presunto acoso sexual de Assange.

“La mayor filtración de la historia deja al descubierto los secretos de la política exterior de EEUU” ( El País, 28 de noviembre de 2010). El impacto mundial de Wikileaks llega cuando la organización se alía con El País, The Guardian, The New York Times, Le Monde y Der Spiegel. La dosificación de los cables en el tiempo por parte de los medios tradicionales procuran los tiempos de esplendor de la organización. Entonces ganan todos. Aunque puede que para entonces ninguno sepa que la fama de Wikileaks es una burbuja a punto de estallar.

“Hillary Clinton: WikiLeaks plantea un 'ataque a la comunidad internacional” ( The Washington Post, 29 de noviembre de 2010). El discurso de la demócrata encierra todos los tópicos del intervencionismo liberal que ha caracterizado la política exterior de EEUU. O sea, “nosotros sembramos la paz en el mundo y nosotros sabemos cómo hacerlo; por tanto, todo aquello que ponga en jaque los intereses de EEUU es un peligro internacional”. Más o menos. En EEUU, Wikileaks incomoda a los seguidores de Bush y a los seguidores de Obama.

“Lieberman introduce la legislación Wikileaks” (Wired, 2 de diciembre de 2010). El senador Joseph Lieberman castiga como crimen federal a cualquiera que publique fuentes procedentes de la inteligencia estadounidense. La presión gubernamental obliga a que ciertas empresas que daban soporte a Wikileaks tengan que cancelar sus servicios. Como asumía Enrique Dans en la introducción a “Cypherpunks”, “utilizando VISA, Mastercard o PayPal puedes hacer donaciones al Ku Klux Klan, a organizaciones pronazis o a entidades que defienden el odio o el uso de la violencia… pero no puedes contribuir a financiar a Wikileaks. Si lo intentaste en su momento, tienenes muchas posibilidades de que tu dinero, simplemente, no llegase a su destino”.

"Rolling Stone eleva al fundador de Wikileaks al mito de estrella pop. Assange es comparado con el Ché o con Mao a ojos de Andy Warhol"

“¿Quieres conocer un secreto?” (TIME, 2 de diciembre de 2010). De la mano de Massimo Calabresi, el semanario es una de las primeras cabeceras que intenta evaluar con justicia los pros y los contras de las acciones de Assange, aunque la balanza desfavorece claramente a Wikileaks. En opinión de TIME, sus acciones entorpecen los esfuerzos de Obama por restaurar la crisis de legitimidad heredada de la era Bush. Assange aparece retratado como una mezcla de “radicalismo” y una “dura dosis de erudición autodidacta”. TIME comprende la decisión de Wikileaks de aliarse con un núcleo de grandes cabeceras como resultado de su frustración. A fin de cuentas, en los años anteriores nadie parecía haberle otorgado el más mínimo interés. Tampoco dejarán escapar su “complejo de mártir” y su perfil como “habilidoso showman”.

“Rockstar de 2010: Julian Assange” (Rolling Stone, 13 de diciembre de 2010). La edición italiana de Rolling Stone eleva al fundador de Wikileaks al mito de estrella pop. Assange es comparado con el Ché o con Mao a ojos de Andy Warhol. Para entonces, la confusión entre la organización mediática y su cabeza visible ya es fehaciente, y ninguno de los dos se salvarán de las críticas. Tiempo después, Daniel Domscheit-Berg, quien una vez fuese número dos de Wikileaks, carga contra Julian y le acusa de que el desmoronamiento de su organización empezó cuando quiso ser un icono de la cultura popular.

“Mark Zuckerberg: persona del año” (TIME, 15 de diciembre de 2010). Los lectores estimaron que Assange merecía el sonado galardón de la revista, pero los editores apostaron por el doble maléfico del padre de Wikileaks: Mark Zuckerberg. La reputación del colectivo hacker ya se había precipitado hacia su descenso.

“El error de Wikileaks” ( El País, 4 de septiembre de 2011). Para muchos lectores españoles, aquel editorial debió comprenderse como otro derrumbamiento definitivo de Wikileaks. El País teme que las prácticas de la organización sean un peligro para los derechos humanos. En cambio, hay quien hace bien en preguntarse a qué se debe ese giro drástico en la opinión de la cabecera, y por qué ahora interesa tanto matar al mensajero. Ricardo Galli responde con contundencia en un artículo titulado “El País, Wikileaks y exigir ética periodística que no cumplen ni ellos”: “Los cables de Wikileaks fueron publicados porque otro periodista, David Leigh de The Guardian, reveló la clave en su libro sobre Julian Assange y Wikileaks por su batalla personal contra Assange. También olvida explicar que con esa clave todas las agencias de inteligencia (y periodistas) que obtuvieron copias también podían conocer el contenido de los cables, pero que el público en general seguía sin tener acceso a los mismos. Esa fue la razón que Wikileaks haya decidido publicarlos, para que todos pudiésemos ver, no sólo periódicos y gobiernos”.

“Por qué abandoné Wikileaks” (El País, 4 de septiembre de 2011). James Ball ha trabajado en Wikileaks y en este testimonio cuenta las fracturas internas de la organización. La historia aparece el mismo día que el editorial anterior. Esencialmente, Ball se concentra en la pertinencia de publicar cables no editados, las inadecuadas directivas de Julian y los impedimentos que Wikileaks le opone para abandonar el grupo. Su resumen es que “al anunciar la existencia del alijo de documentos sin editar y publicarlos en su totalidad, Wikileaks ha hecho más daño a la causa de la libertad en Internet que cualquier acción represiva que pudiera emprender jamás el Gobierno de EEUU (sic) (…) Los cables contienen detalles sobre activistas, políticos de oposición, blogueros en países autocráticos con sus nombres reales, víctimas de crímenes y coacciones políticas y otros a quienes su conciencia les empujó a hablar con el Gobierno de EE UU. Nunca deberían haber tenido que sufrir el temor a quedar al descubierto por culpa de una supuesta organización de derechos humanos”. Ahora bien, ¿cuáles serían las víctimas colaterales reales que seguirían a aquellos cables?

"La confusión entre la imagen de Assange con la de la organización perjudicaba a todos"

“¿Es éste el WikiFin?” (The New York Times, 5 de noviembre de 2011). Quien firmaba el artículo era David Carr, ese carismático señor curtido en mil batallas que en Página Uno (Un año dentro del New York Times) humilló a VICE, lo cual sirvió para conferir a Carr un áurea de respetabilidad incuestionable. A fin de cuentas, pocas cosas hay más divertidas que el ajusticiamiento de un montón de críos arrogantes por parte de la voz de la experiencia, con más tablas callejeras aún. Estos eran tiempos en los que el matrimonio entre el Times y WikiLeaks estaba roto, la confusión entre la imagen de Assange con la de la organización perjudicaba a todos y las promesas que habían hecho los hackers se apagaban. Carr daba por perdido el método de WikiLeaks. “La idea de que los secretos de estado en todo el globo habían sido abiertos como una piñata en todo el mundo parece remota (…) Es probable que llegue un periodo de calma, pero no un final. A fin de cuentas, una cosa que no falta en el mundo son los secretos”. Y razón no le faltaba.

“Solicitan liberar datos a Twitter en el caso Wikileaks” (Wall Street Journal, 10 de noviembre de 2011). Las redes sociales que todos usamos y los adalides de la criptografía nunca se han llevado bien, y este es uno de esos momentos que prepararon otra vez la discusión sobre la privacidad en redes sociales y la colaboración entre las redes sociales y el gobierno de EEUU.

“El trato a Bradley Manning fue cruel e inhumano” (The Guardian, 12 de marzo de 2012). El soldado Bradley Manning conoce de primera mano Irak porque él estuvo allí para servir a Estados Unidos. Denuncia los excesos militares de su país mediante una filtración que se remonta a febrero de 2010. En adelante pasará varios años detenido sin juicio. Ya en 2013, después de que Naciones Unidas denuncie como tortura el trato recibido, Manning es condenado a 35 años de cárcel.

“La NSA accede diariamente a llamadas telefónicas de millones de usuarios” (The Guardian, 6 de junio de 2013). Las filtraciones vuelven a ocupar portadas de periódicos, en este caso a través de un programa desarrollado por George W. Bush que implicó al FBI, Microsoft, Yahoo!, Google y Facebook. Su fin es vigilar las comunicaciones de ciudadanos residentes fuera de EEUU. Edward Snowden es el nombre que se encuentra detrás de las filtraciones. Y aunque ahora ya no sea mencionado, la teoría del espacio militarizado de Julian Assange vuelve a estar sobre la mesa. Una vez el hacker aseguró que “ahora existe una militarización del ciberespacio, en el sentido de una ocupación militar. Cuando te comunicas a través de Internet, cuando te comunicas a través del teléfono móvil, que ahora está entrelazado a la red, tus comunicaciones están siendo interceptadas por organizaciones de inteligencia militar. Es como tener un tanque en tu dormitorio”. En octubre las informaciones sobre la NSA seguían creciendo. La respuesta del FBI en el caso Snowden será la de siempre: se trata de prácticas con que perseguir el terrorismo. ¿Pero cuál?

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