Columnas

Todas contra Madonna

Hay una guerra abierta en el pop de masas: muchas aspirantes a la conquista de un solo trono. ¿Quién ganará?

Aquí se discute la monarquía, y en el pop también: la Reina, Madonna, lleva sufriendo desde hace unos pocos años el acoso de nuevas aspirantes a ocupar su lugar, y los métodos para captar fans son cada vez más salvajes. Ahí fuera hay una guerra.

Estos son tiempos de cambio. Hay una guerra en marcha en la que están involucradas las grandes estrellas del pop de consumo y el dibujo del tablero se parece más al de las estrategias en “Juego de Tronos” que no al de las antiguas maniobras comerciales y de marketing en el seno de la industria del disco, que solían ser directas, y no tan sibilinas y maquiavélicas como ahora. La competencia es feroz y las técnicas de promoción de la actualidad –de las que, por otra parte, se ha cortado gran parte del presupuesto que antes se destinaba a tales menesteres; estamos en un momento rácano en comparación con las campañas multimillonarias de los 80s y los 90s– sólo entienden el lenguaje de la inmediatez mediática: ir a lo bruto para conseguir un objetivo, cuanto más rápido mejor y caiga quien caiga. En esta guerra están involucradas mujeres ávidas de fama, dinero y poder, apoyadas por sus sellos, y todas tienen un objetivo: arrebatarle el cetro a la reina. Quieren ocupar su lugar. El lugar en el que durante mucho tiempo Madonna ha sentado sus posaderas reales.

¿Cómo? Cuando los canales musicales han dejado de ser un playlist de videoclips para transformarse en un contenedor de tele-realidad –el clip, como pieza de arte, se ha visto confinado a la pantalla del ordenador, vía internet, ese rincón democrático y privado–, lo que importa es el ahora. Ya no hay paciencia para dejar que un disco repose durante tres o cuatro años y se vayan espaciando los singles con una frecuencia constante de varios meses, lo suficiente para sonar mucho en la radio y tener vida en las listas de éxitos: ahora, para causar un verdadero impacto y llegar al público una aspirante a la realeza del pop no puede descansar y debe estar haciendo ruido semana tras semana, acosando al fan –convencido o potencial– con un nuevo vídeo promocional –llegados a este punto está permitido que sea low-cost–, una cara B filtrada en la red, un teaser de cualquier acontecimiento futuro o el featuring de turno en el single de otra artista. El retiro cuesta caro: si no se sigue este ritmo frenético el público te lo paga con el olvido. Y con él, la posibilidad de que, al no estar en guardia, te crezcan una familia de enanos en cuestión de días.

La sombra de Madonna era alargada. Su trono ni sentía ni padecía, pero todo cambió en ese preciso momento en el que floreció una nueva generación de artistas que compartían un ego igual de gigantesco y que no iban a dejar pasar el descalabro de “Hard Candy”

Es lo que le ha pasado a Madonna. Hasta ahora monarca intocable del pop, la Ciccone se ha dado de bruces con esta nueva realidad. No se veía venir porque ella, a lo largo de décadas de dictadura cruel, ha ido dejando a su paso un sinfín de cadáveres, desde Cindy Lauper y Paula Abdul durante sus primeros años de estrellato al tridente de voces de los noventa –Mariah Carey, Céline Dion y la recientemente desaparecida Whitney Houston–, lo cual tiene mérito sabiendo que sus cuerdas vocales no son nada del otro mundo. También ejerció de matriarca de las princesas del ‘efecto 2000’, las Christina Aguilera y Britney Spears, mucho antes de que pudieran sufrir en sus carnes el lado oscuro de la fama años después. La sombra de Madonna era alargada. Aplastaba rivales sin esfuerzo, repartía juego en su territorio como un croupier en su mesa. Su trono ni sentía ni padecía, pero todo cambió en ese preciso momento en el que floreció una nueva generación de artistas que compartían un ego igual de gigantesco y que no iban a dejar pasar el descalabro de “Hard Candy” (Warner, 2008), un disco que tenía que haber arrasado y, contra todo pronóstico, fracasó. Fue el entierro de Timbaland como productor, pero también una brecha en la coraza protectora de Madonna. La reina era vulnerable y muchos fans habían perdido la fe.

Lejos de ganarse las simpatías del target púber, una franja de edad sensible en la que siempre se necesita idolatrar a alguien, Madonna –como también le sucedió en cierto momento a Kylie Minogue– no supo conectar con la generación nacida en los 90s. No hay más que asistir a uno de sus masificados conciertos: la media de edad es de 25 para arriba, justo a partir de aquellos que vivieron en directo su resurrección como diva moderna a raíz de “Ray Of Light” (Warner, 1998) y “Music” (Warner, 2000). Como es obvio, cualquier lanzamiento que ponga a la venta llegará al primer puesto del chart gracias al fondo de armario, los fans que llevan décadas fieles y apoyando cualquier paso –o traspiés– en su carrera, que es lo que ha ocurrido con “MDNA” (Interscope-Live Nation / Universal, 2012) en su primera semana a la ventas. Pero resulta llamativo que en su segunda semana, al menos en el Billboard estadounidense, las ventas de su última criatura pseudo-poligonera haya visto reducidas las ventas en un 87%. Podríamos pensar que las preventas en iTunes han sido un espejismo.

El grano en el culo

La realidad es ésta: si le preguntamos a cualquier estudiante de primaria o secundaria esta sencilla pregunta –‘¿quién está partiendo la pana actualmente en la música?’–, lo más seguro es que en su respuesta aparecieran otros nombres distintos a Madonna, mujeres que aún no lucen callos de un trabajo duro y constante durante tres décadas, pero que entran con mayor naturalidad en la vida y los oídos de la nueva generación. La juventud le ha perdido definitivamente el respeto a los grandes iconos de la historia reciente del pop. Seamos realistas: Lady Gaga ha sabido manejar mucho mejor que nadie a sus fans potenciales –los hoygans y los nuevos gays–, además en tiempo récord, pero a su vez su irrupción ha traído consigo una absurda guerra entre fieles que roza lo esperpéntico. Si la gente aprende a firmar la paz es por algo.

Gaga ha conectado con ese público que entiende el pop como una fantasiosa vía de escape para huir de sus vidas.

Lo que ocurre con Lady Gaga es que ha sabido darle a su público lo que necesitaba, y lo que las demás pop stars del momento no sabían intuir. Ha amamantando a sus little monsters con modelos de vestir absurdos e imposibles, inmortalizados diariamente en los medios de comunicación, y se ha involucrado activamente con los críos que sufren bullying en la escuela y conocen a una edad temprana lo que es la homofobia. Gaga ha conectado con ese público que entiende el pop como una fantasiosa vía de escape para huir de sus vidas. Sin embargo, lo meritorio del asunto es que no sólo es conocida por aquellos que esconden su acné, sino que su fama ha llegado incluso hasta la vecina del ático que cada mañana baja a la panadería con su bata de boatiné. Su cansina presencia mediática le ha acercado a todo ser viviente en la faz de la Tierra, y no sólo a su target objetivo gay.

Cuando estaba por publicarse su último Born This Way (Interscope, 2011), a Lady Gaga se le llenó la boca afirmando en entrevistas previas que iba a traer el mejor álbum de la década. Al final, con lo que nos obsequió fue con un puñado de temas producidos con atropello, sucios y bastante arriesgados para alguien de su estirpe –más que un disco de pop light, el segundo álbum de Gaga buscaba un hermanamiento con la EBM y los sonidos industriales de los tugurios de los 90s–. Con el chorro de voz que tiene, más que demostrado cuando se despoja sus bases machaconas y da rienda suelta a su versión desenchufada, sumada su predisposición al exhibicionismo continuo, Lady Gaga es la candidata más completa a tomar las riendas de la monarquía cuando el trono de Madonna quede vacío. Eso sí, siempre y cuando un Tribunal Revolucionario no acabe antes con su afán megalómano, como le pasó a María Antonieta.

Llegan las hordas dance

Pero esto no es una lucha de dos. El acoso viene de todas partes. Como si de un tablero de ajedrez se tratara, hay otras piezas que amenazan la integridad de la Reina. Ahí está, por ejemplo, Rihanna, que desde 2005 –momento en el que editó su primer hit, “Pon de Replay”– le ha aportado belleza al asunto. Con apenas 24 años ya dispone del material necesario como para editar un greatest hits que pueda ser coreado por millares de personas. En directo le faltan tablas y sus nociones de baile dejan bastante que desear más allá de acercarse a la cebolleta de su manada de bailarines, pero a la de Barbados le ha salido redonda la jugada de enlazar singles como churros y editar discos menores año tras año. Ya sean baladones de radiofórmula ( “Hate That I Love You”) como homenajes a sus raíces caribeñas ( “Man Down”), o bombazos de poligoneo ilustrado como “We Found Love”, el buffet libre de singles ha permitido hacer un estudio de mercado en tiempo real de las demandas del populacho.

De la popularización de la música de baile comercial en Estados Unidos se han beneficiado todas las divas del pop masivo y contemporáneo, y ya no hay nadie que se atreva a editar un single si no está pensado para funcionar bien en una clase de spinning.

¿Y qué quiere la gente bailar ahora, por mucho que nos pese? Una buena base house o trance que venga firmada por David Guetta o cualquiera de sus discípulos o imitadores. De la popularización a todos los niveles y estratos de la sociedad de la música de baile comercial en Estados Unidos se han beneficiado todas las divas del pop masivo y contemporáneo, y ya no hay nadie que se atreva a editar un single si no está pensado para funcionar bien en una clase de spinning. “Starships”, que está en el último disco de Nicki Minaj, podría haber estado también en el “Femme Fatale” (Jive, 2011) de Britney Spears, o podrían habérselo colocado a Rihanna o lo habría encargado Madonna –que por algo ha fichado a los hermanos Benassi y a Martin Solveig para su último LP, una estrategia clara de que es así como se seduce hoy en día al fan normal y corriente–. También es el típico tema que adoptan como singles las que vienen detrás, la legión de segundonas –recordemos: Ke$ha, Kelis, Kelly Rowland, etcétera– que también buscan su trozo de pastel. Probablemente, como moda que es al fin y al cabo, cualquier día menos pensado veremos cómo esta manida tendencia del trance y la davidguettificación como un recurso hedonista en tiempos de crisis, que se irá para no volver. Pero teniendo en cuenta el calado que ha tenido no sólo en el pop, sino también entre esos raperos que adornan las carpetas de muchos estudiantes, este modo de trabajo parece estar asegurado por mucho tiempo –al menos por dos temporadas más, por muy idiota que nos pueda parecer–.

Las opciones respetables

Sólo Katy Perry parece concienciada en seguir apostando por el pop inofensivo y tontorrón, aunque quien la haya sufrido en directo se habrá dado cuenta de que la muchacha ha hecho de los gallos y la desafinación su razón de ser: le queda grande la etiqueta de diva. Esto último, sin embargo, no ha impedido que su Teenage Dream (Capitol, 2011) haya igualado la marca récord de Michael Jackson, la de haber colado cinco temas de un mismo disco en la cima del Billboard Hot 100, el catalizador de vencedoras y vencidas de esta cruenta batalla por la popularidad. El hecho de que sea una ex cantante evangélica que se toma a sí misma con gran sentido del humor (algo del todo inaudito en el espectro del pop transgénico) le ha sido de gran ayuda a Perry para ganarse un lugar de excepción entre los más jóvenes y aquellos algo más creciditos que sueñan con una futura portada financiada por Hugh Hefner.

En el mismo partido se puede avistar, en el banco de las suplentes, a Robyn, Annie o cualquier fémina que venga respaldada por Xenomania, Max Martin o Richard X ( Sophie Ellis-Bextor siempre tendrá un rincón en nuestro corazón). Todas ellas, a pesar de sonar más contemporáneas y dar constantemente lecciones de buen gusto, lo tienen más que difícil para optar a la Champions y derrocar a Madonna. Algo parecido a lo que le ocurre a la Minogue más allá de su Australia natal y las fronteras europeas. También Nicki Minaj está enseñando los dientes en el asunto, aunque suponemos que en un futuro tendrá que tomar una decisión y sentar la cabeza, y decidir si quiere centrar sus esfuerzos en hacer su hip hop esquizofrénico o en disputarle el terreno a Rihanna como reina choni y negra.

Sea como fuere, a la espera de nuevas candidatas que hagan todavía más interesante esta imaginaría batalla por domar el pop, la lucha se encuentra en uno de sus puntos álgidos. Que Madonna haya editado un disco como “MDNA”, repleto de temas de discoteca con bombo machacón y estribillos eufóricos, lo demuestra: es un álbum a la defensiva, hecho para responder a una contingencia, a un presente que ya no controla. Antes, Madonna marcaba las modas. Ahora las tiene que seguir para defender su territorio. ¿Cómo acabará esta guerra de dominación? Es difícil decirlo. Los singles de éxito siempre pueden lucir en el currículum de cualquiera, pero sólo la que pueda presumir de convertirse en un icono apto para todas las edades y con un legado que hable por sí solo podrá optar a aparecer en los libros de Historia como un referente para su generación. Haga lo que haga de aquí en adelante, Madonna ya tiene un tomo para ella solita. Con los años veremos quién corre su misma suerte: no va a ser fácil ocupar su lugar.

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