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Todas las canciones hablan de mí

Elvis Presley ? The Complete Sun Sessions (RCA, 1987)

Elvis Presley – The Complete Sun SessionsPor una casualidad del destino –el haber nacido un 24 de diciembre y no en cualquier otro día- me llamo Jesús y no Elvis; y sobre todo, estoy vivo y puedo escribir estas líneas. Mi madre era y sigue siendo una fan acérrima de Elvis Presley , y estaba decidida a bautizarme haciendo honor al Rey del Rock. Háganse una idea: estamos en Cádiz, 1972. Yo no hubiera sobrevivido a una infancia con ese nombre. Las chanzas, empujones, bromas, collejas y directamente palizas en el colegio hubieran sido constantes. El recreo hubiese sido una tortura. Cada clase, un parte de guerra.

Pero tuve suerte y me llamo como otro famoso mártir, esta vez con barba y un padre carpintero. En todo caso sí heredé una afición muy temprana a las canciones de Elvis. Creo que lo primero que escribí fue una especie de fanzine (en aquellos momentos yo ignoraba lo que eso significaba) en una cartulina roja en la que pegué fotos de mi ídolo y desarrollé una historia-cómic sobre sus últimos días y desenlace final a manos de su pérfido médico ( Georges Nichopulos).

Luego, con más conocimiento simplemente me enamoré de discos como “ The Complete Sun Sessions”. Tanto, que terminé viajando a Memphis, Tennessee en abril del 2002. Y esto es un breve resumen de lo que allí encontré mientras en mi discman sonaba este CD (primero editado en el 87 y luego reeditado en el 99) en repeat, a todas horas.

Sorprende Memphis, más allá de otras peculiaridades locales, porque entre sus vecinos no se detectan ninguna de las características atribuidas a Elvis. Su grandilocuencia, excentricidad y bizarrismo setentero poco o nada tienen que ver con los rasgos de la gente que se te acerca, desde el amable policía al dicharachero camarero, pasando por el conductor del tranvía o el amigo ocasional que se presta a enseñarte su amada ciudad: todos se muestran de lo más hospitalario, atentos hasta la nausea, consiguiendo que tu estancia entre ellos sea una experiencia inolvidable (de hecho, uno se siente como un cliente permanentemente satisfecho).

Quizá la imagen pública más repetida de “The Pelvis” sea la de un gordo enfundado en un traje con capa y lentejuelas que suda anfetas y tranquilizantes mientras canta con su profunda voz.

Pero eso tiene mucho más que ver con el Elvis de Las Vegas que con el Elvis –quizá más auténtico y sin pulir- de Memphis. Quien crea que en la capital del estado de Tennessee solo hay iglesias, tiendas de recuerdos y restaurantes donde sirven costillas al estilo sureño (o sea, con un poco de pimentón) se llevará una agradable sorpresa al poner sus pies en esta urbe de contrastes: el campo y la ciudad, la pobreza y la riqueza, el blanco y el negro (con sus muchos colores intermedios). Memphis fue el epicentro del rock ´n´roll, y también del blues, y entre sus ilustres destacan figuras como Bukka White, Memphis Minnie, Lee Baker, Isaac Hayes, bandas como Big Star y The Grifters y sellos discográficos de la talla de Stax y Sun. Pero también es la ciudad en la que asesinaron a Martin Luther King, la del río Missisippi o la calle Beale, con sus garitos de Blues y sus museos del Soul y de los Derechos Civiles.

O te encuentras a un músico callejero tocando exactamente como B.B.King que rechaza orgulloso tu propina, o das con 800 clones de Elvis esperando venderte el sudor de éste a quince pavos el tarrito. Una de las frases más repetidas durante mi estancia fue: “esto puede ser el cielo o el infierno, y no siempre depende e ti”. Las mismas voces añadían que en Memphis –al revés que en Cleveland, Nashville, Dallas o Chicago- no hay purgatorio posible, y que es complicado sentirse en el limbo, como cuando uno va a Los Ángeles o Nueva York. Sí, las referencias religiosas y bíblicas son constantes, aunque casi siempre con buen humor. Y Presley es el icono más fervorosamente seguido y venerado después de Dios, la cuarta pata del Misterio, si es que se me permite expresarlo así.

El tour temático ideal comienza en los Sun Studios, donde por 12 dólares te ofrecen una visita guiada a... una habitación. No es una habitación cualquiera, desde luego, sino el lugar en el que artistas como Roy Orbison, Carl Perkins, Howlin’ Wolf, B.B.King o Jerry Lee Lewis (por citar los que no son Elvis) registraron sus primeras canciones, y donde un adolescente tímido y chulesco a la vez, grabó una maqueta de acetato con "My Happiness" and "That's When Your Heartaches Begin" por 4 dólares de 1953. Además hay un jukebox y una tienda de regalos dedicada al gran Sam Phillips, fundador de la Sun y descubridor de talentos. Hasta hace dos años –fecha de su clausura, dicen que momentánea- podía uno saciar (ampliamente) el apetito acudiendo después al Restaurante Elvis Presley, con un menú en el que brillaban con luz propia los platos favoritos del Rey, entre ellos el sándwich de plátano y beicon con crema de cacahuete. El que todavía sigue en activo es el Java Cabana, en cuya puerta hay un impersonator mecánico que baila si metes monedas en una ranura. Dentro tenemos un bar con la cerveza más fría y el café más caliente del mundo, sí, pero también una capilla conde el Coronel Tommy, su antiguo propietario, celebró improvisados matrimonios hasta 1998.

Pero todavía no hemos visto nada. En el número 3734 del Elvis Presley Boulevard se encuentra Graceland, la mansión que un ya famosísimo Elvis compró en 1957 para vivir con sus padres y su abuela. Rodeada de establecimientos donde se venden todo tipo de souvenirs –lámparas, llaveros, matrículas, relojes, carnés de conducir de Elvis... - se eleva este edificio sobrio por fuera y delirante por dentro. Además de las estancias dedicadas a sus discos de oro, sus películas o sus barrocos trajes, resulta emocionante ver la tumba del cantante, rodeada de una especie de panteón familiar en el que yace incluso su hermano gemelo, Jesse Garon, fallecido nada más nacer.

Y hay más: establos con yeguas y caballos, cuartos decorados con un gusto, digamos, peculiar (un mono de porcelana, bordados de pavos reales...), un aparcamiento con sus coches favoritos (entre ellos un cádillac rosa que, de lo irreal, parece casi un holograma), los atuendos de kárate, béisbol, soldado o policía que Elvis se ponía según el humor con el que se levantaba... y las habitaciones en las que componía al piano, veía la televisión o se hacía cocinar esos manjares que acabaron anclándose en su estómago junto a diversas drogas legales o ilegales. Sin olvidarnos del hangar donde puede uno subirse al Lisa Marie, uno de los dos aviones privados de Elvis. Sorprenden los cinturones con remaches de oro y un teléfono vía satélite que solo tenían por entonces él y el Presidente de los Estados Unidos.

Al salir de allí uno se queda con la idea de que la genial voz que oímos en “Heartbreak Hotel” (por cierto, hay un hotel junto a Graceland que se llama precisamente así), “Love me Tender” o “In the Ghetto” quiso reflejar su personalidad allá por donde pisaba, sí, pero especialmente en su hogar, hoy convertido en templo viviente con sus sacerdotes, sus monaguillos y su agua bendita. Y que, entre sus muchos triunfos y discos de oro, bien podríamos situar su legado más palpable en este museo en el que uno puede sentir como le late el corazón mientras se le revuelven las entrañas, o incluso llega a experimentar nostalgia de un pasado cercano y lejano al mismo tiempo mientras piensa “es imposible que yo esté disfrutando esto”.

Es en lugares como Graceland donde se da por sentado que el ser humano es capaz de crear dioses no solo del barro o del miedo a la nada, sino también de un montón de estribillos bien cantados, unos movimientos de pelvis y los aires de grandeza de alguien que fue, en efecto, demasiado grande para sí mismo y para nosotros, sus fans.

Tan grande que explotó.

Y todavía sigue siendo explotado.

*tomo prestado el título de esta columna de un estupendo guión, todavía inédito, de Jonás Trueba y Daniel Gascón.

Responsable de Acuarela, uno de los sellos independientes indispensables para entender qué es lo que ha ocurrido en la escena de nuestro país en los últimos años, Jesús Llorente imprime una sensibilidad distinta e improbable en cualquier otra persona en cada uno de los discos que edita o sobre los que escribe. Lo ha hecho durante años en revistas como Spiral o Rockdelux. También ha publicado dos libros de poemas – “Luna de hiel” (Vitrubio, 1998) y “Verano muerto” (Renacimiento, 2000)-, relatos como “Quedamos como amigos” o “Cómo odiamos las despedidas” bajo el sello Grijalbo-Mondadori y biografías musicales de nombres como Patti Smith, The Cure, The Smiths o Los Planetas.

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