Columnas

Tópicos del siglo XXI: los españoles vivimos mucho en la calle

Cuando los centros de las ciudades pasan de ser habitables a visitables o no es posible distinguir el street art del marketing de guerrilla, ¿podemos seguir hablando de que en España hay mucha vida callejera?

Aunque Ana Rosa Quintana (entre otros tantos líderes de opinión) te diga que no hay nada como sentarte en una terraza española a tomarte una buena caña de cerveza, por mucho estado de bienestar que haya en otros países, la verdad es que poco podemos compararnos con la vida callejera de Estambul, Berlín o Colombia. Tampoco habla bien de nosotros el hecho de que en la calle la música no suene, dice Lenore.

Fotograma de la película "Abre los ojos" ( Alejandro Amenábar, 1997)

Algo tienen en común las historias que cuentan mis conocidos sobre sus vacaciones (los pocos con dinero o contactos para escapar del país). Uno de ellos se quedó fuera de juego con la vida callejera en Estambul: “Es otro mundo. La gente hace barbacoas en los parques públicos”. También se nota el contraste con Berlín, según cuenta un activista del 15-M invitado a una charla el primero de mayo: “No se cortan un cacho: los colectivos sociales sacan el sound systems a la calle. La policía no se atreve a quitarlos”. Una chica que hace años visitó Colombia recuerda haber pasado cuatro días sin pisar un restaurante. “El centro está lleno de gente vendiendo fruta. Toda fresca, partida y madura. También hay abuelas que, para sacar algo de dinero, hacen pasteles y los despachan desde el maletero del coche”. Vale, todo esto son anécdotas, de más o menos calibre, pero señalan algunos limites de nuestra experiencia urbana. El tópico dice que los españoles vivimos mucho en la calle. Por supuesto, nos encanta escuchar este tipo de cosas, pero quizá va siendo hora de empezar a preguntarnos hasta qué punto son ciertas.

Amenaza terrorista

El primer número de la revista Ladinamo, publicado en verano del año 2002, arrancaba con un reportaje sobre Reclaim the Streets, un movimiento global dedicado a recuperar el espacio público. Los implicados usaban distintas estrategias: manifestaciones, fiestas callejeras, invasión de bicicletas, plantado masivo de árboles o directamente montar raves hasta que el cuerpo aguante. En el texto se citaba a un vecino de Sabadell: “aquí cuando ve usted a alguien en la calle es porque va al trabajo, o viene del trabajo, o va a la compra, o viene de la compra, o está en paro”. En la época en la que se publicó el artículo, meses después de los atentados del 11-S, un alto cargo del FBI compareció ante el Congreso de Estados Unidos y describió Reclaim The Streets como “un grupo que supone claramente una amenaza terrorista”. Parece que a los de arriba no les acaba de hacer gracia este tipo de cosas.

Mucho que aprender

Muchos hemos crecido cohibidos en el uso del espacio público. Basta acercarse a los parques de Legazpi para ver la diferencia de actitud entre los españoles y los migrantes latinos (a ver si algo se nos pega). La mayoría nos limitamos a pasear deprisa y leer el periódico los días de sol. Ellos organizan comidas colectivas, campeonatos de fútbol de doce equipos y hasta toman prestada la furgoneta de mensajería con la que trabajan durante la semana para calzarle dos altavoces y pinchar vallenato o reguetón a todo trapo. Brian Shimkovitz, responsable del blog Awesome Tapes From Africa, recordaba esta experiencia en febrero de 2012: “Estuve en Madrid un fin de semana para pinchar y no escuché ni una nota desde el aeropuerto hasta el hotel del centro. No salía música de los coches, ni de las tiendas, incluso me metí en un bar que estaba en silencio y luego en otro donde tenían puesta la televisión. Eso es inconcebible en los países de África que he visitado (Ghana, Mali, Togo y Burkina Fasso). Allí suena música en todos los comercios, en los autobuses, en cualquier esquina donde haya abierta una ventana. En Occidente la experiencia más común es solitaria: una persona caminando con su Ipod”.

De habitable a visitable

"Los centros históricos han pasado de ser habitables a visitables, consumibles, a ser utilizados como reclamo para atraer turistas a la ciudad-museo"

Tampoco es cuestión de flagelarnos. El espacio público está más colonizado de lo que parece. Esto decía sobre Londres, hace una década, un activista de Reclaim The Streets: “En esta ciudad no hay un solo ángulo desde el que los coches no sean visibles”. Se puede aplicar perfectamente a Madrid y a la mayoría de las ciudades españolas. Pero no nos quedemos con el tópico de los barrios tristes, grises y vacíos. Otra forma de imposición, más sutil y sofisticada, es la publicidad y el arte urbano (casi siempre subvencionado por el ayuntamiento). No se cansa de explicarlo el artista plástico Rogelio López Cuenca. “Los llamados centros históricos han pasado de ser habitables a visitables, consumibles, a ser utilizados como reclamo para atraer turistas a la ciudad-museo y como escenario para la representación de eventos espectaculares destinados a renovar los motivos del turista para reincidir en su visita. Los megaeventos culturales han de entenderse así como ocasiones para la renovación de la imagen de la ciudad en el mercado turístico. Y obsérvese que no hay acontecimiento que se precie, desde una olimpiada o una exposición universal a un festival de música pop, que no consigne un apartado a una muestra de arte público. Veamos un ejemplo: una «azione futurista» (¡en el año 2007!) que cubre la Fontana de Trevi con tinta roja: ¿es una intervención artística «oficial»?, ¿una «salvaje»?, ¿vandalismo?, ¿gamberrada?, ¿una acción de denuncia política? ¿o un anuncio de Campari?” (Revista Minerva, número 11, 2009). Su respuesta es que da un poco igual. Estamos tan saturados de street art, marketing de guerrilla y flash mobs (por no hablar de noches de los libros y noches en blanco) que casi nada que pase en la calle surte efecto. La ciudad como desierto multicolor.

Mucha policía, poca diversión

"El año pasado la policía municipal mandó más de quince lecheras a impedir un concierto en un centro social La Traba de Legazpi"

Bastante sabemos en Madrid de estas cosas, donde la estación de Sol ha sido comprada por una empresa de teléfonos móviles y cuando bajas la vista en la de Gran Vía te encuentras un anuncio de zapatillas cool imitando el estilo de un artista callejero. Ni en el metro puedes descansar la vista. Las dos últimas decisiones del ayuntamiento han sido imponer un cásting para músicos callejeros (al estilo de Barcelona) y un proyecto para convertir Callao en una especie de mini-yo de Times Square (con pantallas gigantes donde rotar anuncios). La cultura de raves y soundsystems jamaicanos, que ayudó a convertir Londres en hervidero de innovación musical, es imposible en unas ciudades con un control tan férreo del espacio público. El año pasado la policía municipal mandó más de quince lecheras (furgonetas de policía) a impedir un concierto en un centro social La Traba de Legazpi. El objetivo era recaudar fondos para pagar la defensa de los detenidos en la huelga general del 14 de noviembre. Quizá es hora de empezar a medir la vida cultural de las ciudades por la actividad que se genera desde abajo y no por la cantidad de festivales molones que acogen (a 180 euros el abono).

Posdata: Suena a viejuno total, pero hace pocos días el centrocampista vallecano Koke, del Atlético de Madrid y la selección, lamentaba en Marca que ya no se veían en su barrio niños jugando al balón. “Ahora los chavales prefieren la consola”. Con este panorama, habrá que empezar a considerar el botellón y el parquineo como saludables formas de vida comunitaria antisistema. Algo de eso tienen, ¿no?

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar