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The Knife, reescribiendo el código del pop desde las sombras

No es una banda convencional: con un discurso experimental, progresista y feminista, el dúo sueco intenta romper todas las normas de lo que entendemos por canción, confundiendo y enamorando por el camino a sus fans de ayer y hoy

La expectación que ha generado la llegada de “Shaking The Habitual” ha confirmado que The Knife no son una banda común. Tras definir el canon del pop electrónico de la última década con “Silent Shout”, ahora regresan para corroborar que su trascendencia va mucho más allá de lo musical. Repasamos su trayectoria para descifrar las claves de su embrujo.

En la principal foto promocional que acompaña el lanzamiento de Shaking The Habitual cuesta discernir quién es quién; solo vemos dos largas melenas, una rubia y otra rojiza. Más allá de su poder de sugestión visual, esta imagen destila a la perfección tanto el espíritu del disco como el punto en el que se encuentra actualmente el proyecto artístico de The Knife. No son una banda corriente sino un núcleo de ideas cuya trascendencia en el mapa del pop actual va mucho más allá de lo meramente musical. Es cierto que en los siete años que han pasado desde la publicación de “Silent Shout” han propiciado un goteo constante de imitadores que ha inundado el indie con una legión de dúos chico-chica que facturan pop electrónico de melancolía embrujada. Pero, más importante que esto, en este mismo periodo Karin Dreijer Andersson y Olof Dreijer se han afianzado como un fenómeno de culto que abandera el misterio y la subversión. Una célula creativa que ha conseguido delinear un manifiesto artístico total, en el que, más allá de las canciones, cada uno de sus movimientos responde a una manera muy determinada de entender la vida y la creación. En una era en la que la vieja noción del arte parece diluirse en el caos que propicia la implacable vorágine tecnológico-informativa, han sabido mantener la pureza y singularidad de su mirada para reivindicar con la máxima credibilidad el papel del creador como espejo de la sociedad que le rodea. No es nada nuevo si se observa desde una perspectiva panorámica, pero es un bien cada vez más escaso en la música pop.

The Knife ya eran un proyecto poco común desde los inicios de su carrera pero, por entonces, era difícil vislumbrar el porqué. De hecho, cuando asomaron la cabeza por primera vez a principios de la década pasada, pocos podrían haber anticipado el calado que la banda acabaría teniendo en la actualidad. En 2001, tras editar su disco de debut homónimo, eran poco más que un grupito de electro-pop para caza-tendencias y foreros ilustrados (el antepasado del blogger moderno). A pesar de contener algunos momentos brillantes, especialmente “I Take Time” y “Kino”, “The Knife” era un disco menor. Se podrá argumentar que ya se intuían algunos elementos que más tarde se convertirían en grandes señas de identidad del proyecto como la temática oscura de sus letras o las mutaciones vocales, pero a grandes rasgos era una colección de coloristas divertimentos sintéticos, en muchos casos a medio cocer. Eran, por decirlo de otro modo, los Purity Ring o Austra del momento. El hecho de que, probablemente, estos dos grupos hoy no existirían si no hubiese sido por The Knife puede dar una idea de la magnitud de su evolución.

Una de las constantes que ha marcado la carrera de The Knife ha sido su independencia. No en vano, desde el principio –eso antes de The Knife, cuando Karin formaba parte de la banda de rock Honey Is Cool– los hermanos Dreijer decidieron poner en marcha Rabid Records para editar toda la música del grupo y sus proyectos derivados. Es por ello que resulta paradójico que el éxito popular les llegase por caminos ajenos. La clave de este proceso fue una sola canción, “Heartbeats”. Incluida en “Deep Cuts”, era el primer corte y la indiscutible cumbre de ese segundo disco, pero la verdadera polinización empezó con dos versiones opuestas entre sí. El primer impulso llegó con la remezcla de un por entonces en estado de gracia Rex The Dog, quién, acercando la canción a la pista de baile, descubrió el grupo a toda una generación clubber que, desde entonces, ha tenido a The Knife como una de sus proyectos pop fetiche. Pero el verdadero estallido llegaría a raíz de la versión en clave acústica que el cantautor sueco José González incluyó en su disco de debut “Veneer”, editado en 2005. Un año después la canción fue escogida como banda sonora de un recordado anuncio de Sony y, muy a pesar del compromiso anti-capitalista del que siempre ha hecho gala el dúo, ese fue el gran punto de inflexión de su carrera. Transformada en un delicado corte de folk-pop susurrante, “Heartbeats” se ganó, disculpen el juego de palabras, el corazón de del público indie. De este modo se completó el círculo de lo que, hasta día de hoy, sigue siendo una de las grandes claves de su éxito: la capacidad para arrastrar a su culto tanto a las almas electrónicas como a la gran masa indie.

La avalancha de atención que recibieron tras la campaña de publicidad de Sony podría haberse diluido como un azucarillo hype cualquiera si ese mismo 2006 no hubiesen entregado “Silent Shout”, la prueba definitiva de su transformación musical. Oscureciendo su sonido y acotando las frivolidades que hasta entonces habían adornado sus canciones, el disco fue un paso de gigante en todos los sentidos. Alejándose de la anarquía inocua y de la cierta tendencia a la dispersión de sus anteriores producciones, Olof Dreijer destiló su paleta y encontró la esencia de un sonido verdaderamente personal en una suerte de electro-pop bañando en techno minimalista de acabados góticos. Ritmos cortantes y sintetizadores de hielo que se alejaban del colorismo para profundizar en las atmósferas tenebrosas y las melodías embrujadas. En términos de producción, sin embargo, el verdadero paso de gigante llegó con el tratamiento de la voz de Karin Dreijer. Modulando las vocales con filtros y modificadores de octava y superponiendo el conjunto de matices en multitud de capas, su ya de por sí hechizante tono de voz se transformó en un ente andrógino y des-humanizado que, paradójicamente, multiplicaba su capacidad para estremecer. Esta evolución también alcanzó al planteamiento global del disco. Si sus dos primeras incursiones habían sido collages algo caóticos con momentos más o menos inspirados, “Silent Shout” era una obra cohesionada y, más importante, que encerraba un mundo totalmente propio. Una sucesión de viñetas entre lo onírico y lo macabro que se sumergían en los rincones más corrompidos de la naturaleza humana a través de letras que evocaban imágenes ambiguas e inquietantes. La combinación de este imaginario perturbado y el crecimiento musical dio como resultado una obra maestra que plantó la semilla del ascenso de The Knife al Olimpo de la trascendencia pop. Y un detalle que volvía a confirmar su aglutinador poder de seducción: “Silent Shout” fue escogido mejor disco del año tanto por Pitchfork como por Resident Advisor, una coincidencia del todo inusual.

Con el público en el bolsillo y la crítica rendida a sus pies, la edición de “Silent Shout” supuso un punto y aparte en el modo en que el grupo se relacionaba con el mundo exterior. Hasta entonces su proyección pública había sido de lo más limitada. De hecho, ni siquiera habían actuado en directo. Al verse convertidos en referentes, sin embargo, tuvieron que dar un paso al frente. Lejos de exponerse, sin embargo, el dúo decidió convertir su imagen en un teatro de sombras con el que alimentar el aura de misterio que siempre les ha rodeado. Empezaron a conceder entrevistas, pero lo hacían enfundados en máscaras venecianas y con la voz distorsionada, actuaban en directo, pero se escondían detrás de caretas inspiradas en el Blue Man Group (dicen las malas lenguas, incluso, que en ciertas apariciones en vivo no eran ellas los que estaban sobre el escenario, sino figurantes contratados para la ocasión, algo que confirmaría la intención de ‘no ser’ y ‘no estar’ que transmite toda la idea de The Knife). Lejos de responder a la auto-indulgencia, esta manera de ocultarse y recrearse en la intriga siempre ha venido secundada por la voluntad de transmitir un mensaje determinado. Así pues, el disfrazarse de Medico Della Pesta para atender a la prensa no era gratuito sino que, probablemente, era su manera de dar entender que preferían ser cautelosos y no dejarse contagiar por las perversiones de un círculo vicioso como el de los medios de comunicación (cabe recordar que, en su origen, este tipo de máscaras eran utilizadas por los médicos que trataban enfermedades infecciosas; colocando jabón o hierbas aromáticas debajo el pico creían que evitaban la infestación por olores). De la misma manera, si en directo se convertían en poco más que siluetas era para dejar que la música y las visuales hablaran por sí mismos y, de este modo, no distraer al público con los cánones más habituales de la sociedad del espectáculo pop. Aunque esta apuesta por lo elusivo podría distanciarlos de sus seguidores, su maestría a la hora de ejecutarla consiguió justo el efecto contrario; que la fascinación y el culto alrededor de ellos se multiplicara.

A su deseo de separar su dimensión artística y personal, hay que sumar su firme compromiso político. Del mismo modo en que esconden su intimidad, en sus letras, vídeos y entrevistas dejan más que claras sus preferencias políticas. Ya en la época de “Deep Cuts” quedaron definidos los dos grandes pilares de su ideología; el socialismo y el feminismo. De la misma manera que en “Manhood”, un corte del EP “Gender Bender” (editado en ese mismo período), cantaban “Don’t like the voices of the right wing / Got my heart to the left / I like the lady in red, yeah / This is socialist”, en el el memorable video para “Pass This On” el drag-queen sueco Rickard Engfors entonaba lo de “I'm in love with your brother” mientras seducía con la mirada al propio Olof Dreijer. Este espíritu transgresor lo llevaron también a sus actos públicos. En 2003, tras ganar el Grammy Sueco a la mejor banda pop del año, boicotearon la ceremonia mandando a recoger el premio a dos miembros del grupo de activismo feminista Guerrilla Girls. Fue su manera de protestar contra el dominio masculino en la industria discográfica. En “Silent Shout”, cortes como “Forest Families” incluían referencias directas al comunismo ( “Too far away from the city / Some kids left on the road / They said we have a communist in the family / I had to wear a mask”) mientras que en “Na Na Na” se alzaban contra las violaciones (“ I've got mace, pepper-spray / And some shoes that runs faster than a rapist rapes / What I need is chemical castrations, hope and godspeed”). Pero quizá la más impactante de sus denuncias públicas se produjo en enero de 2010 cuando Karin Dreijer Andersson recogió un premio en los P3 suecos. Tras subir al escenario enteramente cubierta con un vestido rojo que recordaba al que llevó Lady Gaga en los MTV VMA de 2009, Andersson destapó su velo para mostrar una espeluznante máscara que recreaba piel desecha. Además de denunciar la situación de las mujeres atacadas con ácido en oriente medio, su acción sirvió para dejar las supuestas reivindicaciones de la americana a la altura de un juego de niños.

Esta implicación política se ha acentuado aún más con la llegada de Shaking The Habitual. El disco fue precedido por un revelador manifiesto en el que, a modo de goteo de ideas, denunciaban las calamidades del hiper-capitalismo y revelaban la influencia que sus lecturas de la teoría queer habían tenido en la concepción del trabajo. Ideas como el desafío a las normas pre-concebidas, la superación de los roles sexuales pre-determinados o la noción de autenticidad que, trasladadas al plano sonoro, se transforman en composiciones que no solo suponen un reto para el oyente (más aún en la era de la escucha fragmentada en YouTube) sino que ponen en cuestión propia identidad de The Knife como banda. No es casualidad, pues, que el título del disco se traduzca como algo así “sacudiéndose la costumbre”: el grupo que enamoró facturando caramelos pop como “Heartbeats” ahora dibuja paisajes drone de 20 minutos de duración como “Old Dreams Waiting To Be Realized”. Más que buscar aleccionar explícitamente The Knife prefieren encarnar el mensaje en la música. Aunque las letras del disco vuelvan a señalar a los gobiernos imperialistas, la degradación medioambiental, la extrema riqueza y los patriarcados abusivos, el verdadero acto de subversión es dar forma a una obra que cuestiona las convenciones que ellos mismos han ayudado a crear. Para ello se burlan de su propio estereotipo (o quizá sería más preciso decir del estereotipo que se formó el seguidor que les descubrió con “Silent Shout”) e incluyen piezas de dark-ambient como “A Cherry On The Top”, guiños a la música concreta como “Fracking Fluid Injection” o interludios ruidistas como “Crake” o “Oryx” (cuyos títulos, por cierto, son una referencia a la novela de ciencia ficción “Oryx and Crake” de la escritora feminista Margaret Atwood). Es su particular manera de explicar al mundo que, ya sea en el plano filosófico o en la música pop, hoy en día nada puede darse por sentado.

En “The Interview”, el cortometraje donde el dúo aborda las claves del proceso de creación del disco, los hermanos Dreijer explican que su principal objetivo ha sido romper las barreras que imponían la propia expectación que se había generado alrededor de ellos. Además de la valentía ante lo desconocido, la clave de esta decisión es la libertad. Una libertad que, sin duda, se beneficia del crédito que se han ganado con el rigor y la franqueza con la que han enfocado su carrera. Sí, se han construido un mito. Pero a pesar de las máscaras, de las pistas falsas y de su jugar al escondite permanente, lo han hecho siempre con la verdad por delante. Porque si algo nos han enseñado, es que, en su universo, la verdad siempre es relativa y que las respuestas pueden tardar en llegar. Mientras tanto, ellos seguirán utilizando su privilegiado estatus para, cual caballo de Troya, seguir sacudiendo el pop desde dentro.

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