Columnas

Charlie Hebdo: historia de una risa que nunca podrán callar

La revista satírica llevaba más de 40 años en el punto de mira por su feroz defensa de la libertad. Ayer se cumplieron los peores presagios

ilustración de portada de Loïc Sécheresse

Ayer fue un día un poco más triste que de costumbre. Alrededor de las 11.30 tres encapuchados se presentaron en las oficinas de la revista francesa Charlie Hebdo y la emprendieron a tiros con los redactores y dibujantes allí reunidos. El resultado de la carnicería: 12 muertos, incluyendo dos policías, y 11 heridos, tres de ellos en estado crítico. Después de 44 años de controvertidas andanzas, las peores amenazas contra el semanario se confirmaban. Y el mundo se convertía en un lugar un poco más hostil.

Y es cierto, Charlie Hebdo nació para ser polémica y orgullosa de serlo. Su nacimiento se remonta a 1970, tras el cierre de su predecesora Hara-Kiri a consecuencia de sus burlas a la muerte del presidente De Gaulle. Desde entonces su comentido fue la oposición burlona y muchas veces brutal a toda forma de autoritarismo y  censura fanática. Una defensa a ultranza de la libertad de expresión que realmente siempre se ha esforzado en estirar los límites del consenso social.

A lo largo de su historia esto les ha supuesto no pocos problemas, enfrentándoles no sólo con grupos religiosos de toda índole, sino también con los grandes poderes estatales de cada momento. Charlie Hebdo lo mismo tiraba hacia la figura de Franco llamándolo asesino, que comparaban en 2013 a Marine Le Pen con, literalmente, una mierda.

En los últimos tiempos, sin embargo, las iras habían venido sobre todo por parte de los sectores fanáticos del Islam. Sus encontronazos con esta comunidad han sido constantes desde que en 2006 reimprimieran las caricaturas de Mahoma que costaron amenazas al periodico danés Jylland-Posten. Entre medias, cócteles molotov lanzados contra su sede, ataques a su página web y maldiciones venidas de lo alto. "Que la maldición de Dios caiga sobre tí", les dijeron entonces.

Stéphane Charbonnier, Charb, editor jefe desde 2009 y uno de los asesinados ayer, siempre se mostró firme frente a esta barbarie, señalando convencido que el único humor que nunca ofende a nadie es el que no se hace, la página en blanco.

Contra viento y marea

La de Charlie Hebdo es una solidez admirable para una publicación que se ha mantenido a flote sin ningún tipo de apoyo oficial y con todo a la contra, en el mismo ambiente de precariedad económica y ninguneo social que les llevaron a cerrar la edición desde 1981 hasta 1992. Sin embargo. ellos siguieron reclutando a míticos de la viñeta como Tignous, Maris, Wolinski o Cabu (todos ellos caídos ayer). Llenaron sus viñetas de provocación, risas y lucidez y crearon portadas como la que cierra este artículo, que respondían al odio con gran pasión y humor ingobernable.

Así hasta conseguir que hoy, los mismos representantes políticos que en 2011 les tildaron de “imbéciles” o “inoportunos” por una portada que consideraron “demasiado provocativa” estén en alerta. No sólo por la consabida “alarma yihadista” que recorre el continente, sino porque se han dado cuenta de que un Estado como el francés, que presume de ser la salvaguarda laica e intelectual de Europa no puede permitirse un golpe de tal magnitud contra la libertad de prensa y pensamiento. La existencia de Charlie Hebdo siempre les resultó incómoda, pero a la vez necesaria.

Vaya si lo era. Como lo es la de toda revista satírica que, desde el nacimiento del formato en los albores de la Revolución Francesa, haya sido nuestra última defensa contra el fanatismo, contra la ignorancia, contra la violencia que se opone a nuestro simple deseo de reir y ser personas decentes en un mundo salvaje.

Como necesarios fueron en España La Codorniz, El Papus (que también sufrió un atentado fascista en 1977) o tantas otras publicaciones que permitieron abrir brechas de humor en el régimen franquista. O como lo son hoy Mad Magazine en Estados Unidos, Titanic en Alemania, o nuestras El Jueves (multada por sacar en portada a la Familia Real en pose “indecente”) y Mongolia (la misma que fue vilipendiada salvajemente por usar en portada la imagen de la Virgen de la Macarena).

A lo largo de la historia, estas publicaciones siempre han sido objetivo fácil. Porque al dibujante es más fácil matarlo que al presidente o al general. Porque es más sencillo culpar al mensajero. Y porque quien es capaz de segar la vida de una persona inocente es incapaz de entender los mecanismos de la risa. Una buena carcajada siempre surge de una chispa de inteligencia, y eso el que asesina no puede tolerarlo. 

Resulta de lo más irónico que el número de Charlie Hebdo publicado el día de la matanza tenga en portada a un decrépito Michel Houllebecq, representante del intelectual reaccionario francés, quien acaba de publicar una novela sobre una futura Francia gobernada por un Estado Islámico opresor. Pero hoy no podemos caer en el enésimo debate sobre el yihadismo. Hoy es un día para que todos afilemos los lápices, y riamos en la cara del terror.

Así lo habrían querido ellos. Y así intentaremos llenar el hueco terrible que han dejado estas terribles balas.

Una buena carcajada siempre surge de una chispa de inteligencia

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