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El “Trance” imperfecto de Danny Boyle

El director británico vuelve a recurrir a sus señas de identidad en una película sobre robos y rompecabezas que no evita resultar un tanto demodé

Danny Boyle regresa a las pantallas de cine con "Trance", una historia postmoderna de robos que aparentemente le hace regresar a sus orígenes como director. Pero no es una cinta perfecta: se deja ver, pero no todas las piezas encajan como deben.

Uno.

El caso de Danny Boyle es más raro de lo que parece. Es uno de esos directores que quedan señalados por las decisiones que toman en las crestas de su carrera, uno de esos cineastas de los que se habla por inercia en los mismos términos a la mínima que se detecta una conexión narrativa o formal con sus filmes emblema. Pensar en Boyle lleva, automáticamente, a imaginar una narración fragmentada y juguetona, a menudo musical y a ratos histérica, colores saturados e incluso inventados y una banda sonora imponente. También en trampas y engañifas disparadas con ingenio y en un pulso no siempre constante pero siempre nervioso. La filmografía del autor está, y quizá lo esté siempre (si no se saca de la manga una propuesta con voluntad de ruptura), condicionada por su apuesta en “Trainspotting” (1996), una de las películas más emblemáticas de los 90 (imitada hasta la saciedad). No es ni su primera película ni la primera que hizo ruido: ya había estrenado “Tumba Abierta (Shallow Grave)” (1994), magnífico cruce de thriller macabro y comedia negra. Pero sí la que le puso en el punto de mira y le abrió las puertas a Estados Unidos.

Dos.

Es tentador dejarse llevar por los lugares comunes sobre el cine de Boyle, entre otras razones porque el propio autor lo pone muy fácil al insistir en determinados subterfugios narrativos y filtros visuales. Pero repasar hoy su filmografía supone encontrarse con una colección de películas muchísimo más heterogénea de lo que señala el recuerdo. No sólo es sorprendentemente variada a nivel temático: este señor se ha marcado desde su debut una ensoñación lisérgica extrañísima que gana con el tiempo ( “La Playa”), una película de zombis clave del cine moderno de terror ( “28 Días Después”), uno de los filmes de ciencia-ficción más originales de los últimos años ( “Sunshine”) y su propuesta más inclasificable, la fascinante “Millones” (2004), una especie de cruce entre “Trainspotting” y “Marcelino Pan Y Vino” (1955), dicho esto último sin ironía. También es una filmografía dispar en sus soluciones e ideas narrativas y visuales. Predominan ciertos tics muy de los 90, marca de la casa y que nunca dejaré de ver con simpatía, pero su autor toca teclas nuevas en cada propuesta. No lo hace siempre con éxito, como sucede en “Slumdog Millionaire” (2008) y “127 Horas” (2010), donde la pirotecnia se le va de las manos y encima se gira en contra de las historias que cuentan. Pero ensaya y juguetea más de lo que parece y en una huida decidida de las convenciones de cine más o menos comercial de cada temporada.

Tres.

En “Trance”, por ejemplo, propone una película de otra época, en sintonía con los temas y las maneras de los thrillers de los 90 más nerviosos, fragmentados y cromáticamente histéricos. La amnesia del ¿pobre? protagonista (James McAvoy), un empleado de una casa de subastas que pierde la memoria tras colaborar en el robo de un cuadro, es el motor de una historia armada a base de giros pretendidamente inesperados, espejismos visuales (¿lo que sucede es real o es producto de la mente tocada del protagonista?), identidades alteradas y toda suerte de trampas. “Trance” tiene el encanto de lo demodé, también de lo chiflado. Es un rompecabezas iluminado con luces de neón y abierto a variables con tantas posibilidades para la ilusión y el lío como el blackout, la hipnosis y la alteración del recuerdo. Pero todo se queda precisamente en eso, en encanto. Devuelve al Boyle más sandunguero y menos emperrado en cambiar el mundo (no más “Slumdog Millionaire”, por favor). Eso es bueno. Sin embargo, es un divertimento menor que funciona en la teoría pero no en la práctica.

Cuatro.

Escrita entre Joe Ahearne y John Hodge, este último guionista habitual del director, “Trance” tiene aciertos, como una mujer fatal de campeonato (Rosario Dawson), una visión / recreación muy atractiva de Londres como una suerte de cubo de Rubik luminoso, un humor negro bien filtrado y alguna imagen con fuerza. Pero se resume en mucho ruido y pocas nueces. El objetivo está claro, y Boyle tiene tablas para vestir bien el humo. Pero el resultado es una película a la que le falta ingenio e inventiva, en la que las trampas y los giros se suceden a buen ritmo pero rara vez descolocan o asombran. Hay muchas revelaciones, pero pocas son brillantes. Y el engaño, la intención oculta y la identidad escondida más que sorprender se revelan caprichosas. “Trance” es un puzle más atractivo en la caja que sobre la mesa.

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