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“The Act Of Killing”, el genocidio considerado como una de las bellas artes

Con el padrinazgo de Werner Herzog, el director Joshua Oppenheimer reconstruye con técnicas del documental y el ‘re-enacting’ uno de los holocaustos más escalofriantes del siglo XX, la purga de comunistas en Indonesia en 1965

Apunta a mejor película del año: los asesinatos masivos y sistemáticos cometidos en Indonesia en 1965 analizados y reconstruidos con sus autores reales en un documental escalofriante que, en giro genial, se permite recrearse también en técnicas de la ficción para resultar más perturbador. Werner Herzog pone el dinero, Joshua Oppenheimer el talento y Anwar Congo la mirada al centro del terror.

En 1965, tras un fallido golpe de estado, el gobierno de Indonesia fue derrocado por el ejército, que inició una campaña de asesinatos de miembros del Partido Comunista. En menos de un año, miembros de escuadrones de la muerte mataron a más de un millón de personas y, a día de hoy, los culpables no sólo no han sido condenados por sus asesinatos, sino que muchos alardean de lo que hicieron e incluso gozan de cierto prestigio. Entre esos criminales está Anwar Congo, líder de uno de los escuadrones más importantes de la ciudad de Medan, en Sumatra. Él y sus amigos, entonces gangsters de medio pelo que vendían entradas de cine en el mercado negro, fueron convertidos en líderes de esos escuadrones y colaboraron con el ejército matando a presuntos comunistas, chinos e intelectuales.

Avalado por críticas excelentes, numerosos premios en festivales y la entusiasta aprobación de Werner Herzog ( “no he visto una película tan poderosa, surrealista y aterradora en al menos una década”, afirma el director alemán, que aparece acreditado como productor ejecutivo), el extraordinario documental “The Act of Killing”, que llegará mañana a las salas de cine, reconstruye aquellos hechos brutales de la mano de uno de sus verdugos, el citado Anwar Congo, que se encargó personalmente de muchos de los asesinatos, acompañado en un terrorífico retrato coral de sus colegas, cómplices y colaboradores en tan espantosa masacre.

A menudo usado de forma imprecisa para hablar de una película, el verbo “reconstruir” cobra todo el sentido para referirse a “The Act of Killing”, pues la metodología seguida por sus directores se basa literalmente en la reconstrucción, en la recreación. El estadounidense Joshua Oppenheimer, que firma la película junto con la documentalista Christine Cynn, su colaboradora habitual, y una tercera entidad anónima que engloba a los colaboradores indonesios que han decidido mantener su identidad en secreto, formuló a Anwar Congo y a sus hombres esta propuesta: recrear en clave de ficción las matanzas que llevaron a cabo, convirtiéndose en guionistas y protagonistas de escenas inspiradas en sus géneros cinematográficos, películas y actores favoritos. Oppenheimer y Cynn habían probado una metodología similar en su anterior “The Globalization Tapes” (2003), documental sobre la globalización que rodaron en Sumatra con la colaboración de trabajadores de plantaciones de aceite de palma. Los protagonistas de aquel filme interpretan, por ejemplo, un anuncio satírico de un pesticida nocivo que había afectado a su salud. Pero lo que en aquel filme eran pequeños y reveladores insertos que agilizaban la narración, en “The Act of Killing” conforman su contundente base.

La importancia de “The Globalization Tapes” de cara a la película que nos ocupa no sólo está en el primer tanteo de sus autores de esa utilización de las recreaciones. Fue durante su rodaje cuando Oppenheimer y Cynn empezaron a investigar sobre los hechos que reproduce “The Act of Killing” y entrevistaron tanto a algunos asesinos de la zona como, en este caso de manera clandestina, a las víctimas. Su conversación con el líder del escuadrón de la muerte que había dirigido las masacres en la plantación donde grabaron “The Globalization Tapes” fue el primer paso importante en su camino hacia Anwar Congo.

"¿Cómo evoluciona una sociedad cuyos líderes pueden –y quieren– hablar de sus crímenes contra la humanidad con una alegría que es a la vez celebración y amenaza?"

“Durante la realización de las primeras entrevistas, nos encontramos con ese orgullo con el que los autores se jactaban de los detalles más espeluznantes de los asesinatos. Y, en los primeros encuentros con los responsables de los crímenes en Medan me encontré con la misma jactancia inquietante. La diferencia era que estos hombres no eran líderes famosos y poderosos de un pequeño pueblo rural, sino de Medan, la tercera ciudad más grande de Indonesia”, cuenta Oppenheimer, que, en relación a esa tremenda constatación, resume así el verdadero origen de “The Act of Killing”: “Nace de nuestra curiosidad por la naturaleza de ese orgullo, su gramática estereotipada, su representación amenazante, su aterradora banalidad. Nuestro punto de partida era la pregunta: ¿Cómo evoluciona una sociedad cuyos líderes pueden –y quieren– hablar de sus crímenes contra la humanidad con una alegría que es a la vez celebración y amenaza?”

Pues bien, la ambición de la pregunta está a la altura de la contundencia y la brillantez del resultado. Explica el director que el objetivo de que los criminales recrearan sus propios asesinatos era “explorar la intersección entre imaginación y violencia extrema”, y que sabía que “la incorporación de representaciones en el documental daría paso, en su contexto, a ideas de gran alcance”. No se pasaba de optimista en su pronóstico. Los fragmentos de ficción escritos e interpretados por Anwar Congo y sus amigos, rodados según sus géneros favoritos (western, musical y, sobre todo, cine de gangsters, películas estas últimas que explican haber seguido como modelo para sus crímenes), hablan por sí mismos, con una contundencia aterradora, de asuntos del calibre de la culpa (o ausencia de la misma), la herencia, la corrupción política, social y moral, el miedo y la maldad en el ser humano.

"Los responsables de “The Act of Killing” se sirven de los mecanismos de la ficción para reactivar la memoria de los protagonistas y que los crímenes que un día cometieron les resulten tan aterradores como al resto de los mortales"

Oppenheimer y compañía quisieron rodar esas recreaciones por todo lo alto y transmitir en todo momento al equipo la idea de que se lo tomaban muy en serio, también decidieron documentar las reacciones de Anwar Congo ante las imágenes que iban grabando. Explica que la primera decisión fue fundamental porque, al tratarse de un rodaje profesional y aparatoso, los protagonistas tenían que implicarse más en el proyecto, pasar mucho tiempo en el set y trabajar para que sus interpretaciones fueran convincentes, lo que les obligó a tener su pasado continuamente en la cabeza y reflexionar sobre lo que hicieron. Del intenso e inesperado reencuentro –a través del cine– de los protagonistas con los crímenes que llevaron a cabo en el pasado (de los que dicen no arrepentirse) brotan algunos de los momentos más lúcidos y aterradores de “The Act of Killing”. Los otros están en esos fragmentos que recogen la respuesta de Anwar Congo, sentado ante el televisor, a las escenas que ha protagonizado recreando los asesinatos que cometió.

En una decisión que estimula otra línea de reflexión del filme, el increíble alcance del lenguaje cinematográfico, los responsables de “The Act of Killing” (que también dedican parte de la película a contextualizar a sus protagonistas y mostrar su día a día) se sirven de los mecanismos de la ficción para reactivar la memoria de los protagonistas, provocar que encaren sus respectivos pasados de distinta manera y, en algunos casos, conseguir que los crímenes que un día cometieron les resulten tan aterradores como al resto de los mortales. Algo no precisamente fácil – “cuando hice mi primera película”, explicaba Oppenheimer en una entrevista para Amnistía Internacional, “comprendí que la indonesia era una sociedad en la que los asesinos habían ganado. Mi familia escapó por los pelos de la Alemania nazi, pudieron evitar el fascismo y el Holocausto, y por eso tuve la idea de que estaba en un lugar en el que se había dado otro Holocausto, y en el que sus perpetradores habían salido sin castigo y se podían jactar de sus hechos, lo que seguía infundiendo miedo entre los supervivientes y sus familias. Lo he visto como una muy importante situación histórica, inimaginable y terrible, y esa historia necesitaba algún tipo de respuesta. Creí que era mi obligación hacer algo, necesitaba reflejarla de alguna manera para sacarla a la luz”. Pero que, pese a no ser fácil, Oppenheimer consigue con un efecto estremecedor.

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